La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 4

Rómenor, la Tierra del Sol

Finalizada · 07-07-2007

Ficha de personaje

Sura Erialheri

Jugador: auriga

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Personaje
Sura Erialheri
Clan
Nensir Airatâri
Raza
elfa aldalanta
Otros nombres
Ingreso en el Clan
28-07-2007
Armas y/o poderes
Una espada de doble filo y una daga.
Se conecta con la visión de algunos animales. Visión aguda en las sombras. Agilidad y control en el uso de las armas. Gracias a su pasado como goldar posee conocimientos sobre hierbas y sustancias medicinales.

Descripción del personaje

Nació en el año 39 PE durante el gran viaje. En aquella travesía de su pueblo conoció a Helkaher y se unieron en matrimonio en alta mar. De este matrimonio sólo tuvieron una hija.

En un principio pertenecía a los goldar, pero terminó transformada en Ainadâkar.

Su Onnar es el ciprés.

Mide 1,65 Mts de altura.

Es de rostro delgado, grácil, aunque algo endurecido por la luz del sol.

Larga cabellera castaña, amarrada en una coleta tras su espalda.

Mirada penetrante, aunque sin brillo, sin vida. No muestra un ápice de humanidad.

Generalmente usa vestidos de corte sencillo, prácticos y discretos. De tonalidades negro y púrpura.

Botas negras, pantalones negros que parecen una segunda piel, bajo la flexible cota de malla. Sobre ella una camisa tornasolada púrpura. Y una túnica tejida negra.

Todos los detalles en su forma de vestir y de arreglarse el cabello expresan un absoluto control.

Es reservada y solitaria. Se podría decir que posee el estilo de una asesina.

Para Sura la demostración de sentimientos es señal de debilidad.

No confía en la gente, y si se acerca a alguien es solo para obtener algún tipo de beneficio o simplemente para acabar con ella.

Historia del personaje

Esa noche sería el fin y el principio de su vida, una noche sobre un sublime escenario, donde el mar de verdes copas se encontraba bañado por el resplandor suave de la luna y, las estrellas parecían más cercanas y brillantes que nunca.

El silencio que envolvía todo era placentero, pero a la vez espeluznante, como si cada partícula de la naturaleza estuviese confabulada, expectante, esperando el desenlace.

En una pequeña explanada, resguardada por árboles de edades milenarias y previamente bañadas por tierra consagrada - que unas gráciles manos distribuyeron - dando la forma de un círculo, e iluminada por una pequeña fogata, las horas pasaron y aquella figura dio paso a una extraña danza al rededor de las llamas.

Sus ropajes blancos contrastaban con las sombras provocadas por su imagen en la tierra y un dulce canto rompió el silencio solo con el deseo de cumplir su propia ambición.

De repente un siseo rompió la melodía de aquella figura. Entre la hierba, aparecieron unos ojos vidriosos, cómplice de aquella labor.

Se acercó con sigilo a la dama, formando ondulantes marcas en la tierra. La bestia, se detuvo frente a frente a la elfa danzante.

En sus ojos vio lo que ella no podía ver, y el rubí de sus labios esbozó una melodiosa sonrisa al notar que aquella sería su acompañante a pesar de todo.

Una deliciosa expectación inundó el ambiente al acercarse a la dama y enrollarse lentamente por sus piernas hasta llegar a sus brazos y deslizarse hacia la rama que un árbol ofrecía de refugio.

Sus ojos claros como dos zafiros, bajaron y observaron la presa agonizante que su cómplice había posado antes bajo sus pies.

Era el momento para dar inicio al ritual donde la sangre era lo más preciado y sin dar espacio a cavilaciones, posó al pequeño animalillo sobre la tierra consagrada, sacó entre sus ropajes una daga ceremonial, y ofreciendo su sacrificio con sólo una imagen en la memoria.

