Historia pública
Camino Hacia la Luz. Libro III: La Torre Olvidada
Descripción
Camino Hacia la Luz. Libro III: La Torre Olvidada
Llevaban varias horas de viaje al norte cuando Vilendil se acercó a un silencioso Eärondûr:
-¿Qué es lo que perturba tu mente, joven Thorondil? Apenas has abierto la boca desde que te devolví las viejas llaves y el mapa.
-Es algo que nunca he contado a nadie, hace un par de años, mientras revisaba los escritos personales del viejo Eärondûr encontré algo que a cada paso que damos cobra más sentido.
Era una especie de carta en la que expresaba su preocupación por lo que esconde Gûlninquë a raíz de la última batalla con Orodril. Le preocupaba la conexión con Ungwenion y que el poder oscuro pudiera caer en malas manos tras la despoblación de Vanwendor.
-”Pero llegará el momento en el que recuperemos la última pieza, será entonces cuando mi linaje quede libre de tan oscura maldición” –concluyó Vilendil-. Conozco ese escrito, pues traté el tema con tu antepasado en varias ocasiones… y como le dije a él hace décadas, te repito a ti que destruir la Torre no acabará con la Fuente, al igual que quebrar la espada no mata al caballero.
Paciencia joven sobrino… no has de cruzar la Puerta Verde, tu destino debe cumplirse al cruzar la Puerta Negra… una vez recuperes la última pieza.
Las jornadas de viaje hasta las cercanías de Enyelost transcurrieron tranquilas, y en ningún momento el grupo se encontró con ninguna de las patrullas de Adudran que habían partido en su busca. Pero aunque no vieron ninguna señal de los soldados del visir, la mayoría estaban intranquilos y temían un ataque en cualquier momento, especialmente los supervivientes de la caravana de Hamad. La inquietud de la mayoría contrastaba con la serenidad de Vilendil, pues sabía que Soroni le avisaría si alguna compañía de hombres se acercaba al grupo. El Medio Elfo pasaba buena parte del viaje hablando con Eärondûr, aunque los dos siempre cabalgaban cerca de Varyamo, Olostarin, Mazan, Narudud y Firye. Y aunque tenían muchas preguntas sobre lo sucedido y todos pensaban que el nieto de los reyes de Cadraldôst podría responder a algunas de ellas, decidieron postergarlas hasta llegar a un sitio seguro. Al igual que no hablaban sobre lo que harían al llegar a su destino ni preguntaban a Mazan si aún estaba dispuesto a cumplir con lo acordado con aquel mercader y entregar la piedra en Sein Cair Andros. Ninguno de ellos habló prácticamente con el resto de integrantes del grupo, excepto Firye, que en cada descanso atendía a los heridos, y Vilendil, pues Rosil se acercaba de vez en cuando a consultarle cuál era la mejor ruta a seguir. Durante los primeros días de marcha, Olostarin había hablado en un par de ocasiones con Yijda después de que éste le devolviera a Heru. Mazan se sorprendió mucho al ver el cachorro de galgo que había adoptado el Elfo, a quien le divertían en gran medida las protestas del Enano cada vez que el animal se le subía a las barbas.
Pero no eran los únicos que se mantenían apartados del resto de integrantes de la improvisada caravana. Nergol y Turinia tampoco hablaban con los demás y cabalgaban siempre en la parte trasera del grupo. Madair viajaba siempre cerca de Yijda, con el que hablaba con frecuencia, aunque su anciano maestro debía frenar su ímpetu cuando llegaban a temas como qué se podía hacer para detener al visir de Adudran o qué pasaría con los Bassarâ, y le recordaba que esos no eran los momentos más propicios para discutir tales asuntos, y que ya habría tiempo para ello al llegar a su destino. Atâva solía cabalgar sola, ensimismada en sus pensamientos y decidida, en cuanto aquellos desdichados estuvieran a salvo, a regresar a Haiddara y revelar las verdaderas intenciones del visir de Adudran al resto de miembros de la Orden del Puño Llameante. Por su parte, Stygh y Garlan cabalgaban juntos, y una gran amistad nació entre ellos.
En la tarde del noveno día desde que abandonaran Adrudan, el grupo divisó al fin, al pie de las Ered Meneltobas, la antigua y hermosa ciudad de Enyelost Yárquenion, un bastión inexpugnable llamada también La Ciudad que Recuerda los Antiguos Héroes. Pero nadie quedaba ahora para recordar a los antiguos héroes, e incluso la propia ciudad había caído en el olvido desde que fuera abandonada cien años antes. Por encima de sus altos e imponentes muros blancos se divisaban muchas torres y estatuas, aunque sobre todas ellas destacaba la majestuosa Torre de Nimthil, que refulgía y parecía arder con los últimos rayos de Anar, que moría en el lejano Oeste; una aguja de nácar y plata que se elevaba hasta los cielos erigida por el mismo Radagast, primer Atar de Enyelost, y bautizada por Laitale Mirelen, primera Amil de la ciudad. Todos quedaron maravillados con su visión y alababan su hermosura y grandiosidad, y se preguntaban cómo era posible que hubiera permanecido abandonada y olvidada tanto tiempo, pues casi ninguno sabía que existieran ciudades así al Norte del Sirhelë. Aunque ninguno estaba tan emocionado ante la visión de Enyelost como el joven Eärondûr, y de entre todas las estatuas que se divisaban, supo inmediatamente que la más imponente de todas ellas era la de Eärondûr Thorondil, su antepasado, que fue Atar y Guardián de la ciudad durante algún tiempo.
Al llegar a una loma situada a unos mil metros de Enyelost, el grupo, encabezado por Yijda y Rosil, giró a la derecha y se dirigió hacia un grupo de edificios semiderruidos que otrora había sido una de las muchas aldeas de campesinos que cultivaban las tierras que rodeaban a la ciudad. Al acercarse, vieron que uno de los grandes caseríos estaba en mucho mejor estado que el resto y que había sido restaurado. Al llegar, mientras Yijda conducía al grupo al interior del caserío, Rosil y sus hombres llevaban a los caballos hasta los establos. Eärondûr, Vilendil, Varyamo, Narudud, Mazan y Olostarin fueron llevados a una de las habitaciones del primer piso del ala Oeste desde la cual se tenía una magnífica visión de Enyelost. El joven Eärondûr se quedó junto a la ventana, contemplando en silencio la ciudad iluminada débilmente por los últimos resplandores del anochecer. Vilendil se acercó a él y le puso la mano en el hombro. Al sentir el contacto, Eärondûr miró al Medio Elfo.
-Vuelve a haber un Eärondûr en Enyelost, después de tanto tiempo- susurró Vilendil, y sonrió.
Mientras tanto, los demás habían ido acomodándose lo mejor que podían después de tan largo viaje. En la habitación sólo había una cama, que había conocido épocas mejores, una mesa de madera carcomida y un par de sillas que amenazaban con quebrarse al depositar sobre ellas el más mínimo peso.
-Bueno, ¿y ahora qué hacemos?- preguntó Firye sentándose en el borde de la cama.
-Debemos seguir nuestro camino a Sein Cair Andros- dijo Varyamo tras unos instantes de silencio.
-Así es, di mi palabra, y un Enano siempre cumple con su palabra- añadió Mazan.
-No se hable más entonces. ¿Pero cómo iremos a Sein Cair Andros desde aquí?- terció Olostarin.
-El camino más rápido sería seguir varias jornadas hacia el Noreste tras cruzar el Paso de Enyelost, dejando las montañas a nuestra izquierda. Y al dejar atrás las estribaciones orientales, girar hacia el Noreste, cruzar el Sirenyello seguir hacia el Noreste dejando el río a nuestra derecha hasta que unas jornadas después lo volviéramos a encontrar. Y a partir de ese momento, bastaría con seguir su cauce hasta Sein Cair Andros. Diría que hay por lo menos quince jornadas de viaje hasta llegar a la Estrella del Norte- dijo Vilendil volviéndose hacia los demás.
-Después de dos meses de travesía por el desierto, y de todo lo que hemos pasado, eso no suena tan mal- dijo Eärondûr.
-No, desde luego que no. Aunque Sein Cair Andros no es mi destino final- dijo Mazan.
-¿A qué te refieres Maestro Enano?- preguntó Firye.
-Como le dije a Varyamo en los bosques de Ithilien al poco de abandonar Osgiliath, el hombre que me hizo el encargo me dijo que debía entregar la piedra en Sein Cair Andros, pero no en la ciudad, sino en otro lugar de la provincia. Esperaba que en la ciudad tuvieran más noticias o que al menos supieran cuál podría ser el lugar que busco- respondió el Enano encogiéndose de hombros.
-¿Y no te dijo nada más sobre ese lugar?- intervino Narudud.
-Sólo palabras vagas a las que no les encontré sentido. Pensaba que en Sein Cair Andros alguien podría encontrárselo- respondió el Enano.
-¿Pero qué fue lo que te dijo?- preguntó Varyamo.
-Bueno, me dijo que se trataba de un antiguo templo erigido en las montañas a imagen de uno ubicado en las Montañas Nubladas, cerca de Rivendel. Un lugar perdido y olvidado en el que descansaba el saber antiguo así como los relatos de grandes hazañas del pasado más remoto y los cantos de gestas más recientes. También añadió que aquél enclave era el custodio del Brillo Blanco, aunque no comprendí a qué se podía referir- dijo Mazan.
