#299281
Belennor
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Bueno…aca estoy nuevamente…dos capitulos mas…espero que los disfruten…saludos!

El Gaucho de los anillos

LA COMUNIDí DEL ANILLO

Capí­tulo 5

Los dí­as jueron pasando

y era hora e´ que se vayan;

y haciendo gala e´ su laya

jue a despedirlos gentil

el paisano Bombadil

con su guaina doña Baya.

La misia les dio una cesta

pa´l viaje con empanadas.

"Gracias", dijeron. "No es nada"

respondieron a la par.

"Gí¼elvannós a visitar,

si nos hacen la gauchada."

Por el camino de tierra

tuito el dí­a le pegaron.

Al pueblo de Bri llegaron

cuando la luna salí­a,

y al ver una pulperí­a

derechito le enfilaron.

Al boliche lleno de humo

llegó a repostar la tropa;

se sacudieron la ropa

de tuito el polvo del viaje,

y pidieron unas copas

como pa´ juntar coraje.

Un payador animao

las seis cuerdas aporriaba;

unos al truco jugaban,

y por la parte de atrás

un baquiano montaraz

solo en lo oscuro pucheaba.

El Frodo acabó achispao

con tanta grapa y cerveza;

se le subió a la cabeza

el alcohol y el guitarriar,

y se puso a malambiar

arriba mesmo e´ la mesa.

En un rato, en el boliche

no quedaba nada e´ calma.

La gente le hací­a palmas

pa´ acompañar cada paso;

pero jue a pisar un vaso,

cayó y se rompió el alma.

La tropilla de mamaos

dentraron a carcajearse,

y empezaron a acercarse

pa´ ver mejor al petiso.

Pero nada habí­a en el piso:

era como pa´ asustarse.

El Frodo, despatarrao,

se dio cuenta del enriedo;

la gente estaba con miedo,

algunos se persinaban,

y vio que el anillo estaba

muerto de risa en el dedo.

Buscando un lugar oscuro

jue esquivando parroquianos,

hasta acercarse al baquiano

que fumaba un cigarrillo;

y al pí­caro del anillo

se lo sacó de la mano.

Les gritó dende el rincón

haciendosé el chancho rengo.

"Por qué tanto bullarengo",

disimuló con audacia.

"Siempre me mando una gracia

como ésta cuando vengo."

"Usté malambea muy bien",

le respondieron corteses.

"No se ve todas las veces

alguien que ansí­ se distinga."

Pero era cosa e´ Mandinga,

aunque naides lo dijese.

Bajito le habló el baquiano

cuando se calmó el lugar:

"¿Quién lo manda jorobar

ansina con la sortija?

¡Pero qué gana e´ enterrar

la pata hasta la verija!"

La verdá que lo asustó

que aquel otro lo supiera;

lo miraba como fiera

cantandolé las cuarenta,

y allí­ vino a darse cuenta

que la habí­a embarrao fulera.

Le retrucó sin mirarlo,

tratando de hacerse el pollo:

"Mire, yo no quiero embrollo,

que yo ni siquiera sé

quién caranchos es usté

y ya me larga sus rollos."

A ningún otro crestiano

el gaucho se parecí­a,

pues hablaba y se moví­a

con un aire e´ majestá,

y un pedazo e´ oscuridá

la cara le ensombrecí­a.

"Siguiendo rastros yo vivo

con ojo, oreja y nariz,

sea vaca o sea perdiz,

sean comadrejas o cuises.

El Trancos a mí­ me dicen,

y soy amigo del Gris."

Al enterarse de eso

grandes los ojos abrió.

"¿Dendeveras", preguntó

"que usté lo conoce al mago?

¿Él anda por estos pagos?"

Y la respuesta jue: "No".

"Al gí¼en Gandalf no lo veo

dende hace un rato largo,

pero me dejó el encargo

la última vez que nos vimos

de ayudarlo a usté y sus primos

en este camino amargo."

