Ficha de personaje
Vorondhisiê Muarkwâr
Jugador: Avaesse

- Personaje
- Vorondhisiê Muarkwâr
- Clan
- Nensir Airatâri
- Raza
- Elfo Aldalântar, Abarî.
- Otros nombres
- Hijo de la Hierba, Voron.
- Ingreso en el Clan
- 02-04-2008
- Armas y/o poderes
- Solo lleva encima una espada larga de doble filo, y dos Makil cortas, también de doble filo cada una que utiliza en los espacios estrechos llamadas Vala y Nolwe.
Controla a las bestias y habla con la hierba.
Descripción del personaje
Nació en el 507 de la SE. Hijo de un antiguo Khalnar de la familia Muarkwâr, miembros fijos del consejo Aratûrê. Su padre decidió dejar su puesto como Khalnar al resultar muerta su madre durante el parto por lo que fue educado en las montañas, lejos de la ciudad, pese a los peligros de la proximidad de los Naugrim.
Mide aproximadamente 1.75m, sus ojos son de un gris opaco y su cabello es de un color entre en castaño claro y el rubio oscuro atigrado. De naturaleza delgada aunque de sorprendente fuerza. Es rápido y ágil.
Su rostro es alargado y su mirada ha pasado a ser algo dura y sarcástica con los años.
Su Onnar es el Abeto.
Lleva el cabello por debajo de los hombros y tras su cautiverio suele llevarlo atado en trenzas desde su nuca.
Una cicatriz le cruza el pecho a consecuencia de un latigazo. Suele llevar el torso desnudo mientras entrena. Por lo demás su vestimenta siempre suele ser lo suficientemente cómoda para permitirle moverse con sigilo.
No le agradautilizar el "poder de las bestias" como él lo llama. No se comunica bien con ellas, sólo impone su voluntad sobre aquellas que no tienen conciencia "humana".
No se ha enamorado ni ha tenido aventura alguna con elfas, excepto “pagos” como su trabajo de Maestro de armas por parte de sus captores.
Su carácter ha pasado de ser alguien apasionado por sus metas a ser alguien que las consigue con serenidad y sin amedrentarse. No confía sino en su propio Onnar y la hierba que le rodea.
Casi fue nombrado Khalnar y antes de ello era un experimentado Aradâkar y Ainaturê, entrenado para superar a su padre y a su abuelo, y cambiar ciertas cosas dentro del Aratûrê. A su vuelta no sabe con exactitud cual es su puesto aunque intenta ser reconocido como Khalnar.
Historia del personaje
El bebé elfo no lloraba. Sus ojos estaban clavados en su padre. Abiertos, preguntando y a la vez confiando en él. O eso diría quién mirara al joven retoño. Los cantos a Yenna se alzaron con la voz profunda de los sacerdotes. De fondo la música del agua de la lluvia goteando desde los árboles como un susurro. Su padre, oficiante se adelantó lentamente. Su rostro se veía demacrado. Su joven esposa había muerto en el parto. Cosa extraña entre los suyos. En su mirada se apreciaba claramente que la vida parecía importarle realmente poco, si no fuera por el hijo al que tenía en los brazos. “Hijo de la Hierba”. Su esposa siempre había sido llamada Hierba, y antes de morir le había dicho que le buscara un nombre fuerte a su hijo, pero que siempre sería el Hijo de la Hierba. La hierba tocó sus pies y siguió adelante. Su voz apenas pudo seguir el rito del nacimiento.
- Bendícelo Dakêru, hazlo fuerte y que me sobreviva. Yenna, cuida de él cuando no le quede otro brazo en el que apoyarse...
Era extraño que Mairthô rezara a un dios que era más propio de los Nuru. Pero había sido educado para la guerra por un Nurualda en su lejana juventud, cuando no importaban las diferencias, y él mantenía cierto respeto por las artes de la guerra. El niño fue levantado ante todos. La neblina los cubrió durante los minutos que duraban los cánticos. Cerró los ojos cuando las gotas de humedad fueron demasiadas para sus párpados, pero no lloró. Cuando volvió a los brazos de su padre los abrió y continuó mirándolo fijamente. Este sonrió por primera vez desde hacía días. Alzó a su hijo y besó su frente y su pecho.
Los Baradar habían dejado de lanzar sus plegarias y el padre les dejó el bebé a ellos. Con los calderos sagrados alrededor los baradar rociaron al niño y pasaron las hojas por su pecho y vientre. El retoño pareció molestarse un poco por ello pero no hizo sino buscar la mirada de su padre entre los desconocidos.
