La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 4

Rómenor, la Tierra del Sol

Finalizada · 07-07-2007

Tathâral

Raza: Elfo Aldalânta (abarî)

Otros nombres: Tath, Tathâral Aryôn “Heredero del Sauce”, Nêrvâtân “el que ha sido humillado”

Armas o poderes: Lleva una espada. Kalgorô la hace llamar, “agonía brillante”, un escudo, un bumerán, Ruskunûn, y un puñal (escondido por precaución). Es un experto jinete, su corcel se llama Munnufar. Además tiene un gran manejo de la espada.

Vida: 100%

Descripcion

Es un elfo fuerte y de buen porte, mide sobre unos 1,81 cm. De pelo castaño y mirada desafiante, sus ojos son de un tono grisáceo con reflejos azulados. En tiempos de paz suele vestir con pantalones cortos, ajustados y bordados con finos hilos de oro y sandalias cortas, con camisa o sin ella. Decora sus brazos con múltiples brazaletes de plata y con tatuajes, los primeros con amuletos aldalântar de marfil y los segundos con símbolos de esos amuletos. Además posee un gran tatuaje en el lado derecho de su espalda que evoca su árbol tótem. En tiempos de guerra viste ropas de tonos verdes ajustados con la coraza musculada y con las grebas y brazales característicos de los guerreros de su pueblo que protegen brazos y piernas, además de una capa verde, con listas ralladas de un color más intenso. Su torques es de plata con una figura de marfil blanco.

Interesado, ambicioso, perspicaz y valiente, aparentemente inalterable; un lider nato que usa su encanto personal para lograr sus objetivos. Sólo muestra aprecio y una actitud amigable por aquellos que son de su entera confianza, con los demás se muestra altanero. Buen guerrero y general, pero también dado a las fiestas y las bromas.

Su tótem onnar es el Sauce, del que comparte la característica de la flexibilidad y el equilibrio emocional, y la habilidad de la regeneración pues, al igual que cuando un sauce es cortado consigue rebrotar, Tath supera las adversidades y derrotas con gran habilidad. A veces lleva consigo un loro de plumaje verde oscuro y que llama Kakach.

*DESCRIPCION de la ESPADA: Kalgorô la hace llamar, “agonía brillante”, de acero con hoja afilada con un segundo falso filo y runas okkân a lo largo de la hoja; empuñadura negra de ébano con símbolos laberínticos y trazos Okkân*

Historia

·El Aldatenwê ·

El cielo no iluminaba ese día, sino que lo hacía el brillo abrasador del sol. La época de las lluvias se había marchado y llevaba el calor, sin embargo, aquel día era un día excesivamente caluroso para aquellas latitudes. El magnifico sauce, con sus ramas emulando al honorable Nensir, se mantenía imperturbable en las inmediaciones del río.

-¿Preparado? – le dijo el sacerdote indicándole el árbol que le iba a acompañar los próximos días. El padre de Tathâral lo miraba orgulloso en la lejanía.

El elfo afirmó, mientras contemplaba a aquel sauce, delgado, esbelto, con las ramas intentando alcanzar el suelo.

[…]

-Durante tres días seremos tú y yo, los únicos, mi querido onnar – susurró Tathâral mientras acariciaba con la mano el tronco del árbol al tiempo que sonreía. Estaba atado al árbol y los sacerdotes hacía ya un par de horas que se habían marchado. Entonces, Tath, estalló en carcajadas cuando alzó la mirada al cielo, las ramas caídas del sauce le iban a proteger del radiante sol – Voy a tener suerte.

Aquello suponía un buen reto para él, pues desde siempre había admirado a su padre, y quería ser algún día como él. Antes tenía que pasar esa prueba.

-Bah, son tres días nada más – dijo mientras miraba al frente.

[…]

Las ramas delgadísimas y caídas del sauce ya podían hacer poco para que el sol no llegara a Tath, que tenía la cara y el cuerpo cubierto en sudor. Estaba junto al río, por lo que los mosquitos ya hacían buena cuenta de su piel, y el picor empezaba a ser insoportable.

Y habían pasado apenas cuatro horas.

[…]

La tarde se iba y con ella el sol. Tathâral había pasado su primera prueba, no es fácil soportar el calor cuando no se tiene agua que beber. Pero aún no tenía hambre, o lo tenía pero era soportable.

-¿Qué se supone que tengo que conseguir con esta prueba, Tathâr? – le dijo al árbol que era su onnar.- Eres mi onnar, mi espíritu guardián o algo así, ¿no?

"Busca en tu interior"

Llegaba la noche, tan imprevisible, pero Tathâral nunca le había tenido miedo a la noche, y la superó mejor que el día.