-¿Estás seguro de que fueron esas sus palabras, que el lugar donde debías entregar la piedra era el custodio del Brillo Blanco?- preguntó Vilendil agitado.
-Sí, totalmente seguro. ¿Esas palabras te sugieren algo?- respondió el Enano.
-Por supuesto, pero no puede ser… ¡Es imposible!- dijo Vilendil.
-No lo entiendo, ¿por qué dices que es imposible? ¿Y qué es el Brillo Blanco? ¿Acaso conoces ese lugar?- preguntó el Enano sorprendido.
-Claro que lo conozco, yo mismo lo ordené erigir. No puede ser otro que el Oráculo de Nimril, construido a imagen y semejanza del templo en el que moraba Gilorod cuando la conocí. Fue también una gran biblioteca, en la que se conservaron muchos de los conocimientos de los Días Antiguos, además de recoger toda la historia del Reino Unificado. El Brillo Blanco era como se conocía también al cristal de Nimril- respondió Vilendil.
-Sigo sin comprender por qué decías que era imposible…- dijo el Enano.
-Porque el Oráculo fue abandonado hace más de cien años, y en ese tiempo nadie se atrevió a morar en él por temor a los fantasmas del pasado- respondió Vilendil.
-Entiendo. Pero quien me hizo el encargo pagó una buena suma por adelantado, y eso sin duda es muy extraño si se tratase de alguna broma, o algo peor- replicó el Enano.
-Muy cierto. Algo muy extraño se oculta en todo esto, y la mejor forma para desentrañar el misterio es ir al Oráculo nosotros mismos- dijo Eärondûr.
-Sí, tienes razón. De nada sirve especular sobre lo que pueda estar ocurriendo, lo mejor será ir al Oráculo y descubrir lo que está pasando- dijo Vilendil.
-¿Y dónde está el Oráculo?- preguntó Mazan.
-Está en las laderas de las Ered Meneltobas, no muy lejos de aquí a decir verdad. A unos siete u ocho días de viaje- respondió Vilendil.
-¡Por fin una buena noticia!- exclamó el Enano, aunque el Medio Elfo no compartía su entusiasmo.
-Lo mejor entonces será partir lo antes posible, aunque no sin antes disfrutar de un merecido descanso bajo un techo- dijo Narudud, y todos le miraron extrañados.
-Ahora que nuestras dudas sobre nuestro destino se han despejado, ¿no sería conveniente hablar de lo que sucedió y por qué aquellos hombres nos atacaron junto al río?- preguntó Firye mirando a Narudud.
-¿Por qué me lo preguntas a mi?- respondió Narudud.
-Calenên, esos hombres eran mercenarios contratados por el visir de Adudran para encontrarte, asi que la pregunta es evidente, ¿por qué el visir tiene tanto interés en ti?- volvió a preguntar Firye.
-Además, cuando a Mazan y a mi nos llevaron a las mazmorras, a ti te llevaron al palacio del visir- añadió Eärondûr.
-Sí, es verdad. Y no fue una visita agradable, os lo puedo asegurar. Sólo puedo deciros que la última vez que estuve en Adudran, el visir me encargó una misión. Y como ya habéis comprobado, el visir no es alguien a quien puedas decirle que no… Asi que no tuve más remedio que aceptar su encargo para poder salir con vida de la ciudad, aunque no tenía ninguna intención de cumplir con la palabra que le di- respondió Narudud.
-Ya, entiendo… ¿Y qué es lo que te encargó?- preguntó Firye, escéptica ante las palabras de Calenên.
-Me encargó que me hiciera con una reliquia, un objeto antiguo y de gran poder oculto en el Norte de Ambaron. Sé que me vais a pedir más detalles, pero no os los puedo dar, no porque no quiera, sino porque no puedo. Siento mucho que por mi causa os hayáis visto implicados en mis problemas. Y me duele profundamente que vosotros dos también acabarais en las mazmorras, sé que no ha sido agradable- dijo Narudud, y lo último lo dijo mirando a Mazan y a Eärondûr.
-Bueno, si no puedes, o no quieres, contarnos más es decisión tuya Calenên. Sólo espero que tu pasado no vuelva a alcanzarnos a los demás y podamos proseguir con nuestro viaje sin más incidentes- dijo Firye, resignada ante el silencio del nieto de los reyes de Cadraldôst.
-Ojalá que los Valar te escuchen- dijo Narudud.
En ese momento, Yijda abrió la desvencijada puerta, que emitió un quejido agudo al girar sobre sus bisagras –Disculpad mi intrusión, pero debo hablar con vosotros- dijo el anciano.
-¿Qué quieres?- preguntó Varyamo.
-Ahora que estamos todos a salvo, he pensado que lo mejor era celebrar una reunión para hablar y discutir sobre los planes del visir y sobre lo que ocurre en Adudran en estos días- respondió el anciano.
-¿Y eso qué tiene que ver con nosotros?- preguntó Olostarin.
Yijda sonrió afablemente –A primera vista, cualquiera te daría la razón. ¿Qué les puede importar lo que ocurra en esta parte del mundo a un grupo de viajeros del Oeste? Pero creo que hay algo que os ha traído a estas tierras además del hecho de buscar a unos amigos capturados. Creo que algunos de vosotros morasteis en estas tierras tiempo atrás, o que sois descendientes de los habitantes del Reino Unificado, por lo que si estáis aquí es porque estas tierras aún significan algo para vosotros-
-¿Cómo estás tan seguro de ello? ¿Y qué sabes del Reino Unificado?- preguntó Vilendil.
-No todos en Adudran desconocemos la verdad del pasado. Mi padre y mi abuelo me hablaron mucho de lo que pasó tras la fundación de la ciudad, y en mi juventud viajé y tuve la oportunidad de adquirir conocimientos que en Adudran están prohibidos. Y sobre mis sospechas… digamos que me baso en algunos pequeños detalles, como vuestra comprensible animadversión hacia nosotros, o que conozcáis los nombres de ciudades como Enyelost, o que conozcáis estas tierras mejor que la mayoría de nosotros- respondió Yijda.
-No te falta perspicacia anciano. ¿Pero por qué habríamos de asistir a esa reunión?- respondió Vilendil.
-Porque estamos en los albores de una guerra, una guerra terrible y devastadora, más que cualquiera de las que han visto estas tierras desde hace cien años. Vuestro amigo el saqueador- dijo señalando a Narudud- seguro que os lo puede confirmar-
-Tiene razón, creo que la guerra es inevitable, como le dije a Firye antes de llegar a Uilumgardh- dijo Narudud, y la Elfa asintió.
-El visir lleva mucho tiempo preparándose para la guerra. No le basta con gobernar una ciudad, su ambición es someter y dominar todas las tierras de Ambaron. Y también las de la Tierra Media. Me preguntáis que por qué debéis asistir a la reunión, y la respuesta es sencilla: con vuestra ayuda, aún podemos frustrar los planes del visir. Si no, casi os puedo asegurar que las tierras al Norte del Sirehelë serán totalmente arrasadas, para vengar la afrenta de un pasado lejano. Y eso además acabaría con los temores de sus soldados y reforzaría aún más la autoridad del mismo Saffadar- dijo Yijda.
Durante unos instantes que se hicieron eternos, Vilendil, Eärondûr, Varyamo, Narudud, Mazan, Firye y Olostarin se miraron en silencio mientras Yijda aguardaba una respuesta.
-Está bien anciano, nos has convencido. Asistiremos a tu reunión- respondió Vilendil, y los demás asintieron.
-Habéis tomado la decisión correcta, os lo garantizo. Vendré a buscaros mañana cuando todo esté dispuesto- dijo Yijda, y abandonó la habitación.
[Editado por Aragorn_II el 18-08-2011 06:35]
El viaje había sido bastante cómodo y no había faltado ni la comida ni la bebida. Turinia y Nergol cabalgaron juntos sobre un gran percherón. La chica había conseguido unas ropas más adecuadas para viajar que la sensual túnica de esclava que vestía al salir del palacio del visir; vestía ahora una túnica que le llagaba a las rodillas y unos botines de cuero marrón, había conseguido también una vieja coraza de cuero que disimilaba su exuberancia; Nergol no había conseguido nada mejor de lo que llevara al escapar del palacio: sus viejos pantalones de cuero, una camisa ajena y unas botas, también ajenas. Al menos habían aprovechado el paso por el Ilcafalmar para asearse un poco.
Aunque el viaje no tuviera nada de especialmente malo, la llegada a Enyelost fue un alivio, por fin pudieron descansar en una cama; sí, la madera estaba medio podrida pero el colchón de paja era cómodo y parecía limpio y nuevo; ahí, tumbado en ese sencillo jergón, con Turinia durmiendo sobre su pecho, Nergol al fin pudo pensar, hasta ese momento todo había sido precipitación tras precipitación, las circustancias lo habían sacado del palacio del visir, lo habían llevado a una concurrida cueva y de ahí habían marchado hacia Enyelost, y no pudieron elegir, se dejaron llevar para salvar la vida de la persecución del visir.
Estaba cansado, muy cansado, pero no podía dormir. Quizá había dormido unas 3 horas en toda la noche, pero el insomnio más molesto le había mantenido despierto, bulléndole la cabeza de ideas inconexas e inacabadas. Así que, apenas despuntó el alba se vistió y salió de la habitación, que ahora ya no le parecía tan acogedora como cuando entró en ella hacía apenas medio día. Turinia dormía serenamente; Nergol sonrió: la envidiaba.
