La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 4

Rómenor, la Tierra del Sol

Finalizada · 07-07-2007

Neyla

Raza: Eldar

Otros nombres: Glithien (antes de la guerra de la cólera) y Urlókiel.

Armas o poderes: Una lanza de doble filo, un escudo redondo y un sable.Tiene las capacidades mentales tipicas de los eldar. Sin embargo su cuerpo ha perdido la fortaleza de su gente.

Vida: 100%

Descripcion

Mírame Urlókiel y en mí veras la imagen de lo que alguna vez fuiste, la imagen de cuando eras hermosa, sí, eras hermosa, tus cabellos caían gracilmente sobre tu espalda, del color de los atardeceres pardos, simulaban la llegada de Arien a las costas de Valinor y en tus ojos brillaba la luz de la luna, hermoso recuerdo de Telperion.

Pero esa ya no eres tú.

Mírate en el espejo, ya no hay nada en ti…ni siquiera el brillo de plata en tus ojos. Tu rostro está marcado por las cicatrices de una maldición que te acompañara por la eternidad, solo tu boca y barbilla permanecen a salvo de las horribles quemaduras hechas por mí; tu cabello dejo de crecer y ahora lo llevas al ras del cuello; en la parte derecha de tu cuerpo viven impetreas las yagas del dolor y un tatuaje cruza tu espalda, el tatuaje de un dragón.

Sí Urlókiel, ya no eres hermosa, eres un ser horrible, oculta bajo una mascara de mithril, nada en ti, les recuerda a los hombres que eres una Elda. Vistes como ellos, te comportas como ellos, lloras y sufres como humana, porque nada en ti es bello…nada.

Historia

[I]“Recuerda, recuerda aquellos días en los que no te importaba nada, cuando bailabas alegre entre los campos de Yavanna, cuando le cantabas a Varda en Taniquetil…”[/I]

Fuiste de las primeras descendientes de Ingwë que nació en los días de lo árboles, tus padres te nombraron Glithien, porque tus ojos captaron la luz de Telperion, antes de que éste fuera mancillado por la oscuridad.

Ya habías alcanzado la madurez en altura y belleza, cuando Melkor fue liberado, sin embargo aún eras demasiado inocente como para ver en él la maldad, aún eras ingenua para conocerla.Pero tu pueblo desconfió del valar y te alejaron de su presencia.

Y mientras en Tirion, los Noldor crecían en sabiduría y en poder, tú alcanzaste la plenitud total de los eldar, muchos alabaron tu belleza, tan extraña entre los tu pueblo, pues tus cabellos asemejaban el color naranjo de los árboles en otoño, en vez de ser rubios, como los campos de trigo en verano. Sin embargo, poco o nada le importó a tu exaltado espíritu. Nada te interesaba, nada que le interesará a los demás.

La vida fue agradable y feliz, mientras los árboles estuvieron intactos. Ibas y venias de los campos de la dadora de frutos; mucho tiempo pasaste a lado de Vana la siempre joven y aprendiste de las artes de Nessa la bailarina, le cantaste a Varda innumerables veces y tu voz superaba a varias de tus hermosas hermanas, las Vanyar.

Por supuesto, hubo elfos que te buscaron, que trataron de ganarse tu amor; se dice incluso que un hijo de Fëanor pretendió tomar tu mano, aun cuando su padre desdeñaba a la familia de Indis… A ninguno le hiciste caso, creías que todavía no era tiempo de atarte a un Elda, querías seguir siendo libre. Ése, sin saberlo, fue el peor error que cometiste en toda tu amarga existencia.

Poco te importaban los asuntos de los Noldor y viste como entre ellos, poco a poco, crecía una sombra de envidias y rencores. Entonces dejaste de visitar Tirion y el contacto que tenias con los elfos profundos se rompió. Subiste a Taniquetil y ahí permaneciste junto a Ingwë, que te tenía en gran estima.

