
Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 4
Rómenor, la Tierra del Sol
Finalizada · 07-07-2007
Athran
Raza: Náredain
Otros nombres: Al'Narhadan (Derivación de Náradan)
Armas o poderes: Porta únicamente una espada de dos manos, Azrêil, legado de su abuelo Sandor. Como Náredain, ha desarrollado gran resistencia y afinidad con el fuego. Tiene ciertas dotes relacionadas con la mente (telequinesia, piroquinesia, etc).
Vida: 90%
Descripcion
Athran proviene de la estirpe númenoréana, por lo que es de su misma forma física: alto, de ojos grises, pelo largo y castaño claro. A pesar de su excelente entrenamiento, no es corpulento ni delgado, sino algo intermedio; en general, atractivo. Cuando se enfurece, sus ojos se tornan rojos; en un estado de ánimo normal, tienen ligeros destellos como de fuego.
Tras integrarse en la Dehni Vharasda, adoptó como vestimenta normal la armadura reglamentaria, que combina la cota de mallas y placas, hombreras, brazaletes y botas, todo ello de color azul oscuro, con los adornos y símbolos, religiosos y varantes, de fondo color amarillo-arena. En sus días libres o simplemente cuando le apetece, suele ponerse la remdasht o túnica religiosa, también de color tierra, confeccionada en cuero, y adornada con los símbolos de Audrant —pues Athran está consagrado a él— y su propia Cofradía.
Respecto a su carácter, Athran suele ser jovial, amable y muy tranquilo, esto último derivado de sus primeros años en Heren Nár. Tiene una enorme capacidad de autocontrol y, gracias a ello, ha logrado dominar con bastante autoridad los poderes de Sdarag. Es rápido en la risa y compasivo, lo que le ha acercado siempre a las clases bajas. No obstante, su vida difícil le ha configurado, además, seriedad hacia los desconocidos y gran desconfianza a la hora de ceder su corazón a los demás. Aunque ha perdido la fe en Ilúvatar y abrazado las creencias de la Triple Madre, Athran siempre se debatió entre la religión y el ateísmo, aunque finalmente alcanzó una estabilidad con el agnosticismo. Debido a este complejo equilibrio que supone toda su vida, siempre se sintió identificado con Audrant, la Mediadora.
Historia
DE SAURON Y LOS DRAGONES
Dicen que Melkor el Magnífico, Morgoth, el Oscuro Enemigo del Mundo, se rodeó de Maiar y seres de gran poder a los que sedujo con promesas de conquista y dominación; y el más poderoso de todos ellos era Sauron, el Señor de los Licántropos, quien obtuvo grandes victorias para el Mal antes de su derrota a manos de los Valar. Entonces Sauron escapó, pues era astuto y taimado, y desapareció de la vista del mundo durante un tiempo. Númenor habría de ser forjada, para regocijo del mundo durante cientos de años, y los Elfos, los que quedaron en la Tierra Media, prosperaron y embellecieron el gris mundo que había quedado tras el primer gran Hundimiento.
Pero el Mal, que sólo había sido derrotado, y no destruido, se concentró en la figura de un nuevo Señor Oscuro, Sauron el Abominable; mas optó por una bella forma, la de Annatar, el Hacedor de Dones, y así embaucó a muchos de los Elfos, ávidos de conocimientos, como Celebrimbor y su estirpe. Y, en secreto, el Maia no descansaba; primero, con oscuras residencias en sitios dispares, más tarde, con el inicio de Barad-dûr. Mientras aumentaba sus nociones de la forja, también su conocimiento del mundo y la vida acrecentaba, mas era algo torcido, pues siempre aprovechaba su sabiduría en malos fines.
Pues él sabía que, tarde o temprano, habría guerra en la Tierra Media, y había de preparar un ejército digno de la gran conquista que auguraba dirigir con éxito. Entonces hizo muchos experimientos en sus tétricos laboratorios, y cometió terribles atrocidades que estremecieron a muchos con gritos y gemidos de dolor; creó variedades de orcos y de trolls, más poderosas y útiles, y otros muchos malvados seres.
Pero Sauron codiciaba entre todos los seres a los dragones, que podían destruir con su aliento y su malicia a ejércitos enteros; mas, desde el poder de su señor, Morgoth, los grandes dragones habían olvidado sus lealtades, y se dedicaban a satisfacer sus propios maléficos caprichos. Y eso irritaba sobremanera al Señor Oscuro, pues con justicia valoraba la utilidad de tales seres.