Era una casa vieja, en algún lugar daba portazos una persiana mal cerrada. Se dirigió a la cocina. Todo estaba aun a oscuras y el gran hogar apestaba a hollín húmedo. La comida que llevaran del viaje había sido dispuesta en parte en la despensa, Nergol cogió un trozo de carne seca y llenó un vaso de agua.
Salía masticando cuando se encontró al viejo al que llamaman Yijda, era un hombre respetado y decían que sabio (por eso Nergol no se había acercado a él durante el viaje). Estaba mirando a través de una ventana que daba al Este, seguramente estaba mirando el nacimiento del sol (los hombres sabios hacían esa y otras estupideces similares).
El viejo, vestido de una túnica larga, dejó de mirar el sol, el vuelo de los patos… o cualquier cosa que estuviera mirando y le dirigió una mirada amable.
-Buenos días. Nérgol, si no me equivoco.-
-Buenos días, Yijda, y sé que no me equivoco.-
Una sonrisa se dibujó a través de la larga barba blanca,
-Veo que tienes un sano sentido del humor-
-Algunos son de esa opinión pero, le aseguro que otros no estarían de acuerdo- esta vez Nérgol habló con dureza.
Yijda tomó también un aspecto serio y frio -Dentro de unas horas se celebrará una reunión para hablar del visir y para decidir nuestros próximos movimientos, me gustaría que asistieras a ella.-
Nergol estuvo a punto de decir alguna inconveniencia, como que hasta ahora no se le había consultado nada, pero pensó que no era momento para sacar a relucir un orgullo que, si estaba en alguna parte, era en lo más profundo de su pecho, enterrado bajo gruesas capas de violencia despiadada, ambición, lujuria,… y otras lindezas capaces de borrar el lustre al más noble de los metales, cómo no a un corazón corrompido desde su nacimiento. Así que se decidió por entrar en el juego al que, de todos modos, se sentía alagado de haber sido invitado a participar.
-¿Y qué podré aportar yo a una reunión como esa?- dijo en un tono que casi sonó sincero.
-¡Oh, Seguro que mucho!, sobre todo por lo que hace a un punto en particular y sobre el que mucho nos preocupamos-
La ambigua respuesta del viejo dejó un tanto descolocado a Nergol, en otra situación le hubiera arreado un puñetazo al impertinente, pero simplemente confirmó su asistencia a la futura reunión.
-Asistiré, pues, y espero que lo que pueda decir ayude a que salvemos el cuello (u otras partes del cuerpo) de la ira del visir.-
Sin nada más que decirse y tras unos segundos de tensa irresolución, ambos hombres se separaron, el viejo se quedó mirando por la ventana y Nergol se dirigió a su habitación, de camino dio un bocado más a la carne salada y bebió un largo trago de agua, tiró el resto de carne a un rincón y dejó el vaso apoyado en el sillar de una ventana. De repente sentía unas ganas irresistibles de disfrutar de los dones de Turinia.
[Editado por elfo_negro el 30-08-2011 18:23]
Pasado el mediodía, todos aquellos con los que Yijda había hablado esa mañana o la noche anterior fueron llenando uno de los salones del ala oriental de la casona. Era una estancia amplia, con ventanales que miraban al Norte, a las montañas, desprovista de muebles, y en la que sólo había una chimenea en la que se consumían a fuego lento un par de leños. Los hombres de Rosil habían traído algunas sillas y varios bancos de madera que dispusieron en posición semicircular alrededor del fuego. Allí estaban Yijda, que era quien había insistido en la importancia y necesidad de aquella reunión, Rosil, Anso, Tud Jansen, Terrloz, Eärondûr, Firye, Mazan, Narudud, Olostarin, Varyamo, Vilendil, Atâva, Garlan, Madair, Nergol y Stygh. Una vez reunidos todos, Yijda fue el primero en hablar.
-Extraño lugar en el que reunirnos, y extraño grupo el que formamos, pero vivimos tiempos extraños y peligrosos. Os he convocado porque una gran amenaza se cierne sobre todos nosotros, una sombra que no sólo cubrirá estas tierras, sino también aquellas que ahora nos pueden parecer muy distantes, e incluso, seguras. Desde hace algunos años, el visir de Adudran se está preparando para una guerra, una guerra como no ha conocido Ambaron desde hace más de cien años. Una guerra que mucho me temo, está a punto de estallar- dijo Yijda.
Durante unos instantes que se hicieron eternos nadie habló, y los únicos sonidos que se escuchaban era el crepitar del fuego, el crujido de las vigas de madera del piso superior, y el aullar del viento al colarse por las rendijas de las ventanas.
-Si eso es cierto, y después de lo que he visto en las últimas semanas admito que es muy posible, ¿qué podríamos hacer nosotros al respecto?- preguntó Stygh.
-Como decía, somos un grupo extraño. Seguro que cuando emprendisteis vuestros viajes, jamás pensasteis en que vuestros pasos podrían conduciros hasta aquí, y sin embargo, aquí estáis. Habéis recorrido caminos muy extraños, y no sabría decir si ha sido obra del azar, o del destino, o de algún tipo de voluntad superior el que nuestros pasos se hayan cruzado. Sea cual sea el motivo, creo que estamos ante una gran oportunidad para unirnos y hacer frente juntos a las fuerzas del visir y alertar y animar a aquellos de corazón puro que están dispuestos a luchar para que también se unan a nosotros. De lo contrario, no habrá rincón en Ambaron en el que podamos permanecer libres de la tiranía- respondió Yijda, y sus palabras comenzaron a conmover a los demás.
-Hay mucha verdad en lo que dices, y haríamos bien en hacer caso de tus palabras. Debemos unirnos y enfrentarnos juntos a las fuerzas del visir, es nuestra única opción para triunfar. El resto de opciones traerían consecuencias nefastas para todos- dijo Narudud, y su reacción sorprendió a la mayoría de los presentes, incluidos sus compañeros.
-Hermosas palabras, aunque curiosas, al escucharlas de tus labios- dijo Rosil.
-¿A qué te refieres?- preguntó Narudud.
-Se antoja casi divertido que seas precisamente tú el que nos animes a luchar contra el visir. Tu fama y tu reputación en Adudran son bien conocidas, y por lo que tengo entendido, merecidas… al igual que tu visita al palacio del visir el año pasado- respondió Rosil.
-Eso no tiene nada que ver- replicó Narudud algo molesto.
-Claro que no, eso es cuestión del pasado ¿verdad? No nos tomes por tontos saqueador, ¿o nos vas a decir que sólo ha sido una coincidencia el que hace un año te vieran entrar en el palacio del visir escoltado por unos guardias, y que antes de acabar encerrado en las mazmorras te condujeran a presencia de Saffadar? Y por cierto, ¿qué trataste con el visir de Adudran? ¿Y por qué tiene ese interés en ti?- dijo Rosil, y las miradas de todos se clavaron en Narudud.
-No, no fue ninguna casualidad. Es verdad que el año pasado me reuní con el visir en su palacio. Como bien has dicho, mi reputación en Adudran es bien conocida, y a sus oídos llegaron historias que hablaban de mi destreza y habilidad para conseguir aquello que los demás no podían conseguir- respondió Narudud.
-Continúa- dijo Yijda.
-Me pidió que le buscara unas antiguas reliquias que según las historias eran objetos de gran poder. Nunca me había preguntado los motivos que impulsaban a un Hombre a pedirme que le consiguiera un determinado objeto, pero aquella vez sí lo hice. Sabía que si las leyendas eran ciertas, aquellos objetos no podían caer en las manos de Saffadar, pero también era consciente de que si me negaba a realizar su encargo, no saldría con vida de su palacio. Asi que acepté, o eso le hice creer, y tras reunir el material necesario, me marché de Adudran. El visir creyó que había aceptado su ofrecimiento y no sospechó nada. Durante algunos días vagué sin rumbo fijo por Ambaron, por si alguno de sus hombres me seguía, y después regresé a mi hogar con la intención de no volver nunca a Adudran. Pensé que así estaría a salvo, pero me equivoqué. Supongo que Saffadar descubriría pronto el engaño, y ordenó mi captura. Cuando nos capturaron a mi y a mis amigos… bueno, os podréis hacer una idea de lo que ocurrió cuando me llevaron ante el visir- respondió Narudud.
-¿Es eso cierto?- preguntó Firye, sorprendida y esperanzada por las palabras de Calenên.
-Sí, lo es. Había pensado quedarme algunos años en Cadraldôst, pero después os conocí a vosotros, y sabiendo lo peligrosa que era vuestra empresa, y lo tensa que era mi relación con los Reyes, me ofrecí a acompañaros. Pensé que a mi regreso, un gesto noble como aquél me ayudaría a convencer a mis abuelos de que había abandonado mis viejos hábitos- respondió Narudud mirando a Mazan y el resto de sus compañeros.
-Es una historia muy bonita Narudud, nos has enternecido a todos. Pero dinos, ¿qué es lo que te pidió Saffadar? Esa información nos sería muy útil. Además, si tanto le interesaban esos objetos, seguro que los seguirá buscando. No eres el único saqueador de Adudran. Perdona, se me había olvidado que has dejado esa vida- replicó Rosil con gesto burlón.