Por un breve lapso de tiempo, Melkor abandonó Valinor y de nuevo te sentiste segura, bailaste una vez más en los prados de Yavanna. No obstante y como se cuenta en otra parte, aquella paz duró muy poco.

Llegaron las fiestas de las cosechas y regresaste a Taniquetil, bailaste y cantaste junto a los tuyos y como muchos otros, te alegraste de la reconciliación de los hijos de Finwë. Fue entonces cuando la no luz llegó y todo lo que creías hermoso y sin macula, se precipitó hacia la oscuridad de Ungoliat.

Y tu llanto también se escuchó en el anillo del juicio y fue durante aquellas noches sin días, que tu corazón comenzó a templarse. Te diste cuenta de la fragilidad del mundo, de la maldad y de las consecuencias de las palabras mal encauzadas. La sabiduría propia de los Eldar, tocó tu espíritu y de ahí en adelante fuiste más prudente.

Cuando el orden volvió a restablecerse en Valinor y la luna cruzó por primera vez el cielo, los Vanyar, movidos por una inquietud en el corazón, decidieron aprender de la forja de los Noldor. Mientras se alzaron nuevos cantos en honor a Anar e Isil, ustedes el pueblo de la gente hermosa, fabricó espadas y lanzas de bella empuñadura, no hechas para herir, porque hasta el filo del sable se convirtió en un arte. La mayoría de aquellas armas no se usaron, hasta la guerra de la cólera y fueron guardadas en los almacenes de los Noldor.

Sin embargo, la lanza, el escudo y el sable que forjaste, no fueron guardados. Aprendiste a usarlos y seguiste numerosas veces a Oromë en sus cacerías. Muchos desconocieron a la elfa despreocupada que bailaba con Yavanna, pero no les prestaste atención, pues no abandonaste tus antiguas costumbres del todo. Aún seguías a Vana en sus paseos por Valmar y en la casa de Ingwë, le cantabas a Elbereth y a Súlimo.

Los rumores sobre los sucesos de Beleriand, siempre los tuviste presentes. Y cuando Eärendil apareció en aquellas costas, fuiste de las primeras en ponerte al servicio de Eonwë. ¡Que tonta fuiste Glithien!, porque aquel día en la que te engalanaste con tus ropas de guerra, yo ya estaba esperándote, esperando mi fin y mi principio.

Nadie olvidará la imagen gloriosa del ejército de los Valar, ni las batallas que sucedieron en el norte. Tú estuviste ahí, de las pocas elfas que fue a la guerra y con tu lanza diste muerte a muchos orcos de las hordas de Morgoth.

Entonces la hueste de mi especie salió a la luz y yo volaba junto a Ancalagon, puesto que fui unos de los primeros en nacer, en mí vivía aun la llama de un maiar y posiblemente fui uno, antes de que Morgoth mismo me corrompiera, pero eso ni siquiera yo lo sé y es algo de lo que no debemos hablar aquí.

Pues bien, se cuenta que al salir la hueste de los dragones, ustedes los elfos retrocedieron y que Eärendil apareció entonces en el cielo y que la batalla de los aires se desarrollo durante un día y una noche sin estrellas.

¡Ah! pero de ti nunca hablaron después, porque tú fuiste de las únicas que no se amedrento con nuestra llegada, tomaste la lanza y reuniendo todas las fuerzas que tenías, la arrojaste por los aires y ésta dio exactamente en una de mis patas. Al voltear me encontré con un grupo de elfos ingenuos, que pensaron que podrían derribarme a mí, a Lazkerior el dragón rojo.

Tampoco se movieron cuando me dirigí a tu grupo, se formaron en una sólida línea, estrechando los escudos para defenderse de mis llamaradas. Poco a poco fui alejándolos de los grupos mas grandes, así terminaría más rápido la batalla.

Aún me da rabia recordar aquel instante mismo en el que todos arremetieron contra mí, pero fuiste tú, la que dio el toque final, porque sacaste la lanza y la clavaste justo en mi pecho, ahí donde los dragones somos vulnerables.