[…]

Los dos días siguientes no mejoró la cosa, las noches eran refrescantes y pasables, pero los días…calurosos y asfixiantes. Aún así Tathâral había soportado lo mejor que pudo el calor y los mosquitos. Faltaban apenas cuatro horas para que vinieran a por él, y el estomago ya se había secado de tanto necesitar agua y comida.

"El sauce es un árbol cuyas hojas caen, esbelto y delgado, y su fortaleza y flexibilidad pueden con toda la adversidad"

Los primeros rayos del sol amenazaban calentar aún más. Sin embargo, el esperado día caluroso se torno en grisáceo, vinieron las nubes y cubrieron pronto el cielo. En una hora ya estaba lloviendo.

-¡Maldición! – gritó ofuscado Tath. ¿Por qué el tiempo lo había martilleado con un calor espantoso y ahora que ya acababa su prueba llovía?

"No todo sucede cómo queremos y debes aprender a adaptarte a las circunstancias. El sauce rebrota cuando lo cortan"

Miró entonces al sauce y percibió algo extraño, se sintió íntimamente unido a él, lo entendía y lo comprendía. Los ojos de Tath estaban abiertos de par en par cuando vio que, de una rama cortada del sauce, brotaba un tallo.

[…]

-¿Qué es el sauce? – le preguntaron cuando lo desataron.

Tath miró entonces a su árbol y dijo:

-El sauce es mi espíritu, yo soy el sauce y él es yo. Dos espíritus unidos en la adversidad.

Los sacerdotes le pasaron entonces un cuenco con agua, muy fresca, que Tathâral bebió como si le fuera la vida en ello.

·Nêrvâtan·

No fueron las voces acusadoras lo que sintió, sino el irónico silencio de su interior, la humillación de alguien que había pasado de ser el bien considerado hijo del venerable balta al culpable de la guerra y la matanza entre dos pueblos hermanos.

Las tribus aldalântar siempre habían tenido un buen sentido de la amistad y la cooperación, las nôri siempre fueron la columna vertebral de la sociedad aldalântar. Pero tuvo que ocurrir, la manzana se tuvo que podrir y el equilibrio se tuvo que romper. Aquellos que veneraron la muerte pusieron en las sagradas tierras las semillas de la discordia y ésta no tardó mucho en crecer y hacerse fuerte como si de un árbol sagrado se tratase.

Durante el año 1358 de la segundad edad nació él, Tathâral Âryon, el heredero del sauce, primogénito de Tuinêral, el venerable balta de los aldalântar y durante mucho tiempo fue considerado un elfo fuerte, noble y capaz. Había pasado con éxito su aldatenwê y había ganado reputación como un aprendiz y luego como un maestro digno de su pueblo.

Ahora bien, la separación entre ambos pueblos, los que veneraban la vida y los que veneraban a la muerte, ya hacía tiempo que había ocurrido y la tensión se palpaba en los ancestrales bosques. Los árboles y los animales eran testigos de que el equilibrio se resquebrajaba poco a poco entre los dos pueblos, los aldalântar y los nurulântar, mientras ellos separaban sus costumbres y sus tradiciones.

Es cierto que las chicas nuru le producían una considerable atracción a Tath ya que se sentía cautivado por lo prohibido. Las jóvenes alda no le satisfacían y él andaba en una edad en la que todo suponía un gran reto, una meta inalcanzable por lograr. Así fue como, al conocer a Hisiê aquel día en el mercado, se sintió terriblemente atraído por ella. Le hechizó sobre todo la dulzura que ella escondía intensamente en un cuerpo férreo e impenetrable y, durante un tiempo, disfrutó intentando hacer sentirla vulnerable ante él. Aunque esto le costaba, pues ella era implacable y poseía una gran fortaleza. No obstante ambos acabaron dejándose llevar por la pasión. Sí, aunque era un juego, hubo un momento en que Tath se vio enamorado. Sin embargo, nunca dejó que ese sentimiento lo consumiera. Tenía una reputación que mantener y una relación con una nuru sería terriblemente condenada en la asamblea. Y su padre lo terminó de convencer cuando supo la secreta relación, así que Tath no quiso saber nada más de ella, repudiándola de la peor manera.

Su cara asumió una mueca irónica cuando Hisiê, tiempo después, lo acusaba de violación en la asamblea. Un gran revuelo se levantó entonces, algunos gritos y algunos insultos; y, en esa vorágine de sentimientos desencontrados, Tath se encontró con la mirada de ella, severa, que la elfa rápidamente desvió. Supo entonces lo que estaba pasando. El esfuerzo tanto tiempo trabajado, el prestigio logrado no sólo por ser hijo de Tuinêral, sino por sus habilidades y su energía, su tesón y su capacidad, se estaba viendo esfumar de repente. Tanto tiempo luchando por la posibilidad de que, quizás, algún día logrará llegar a donde había llegado su padre y eso ya no sería posible, pues una mancha cubría su reputación.