-Tranquilo Rosil- terció Yijda –Aunque es cierto que si Saffadar estaba tan interesado en ellos, contratará a otros para buscarlos. Y nos podría ser muy beneficioso saber de qué objetos se trata. Cuéntanos lo que sepas de ellos-
-Está bien. Me pidió que hallara el Túmulo de los Señores de Lempë Ohtari, en las tierras de Árador, y que le consiguiera el Yelmo-Dragón y la espada Envynianta del caballero Darlak Lórindol, cuyos restos descansan allí- dijo Narudud, y después les habló de los poderes que según las antiguas leyendas tenían la espada y el Yelmo-Dragón.
-Si lo que dicen las antiguas historias acerca de la espada Envynianta y Yelmo-Dragón son ciertas, si llegaran a caer en manos de Saffadar sería una catástrofe- dijo Madair.
-Lo sería, sin duda, pero es imposible que los halle, se perdieron hace mucho tiempo- dijo Narudud.
-¿Y cómo estás tan seguro? ¿No decías que te habías desentendido de todo aquello nada más abandonar Adudran?- preguntó Rosil.
-Sí, pero Saffadar no era el primero que me pedía que buscara esos objetos. Años atrás ya busqué el Túmulo de los Señores de Lempë Ohtari, sin éxito- se defendió Narudud.
-Ya, y nosotros debemos creerlo. ¿Acaso hay algo de verdad en tus palabras, saqueador?- exclamó Rosil.
-¿Qué estás insinuando?- intervino Varyamo.
-Que no podemos confiar en su palabra, y tampoco en él. Podría estar mintiendo y seguir trabajando para Saffadar- exclamó Rosil dominado por la ira y la desconfianza.
-Señor, si yo fuera usted, moderaría mi lengua y no haría semejantes acusaciones- terció Mazan, molesto e indignado.
-Aunque estuviera diciendo la verdad, ¿quién nos garantiza que no nos traicionará? Si nos entregara a todos a Saffadar, seguro que podría ganar su perdón, e incluso ser recompensado por ello- exclamó Rosil.
-Me niego a seguir escuchando tales ofensas. Calenên habrá cometido errores en su pasado, pero la traición no ha sido uno de ellos- dijo Olostarin.
-¿Estáis seguros? No sabéis todo lo que puede llegar a conseguir una bolsa llena de oro- replicó Rosil.
-¡Calma, calma, por favor!- exigió Yijda.
Pero antes de que la tensión aumentara, Narudud, que había permanecido en silencio los últimos segundos, alzó la mano derecha, y la estancia se oscureció repentinamente. Todos enmudecieron de asombro, y entonces, súbitamente, una luz clara y pura que parecía brotar del cuerpo de Narudud iluminó la habitación.
-Veo que para cumplir con mi misión debo revelar mi verdadera identidad, o de lo contrario fracasaré. No temáis- dijo Narudud, aunque su voz había cambiado, y sonaba ahora más profunda y sabia –Con los años he tenido muchos nombres; en Aman respondía al nombre de Gimibel, aunque entre los Elfos fui conocido como Lómë, y ése es el nombre que adopté al llegar a la Tierra Media. Pertenezco a la estirpe de los Maiar, y soy uno de los Tellenari que fueron enviados por los Valar a comienzos de esta Edad con la misión de guiar y ayudar a los Pueblos Libres del Este-
Mientras pronunciaba estas palabras, todos pudieron ver reflejada en aquella luz un destello fugaz de la beatitud de Aman, y por un instante, sus corazones se apaciguaron y se liberaron de los temores y las dudas que los oprimían. Al terminar de hablar, la luz que parecía brotar del cuerpo de Lómë se apagó, pero la estancia permaneció en penumbra, hasta que en el techo y en las paredes aparecieron muchos puntos de luz. Y aunque al principio no advertían de qué se podía tratar, no tardaron en comprender que se trataba de un reflejo de las estrellas y constelaciones que poblaban cada noche el firmamento. Y la mayoría de los presentes quedaron maravillados por el prodigio y la belleza de semejante visión, y durante algunos segundos, nadie se atrevió a hablar.
-Sé que tenéis muchas dudas, pero no temáis- volvió a decir Lómë, de nuevo con el aspecto de Narudud, cuando la estancia volvió a iluminarse con la luz del sol.
-¡Aún estamos maravillados y desconcertados mi señor!- exclamó Mazan.
-¿Cómo es posible? ¿Y dónde está Narudud?- acertó a preguntar Firye.
-Firye, tus dos preguntas están mucho más relacionadas de lo que crees. ¿Recuerdas los momentos, años atrás, en los que el Concilio Rojo se reunía en Cadraldôst y yo pasaba largas horas en el Cadralda-Agar, junto al Árbol Rojo? En aquellos años una gran amistad surgió entre Anfalas y yo, y en muchas ocasiones me hablaba de los temores que atormentaban y afligían su espíritu. Y muchos de ellos estaban relacionados con Calenên. Yo le prometí a Anfalas que siempre que pudiera estaría pendiente de Narudud. Y es así como el año pasado le hallé en Adudran, y al verle entrar en el palacio del visir me invadió una gran inquietud. Y por la promesa que le había hecho a Anfalas y el cariño que me unía a él, decidí seguir a Calenên. También reconozco que me preocupaba lo que hubiera podido hablar con Saffadar y el papel que pudiera jugar en sus planes. Sin que él lo advirtiera, seguí a Calenên hasta Dassart, donde permaneció varias semanas, hasta que una noche conoció en una taberna a un muchacho joven procedente de Minas Tirith. A la mañana siguiente, ambos fueron a un bosquecillo al noroeste de la ciudad en el que Narudud tenía una pequeña cabaña en la copa de uno de los árboles más altos. Al día siguiente, se encaminaron hacia el Norte, y sus pasos los llevaron a Árador, donde tras una larga búsqueda, finalmente encontraron el Túmulo de los Señores de Lempë Ohtari. Después de que entraran en la cripta me acerqué a ella, y de repente se escuchó un gran estruendo que provenía del interior. A los pocos minutos apareció corriendo el muchacho, llamado Aratir, que me contó lo que había sucedido: Narudud había intentado entrar en la cámara en la que descansaba Darlak Lórindol y la cripta había comenzado a desmoronarse. Convencí a Aratir, que estaba aterrado, para que volviera al interior del túmulo conmigo y me ayudara a sacar a Narudud. Lo encontramos tirado en el pasillo, a unos cien metros de la entrada, cubierto de escombros. Lo sacamos como pudimos del túmulo antes de que se derrumbara por completo y se lo tragara la tierra. Es por eso por lo que sé que el Yelmo-Dragón y la espada Envynianta nunca caerán en las manos de Saffadar- dijo Lómë.
-¿Y qué ocurrió con Calenên?- preguntó Firye, temiendo la respuesta del Maia, y a la vez esperando que le dijera que se hallaba oculto en algún rincón de la Tierra Media, escondiéndose de la ira de Saffadar.
-Cuando sacamos a Calenên, el muchacho huyó aterrado y nunca más volví a saber nada de él. Me incliné sobre el cuerpo de Narudud, que aún respiraba, aunque advertí que sus heridas eran demasiado graves y no tardaría en morir. Intenté hablar con él, pero fue imposible. Antes de que su espíritu abandonara su cuerpo y fuera a las Estancias de Mandos coloqué mis manos a ambos lados de su cabeza, en sus sienes, y accedí a su mente, a sus recuerdos y a su memoria… -dijo Lómë.
-¿Estás diciendo que Calenên ha muerto y que accediste a su mente para apoderarte de sus recuerdos?- preguntó sorprendida y molesta Firye, embargada por la pena por la muerte de Narudud.
-Sí, pero no temas por el espíritu de Calenên, que ahora mismo descansa en las Estancias de Mandos. En esos momentos no podía evitar pensar en Anfalas y en Melêl y en el daño que les causaría la muerte de su nieto. Pero por cruel que suene, también vi una forma de aprovechar su muerte para un buen fin. Decidí adoptar su apariencia y sus recuerdos para así averiguar qué papel jugaba Calenên en los planes de Saffadar. Así me enteré de su interés por el Yelmo-Dragón y la espada Envynianta, por ejemplo- respondió Lómë.
-¿Y así justificas el habernos engañado todo este tiempo?- preguntó Olostarin.
-Sí. Porque hay algo de Saffadar que no sabéis, algo que lleva preocupándome desde hace muchos años. Yijda ha dicho que una gran amenaza se cierne sobre todos nosotros, y tiene razón. Pero la amenaza es mucho más grave de lo que todos podéis llegar a concebir. Pues Saffadar no es otro que Númenë, Maia de Aulë, otro de los Tellenari, a quien los Hombres le dieron el nombre de Magan- dijo Lómë.
-¡Eso es imposible! Magan murió hace muchos años- exclamó Yijda.
-¿De qué estáis hablando? ¿Quién es Magan?- preguntó Madair.
-Era uno de los principales consejeros de Haddar, se dice que fue quien le impulsó a expandir sus dominios- respondió Yijda.