Y creyeron que la batalla ya era suya, cuando yo también di mi último golpe, moví la cola de un lado a otro y lance por los aires a tus compañeros y a ti, mi querida Glithien, te lancé mi última llamarada, el fuego impactó sobre tu rostro y el lado derecho de cuerpo. Caíste no muy lejos de mi cabeza, gritando de dolor; pero todavía no había terminado, con el poco aliento caliente que tenía te lancé una bocanada más, dispuesto a quemarte el otro lado, pero inconcientemente te moviste y las llamas tocaron de nuevo el rostro, deformándolo más.

Entonces yo caí de bruces, con las ultimas fuerzas oscuras que me quedaban en el cuerpo, alcancé a maldecirte.

-Ésta noche no morirás elfa-Tú, gritando del dolor, abriste los ojos y me viste, presintiendo mis oscuras palabras-Yo te condeno a vivir, te maldigo a existir como un ser despreciable, a sufrir como los mortales, a perder toda la fortaleza de tu gente y a no morir jamás por mano humana o elfica, aun cuando sea tu mas grande deseo. Maldita estás y no habrá consuelo que alivie tu pena, yo estaré contigo, recordándote cuan despreciable y patética es tu existencia. Nadie recordará tu brillo y los hombres te llamarán Urlókiel, la mujer dragón.

Fue en ese momento, en que mi cuerpo expiró y un haz rojo salió de la herida, instalándose en tu cuerpo y alma. Después de eso, también te sumergiste en la oscuridad de la inconciencia.

Los Eldar, recogieron tu cuerpo, cubriéndolo con las telas de sus propias ropas. Recogieron tus armas y cantaron tristes por lo que acababan de ver.

Cuando llegaron al campamento de Eonwë, no se encontraron a nadie, pues la batalla en el cielo aun no terminaba, te llevaron al pabellón de los heridos, estaba vació y la razón ni siquiera debe explicarse. Fuiste de las pocas heridas y tal vez, la peor. Al verte las damas de Estë, se lamentaron, porque en ti vieron una maldición que ningún remedio podía curar. Se negaron a tratar las quemaduras, a sabiendas de que ya estabas maldita.

El tiempo restante que duró la guerra de la cólera, estuviste en cama y durante las noches subsiguientes, a tus alrededor solo se escucharon los lamentos de aquellos que te amaban y de las damas de la Valië, que ya nada podían hacer por ti.

Tus gritos también inundaron el ambiente, lloraste como una dama de Nienna y tus lágrimas solo aumentaron el dolor, porque entre más te veías, más negabas que fueras tú, la de aquella imagen, una elfa que había perdido todo rastro de belleza. Un ser deforme a causa de las quemaduras. Incluso le imploraste a una maiar que decía curar cualquier herida con su sangre, ella también se negó a tocarte o a regalarte su don, pero la dama te cantó y por un momento olvidaste aquella horrible maldición.

Los herreros noldor hicieron una mascara de mithril y te la regalaron en señal de cariño, al principio te negaste a usarla, pero poco a poco te diste cuenta que nadie soportaba ver en lo que te habías convertido. Entonces te aferraste a la mascara y ya no te la quitabas en ningún momento, hasta que te hicieron otra, con un espacio abierto de la boca a la barbilla, para que pudieras comer y beber, sin necesidad de mostrar el rostro.

Cuando la guerra terminó y ya todo estaba listo para regresar a Valinor, tú te negaste a volver y los maiar no te lo negaron, porque en el fondo, sabían que tu dolor sería aun más grande, rodeada de la gente hermosa, de la belleza que jamás volverías a tener.

Los vanyar, apesadumbrados se despidieron de ti, pero muchos no se acercaron y fue en aquel instante, cuando realmente entendiste las palabras que pronuncié.