Entonces, en el año 1402 de la Segunda Edad del Sol, Sauron mandó capturar un dragón vivo, uno de los grandes dragones rojos voladores del linaje de Glaurung, y hubo de esperar dos años a que su objetivo se viera cumplido. Pues los dragones no eran numerosos de por sí. Ni mucho menos, fáciles de capturar.
Pero con la habilidad característica del lugarteniente de Melkor, Sdarag, un gusano temible e iracundo, fue tomado prisionero y utilizado en terribles experimentos. Pero, ni siquiera Sauron encontró alguna forma de crear dragones completamente leales a su causa, de modo que optó por otro camino: la de usar a los númenoréanos. En aquella época, los dúnedain aún eran fuertes de espíritu, mas el ansia de grandeza comenzaba a anidar en muchos de ellos; Sauron, por su parte, sabía dos cosas: los hombres de Númenor eran los más poderosos de entre ellos y, por ser Hombres, también fáciles de corromper. De modo que logró seducir a cincuenta varones y cincuenta mujeres, y los llevó a sus laboratorios, donde comprendieron su error. Pues tan pronto pisaron el siniestro recinto, fueron encadenados y tratados con gran crueldad.
Entonces, Sauron intentó llevar a cabo una de las tareas más ambiciosas de cuantas había planteado: pues intentó mezclar la sangre hirviente de Sdarag con la de los dúnedain. Es imposible describir el tormento que causó a las gentes con las que experimentó, pues sentían siempre su sangre hirviendo, quemándoles y destrozándoles, mas no se producía quemadura alguna, y no podían optar por el descanso de la muerte.
Lo cierto es que muchos de ellos murieron en los cien días que duró todo aquello, y al final sólo quedaban ocho hombres y siete mujeres. Pero Sauron no logró convertirlos en medio dragones, como era su propósito, y al fin desistió y volvió a Eregion, donde no era prudente ausentarse por más tiempo, pues tenía más cosas que hacer. No ordenó la muerte de aquellos supervivientes, pues pensaba retomar sus estudios más tarde. Aquello supuso un gran error.
Porque sin Sauron en aquellos lugares, la disciplina era poco más que una ilusión, y la vigilancia escasa. Entonces, con el alivio de la ausencia del mal opresivo de Sauron, la esperanza y la vitalidad de Númenor volvió a sus corazones, así como su orgullo de Hombres, y lograron liberarse en una audaz y temeraria maniobra que costó la vida a otro de sus compañeros.
Entonces huyeron de la fortaleza, y volvieron juntos a la Tierra Media, esquivando con gran temor las zonas donde Sauron era influyente. Quizá, si hubieran informado ante todo a los reyes de los Elfos de la traición del supuesto Annatar, las cosas hubieran sido muy distintas en el mundo. Pero anhelaban de tal modo sus hogares que partieron directamente a los puertos númenoréanos de la Tierra Media, unidos por una sincera amistad surgida ante el infortunio y el enorme dolor sufrido.
Pero los catorce dúnedain no sabían aún todo lo que habrían de padecer. Pues, llegando a su destino, con la vista de Númenor en su mente, optaron por pasar la noche en una de las tabernas que había en el sur de la Tierra Media. Las cosas transcurrieron con normalidad; uno de los compañeros, Ermaron, era rico y no tenían ningún problema con el dinero que pudiera costar.
Aquella vez, no obstante, el posadero, que era un hombre ávido de dinero, intentó engañarles, pero todos se percataron de ello. Entonces, otro de ellos, Hekil, montó en una cólera terrible; sus ojos se habían tornado rojos y parecían arder. El tabernero, atemorizado, pidió perdón y aclaró lo que debían pagar. Pero Hekil no se calmó, sino que su furia pareció multiplicarse, y repentinamente mató de una puñalada al posadero.
El desatino no terminó ahí, sino que los empleados se arrojaron sobre Hekil y los demás. Los trece restantes se tornaron tan iracundos como él y cometieron una terrible masacre. Antes de que todo terminara, Erumon, uno de los dúnedain, fue asesinado; Rilya, su amante, rugió de un modo terrible, de la ira que consumía su alma, y el fuego de la chimenea estalló y prendió todo el local.
Todo concluyó, por tanto, de forma trágica, pues Rilya, Fallis y Nárion murieron intentando escapar del incendio. Aquella noche entraron catorce númenoréanos al local y sólo salieron diez de él. En total, murieron más de cuarenta personas.