-Así es. Los Tellenari llegamos en el año 40 de la Cuarta Edad, y al principio Magan viajó mucho visitando a los Pueblos Libres del Este, especialmente a los Reinos de los Hombres, y estos aprendieron mucho de él. Pero con el paso de los años, su corazón se corrompió y se volcó hacia el Mal, y deseó y anheló el poder. E inculcó especialmente esa ambición en Haddar y en sus generales, y se estableció en Adudran. Y también inculcó entre los Haddaryai, un gran odio y un profundo desprecio hacia el resto de las razas que pueblan la Tierra Media, especialmente hacia los Elfos. Y el ansia de poder de Magan y su deseo de conquistas trajeron graves consecuencias a estas tierras. Él fue el que animó a atacar al Reino Unificado, pero tras la derrota de Haddar y el caos provocado al haber muerto sin un heredero, Magan abandonó la ciudad y viajó al Norte y al Sur, y durante mucho tiempo no se supo nada de él. Y así es como hace algunos años regresó a Adudran con el nombre de Saffadar; gracias a su poder y a sus amplios conocimientos en armas y en tácticas de guerra, prosperó rápidamente hasta convertirse en el visir del sultán Yzmarel. Poco después, el sultán y su único hijo fueron asesinados, y Magan, con el apoyo del ejército y las principales familias de la ciudad, se autoproclamó gobernante de Adudran- respondió Lómë.
-¿El visir de Adudran es también un Maia?- preguntó atónito Eärondûr.
-Así es. Y os aseguro que es muy poderoso, y su ambición no conoce límites. Además, su influencia no se limita únicamente a Adudran, sino que también alcanza a ciudades como Dassart. Temo incluso que pueda llegar a Haraband, y que el Señor de Rhûn esté a su servicio, al igual que muchos de los pueblos de los Haradrim. Es muy posible que Magan sea quien ha ordenado los ataques que en los últimos meses están sufriendo la Marca Verde y el Sur de Gondor, y que no sean sino el preludio de una gran guerra- dijo Lómë.
-Muchas cosas tendrían sentido entonces- terció Varyamo, preocupado.
-Así es. Sé que estáis preocupados por vuestros hogares y los lugares que amáis- dijo Lómë mirando a Vilendil, Eärondûr, Varyamo, Firye y Olostarin
–Pero la única forma de ayudar a aquellos a los que amáis es ayudar en la lucha contra Magan y sus fuerzas. Si lo derrotamos aquí, podremos prevenir buena parte del daño que causará en la Marca Verde, en Gondor y en Cadraldôst. Incluso si la suerte nos es favorable, podríamos prevenirlo por completo- dijo Lómë.
-Sabias palabras, y creo hablar por todos nosotros cuando digo que lucharemos hasta nuestro último aliento si es preciso para acabar con esta amenaza que se cierne sobre toda la Tierra Media- dijo Vilendil, y todos sus compañeros asintieron.
-Comparto las palabras de Vilendil, pero no creo que podamos hacer mucho frente a un gran ejército como el de Adudran- terció Mazan.
-Nosotros no, pero no creo que estemos solos en esta lucha. Hemos de viajar al Norte para cumplir con la palabra que empeñaste, Maestro Enano- dijo Varyamo -Pero una vez cumplida, podíamos continuar hasta Sein Cair Andros y advertir al Duque Aduelen de la grave amenaza que se cierne sobre todos nosotros. Por lo que Lómë nos ha contado de él, no creo que Magan haya olvidado la derrota que sufrió Haddar ante el ejército del Reino Unificado, y tras controlar todas las ciudades Haddyarai, su atención se centrará en Sein Cair Andros. Aunque no brille como antaño, la Estrella del Norte aún no se ha apagado por completo, y las enseñanzas y costumbres de Arioch dudo que se hayan perdido. Aunque sea menor en número, sin duda el ejército de Sein Cair Andros aún debe ser temible-
-En efecto, aunque para vencer en esta lucha necesitaremos más aliados- dijo Lómë.
-Podríamos pedir ayuda a los Enanos de Mirkol, que viven en las cavernas de las Ered Meneltobas- sugirió Vilendil.
-¡Excelente idea! Antes de partir de Aman, Aulë convocó a Magan y le pidió que visitara a los Enanos que habitaban la Tierra Media, especialmente a aquellos que moraban en el Este. Cumplió el encargo, y en un principio los Enanos de Mirkol se beneficiaron mucho con sus enseñanzas. Pero cuando el corazón y el espíritu de Magan se volcaron hacia el Mal, comenzó a despreciar a los Enanos, e intentó convencerlos para que le sirvieran y ayudaran a Haddar en su guerra contra el Reino Unificado. Pero cometió un grave error, ya que los trató con desdén olvidando el gran orgullo de los Enanos; y cuando se negaron a servirle, les mostró abiertamente su desprecio y les juró que algún día pagarían muy caro su afrenta. No creo que guarden un buen recuerdo de Magan- dijo Lómë.
[Editado por Aragorn_II el 22-09-2011 12:13]
Nergol había estado escuchando con atención, sentado lo más cómodamente que le permitía la rústica silla que le habían proporcionado. El fuego crepitante y las voces profundas y serenas de algunos de los que hablaban daban a la escena un aire de importancia aderezado con un poco de irrealidad onírica, pero la escena, que bien podría haber ilustrado un libro de viejas aventuras, se veía perjudicada por la silla, dura y mal cordada, que le estaba destrozando las posaderas a Nergol.
Si a ello se sumaba las tonterías y simplezas que creía estar oyendo, no es de extrañar que se removiera nervioso.
El sabio Yijda no dejó de notarlo y una juguetona sonrisa se paseó por su cara.
-Para continuar con el tema que nos ocupa y una vez aclarado el importantísimo tema del Visir y de Narudud, temas sobre los que sin duda habrá que profundizar más adelante, podríamos escuchar la historia de Nergol- comento Yijda invitando al ladrón a hablar.
Nergol se revolvió de nuevo en la torturante silla; muchas cosas bullían en su cabeza y no sabía como exponerlas.
-Antes de empezar con mi historia quisiera que se me aclarara este tema del Visir y el de este elfo-
Casi todos los asistentes a la reunión lo miraron con temor, no con temor a lo que pudiera hacer, sino con temor a que dijera alguna estupidez fuera de lugar.
-Porque a ver- carraspeó -¿hay alguien que se crea esta tontería de los Valas i los malas (o como se llamen), que estas cosas se cuenten a los niños pequeños, “cómete las lentejas o se lo diré al valas del viento y te llevará hasta su palacio embrujado” tienen un pase, pero que gente con seso crea en cuentos de viejas, en historietas del oeste… es que no me cabe en la cabeza. Ya me parece demasiado tener que aguantar a elfos sabiondos -miró de soslayo a Narudud- como para que encima se pretenda que son una especie de dioses. Lo próximo será que se nos obligará a arrodillarnos ante ellos. –
Nergol estaba embalado, dispuesto a continuar con su perorata, pero Vilendil, un medioelfo imponente, se vió obligado a detener lo que podría convertirse en un problema.
-Creo, Nergol, ¿así te llamas?, que deberías frenar tus palabras y no hablar de lo que no sabes, porque te expones a hacer el ridículo-
-Y yo creo que deberías dejarme hablar, sobre todo cuando se me ha preguntado y se me ha dado pié a ello- contestó Nergol inmerso en el papel de patán que se acaba de dar cuenta que ha errado pero no sabe como rectificar y lo único que se le ocurre es seguir hacia adelante, le lleve hasta donde le lleve.
Por suerte Yijda habló, conciliador –Querido Nergol, quizá podemos dejar este tema hasta más adelante y centrarnos en la misión que el visir te encomendó-
Nergol notó que Yijda había dejado de lado las vaguedades y se había referido directamente al tema de los barriles, lo sintió como lo que era, una forma de congraciarse con él, de dejar los jueguecitos para hacerle comprender que no debía sentirse extraño en esa reunión, que le daba una oportunidad de salir airoso del tejido de ofensas mutuas en que estaba a punto de meterse.
Nergol volvió a carraspear, nervioso, y se rascó la nariz -bien, pero antes quiero que se aclare esto, porque no lo entiendo y creo que es importante, yo jamás he creído en estas cosas de los dioses de occidente y me parece increíble que alguien sabio pueda creer en ello, no quiero que nadie se ofenda, antes quizá he equivocado el tono, pero imagino que convendrán en que todo esto es de lo más extraño-
Vilendil volvió a hablar, esta vez también más sereno –Nergol, y todos aquellos que jamás han estado en las antiguas tierras de Occidente, debéis comprender que hay muchas cosas en el mundo que son ciertas aunque nunca las hayáis visto, debéis creer que algunas extrañas historias de seres poderosos que habitan en lejanas tierras son algo más que cuentos de viejas, debéis creer que, lo que aquí no son más que mitos, tienen un origen verdadero, transformado por el tiempo y la distancia; todos conocéis a algún elfo, seres sabios y poderosos de vida interminable ¿no es eso también extraño? ¿por qué no creer en que hay otros seres, aun más poderosos y que aun no hemos podido ver?-
Nergol no daría su brazo a torcer tan fácilmente - ¿también debemos creer en dragones voladores y en espadas que hablan?-
-Quizá sí, Nergol, quizá también debieras creer en esas cosas, ¿no notaste algo extraño cuando Narudud nos habló hace un rato?-
-Sí, trucos de luces, en Dassart son maestros en este tipo de cosas, en más de una esquina, en más de una habitación oscura, se pueden encontrar magos que levantan piedras y que brillan en la oscuridad, pero no piden que se crea que ellos son dioses, les bastan unas monedas de cobre.-
Narudud se levantó de su silla –Esto se está alargando demasiado, y no tenemos tiempo para este tipo de debates, entiendo las dudas de Nergol y de todos los que, aun guardando silencio, las compartan; así que creo que va a ser necesario hacer uno de los truquitos de Dassart-
Narudud miró con ojos de fuego helado a Nergol –Bien, Nergol, atácame-
Todos dieron un respingo, alguno disparó su mano hacia la empuñadura de su arma, temiendo que Nergol, el asesino, cumpliera lo que se le había pedido. Nergol no se movió, como si no hubiera oido a Narudud.