Los Baradar contemplaron como surgía la urticaria sobre su pecho. La señal era bastante clara.
- Tu Onnar es el Aldar Sagrado Aikaire, aquél que simboliza la inmortalidad.- El padre miró a su único hijo y cerró los ojos mientras colocaba una mano en su frente.
- Y Como el Abeto tu serás Firme entre la Neblina, y duro como el puño de un oso; Vorondhisiê Muarkwâr te llamarás, Hijo de la Hierba.
La Mirada del niño siguió siendo profunda y perforadora. Pero en nadie demostró confiar tanto como cuando miraba así a su padre.
Era extraño el tercer día de su Aldatenwê. La niebla surgía a su alrededor y le calaba los huesos hasta a el mas fornido lobo. Pero él seguía atado al árbol y con una sonrisa en los labios. Era una de las razones por las que no les gustaba a los padres que sus hijos tuvieran de Onnar el Abeto. No porque fuera un espíritu maligno, sino porque a pesar de que su símbolo era la Inmortalidad, muchos podían perecer en el Aldatenwê. Sobre todo si era un condenado invierno como este y la nieve de la noche hacía menos de dos horas que se había derretido. Encontrar un abeto para la prueba era básicamente tener que ascender a lo alto de la montaña, donde también podían encontrarte los malditos enanos de las Ondoninkwê. Y ahí se encontraba él. Con el cuerpo atado a un árbol. El tiempo había pasado y se reía mientras esperaba que aparecieran para hacerle la pregunta. Apoyó la cabeza en el árbol y se sumió en un sueño profundo.
Un abeto solitario en una llanura... plagada de hierba. La hierba susurraba. Discutía con el abeto y este se reía de la hierba. Y juntos danzaban con el viento. Voron solo observaba desde la lejanía y escuchaba las canciones de la hierba.
Cuando volvió a despertar los sacerdotes estaban mirándolo como si esperaran que estuviera muerto. Pero él había sido educado con el acero de inviernos más fríos en lo alto de la montaña y con el fuego ardiente de los veranos. Confiaba en su Onnar y en su suerte. Uno de los sacerdotes se adelantó para formularle la pregunta. Antes de que pudiera decir nada Voron soltó una carcajada y le miró a los ojos.
- La hierba dice que tenéis que tener cuidado de volver a resbalar como cuando subisteis, mi señor, pero el Sagrado Aikaire me cuenta que en vuestra juventud os educasteis en estas montañas y corríais por ellas como si fuerais el señor de los ciervos y os rierais de la furia de los naugrim.
- Y con el Señor de los Ciervos hablas, así me llamó mi padre. Creo que no hacen falta más preguntas. Tu Onnar ha hablado.
- Y la hierba mi señor, ella no para de hablar y de reír - dijo Voron con una sonrisa mientras inclinaba la cabeza y caía de lado al ser soltado.- La hierba sigue hablando... – dijo antes de desmayarse.
- ¡No pienso avanzar! En esa llanura nos coserán a flechas. Es una locura cargar así.
- Soy el Ainatûre de esta compañía y mi orden es avanzar. ¿No vas a seguir las órdenes directas?
- ¡Pero por el propio Minnain! ¿Es que no lo entiendes? Hay varios arqueros apostados en ese acantilado. Si avanzamos por el llano moriremos.
- ¿Temes a un guerrero que no se tiñe las manos de rojo? Los arqueros solo son cobardes. Una vez nos vean cargando sin parar huirán. Así que procura esquivar las flechas.
Algunos de su compañía asintieron con su comentario. Eran sus alumnos mas fieles. La elfa que le imprecaba era una recién llegada a su compañía y le estaba causando problemas. Sabía que a la vuelta de esa maldita guerra civil sería nombrado Khalnar y estaría un paso mas cerca de conseguir la gloria y que su padre le cediera el puesto en el Aratûrê. Pero debía hacer las cosas bien y se estaban poniendo difíciles. Si al menos la complicación fueran los malditos Nurulântar. Pero no era entre sus propias tropas. En fín no le quedaba otra opción que avanzar. Realizó la “Esperanza de Anar” para su compañía y les incito a avanzar a carrera tendida, tan rápido como pudieran sus piernas.
- ¡Corred y matadles! ¡Por los Aldalâtar! – No necesitó más palabras para los suyos. Eran jóvenes firmes y fuertes, sabían cuando debían obedecer ordenes y cuando no. Sabían esquivar las flechas y sobre todo sabían correr como liebres. Pero alguien se quedó rezagada. La maldita elfa. Ojalá el espíritu de su Onnar la abandonara. Ya no tenía escapatoria. O avanzaba o se quedaba sola. No había corrido cien metros cuando ella se paró y empezó el silbido de las flechas.