Fue entonces cuando comprendieron por completo lo que Sauron había hecho con ellos: al mezclar su sangre con la de un dragón, una mínima parte de Sdarag se fundió con su carácter. Eran rápidos en sumirse en la ira y temibles en su seno, y mostraban afinidad con el fuego. Sabían hacerlo reaccionar y manipularlo mínimamente. Por último, notaron que sus cuerpos estaban siempre un poco calientes, como si estuvieran en permanente fiebre. Pero se sentían vivos y más sanos que nunca, pues la resistencia de los dragones también había quedado en ello de modo testimonial.
Quedaron horrorizados al comprender todo aquello, y se sintieron corruptos y emponzoñados, pues Sauron había transferido a su alma parte de la energía de un ser malvado y torcido, creado por el mismísimo Morgoth, el Mal personificado.
Pero ansiaban demasiado volver a casa, y tenían una ligera esperanza de que encontrarían cura en la sabiduría de los curanderos númenoréanos. Mas los accidentes acudían allí donde fueran, como extrañas muertes o repentinos incendios, y cobraron fama entre las supersticiosas gentes que poblaban todos los lugares: los llamaban los Náredain, los Hombres del Fuego; y ellos adoptaron el título, porque les describía muy bien.
Ahora bien, Sandor, Falmir, Ermaron, Hekil, Isilme, Indis, Ilmien, Húor y Narmon, que eran los que quedaban con vida tras un último accidente, no encontraron consuelo en Númenor, tan sólo rechazo, temor e incomprensión. De modo que hubieron de tomar una terrible decisión: abandonar sus hogares para proteger al país que tanto amaban. Pero, por otra parte, sintieron ira por cómo habían sido tratados, sin una pizca de compasión salvo por alguna excepción, y dejaron los grandes reinos atrás sin pasar por la Tierra Media ni comunicar a los elfos lo que sabían del supuesto Annatar. Pues era la maldición de Sdarag, que tornaba sus acciones en grandes maldades. Mas esta sería la última, como se verá a continuación, pues los nueve Náredain aprendieron a controlarse a sí mismos.
Tomaron tierra en los puertos de Umbar, y desde allí partieron en un rumbo fijo al este, guiándose por las estrellas, que eran parecidas a las que había en Númenor, aunque según avanzaban cambiaban y hubieron de orientarse por otros medios. Cruzaron el inmenso desierto de Harad y conocieron las culturas de los predecesores de los Haradrim, aquellos que se aliarían con el poder resurgente de Mordor mucho tiempo después. Anduvieron por tierras poco exploradas y deshabitadas, cruzaron todo el sur de Rhûn bajo las lluvias más fieras y terribles que hubieran soportado en toda su vida.
Finalmente, se asentaron en la costa este de todo el continente, mirando al Sol, y fundaron una pequeña aldea, según los valores tradicionales númenoréanos de la generosidad y la virtud. Y cultivaron especialmente las habilidades básicas de la paciencia y el autocontrol, y se convirtieron en auténticos maestros, por necesidad y por deseo. Y como su ser más temido no era otro que el dragón, la bestia que anidaba en su interior, lo adoptaron como emblema: un dragón negro sobre un fondo escarlata, con un gran ojo dorado vigilante. Pues el mal que habitaba en su espíritu nunca dormía, y siempre buscaba su oportunidad de resurgir y cometer atrocidades. Y ellos nunca debían olvidarlo, sino que habían de prepararse continuamente contra él.
Así pues, lentamente la pequeña colonia prosperó, y varios de los Náredain tuvieron hijos, y algunas gentes convivieron con ellos pacíficamente sin que hubiera grandes accidentes ni conflictos. Al fin, los hombres de la sangre de Sdarag encontraron algo de paz.
DEL NUEVO ÉXODO DE LOS NÁREDAIN
Muchos de los Náredain tuvieron hijos, pero los nueve originales murieron pronto, pues todo el dolor que habían padecido les envejeció notablemente. Dejaron descendencia, empero, y ésta prosperó de gran modo, acunada por los valores de Heren Nár, el pueblo-monasterio donde vivían, y de sus propios fundadores. La segunda generación vivió de media más de cien años, y los más sabios de entre los nueve originales —Narmon e Isilme— previeron que la tercera (es decir, sus nietos) llegaría hasta los doscientos cincuenta años. Pues los dragones no mueren hasta que no se les haya dado muerte, y parte de esta longevidad se transmitió lentamente a los Náredain.