-Venga Nergol, no tenemos tiempo que perder, ¿o es que has olvidado cómo se usa una espada?-
El humano, seco y correoso, se levantó lentamente -No, elfo, no he olvidado cómo se mata, pero no me gustan las trampas y los juegos, al menos cuando mi cabeza es parte de la apuesta- dijo mirando a los ahí reunidos, los ojos, muy negros, entrecerrados.
-No temas a los demás- dijo Narudud con un aplomo que confundió a Nergol. –Nadie levantará un arma contra ti- luego levantó la voz y se dirigió a los que parecían más dispuestos a detener a Nergol, entre ellos estaban Madair y Vilendil –Os lo pido, que nadie intervenga, pase lo que pase, es mi voluntad-
Miró a Nergol. –atácame con la espada, párteme la cabeza con ella-
Nergol se sentía incómodo, no le gustaba ser el centro de atención y temía que todo eso tendría malas consecuencias para él; pensó -si fallo por algún truquito absurdo quedaré como un idiota y si mato a este merluzo puedo darme por muerto, porque no hay nada que guste más a uno de estos “justicieros” de pacotilla que tener la excusa de poder matar a alguien como yo-
Pero por otro lado, Nergol no era precisamente un filósofo, y si un lechuguino le provocaba, superando cierto límite, podía darse por muerto. Y este tal Narudud se había ganado un afeitado gratis.
Sin mediar palabra se abalanzó sobre el elfo al tiempo que desenvainaba su espada corta.
No, Nergol no era el mejor espadachín de la Tierra Media, en un combate justo habría tenido las de perder con muchos de esa misma sala, pero era rápido como un demonio, sabía adelantarse, sabía improvisar y su mucha experiencia le había enseñado a matar.
Narudud no se esperaba eso, había imaginado que la conversación se alargaría un poco, que debería convencerlo,… pero no, ese calvo chiflado con cara de perro rabioso, se había lanzado contra él, ya había desenvainado y estaba a punto de golpear. El elfo estaba a contra pie y no tendría tiempo de desenvainar, por suerte para él nunca había pensado en tener que desenvainar su propia espada, tenía otro plan.
La espada cayó, veloz. El grito de alguien de la reunión se elevó rompiendo el silencio pasmado. Narudud levantó ambas manos, como en una plegaria, por encima de su cabeza. Allí se encontró con la espada de Nergol, capturándola con ambas palpas a unos escasos centímetros de su cabeza.
Nergol quiso liberar la espada y atacar de nuevo; ahora el resto reaccionó y, quien sabe qué hubiera pasado si Narudud no hubiera gritado, con una profunda y mesurada voz
-¡NO!-
Todos quedaron medio petrificados, mirando la escena de los “combatientes”, nadie se atrevería a mover un dedo. –Mira tu espada, Nergol-
Nergol miró, y no pudo creer lo que estaba viendo: su brillante espada, fabricada del mejor acero que puede conseguir un delincuente de éxito en Addudran, estaba cambiando de color, desde el borde de las manos, justo donde Nurudud tenían presa la espada, se iba extendiendo un fulgor dorado que parecía ir cambiando el color, el brillo, y la naturaleza de la espada. Nergol la soltó con un respingo, como si su propia espada pudiera quemarle o morderle. El elfo continuó con lo suyo: parecía extremadamente concentrado, tenía los ojos entrecerrados y sus labios parecían recitar algo, en silencio; la hoja de acero, lenta pero imparablemente, estaba cambiando.
Cuando de la punta a la empuñadura fue toda dorada, Narudud habrió los ojos y, con sonrisa burlona, se dirigió a Nergol.
-Ahora toma tu espada-
-¿Qué has hecho, brujo maldito?-
-Nada, nada, un truquito de Dassart, toma la espada-
Nergol se acercó y cogió la espada por la empuñadura, tal como se la ofrecía el Elfo.
-¿qué…?- Consiguió balbucear Nergol.
-¿Qué ocurre Nergol, hay algún problema?-
-Pesa, pesa mucho-
-Verdad que sí, ¿a que dirías que se debe?-
-Oye, no me hables así, estoy muy lejos de ser un niño o un idiota-
-Disculpa Nergol, si te he ofendido, pero ¿Qué dirías tu que le ha pasado a la espada?-
Nergol la miró y la remiró, testó su brillo, la acarició… sí, sabía lo que había pasado, lo sabía, aunque era imposible. Con voz temblorosa dijo:
-el acero se ha convertido en oro, en oro de verdad-
Todos en la reunión miraron con sorprendidos ojos, ni el más indiferente asceta dejaría de afectarse por algo así, no digamos los enanos: a Mazan se le había desdibujado el rostro. Nergol estuvo a punto de trastabillar, pero consiguió acercarse a su incómoda silla, abstraído en el disfrute del metal dorado.
Se sentó, apoyó la pesada espada de oro sobre su regazo y pareció salir de su estado de schock.
-¿Cómo, como lo has hecho?-
-Oh, quizá sólo sea un truquito ¿me darás unas monedas de cobre por el espectáculo?, o quizá es que soy quien digo que soy, quizá es que soy un maia, quizá al final resultará que lo que hemos dicho era cierto y, quizá ahora, podrías contarnos todo lo que sepas sobre los barriles que llevabas durante la larga travesía del desierto-
-¿y la espada?-
-¿Qué pasa con la espada?... ah, entiendo, la espada es tuya, por supuesto-
Nergol no pudo evitar que una grotesca sonrisa le cruzara la cara, se dio cuenta y carraspeó, serenándose.
Después de todo este perturbador espectáculo Nergol no tuvo inconveniente en contarles todo lo referente a la pólvora: la misión encomendada por el visir, las pruebas explosivas que había contemplado, el posible conocimiento del “negocio” por alguien poderoso de Dassart , las desventuras del desierto… e incluso les contó la vil traición del visir al no querer pagarle lo estipulado y al encerrarlo en un calabozo a la espera de su ejecución. No les contó nada sobre Turinia -poque a esos no les va ni les viene mi vida privada-.
[Editado por elfo_negro el 14-09-2011 09:38]
Los ojos de Stygh estaban desaforados, todo lo que acababa de ver sobre magia maia le excitaba el espíritu de una manera agudísima. Todas las cosas que había oído sobre sus antepasados, alguna forma de seres relacionados con las Tierras Imperecederas, se representaban en aquel Tellenar, ahí en ese momento. Instintivamente buscó el utensilio que había recibido hacia unas horas, no lo iba a usar pero necesitaba sujetarse de algo…
“-¡Psht!-
Los últimos días habían sido tranquilos. La tensión y las complicaciones habían disminuido, aunque todavía no se aclaraba el panorama.
-¡Psht! ¡Eh, Stygh, eh, te han conseguido lo que pediste, ven! – llamó enérgicamente Garlan.
En el trance de Styghnaika, el cisne azul con el que hablaba, el que le había traído las novedades de allá de Minas Thulefail cerraba sus amplias alas e iniciaba un aleteo con el cual tomó vuelo hacia alguna parte. Entonces el joven escriba miró hacia Garlan.
- Oh… ¿Sí? Disculpa… ¡Qué bien! ¿Lo tienes?- preguntó despabilándose.
Desde el episodio del encarcelamiento en Adudrant los dos muchachos habían establecido una buena relación. Stygh había tomado responsabilidad sobre la salud de Garlan, con sus conocimientos teóricos sobre curación había hecho lo posible por facilitar la recuperación del organismo de éste, dañado por el ataque de uno de aquellos leones malditos. Garlan, hosco al principio, había recuperado parte de su cordialidad, al menos con el sureño; se había vuelto un excelente oyente para las pláticas que éste solía. Stygh con sus observaciones y relatos había amenizado el doloroso transcurso de Garlan, era un buen conversador, sobre todo porque bien sabía cuándo hablar y cuándo no.
Por otro lado, el bardo, no tan risueño como antes, se había preocupado por comprender a Stygh, cuáles eran sus pensamientos y pretensiones. Había oído con curiosidad y preguntado, cuando éste hablaba de su familia y particularmente de su hermano mellizo. Cuándo empezó a poder moverse también se había empezado a ocupar de cuanta necesidad tuvieran. El cuidado mutuo era lo único que podía mantener vivos a los músicos y escritores extraviados en medio de crueles desiertos y despiadados dictadores, así lo habían entendido y hasta ahora les daba resultado.
Garlan acompañó a Stygh al lugar donde los colaboradores de Yijda le proporcionarían lo que había solicitado, su material más preciado, su necesidad más urgente, papel, tinta y una pluma. Necesitaría tomar notas en la reunión que se celebraría aquella tarde…”
Todos escucharon muy preocupados el relato de Nergol sobre la pólvora, y sintieron miedo al imaginar lo que podría llegar a hacer el ejército de Adudran y el terror que podría llegar a infundir con semejante poder a su servicio. La imagen de Haiddara sitiada por los soldados de Magan mientras los gruesos y resistentes muros de la ciudad se desmoronaban en medio del estruendo provocado por violentas explosiones pasó por la mente de Atâva, y un escalofrío recorrió su espalda. Por su parte, Varyamo recordó las crónicas de la Guerra del Anillo y el relato de la Batalla del Abismo de Helm, y cómo el impenetrable Muro del Bajo de Cuernavilla se había desmoronado por unos artificios muy similares a los que decía haber presenciado Nergol. Pero la mayor parte de ese relato no era nueva para algunos; Madair, Yijda, Rosil y Anso ya conocían buena parte del mismo.