"Pero no puedo si ustedes

me asustan la paisanada.

Ya basta con la pavada,

se van tuitos a dormir

porque vamos a salir

temprano en la madrugada."

Capí­tulo 6

Seguí­a Gandalf cautivo

arriba e´ la torre Ortán,

pero ya tení­a un plan

pa´ escaparse de la jaula

ande jue a meterlo el maula

del barbudo Sarumán.

Cuando llegó la ocasión

tení­a pensao el cómo;

le dijo con mucho aplomo:

"cada cual se va a su rancho".

Bajó tremendo carancho

y se lo llevó en el lomo.

Demientras el Gris juí­a

de los dominios del Blanco,

por colinas y barrancos

los cuatro hobbits andaban,

y adelante los guiaba

el que le decí­an Trancos.

"Paremo´ un rato", Sam dijo

muerto con la caminata.

"Unos usan alpargatas

o andan con bota e´ potro,

y se olvidan que nosotros

sabemos andar en pata."

"Imposible", dijo el Trancos.

"No hay que parar un momento;

tengansén en movimiento

y no se dejen de andar,

que hoy tenemos que llegar

a la Sierra de los Vientos."

Llegaron cuando los grillos

ya cantaban su canción;

encendieron un fogón

con ramitas que allí­ estaban

para calentar la pava

y dentrarle al cimarrón.

Estaba el hombre avivando

el fuego con charamusca,

cuando una priegunta brusca

jue a agarrarlo atravesao:

"¿Quiénes son los embozaos

que usté dice que nos buscan?"

El baquiano puso cara

de severidá tremenda,

y a la final largó prienda:

"Tienen que ver esos cosos

con los anillos famosos

y su terrible leyenda."

"Los elfos tení­an tres,

los enanos otros siete,

y estos oscuros jinetes

con nueve jueron prendidos:

ahura son aparecidos

y de Saurón alcahuetes."

"Aquél que ustedes ya vieron

saliendo de la Comarca

clarita tiene la marca

del malvado en el orillo.

Le andan atrás al anillo

y son piores que la parca."

"¡Pero que no se entreveren

con este criollo notable!

¡Mientras yo camine y hable

voy a ver que el mal no cunda!",

y del cuero de la funda

peló soberano sable.

Jue Sam el que se animó:

"Capaz que al final no es nada;

yo no quiero hablar pavadas

ni andar metiendo bolazos,

pero como que a su espada

le está faltando un pedazo."

Dijo el Trancos: "Lo que es

no saber nada, aparcero.

Esta noble hoja de acero

es la mentada Narsil,

la mesma que al patrón vil

ya le hizo sonar el cuero."

Y en la noche un alarido

les puso de punta el pelo,

y golvió la sangre yelo

de tan grande que jue el chucho:

era un grito de aguilucho

cruzado con pingo en celo.

"Eso no es bicho del monte"

peló Trancos el facón.

"Estos son los de Saurón

con alguna trapisonda;

pongansé tuitos en ronda

alrededor del fogón."

Cinco sombras se agitaban,

como e´ ramas que se mueven

en una noche que llueve;

los rodearon redepente

y se notaba patente

que eran cinco de los Nueve.

Pero el Frodo no temblaba

con la temible presencia,

y aunque tení­a concencia

que se diba a arrepentir,

no se pudo resistir

a la malina influencia.

Sin saber muy bien por qué,

jue a colocarse el anillo

y los vio con mucho brillo:

el que vení­a adelante

tení­a una espada llameante

y en la otra mano un cuchillo.

En contra de los nazgules

se tiró envalentonao

sacudiendo el envenao.

Tarde supo que era un yerro,

después que el helado fierro

lo cruzó de lao a lao.

Cayó el Frodo del dolor

que le agarrotaba el brazo,

y sin hacerle más caso,

después de anotarse el punto

se jueron los cinco al mazo

dejandoló por dijunto.