Pues bien, Sandor y Falmir, como otros, tuvieron hijos; concretamente una hija, Alfirin, y un hijo, a quien llamaron Nárion en honor a su amigo muerto tiempo atrás. Nárion no tuvo descendencia, y dedicó a la enseñanza todo su tiempo y energías. Alfirin, por el contrario, se convirtió en un bello reflejo de su madre, dulce y alegre, y se enamoró tiempo después.
Mientras tanto, la colonia crecía con sorprendente celeridad; la tierra era fértil y había grandes riquezas a su alrededor; de modo que, inevitablemente, Heren Nár atrajo las envidias y la codicia de los pueblos nómadas de las estepas del interior.
En el año 1559 de la Segunda Edad se produjo el primer ataque a la población, que la dejó trastocada, con muertos y desolación. Entonces, en consenso, los Náredain dirigentes (todos ya de la segunda generación, la de Alfirin y Nárion), decidieron establecer un cuerpo militar permanente de seguridad, algo así como una milicia. Así mismo, amurallaron Heren Nár con una sólida empalizada de madera y buena cantidad de torres defensivas. De modo que cuando, en el invierno del mismo año, las tribus del norte intentaron asaltar por segunda vez el pueblo, se encontraron con una fiera resistencia que los dejó totalmente derrotados. Fue una gran victoria, y los Náredain siempre se enorgullecieron de ella, pues los atacantes superaban diez a uno a los defensores.
Pero no fue todo bueno para ellos, pues con la victoria también se extendió entre los viajeros y las tribus del norte y el oeste el rumor de las gentes de la mirada iracunda y el fuego, y de sus enormes riquezas —lo cual no era cierto en su totalidad—. De modo que durante varios años, Heren Nár estuvo constantemente amenazada por las incursiones, y hubo de ampliarse la muralla con nuevas y más eficientes murallas.
Así transcurrió el tiempo, hasta que en 1565 una coalición de bárbaros de diversas tribus atacó con un gran ejército —varios miles— la población. Aunque los Náredain terminaron saliendo victoriosos, las máquinas de asedio destrozaron gran parte de la ciudad, y otros tantos distritos sufrieron importantes incendios. Por si fuera poco, la nueva victoria costó un alto precio de sangre —la mitad de los efectivos que combatieron.
No obstante, gracias a aquella nueva victoria, mucho más dificultosa, pudieron disfrutar de otros cinco años de relativa paz, en los que Heren Nár se recuperó parcialmente de sus heridas.
En el año 1570, nació Athran, hijo de Alfirin y Hadar, el hombre del que ella se enamoró. El niño siempre fue amparado por el cariño de sus padres, y creció sano y fuerte; desde muy pequeño demostró gran fuerza de voluntad y mucho carácter, de modo que se redoblaron los esfuerzos en él para que no causara demasiados accidentes —que eran habituales a su alrededor—. Porque, desde muy joven, demostró una sorprendente afinidad con sus poderes arcanos, totalmente fuera de lo normal, lo que causó rechazo por parte de los demás niños. Sus primeros años no fueron fáciles.
Alfirin puso mucho empeño en educarle en la tradición númenoréana, y el correspondió con un interés absoluto; absorbía los libros que tocaba —aprendió a leer desde muy pequeño— y escuchaba con atención todo lo que le sonaba a kwenya o adûnaico. Aprendió sin dificultad las tres lenguas que se hablaban en Heren Nár (las dos ya mencionadas y la lengua vernácula de los no-Náredain), y solía, como es natural en un niño, mezclarlo todo.
Pero mientras él, en su inocencia, exploraba el único mundo que conocía
el territorio dentro de la empalizada—, la situación política en la zona no mejoraba, sino que iba a peor. Uno de los caudillos a quien derrotaron en la última batalla pero que sobrevivió a la misma se había hecho con el poder en toda la zona, y preparaba un ejército para destruir definitivamente la pequeña ciudad de los Náredain.
Así ocurrió que en 1575, cuando Athran tenía cinco años, se produjo un último ataque a Heren Nár. Los expertos jinetes enemigos, armados con los arcos compuestos de la estepa, causaron auténticas masacres entre el pequeño ejército de los Náredain; al fin, el ariete arrancó la puerta de la empalizada y los asaltantes masacraron a la población.