-¡Es impensable que algo así pueda existir!- exclamó asombrado Stygh.
-Mucho me temo que sí existe, y en el Oeste ya se vivió algo parecido años atrás, como bien os podría contar Varyamo- dijo Lómë señalándole con la cabeza.
-Desgraciadamente, nuestra incredulidad no nos servirá de nada. Debemos asumir esta nueva amenaza y prepararnos para enfrentarnos a ella- dijo Yijda antes de que Varyamo pudiera hablar.
-Muy cierto- dijo Atâva inclinándose hacia delante –Pero lo que me gustaría saber es cómo Saffadar, o Magan, o cualquiera que sea su nombre, ha conseguido averiguar que tal arma se hallaba en Dassart, o que al menos podía ser elaborada allí- añadió el soldado de la Orden del Puño Llameante, y todos asintieron.
- Lómë nos advirtió que la influencia de Magan podía extenderse mucho más allá de Adudran y llegar hasta Dassart, e incluso más allá- dijo Firye recordando las palabras del Maia sobre Haraband y temiendo por su hogar.
-En efecto. Como os conté antes, cuando llegamos a la Tierra Media, Magan pasó mucho tiempo en los Reinos de los Hombres. Al principio, sus intenciones y sus enseñanzas eran nobles, pero cuando su espíritu se corrompió y se volcó al Mal, comenzó a instruir a los Hombres en las artes y técnicas de la guerra, y les enseñó a idear y construir mejores armas. Como os decía, Magan fue el principal consejero de Haddar durante su reinado, y la capital de su Imperio era Dassart- respondió Lómë.
-Pero todo aquello sucedió hace más de cien años- dijo Rosil interrumpiendo a Lómë.
-Así es, y si me hubieras dejado terminar, habríais comprendido el por qué os contaba esto. Seguro que en el tiempo que pasó en Dassart, Magan lo aprendió todo sobre la ciudad y sus habitantes, tanto de los poderosos como de los humildes, y dudo que nada sucediera entre sus muros sin su conocimiento, o su beneplácito. Él no ha de preocuparse por una existencia mortal, y puede hacer sus planes a mucho más largo plazo que cualquier Hombre. Él puede y sabe esperar, pues la paciencia es una de sus virtudes. Seguro que en aquel entonces fue plantando algunas semillas con el objetivo de que germinaran ahora. Además, al morir Haddar sin un heredero legítimo que pudiera sucederle, el Imperio se desmembró, y en cada una de las ciudades imperiales se proclamó un nuevo Sultán. En Adudran, Haiddara y Farahkadr fueron algunos de los antiguos generales de Haddar, pero no así en Dassart, donde tras una lucha intestina, se hizo con el poder el variag que se había casado con una de las hijas de Haddar. A su muerte, hace sesenta años, le sucedió su hijo, Abarhor, que aún gobierna en Dassart. Seguramente, al poco tiempo de su proclamación como Sultán, Magan fue a visitar a Abarhor. Al ser nieto de Haddar, probablemente le reveló su verdadera naturaleza al tiempo que envenenaba sus oídos contra los sultanes de Adudran, Haiddara o Farahkadr y le exhortaba a recuperar aquello que le correspondía por derecho propio, gobernar el Imperio de su abuelo. Seguro que le fue fácil ganarse su favor y su fidelidad, y a cambio de servirle y ayudarle en sus planes, es muy posible que Magan le prometiera que podría gobernar en su nombre todos aquellos territorios que pertenecieron al Imperio de Haddar- dijo Lómë, para mayor preocupación de los demás.
-Que hubiera tal unión entre Dassart y Adudran sería aún más alarmante que unos cuantos barriles de pólvora- dijo Anso.
-Difícilmente podríamos hacer frente al ejército de Adudran, y aún menos con tal arma a su servicio, pero si Magan además cuenta con la lealtad de Abarhor y las tropas de Dassart, nuestro destino parece sentenciado- exclamó abatido Madair.
-No debemos desesperar, debemos mantenernos firmes y luchar mientras aún podamos- intervino Yijda.
-De acuerdo, pero por vuestras palabras se diría que la guerra es inminente. En cambio, Lómë también ha señalado que Magan es paciente y sabe esperar su oportunidad. Tal vez la guerra aún no esté tan cercana como pensáis- intervino Stygh.
-No creo que ésa sea la cuestión. Ya sea inminente o no, la guerra, antes o después, acabará por estallar, y debemos prepararnos para ella. La única diferencia es que cuanto más tiempo se retrase, más tiempo tendremos para prepararnos- terció Atâva.
-Sabias palabras. Temo que la mayoría de los indicios apuntan a que la guerra está a punto de estallar- respondió Yijda, y ante la expresión de Stygh, prosiguió hablando –En las últimas semanas han sucedido cosas inusuales en Adudran, ha habido mucho movimiento de soldados, la invitación del visir a los miembros de la Orden del Puño Llameante a la ciudad, o la propia misión de Nergol son algunos de ellos-
-Además, hace ya más de un año el visir me encargó una serie de mapas de las tierras de Firindor, unos mapas que entregué a sus soldados la noche en que la caravana de Hamad llegó a la ciudad, como Atâva podrá confirmar- dijo Tud Jansen ante el asombro de todos. La intervención del Hobbit, que no había hablado hasta ese momento, les había pillado por sorpresa, pues muchos habían olvidado su presencia en la reunión.
-Así es, cuando fui a su casa, le entregó a los soldados que me acompañaban una serie de mapas- certificó Atâva.
-¿Y no podría tratarse de una coincidencia?- preguntó Eärondûr.
-Podría ser desde luego, pero quien ha vivido lo suficiente en Adudran sabe que no se puede confiar en las coincidencias- replicó Yijda.
-De todas formas, ¿qué tienen que ver unos mapas con todo lo demás?- preguntó Mazan tras haberse acariciado la barba.
-En Adudran no hay muchos mapas precisos de las tierras de Firindor. Los que existen datan de la época del Imperio de Haddar, y en todos ellos, las tierras entre Adudran y Dassart aparecen representadas fielmente, pero no así los territorios situados al Este del Ilcafalmar, o las tierras que se extienden al Oeste de las Ered Gaerin, o todos los territorios al Norte del río Sirhelë. Y por supuesto, más allá de las Ered Meneltobas sólo hay un gran vacío. Y a la hora de preparar una guerra, conviene saber con qué te vas a encontrar- respondió Tud Jansen.
-¿Y por qué recurrió a ti el visir de Adudran?- preguntó Olostarin.
-Supongo que mi fama y mis habilidades inusuales llegaron hasta sus oídos- respondió el Hobbit riendo, y viendo la expresión de los demás, continuó hablando –Permitidme que me explique. A lo largo de mi vida he viajado mucho, me gusta conocer lugares nuevos, y siempre me interesaron los mapas, mirar en ellos los nombres de tierras y ciudades de las que nunca había oído hablar. También descubrí que tenía una gran habilidad para dibujar mapas precisos, y no tardé en aprender a ganarme la vida con ellos. Los comerciantes siempre están buscando nuevos y mejores mapas que les permitan encontrar nuevas rutas de comercio más cortas y seguras. En uno de mis viajes conocí a Terrloz, un Elfo del Norte, y hace unos dos años nos establecimos en Adudran. Al principio nuestra vida fue dura allí, pues la mayoría de sus habitantes desprecian y temen a los de otras razas. Pero al poco tiempo el visir me convocó a su palacio, y desde que acepté su encargo, ya no nos han vuelto a molestar- dijo el Hobbit.
-¿Y qué mapas te encargó?- preguntó Varyamo.
-Me dijo que buscaba la forma de ayudar a los comerciantes de Adudran, y para ello necesitaba mapas más precisos y conocer las tierras lejanas, para enviar embajadas a las ciudades desconocidas. Al principio le creí, pero unos meses después conocimos a Yijda, y entonces comprendí las verdaderas intenciones del visir. Acordamos que lo mejor sería que le entregara los mapas según lo acordado, y eso hice. Le entregué varios mapas completos y detallados de Firindor y Ambaron, aunque estos últimos los pude hacer gracias a Terrloz, con el que viajé durante algunos meses por las tierras que se extienden más allá del gran desierto salino del Norte. Pero realizar los mapas fue una tarea lenta y compleja…- dijo Tud Jansen.
-Seguro que sí, Tud, pero ahora no es el momento- intervino Yijda para cortar al Hobbit, que tenía una gran tendencia a divagar.
-Como os decía antes, otra señal que hace pensar que la guerra es inminente son los ataques que llevan sufriendo desde hace algunos meses la Marca Verde y el Sur de Gondor- intervino Lómë.
-Cierto- señaló Eärondûr.
-Por mi parte ya he oído suficiente, y creo como Yijda y Lómë que ha llegado la hora de actuar, sea la guerra inminente o no. Mañana cabalgaré de regreso a Haiddara para contarles a mis hermanos todo lo que aquí se ha dicho y lo ocurrido en Adudran para hacerles ver la amenaza que supone Magan para la paz de estas tierras. Seguro que después de que conozcan la verdad que se oculta tras sus aparentes buenas palabras, mis hermanos estarán de acuerdo en unirse a la lucha contra él- exclamó Atâva.