Desde aquel momento, te desentendiste por completo de los quendi y fue poco el tiempo, en el que permaneciste junto a los Eldar que decidieron quedarse, te negaste a vivir entre aquellos que sólo veían en ti, a un ser horrible, a un ser maldito. Pero no pudiste odiarlos y en cambio odiaste tu condición. Tus cantos fueron remplazados por lamentos, ya no bailaste nunca más, dejaste de disfrutar el brillo de las estrellas, abandonaste por completo todas tus costumbres, incluso tus ojos, perdieron el brillo de Telperion. Y trataste, de olvidar que eras una vanyar.

Pero los mortales nunca te vieron de mal grado y los que se acercaron a ti, te juraron fidelidad, aun después de la muerte. Entonces, decidiste viajar y encontrar un lugar demasiado alejado de Aman y de su hermosura, un lugar donde nadie exigiera ver tu fealdad, donde no te juzgarán, un lugar, donde nada te recordara tu vida anterior a mí.

Tus viajes, te llevaron cada vez más al este, pero el andar era lento, porque te habías vuelto débil y las jornadas largas extenuaban tu cuerpo hasta el extremo, así que durante casi mil años, viviste entre múltiples culturas, esperando encontrar alguna tan lejana y tan diferente a todo lo relacionado con los quendi o con los valar mismos.

Y así fue, como tus andanzas te llevaron hasta lo que quedaba de Hildorien y las Orocarni. Durante dos años te relacionaste con los pueblos que aún habitaban ahí, escuchaste las historias de la lejana Romenor y te pareció, que aquellas tierras era el lugar en donde podrías tener un poco de paz. Así pues, transcurrió un año más, en el que construiste un barco, lo suficientemente grande para albergar a la familia mortal que te juró servirte, hacia casi novecientos años.

El viaje por el mar, no se presentó fácil y por algún tiempo, creíste que Romenor no existía, pero ya fuera por el destino o por la poca suerte que tenias, llegaste a las costas del continente por el mar de Al Nenhar Dernant, encallando en las Praderas de Maradrant.

Durante aquella época, el clan de Zahar perteneciente al pueblo de Nómadas, gozaba de los beneficios de aquellos parajes y desde lejos, vieron el hermoso barco que construiste. Y al llegar, ellos se maravillaron ante tu persona y supieron al instante que no eras humana, aun cuando llevarás una mascara en el rostro. Entonces entablaste una relación con ellos, aprendiendo su lengua y sus costumbres. Y la vista del desierto te sedujo al instante, entre las dunas eternas, viste el lugar menos parecido a Valinor, porque aquella hostilidad sólo era un reflejo de lo que ya no eras. El pueblo de los nómadas vio en ti, el mismo amor, que profesaban ellos por su estilo de vida y a partir de ahí te tuvieron en gran estima; cuando necesitaste de ellos(o ellos de ti), nunca dudaron en ofrecerte su ayuda y su vida, como un medio de escape a tu pena.

Fue por los nómadas, que te enteraste de todo lo referente aquellas tierras, supiste entonces del antiguo Imperio de Nashaltân y de lo que sucedía en la joven ciudad de Varendia. Pero sobre todo, escuchaste con gran interés, lo que aquel pueblo te decía, acerca de Elden ish Khemel, el gran Al’Darme, que aun vivía en la ciudad fundada por él.

Al iniciar de nuevo los viajes de los Zahar, decidiste ser guiada a través del desierto y fueron ellos los que te condujeron a Varendia y te aconsejaron presentarte ante Al’Darme, que no dudaría en ofrecerte un lugar entre su pueblo.

¡Cuan grande fue tu sorpresa, al conocer a aquel mortal!, porque en él viste una fortaleza desconocida para ti y tal vez, la misma que tú ya no tenías. Pero Al’Darme no se quedo inmune ante tu presencia, puesto que eras de los pocos primeros nacidos, que se aventuraba en el desierto. Pero no te rechazó al ver lo que ocultabas bajo la mascara y te llamó Neyla, la del hermoso don. Aquella fue la única vez, que alguien te vio sonreír, pero el gusto te duró poco, porque Elden ish Khemel murió tiempo después.