Pero la tragedia no se completó con el fin de los Náredain, aunque muchos de ellos murieron; pues tiempo atrás habían construido una entrada secreta ligada a una red de túneles; la vía daba a una ensenada inaccesible donde tenían sus barcos. Allí se dirigieron lo más rápido posible.
Aquel día fue uno de los peores de la vida de Athran, si no el peor. Vio aterrorizado cómo los incursores destrozaban su casa y mataban a sus amigos sin piedad. Presenció la barbarie, la crueldad sin límite, la pérdida de toda humanidad cuando tan solo tenía cinco años. Y aquello, como es natural, lo marcó durante toda su vida, y durante largos años, las pesadillas acompañaron muchas de sus noches.
Pero el peligro no había pasado, y hubieron de aventurarse en la oscuridad de los túneles, pues no lograron encender ningún fuego, ni siquiera con las habilidades de los Náredain supervivientes. Por suerte, algunos conocían el camino, y lograron cruzar sin percances.
Llegaron, al fin, junto al pequeño puerto, y entonces surgió un dilema. Pues muchos de ellos, en especial la mayoría de los nativos, deseaban tomar los barcos y dirigirse a otro lugar, al norte o al oeste, pero en el mismo continente. Los Náredain y sus seguidores, no obstante, deseaban aventurarse al mar en busca de tierras nuevas, donde no existiera el mal y la codicia que los había perseguido siempre.
No hubo acuerdo entre ambas partes, de modo que los dos bandos tomaron dos barcos cada uno y partieron en rumbos opuestos. No fue una despedida fácil, pues muchos se vieron arrastrados por la obligación a un lugar u otro, y veían marcharse a queridos amigos para, según pensaban —y pensaban bien—, no verlos nunca más.
Entonces Athran tenía cinco años, como se ha dicho, y no comprendía la mayoría de las cosas que veía o se decían; pero él era de buen corazón, y sintió una enorme congoja al abandonar su hogar en busca de uno nuevo. Nárion, su tío, dirigía a todos como mejor podía, ayudado por los mapas —confusos, la mayoría— que tenía de exploradores númenoréanos.
Pero una terrible tormenta desvió su rumbo y les persiguió durante muchos días, de modo que los dibujos de su tío sirvieron de bien poco; no hubo pérdidas que lamentar que no fuera casi la totalidad de los barcos —la fiereza de las olas dejó a las naves destrozadas— y, cuando avistaron tierra, sintieron una alegría sin límite. Un desierto sin fin se extendía frente a ellos, desolado y sin apenas vida. Mas en aquellas tierras que tan pobres parecerían a otros, los Náredain vieron algo que anhelaban: libertad y soledad.
Cuando contempló las costas, Athran sintió algo extraño: se le erizó el vello y se estremeció. Previó que aquella tierra se convertiría en su hogar, vislumbró su futuro y comprendió cuán atado estaba a la música del desierto. Y buena parte del niño que había en él desapareció.
DE LA LLEGADA DE LOS NÁREDAIN
Los Náredain viajaron sin descanso en busca de un lugar algo más húmedo donde asentarse, y continuaron hacia el este; no supieron hasta mucho después de las grandes selvas del norte y el sur, y esto cambió en gran modo la historia de Al’Varant, como se verá después.
Lograron sobrevivir al desierto, empero, e incluso se enamoraron de él. De su música, de su soledad, de su eternidad. Y aunque la vida era difícil allí, siempre encontraron algún lugar desde el que sobrevivir. Comprendieron la importancia del agua y de las horas en las que podían caminar —no muchas, pues el calor del mediodía y la tarde era abrasador, y el frío de la noche un suplicio—, así como de cuándo se acercaban a un oasis y cuándo se avecinaba una tormenta de arena.
Finalmente, llegaron a los territorios de Al’Varant, y allí los nómadas los avistaron con rapidez; mas no se mostraron en ningún momento ante ellos, pues no sabían cuál eran sus intenciones.
Entonces los Náredain llegaron a Varendia, y quedaron asombrados por su vitalidad y su belleza. Los Balzac, Líderes del Senado, previamente avisados por los Nómadas, recibieron con cordialidad a los nuevos pobladores.
Los Náredain se reunieron aquel día en consejo, y tomaron su decisión: la de quedarse allí, en la ciudad, y mezclarse con la población de Al’Varant.