-Sería una gran noticia, pues hasta Magan debe temer la fuerza del Puño Llameante- terció Rosil.
-Yo también he escuchado suficiente, y al igual que Atâva, mañana partiré para encontrarme con los míos y contarles lo que nos ha revelado Lómë, pues ya conocen todo lo relacionado con la pólvora y el encargo que le hizo el visir a Nergol- dijo Anso.
-¿Ah sí? ¿Y eso cómo es posible?- preguntó Nergol.
-Este no es el momento- respondió Yijda tajante.
-Yo creo que sí- insistió Nergol con un tono de voz duro.
-Si tanto te interesa, te lo contaré. Alguien te vio cuando los soldados del visir te llevaron a palacio, y al verte salir indemne… bueno, comprenderás que no había que ser muy listo para deducir que te traías algo entre manos con el visir- terció Madair.
-Vaya, menuda sorpresa, no sabía que tantas personas importantes estuvieran pendientes de lo que hiciera o dejara de hacer- respondió burlonamente Nergol.
-No te hagas el inocente… Yijda me contó lo que había pasado y me pidió que te mantuviera vigilado, por si acaso. Por cierto, mi verdadero nombre es Diladal- dijo Diladal evitando mencionar en todo momento el papel desempeñado por Taurigale.
-¿Asi que te uniste a la caravana para espiarme? Me siento muy honrado por haber merecido tu atención- respondió Nergol.
-No te hagas el ofendido, Nergol, no te pega- replicó Diladal.
-Basta ya, los dos. No podemos perder el tiempo discutiendo entre nosotros- intervino Yijda zanjando la discusión entre los dos hombres.
-Está bien, pero aún así me gustaría saber cómo el Elfo y los suyos saben tanto sobre mi y sobre la pólvora. Y por cierto, ¿quiénes son los tuyos?- dijo Nergol despectivamente.
-Somos los supervivientes de la ciudad de Losanost, que hace setenta y tres años fue totalmente arrasada por las tropas de Adudran. Apenas unos centenares de nosotros conseguimos huir de las matanzas ordenadas por el Sultán Yzbaral, escondiéndonos en las montañas. Después de talar el bosque en el que se hallaba nuestra ciudad, las tropas de Adudran se marcharon dejando tras de sí los cuerpos mutilados de los miles de los nuestros a los que habían masacrado sin piedad. Varios días después, acuciados por la sed y el hambre, los que sobrevivimos nos atrevimos a salir de nuestros escondites, y nos encontramos con el horror provocado por los Hombres. Seguramente habríamos muerto de no ser por la llegada de una de nuestras compañías, que en el momento del ataque se encontraba lejos, en el Norte. Con su ayuda, conseguimos rehacernos, y desde entonces juramos vengarnos- respondió Anso con dureza.
-¿Y en vuestra venganza se incluye la matanza indiscriminada de mujeres y niños? Porque eso es lo que hicisteis cuando atacasteis nuestra caravana- dijo Diladal.
-¿Qué? ¿Tú y los tuyos sois los responsables del ataque a la caravana de Hamad?- exclamó Atâva.
-No, no todos somos responsables de esa matanza- respondió Anso.
-Pero sabes quiénes son…- dijo Atâva.
-Yo te responderé a eso. Los responsables se hacen llamar los Bassarâ, y al parecer son un grupo muy fanático que a veces actúa por su cuenta- respondió Diladal recordando las palabras de Taurigale.
-Algo así- dijo sorprendido Anso –Pero debéis tener en cuenta que por el mero hecho de haber sobrevivido a un brutal ataque, no todos pensamos igual. Entre nosotros hay quienes claman para que la sangre se pague con la sangre, pero sólo son una minoría. Sí, juramos vengarnos, pero la mayoría nunca actuaríamos como lo han hecho los Bassarâ. Después de la destrucción de Losanost, y tras encontrar un lugar en el que poder asentarnos, pasó algún tiempo hasta que pudimos empezar a llevar a cabo nuestra venganza, que consistía en tender emboscadas a pequeñas patrullas de soldados de Adudran, o a atacar caravanas militares. Nunca atacamos a caravanas en las que pudieran viajar personas inocentes. Con los años, se fue haciendo más difícil nuestro objetivo, pues las compañías de soldados eran cada vez más numerosas y dejaron de aventurarse lejos de su ciudad. Hace algunos años conocimos a Yijda, y el saber que había muchos en Adudran que estaban dispuestos a luchar contra el visir nos animó, aunque los Bassarâ no vieron con buenos ojos nuestra alianza. Aún así, hasta ahora nunca se habían atrevido a llegar tan lejos. Pero supongo que cuando supieron que alguien con la fama de Nergol se traía algo entre manos con el visir se asustaron y decidieron actuar. Cararë, segunda al mando de los Bassarâ, se unió a la caravana al mismo tiempo que Diladal. Y cuando se enteró de lo que transportaba Nergol se marchó para informar a Ohtûlk, el líder de los Bassarâ, quien ordenó el ataque- se justificó Anso. Al escuchar el nombre de Cararë, Stygh miró fijamente al Elfo.
-Ese tal Ohtûlk debería pagar por sus crímenes, y si fueran otras las circunstancias, me aseguraría de ello inmediatamente- dijo Atâva.
-Desgraciadamente nos hallamos en circunstancias que rayan casi en lo desesperado, y si no queremos fracasar, debemos dejar atrás cualquier rencor que exista entre nosotros. Si vencemos, ya habrá tiempo después para dirimir nuestras diferencias. Y si somos derrotados… bueno, entonces no habrá nada que dirimir- dijo Yijda, y todos estuvieron de acuerdo.
-Lo que nunca he entendido es por qué si sabían qué era lo que transportaba Nergol y lo peligroso que era no atacaron expresamente sus carros. Ninguna de sus flechas incendiarias cayó cerca de los barriles, como si los evitaran. Si querían acabar con la amenaza que eso suponía, lo tenían bien fácil. Tal vez pretendían robar la pólvora y no destruirla, para así usarla para sus propios planes- dijo Diladal.
-Quizás, eso sólo lo pueden saber Ohtûlk y Cararë- respondió Anso.
-De todas formas, seguro que los barriles de Nergol no es la única pólvora que el visir ha recibido de Dassart- dijo Rosil.
-¿Y por qué crees eso?- preguntó Diladal?
-Aunque veinte barriles pueden parecer muchos, no creo que sean suficientes para una guerra, y el visir no se arriesgaría a quedarse sin suministros en mitad de una batalla. Debe haber recibido más cargamentos en los últimos meses, toda la pólvora debe estar almacenada en algún lugar de Adudran- respondió Rosil.
-Seguro que estará en el palacio, bien custodiada- terció Nergol.
-O quizás no, imagino que Magan no quiere que nadie husmee en los barriles, y ocultar tantos barriles en palacio no es tan fácil como parece- dijo Diladal.
-De todas formas, sería muy importante encontrar alguna pista sobre la pólvora mientras aún tenemos tiempo- dijo Lómë.
-Sí, mañana regresaré a Adudran y comenzaré a buscarla. Conozco la ciudad perfectamente, y cuando hace falta, sé cómo pasar desapercibido- dijo Diladal ante la expresión de sorpresa de Yijda.
-Necesitarás ayuda- dijo secamente Nergol.
-¿Y cómo podrías ayudar tú?- le espetó Rosil.
-Conozco la ciudad tan bien como cualquiera, y aunque quizás no sepa pasar desapercibido, si sé moverme sigilosamente en las sombras cuando hace falta- replicó Nergol.
-¿Y hemos de fiarnos de ti porque…?- preguntó Rosil.
-No me importa si os fiais de mi o no, la verdad es que no me importa si va a haber una guerra o no. Pero ese arrogante mala, o lo que sea, jugó conmigo, me traicionó y me quiso ajusticiar. Y yo jamás perdono a los que me traicionan, de eso podéis estar seguros. Lo que os pase me da igual, sólo me importa poder causar a Magan todo el daño posible, y si para ello tengo que ayudaros, que así sea- respondió Nergol.
-Está bien, tus motivos poco importan, y supongo que tienes razón, me vendrá bien tu ayuda- dijo Diladal.
-Creo que dicho esto ya está dicho todo. Pienso que éste sería un buen lugar para reunir a nuestras fuerzas, si es que conseguís convencer a los vuestros- dijo Yijda mirando a Varyamo, Vilendil, Atâva y Anso, y todos asintieron.
-Antes de terminar me gustaría pedirle a Anso que me dejara acompañarle. Mi hermano Rom, después del ataque que sufrió nuestra caravana, siguió en secreto a Cararë, pues estaba obsesionado con ella. Estoy preocupado por él, y tal vez allí donde va encuentre alguna noticia sobre su paradero- dijo Stygh.
-Si tú vas con él, yo también iré. Te lo debo después de todo lo que has hecho por mi desde que me hirieron- susurró Garlan, pues una gran amistad había surgido entre los dos jóvenes.
-En otras circunstancias jamás os lo habría permitido, pero está bien, podéis acompañarme- admitió Anso tras apiadarse del sufrimiento de Stygh.
-Entonces eso es todo. Deberíais iros a descansar, pues os esperan jornadas agotadoras a la mayoría de vosotros. El resto os esperaremos aquí- dijo Yijda poniendo término a la reunión.