Elhena su hija, te hizo su consejera y durante el tiempo en que duró la monarquía, estuviste cerca de la familia de Al’Darme y les aconsejaste siempre prudencia, aun cuando no todos te escucharon.

Sólo aquellos más allegados a ti, supieron que eras una Eldar y lo mantuvieron en secreto, porque tu ascendencia te causaba terribles tristezas. Sin embargo, la historia del enfrentamiento con el dragón se esparció rápido entre la gente, se dice incluso que se convirtió en mito y que los bardos solían contarla a los niños mas pequeños, dentro de las Mivrat, pertenecientes a la cofradia de los eruditos

No participaste abiertamente en la guerra de las dos naciones y durante cierto tiempo, negociaste con la Confederación del Este, sin éxito alguno. Al ser asediada Varendia, te uniste de nuevo a los pueblos nómadas y hasta que la última ciudad no varante se unió al reino, no regresaste a la capital y te mantuviste alejada de todo lo que tuviera que ver con Al’Varant.

Sin embargo al regresar, no fuiste bien recibida por Selragar II, que te rechazó por completo, si el senado no te hubiera apoyado abiertamente, el rey, te hubiera exiliado. Y éste viendo que su maldad no tenía éxito, prohibió la enseñanza de tus enmiendas en las Mivrat de Al’ Varant.

La Guerra civil, terminó por borrar las huellas de tu existencia…Y tú, te sumiste en la pena, fue tanto el dolor que te causaron aquellos hechos, que quisiste morir y viendo que por propia voluntad no podías abandonar el cuerpo, te hiciste daño a ti misma. ¡Que pena Glithien!, tu intento falló, al ser encontrada por los mortales que moraban contigo en tu casa de Varendia.

De ahí en adelante, fueron pocas las cosas que te devolvían un poco el animo, pasó mucho tiempo, para que decidieras levantarte y para ese entonces Al’ Varant ya se había recuperado. Saliste de nuevo al mundo y fueron los más ancianos, los que te recordaron, te uniste a la cofradía de los Eruditos y ahí comenzaste a enseñar a los más pequeños, que sin ningún prejuicio te escuchaban y fueron las risas de aquellos niños, lo que te mantuvo en pie, pero ya no sonreías y en tu voz siempre había un haz de pena.

Pocos fueron los que entraron en tu casa, que fue haciéndose mas grande y hermosa conforme pasó el tiempo, los jardines centrales revivieron y la familia que moraba contigo creció, sin embargo, ya no conviviste con ellos como en antaño y cuando te paseabas por tu propia casa, solías hacerlo sola. Y muy de vez en cuando, tu llanto inundaba el aire de la noche y no faltaron los días, en que la histeria de tu espíritu, revocaba la poca fuerza del cuerpo, haciendo que cayeras en cama.

Más, lo que pasaba entre los muros de tu casa, era sabido por unos cuantos y en la Dehni terminaron por hacerte maestra cofrade y al tiempo, formaste parte del senado. Pero tu participación siempre fue poca y te limitaste a escuchar, porque el recuerdo del pasado te carcomía de tristeza y temiendo, que de nuevo te repudiaran, decidiste ser sutil y cauta.

Y eras tú, (para tu desgracia) que recibía a los elfos en Varendia y servias de interlocutora entre ellos y el pueblo de Al’Varant, era el canto de los quendi por la noche que alegraba los corazones de los hombres, lo que más te entristecía a ti, mi desdichada Urlókiel.

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NÓTI: 1917

NIVEL: INICIADO

HABILIDADES DE HISTORIA: Historia antigua.

- Interpretación.

- Dominio del Arma: Lanza de doble filo.

- Descifrar escrito.