Pero aquello no resultó tan fácil como pensaban, como se verá, y Athran y su hermana Falmarin hubieron de sufrir cierta marginación por sus poderes extraordinarios, incluso para los Náredain.
DE ATHRAN Y SU ADIESTRAMIENTO
Poco después de ser instalados en diversos distritos de la capital, nació Falmarin, hermana de Athran. El acontecimiento logró sacar de su mutismo al joven, y su alma aterrada se recuperó lentamente de la experiencia trágica. Pero el daño nunca se fue del todo, pues Athran perdió algo sin posibilidad de recuperarlo: su fe en Eru. Su mente nunca logró entender cómo una voluntad divina podía permitir tal daño. Y aunque después abrazaría la religión de Al’Varant, su corazón siempre se identificó más con el agnosticismo que con la fe.
Pues bien, Falmarin dio algo de consuelo al niño destrozado, y desde muy pequeños ambos siempre fueron inseparables. Athran contaba a la niña historias heroicas de sus tiempos en Heren Nár, y ella bebía todo lo que el niño sabía acerca de Númenor y los dúnedain, pues nadie más quería compartir sus conocimientos. Con respecto a esto llegó otra de las decepciones de Athran, que lo separó aún más de Ilúvatar y los Valar: pues su tío Nárion, el líder de los Náredain de entonces, se mostró frío y rígido con él, y nunca más habló del pasado, ni nunca consoló de modo alguno a Athran, que le había admirado.
De un modo u otro, los dos jóvenes crecieron, y entraron en la Escuela Elemental de Varendia para aprender lo que los cofrades Eruditos (aquellos dedicados a la enseñanza) pudieran mostrarles. Fue entonces cuando Athran se acercó a la religión de Varendia, y se interesó por lo que los sacerdotes, curanderos e invocadores decían acerca del mundo. Y por sobre todo le gustó la idea de la Triple Madre y su eterno dilema mental entre sus dos partes opuestas; pues Athran se veía reflejado en ella. Entonces, en el año 1582, cuando tenía doce años, se consagró al estudio de Audrant, la Mediadora, mientras destacaba en el Aprendizaje de Armas como un poderoso espadachín.
Mas los poderes arcanos innatos en su hermana y él, mucho más notables incluso que en el resto de su generación, además de su forma de ser ausente y seria, no hicieron la vida fácil a Athran y Falmarin, pues hubieron de sufrir la triste marginación derivada de la incomprensión de su existencia. Cuando el propio Athran ingresó en la Escuela Religiosa, los propios Náredain se distanciaron de él. Pero, debido a esto, la unión entre ambos hermanos se fortaleció, y así crecieron, al amparo uno del otro.
Ahora bien, Athran demostró una enorme valía e inmejorables calificaciones en la Escuela Religiosa, así como una destreza innegable con la espada —nunca combatió con las espadas típicas de Al’Varant, sino que conservó la espada larga de su abuelo y la utilizó desde que tuvo fuerzas para levantarla—. De modo que cuando cumplió los diecisiete años, acaparó el interés de la Dehni Vharasda, la Cofradía de los Guardianes de los Muertos. Aquello no era habitual, pues los Dherasdath (designados así los Guardianes de los Muertos) solían coger a los cofrades de entre las demás cofradías religiosas.
De modo que la plaza que ofrecieron en la dashta de Varendia a Athran no fue sino un altísimo honor reservado a unos pocos. Y una oportunidad que el ambicioso joven no iba a desaprovechar.
Así pues, en el año 1587 se trasladó a la dashta, donde residían los Guardianes de los Muertos, como cofrade aprendiz. Comenzó aquel año una de las etapas más duras —en términos de cansancio— de su vida, pues el entrenamiento de los Dherasdath no era, ni mucho menos, relajado. Por la mañana se levantaba pronto para asistir a clases sobre teología, derecho y moral; por la tarde, después de un almuerzo frugal, se dedicaba a destrozarse el cuerpo en las sesiones de entrenamiento con espada. Por la noche, permanecía en las siniestras bibliotecas leyendo y estudiando hasta altas horas de la madrugada. No encontró ningún buen amigo, pues su fama siempre lo acompañaba con su sombra. Mas su ferocidad cuando se enfadaba también era conocida, y la mayoría simplemente lo evitaba
El único consuelo lo suponía el único día a la semana que tenía libre, el cual aprovechaba para verse con su hermana, que se preparaba para ingresar en la Dehni Baresde (Cofradía de Herbolarios).