La luna transfiguró su suave luz emanando de ella una amarillenta claridad, y la calma del lugar se quebrantó ante una violenta ráfaga de viento que arremolinó sus cabellos. Oscuras nubes cubrieron la bóveda celeste, iluminando el escenario por raros colores a lo lejos y en un estado de total admiración, sintió un coro de aullidos que nació por toda la región como una alegoría a la divinidad.

Cual sorpresa fue la suya al ver completamente obnubilado entre los árboles al que fuese su pareja, acercarse con la mirada fija y sin dar crédito a lo que veía, abofeteó el rostro de la elfa antes de desaparecer en la oscuridad.

Enajenada, se limpió el rostro y sus pasos dieron paso a una carrera por la vida, sin comprender el caos y el fuego que reinaba en todas partes, entre su gente, junto a los gritos. Réplicas de guerra.

La angustia hizo mella en su corazón, el fuego había llegado a su hogar y su pequeña aún yacía en él, y al llegar, un rostro saturnino le dio la bienvenida. Aquel tenía la cuna de su hija a sus espaldas.

- ¡Pero qué haces! ¡Debemos partir de aquí! – dijo la elfa intentando acercarse a la cuna para resguardar a la pequeña, pero le fue imposible.

- Estaba preocupado por ti y te encuentro cometiendo dicho perjurio, ¡aléjate de nosotros!

- ¡Te repudio elfa! y no dejaré que nuestra pequeña se de cuenta de la madre que tiene ¡no dejaré que te le acerques! ¡Prefiero arder con ella entre las llamas antes de que ensucies mi nombre con tus asquerosos actos!

A la elfa le fulguraron los ojos. La única dicha que había sentido dentro de su soledad, había sido el nacimiento de su pequeña, y no podía permitir que todo acabara ahí.

Con un grito se lanzó sobre Helkaher en un forcejeo que poco duró, las llamas empezaban a armar estragos en la casa, y con firmeza se abrió paso y tomó a la criatura entre sus brazos huyendo antes que las llamas consumieran toda la casa.

Al mirar atrás, no sintió nada por aquel ser, que gritaba entre las llamas su traición. No sabía lo que vendría en su futuro pero no podía dar pie atrás, además lo más sagrado para ella se encontraba a salvo, y se encontraba entre sus brazos jugando con inocencia con los dorados y ondulados cabellos de su madre.

...

Profesión del personaje:

Antes de la Gran Guerra, por descendencia perteneció a los Aldanore, una sacerdotisa que participaba activamente en los ritos de sanación, ostentando ser esposa de un importante sacerdote, Helkaher, pero después del juicio, cuatro años más tarde, perdió todo derecho, incluso su derecho materno.

Tuvo que salir a delante, ante su pueblo fue rebajada como Beuror, aunque castigada sin voz ni voto, y para ello no le quedó otra opción que usar su cabeza y sus manos en lo que mejor sabía hacer, el manejo de hierbas.

Creando sustancias con extrañas propiedades las ofrecía como mercante, (tintes, perfumes, y otras sustancias para distintas ocasiones) intercambiaba a buen precio entre los viajeros. Pero en las sombras otra labor le cambió su espíritu, sintiéndose esclava de una promesa. Trabajando con la información, y con la vida y muerte de los demás.

Intentó ante los ojos pendencieros, una conducta irreprochable para recuperar la confianza perdida. Aunque para sus adentros, cada día de su vida se había transformado en una tortura al ver a su hija creciendo en otros brazos.

Pero como no todo fue paz para el pueblo alda, y las constantes batallas contra los orcos no fueron para nadie indiferentes, obtuvo una oportunidad de recuperar su posición perdida, tomó las armas y la máscara de un cuerpo ya sin vida, y se inmiscuyó entre los combatientes, en medio de la batalla.

Afloró en la batalla mostrando una gran habilidad y concentración en el combate, y con el apoyo de un conjuro aprendido en sus días como sacerdotisa, entorpeció los miembros de algunos enemigos, facilitando la victoria de los suyos.