- ¿No has hecho eso, verdad Tath? – le preguntó suplicante su hermana Althira que estaba sentada a su lado.

Tath suspiró, inmutable. – No, esa no es culpa mía, pero ahora pocos creerán mi inocencia.

Sin embargo, Tuinêral, con el apoyo de la gran mayoría de los sacerdotes aldalântar, logró que su hijo no fuera condenado en el juicio, pero aquello no hizo sino levantar más llagas en una piel irritada.

Largos fueron los días en los que se sucedieron atropellos por las calles, revueltas, incendios; y, poco a poco, el clima inestable se fue agravando desembocando todo en una guerra. Nadie la esperaba pero así sucedió, la sangre entre elfos se vertió y muchos perecieron. Con la muerte del padre de Tath y Althira atrapado junto a su esposa y su hijo menor, Lossîndo, en el incendio de su hogar, se mostró a los aldalântar una cruda realidad, los nuru se estaban imponiendo en la guerra y ya no había camino para una posible reconciliación.

Emmârdin, uno de los más importantes sacerdotes alda, lideró entonces la huida, la amarga y penosa migración que llevó a los supervivientes alda hacia el noroeste, alejándose de sus tierras ancestrales y sus amados bosques. Caminaron a través de extensas florestas mientras sus corazones lloraban con multitud de cantos y salmos. Tath llevó apretada fuertemente la mano de su hermana mientras intentaba aplacarle el dolor. Habían perdido a sus padres, a su hermano pequeño y al resto de su familia y sólo se tenían ellos dos. Fue en esos días y sólo en esos días cuando el joven elfo sintió la humildad aflorar en su corazón, le importó más el dolor de su hermana que el haber perdido todo atisbo de honra y fama.

Aparecieron entonces las Cataratas y, al igual que todos los alda que le acompañaban, admiró la esplendorosa belleza de sus aguas cayendo musicalmente. Refrescante fue el primer baño a medida que el agua, límpida y cristalina, empapaba sus sucios cuerpos y los iba limpiando y purificando. Decidieron entonces instalarse en aquel lugar pues, según dijo Emmârdin, las Cataratas estaban poseídas por un espíritu, un vala que había sido enviado en su ayuda y su purificación. Nensir sería desde entonces el guía del nuevo clan.

Durante muchos meses estuvieron construyendo nuevos hogares en aquel lugar de gran belleza, lleno de árboles y agua, mientras veneraban a las cataratas honrándolas y agradeciendo a Nensir que les quitara todo lo mal que la guerra había sembrado en sus corazones.

Después, varias voces se levantaron, algunos no habían olvidado y Tath notaba muchas miradas de reproche cuando él pasaba a su lado. En el Juicio de los Infractores, el joven elfo fue uno de los sometidos a sentencia acusado de provocar la guerra que les había azotado y dejado sin hogar. Althira intercedió entonces por él y, por mayoría de votos, se libró de cualquier tipo de castigo. Pero ya desde entonces estuvo marcado por la mancha del deshonor, esa que es muy difícil de quitar. Se dio a si mismo el nombre de Nêrvâtân, el humillado. Y durante años recordaría las caras de los pocos que habían levantado la palabra para intentar que fuera vetado en las altas esferas de la nobleza élfica, sabía que algún día conseguiría hacerles pagar aquella humillación.

Pero nunca se apagó la llama de la humillación y fue consiguiendo sus metas poco a poco. Primero una buena reputación entre los guerreros de su pueblo, dirigiendo junto al sacerdote Ezirer los asuntos de Dâkosto, el templo-cuartel. En algunas décadas logró grandes proezas, alejando las amenazas orcas de las inmediaciones de las cataratas y la paz con Eglamar, donde, por cierto, el destino le puso a prueba al conocer a Ramjakhîn, el líder de la ciudad corsaria. Finalmente, el revés de los acontecimientos le puso en bandeja un puesto en el Aratûre, el Consejo de su clan, el que tantas veces antes le había sido vetado. De ahí, sólo había un paso para lograr el máximo poder en el clan.

Muchas cosas pasaron en los 243 años de su vida, tantos cambios, tantos rumbos imprevistos. Las manchas muchas veces no son tan difíciles de quitar…y las metas, ambiciosas pero reales al mismo tiempo, son fáciles de alcanzar si uno sabe elegir un buen sendero que transitar…

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NÓTI: 6634

NIVEL: MAESTRO

HABILIDADES DE HISTORIA:

- Jinete.

- Destreza de Montaraces.

- Avistamiento

- Dominio del Arma: Espada.

- Canto/Discurso.

- Ojos de Lince.