Aquella dura preparación se prolongó durante tres años, en los cuales sobrevivió a duras penas. Pero lo hizo, y logró ocupar un puesto importante entre los aprendices. A mediados de año, en la Ceremonia de Elección, Athran pasó a convertirse en cofrade Dherasda, Guardián de los Muertos de Al’Varant.
Comenzó entonces una época próspera, aunque difícil, de su vida. Sus primeros trabajos consistieron en guardar y proteger algunos templos de Varendia. En su corta estancia en la dashta, aprovechaba para aprender el complejo arte de la Hamsha. Mas él no se sirvió de las típicas shamdir que los variantes elaboraban para tal propósito, sino que siguió usando la espada de su abuelo. Por aquel entonces conoció a buenos amigos, entre los cuales siempre estuvo Deran ish Talroth, Maestro Cofrade en el Senado. Dada la forma de pensar progresista de Athran, no cayó demasiado bien entre los grandes de su Cofradía, religiosa y, como tal, conservadora generalmente; pero Deran se encargó de él y lo tuteló con sus mejores propósitos. Se convirtió en su padre y mentor.
Durante cuatro años se instruyó en la Hamsha y desempeñó diversas labores. En el 1592 se inició en los Rituales de los Muertos —el gran propósito de la Dehni Vharasda, que era comunicarse con aquellos que ya habían fallecido— y en el 1594 fue reconocido como hamsharen.
Entonces se le encomendó su primera tarea importante, pues hubo de ayudar a una familia comerciante a desenmascarar un turbio asunto de corrupción que pesaba sobre toda la Dehni Dernaht (Cofradía de Comerciantes). Entonces conoció a Shamal, que se convirtió en uno de sus mejores amigos.
La posición de Athran dentro de la Cofradía mejoró notablemente tras varias misiones exitosas. Los Guardianes de los Muertos no se limitaban a proteger a los Balzac y los templos y comunicarse con los muertos, sino que ayudaban a la Guardia en asuntos que tuvieran importancia nacional.
En el 1596 Athran fue nombrado Maestro Cofrade (uno de los más jóvenes de la historia de la Dehni Vharasda), y fue instruido acerca de los grandes rituales (Al Nengarth y Al Tangarth). Además, dada su afinidad con el fuego, se le incluyó entre los Dherasdath que tenían ciertas habilidades mágicas relacionadas con la mente.
En todos estos años, mientras Athran maduraba y configuraba su forma de ser, mientras que apoyaba a su hermana y la veía siempre que podía, el joven cofrade disfrutó realmente de la vida que tenía, y pudo dedicarse a aquello que más le gustaba: la literatura. Escribió y publicó varios libros, y se hizo famoso entre los jóvenes de la población. Su forma de pensar abierta y tranquila le convirtió en un joven influyente dentro de la plebe. Y aunque amasó cierta cantidad de poder y prestigio, nunca olvidó las viejas enseñanzas de su infancia sobre la humildad; y aunque algunas veces se dejara llevar por la ira, nunca dejó de ser el muchacho alegre, bromista y bondadoso de sus primeros años.
En el año 1599 Athran fue designado por el Consejo de Maestros de su Dehni para entrar en el Senado como Maestro Cofrade. Los Maestros pretendían controlarle, dada su influencia en los sectores pobres, y tener así cierto poder entre el pueblo llano. No obstante, bien aconsejado por Deran, que estaba en el Senado con él y, dada su naturaleza rebelde, se revolvió y desquitó de las cadenas de sus superiores y adquirió importancia propia en el Senado, convirtiéndose en un cofrade influyente entre los Senadores progresistas.
Y mientras todos estos sucesos sin importancia transcurrían en Varendia, el joven Guardián de los Muertos paseaba con su hermana por entre las populosas calles, disfrutando del costoso agua de la capital y de su vegetación tropical.
Ambos se sentaron en un banco y cerraron los ojos, en silencio y sonriendo. Los dos estaban cansados, pues su trabajo no era sencillo. Athran miró a su hermana Falmarin, y su sonrisa se ensanchó.
Pero era feliz. Y eso era lo único que le importaba.
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NÓTI: 4967
NIVEL: INICIADO
HABILIDADES DE HISTORIA: Historia antigua.
- Destreza de Montaraces.
- Discurso.
- Dominio del Arma: Espada larga de dos manos.