Nadie supo quién era hasta que todo había terminado. Al retirar la máscara que cubría su rostro, causó expectación. La siempre repudiada había demostrado honor en combate y ante ello, podía obtener cierta posición al igual que todo guerrero.

Muchos se escandalizaron y no lo aceptaron, pero recobró su posición como Goldar. Aunque sus intereses eran otros, decidió instruirse dentro de las artes de la guerra, y transformarse en ainadâkar, para así tener mayor libertad de acercarse a su hija, una connotada guerrera Ainakelvari.

...

"Aldatenwê"

Como poder olvidar aquel día, en especial ante el temor de estar completamente sola bajo la tibia lluvia, sola con mis temores, y ansiedades.

Inquieta, esa prueba sería la primera antes de ejercer el oficio a cargo de los ritos de sanación.

Amarrada en aquel árbol, ante la dura mirada del Balta, cerré mis ojos e intenté calmar mis latidos desembocados. Sabía que él había notado mi nerviosismo. Era evidente. Al abrirlos, ya me encontraba completamente sola.

El agua recorría mi rostro, pero eso no importaba, es más, era agradable. Cuantas noches pasé bajo la lluvia con las ansias de purificar mi alma. De llenar aquel vacío. Pero ello nunca sucedió. O por lo menos no lo sentí. Me sentía impía al pensar así, las aguas podrían purificar mi cuerpo, pero nunca calmaría el fuego de mi alma… y así pasaron las horas.

Al cerrar nuevamente los ojos e intentar calmar mi bullido corazón, lo pude ver con claridad: mi hija jugando bajo la sombra de un roble.

¿Una hija?

Me estremezco al pensar en aquellos días, en mi vientre abultado, en su nacimiento. Espero que las cosas sean mejor cuando llegue el momento de su venida.

Hace tiempo que las cosas no van muy bien entre los Nurualdar. Es extraño, pero no han pasado muchos años en que algunos ven con recelo las diferencias establecidas por los Onar, intentando secretamente ponerse uno por sobre los otros. Esto hastía.

¿En qué quedan las palabras del equilibrio de la naturaleza? ¿Acaso están olvidando que para que haya vida en necesario la muerte?

Helkaher ha llegado hasta un punto de fanatismo tal, que llenándome de imprecaciones me ha prohibido compartir palabra con - según él- el enemigo. Pareciera que ya no le intereso, me siento tan sola. ¿Pero cambiaría esto con la llegada de una pequeña?

Y heme aquí, inquieta ante esta prueba, pensando en un futuro incierto, pero ansiosa de tener a mi criaturita entre los brazos. Se transformará en una hermosa señorita, con la alegría a flor de piel y una gran sabiduría.

Se que, de ahora en adelante, todo lo que aré será por ella.

...

Esa noche sería la última noche del Aldatenwê. Pronto irían en su búsqueda y sus pensamientos constantemente entraban en monótonos y largos monólogos internos que ya empezaban a marearla.

La cálida lluvia dejó de caer sobre su cabeza, y en un estado de letargo, un aroma particular se hizo presente.

Asustada, sintió una fría mano arañar su rostro, y al abrir repentinamente sus ojos, no vio a nadie. Entre la bruma que empezaba a elevarse sólo distinguió la sombra de un extraño ciprés llegaba a ella, enorme, alejado de los demás, meneando sus ramas al viento, extrañamente manchadas, compartiendo de la misma sangre que acariciaba su rostro hasta llegar a sus labios.

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NÓTI: 4277

NIVEL: INICIADA

HABILIDADES DE HISTORIA:

- Dominio del Arma: Espada.

- Sigilo.

- Apertura.

- Acrobacias.

- Avistamiento.

Firma

“La masacre es el precepto de la fe. Mi religión no me permite dejar a alguien medio muerto.”

Vida

80%