Historia pública
Aglar Y Elendur
Al alba del siguiente día se respiraba una cierta intranquilidad en las estancias de Nargothrond. Mujeres y niños desde las primeras horas contemplaban las idas y venidas de los soldados, escuchaban las sonoras voces de los oficiales despachando órdenes y dando instrucciones.
Se respiraba miedo en el ambiente.
Pese a ello la nobleza y el orgullo del pueblo de Nargothrond se mostraba en estos tiempos de crisis más que nunca en los corazones de los ciudadanos, desde el más importante hasta el más insignificante.
La ciudad no había de caer sino junto al último suspiro del último valiente dispuesto a defenderla.
Pasaban las horas. todo se iba ultimando. Sin embargo, el corazón de Aglar seguía ensombrecido por su debate interior. Su instinto le instaba a la acción. Era algo que no podía evitar. Sentado en su habitación, apretando los dientes, conteniendo su rabia por una inactividad forzada, meditaba. Algo a lo que nunca se había acostumbrado demasiado.
Antes de hacer una locura o cometer una imprudencia decidió acudir a las estancias regia para pedirle un favor personal a su rey en presencia de sus altos oficiales.
Su hermano estaba a su puerta. Le sonrió levemente.
- Estoy a tu lado, Aglar. Como siempre. Vamos a ver al rey, has pensado bien y deseo que veas lo que yo veo.
El guerrero contempló los ojos de su hermano. Podía ver miles de estrellas en sus iris azules. Y de repente, allí estaba. Todo se le apareció con claridad. El estudioso no era un traidor, como habían estado diciendo en la corte, desde que se pusiera de parte de los supuestos enviados de Círdan, a los que los guerreros no acababan de dar crédito. Como el rey, su hermano también había visto a Ulmo en un sueño. Y entonces recordó. El que envía la lluvia les había llamado desde el seno materno. Conocía el destino que les era reservado a los hermanos, y les pidió que escogieran en el momento de su nacimiento. Elendur había hecho su elección. Aglar sintió cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. Bajó la cabeza y comenzó a temblar.
- Perdóname, hermano. Estuve a punto de...
- También eso estaba escrito. Pero no era posible saber más allá, el desenlace depende de tu decisión y del sacrificio de muchos. Gracias por ser capaz de esperar. No podía mostrarte nada hasta saber tu decisión, los Valar son celosos de sus secretos. Vayamos ante el rey.
Aglar levantó la vista. Una luz desconocida iluminaba su rostro, y por primera vez Elendur no pudo ver lo que escondía su corazón.
- No, hermano. Yo también debo seguir mi camino. Espera contra toda esperanza, quizá no todo esté escrito. Quizá baste uno solo para detener el mal que nos acecha. Túrin desea la batalla a campo abierto... Ojalá pueda convencerle. Cree en mí, Elendur.
Elendur extendió los brazos hacia su hermano. Los gemelos se abrazaron con fuerza y Elendur vio partir a su hermano con dolor.
- Namarië... Que los Valar te iluminen en tu camino. Que nos guarden a todos de Morgoth.
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Turambar
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Turambar