- - ¡Es una locura! – Dijo mientras se daba la vuelta y corría de nuevo hacia el bosque. Voron no dudó. No habría manchas de honor en su compañía y la suya era de las pocas compañías de Aldalântar que aún enviaban ofensivas para que los demás pudieran huir. Siguió avanzando. Retiró del cuerpo de la elfa el hechizo a voluntad y lo esparció de nuevo entre sus guerreros, que empezaban a “bailar” esquivando las flechas tras él. Fue su turno, la flecha venía completamente dirigida hacia su cuello. Los Makil cortos relucieron. Giró su cuerpo entero y como si fuera un juego de niños, levanto los Makil. La escena se volvió lenta y Voron miró hacia atrás. La joven corría aun. La Flecha se desvió a voluntad entre las Makil. Su susurro atravesó el llano. Y murió con un sonido sordo. Al igual que la elfa moría justo en la linde del bosque. Voron asintió para si mismo solo un segundo. Así era la guerra. Sus alumnos no dirían nada nunca. Sobre todo cuando la elfa fue la única baja de su compañía en toda la guerra. Él mismo mató al arquero que había lanzado esa flecha.
Tres días mas tarde volvían al campamento a reunificarse y la noticia le llegó. Su padre estaba enfermo y no tenía a ningún otro familiar. Eran los dos únicos Muarkwâr que quedaban desde su abuelo Aramorth, el décimo Balta. Así que aprovechó el permiso para volver con su padre. La guerra podía esperar y había hombres eficaces entre su compañía. Tardó pocos días en llegar a la “ciudad”, un parapeto movil cerca de las montañas que se movía cada vez más hacia el noroeste, y recibir las noticias. Su padre se encontraba enfermo en las montañas y había pedido que solo fuera su hijo a verlo. Era un miembro del consejo y su decisión se respetaba. Así que lo habían dejado solo en su hogar. Además ni siquiera los Nuru intentarían arriesgarse a entrar en esas montañas plagadas de gente pequeña con ganas de cortar largas cabelleras.
Su respiración era agitada al ascender por la montaña. Le daban igual las fuerzas que tuviera en el cuerpo. Tenía que llegar antes de que su padre decidiera dejar de esperar. Era lo único que tenía en esta vida. Habían sobrevivido ambos a conspiraciones, a luchas y guerras, a largos días de entrenamiento entre el hielo y el fuego, y a los ataques de los enanos. A todo podían sobrevivir juntos. Y ahora le faltaba el tiempo mientras él se ocupaba de estar en la guerra para cumplir los sueños de ambos. Vio su casa al fondo. Ya no era el palacio de los Puño de Oso. Era una simple casa, agradable y sobre todo escondida entre las montañas. Muchos de su familia habían muerto en las ultimas guerras y solo quedaban su padre y él. Abrió la puerta de su hogar. La casa estaba silenciosa. Casi vacía. Se adentró en ella llamado a su padre.
- ¿Mairthô? ¿Padre? ¿Dónde estás? ¡He llegado! – Un susurro le llegó desde la parte de atrás de la casa. No lo entendió pero salió por la puerta trasera en busca de su fuente. Se encontró con su padre tendido en el suelo. Un corte con una sustancia negra cubría su costado. La imagen sacudió los ojos de Voron. Aún respiraba. No estaba muerto.
- Has llegado al fín...- Voron cogió a su padre sin pensarlo en brazos y se lo llevó al interior de la casa, mientras este tosía con sangre.
- ¿Qué ha pasado? ¿Por qué...? ¡Me dijeron que estabas enfermo!
- Calla hijo... enfermo o no voy a morir.
- Pero..
- Calla y escucha. Aun te queda una lección. – Las lágrimas acudieron a los ojos de Voron. Incluso en esa situación su padre se tomaba las cosas con calma. Había sido muy anciano ya cuando se casó con una joven hija de campesinos, apodada Hierba, la cual murió al traerlo a él al mundo. Y siempre lo había visto tomarse las cosas con esa calma que conceden los años. –Ha sido un nurulântar... quien lo ha hecho. Creo que se llama Itanôn lo algo así. Lo había visto hace tiempo unas cuantas veces. – Tosió y se limpió como pudo la sangre en sus ropajes, mientras que su hijo lo miraba expectante. Sabía que no había terminado. – Pero otros lo han mandado, se cobra muchas vidas esta guerra y no solo por los enemigos. Cuídate en el futuro de estos que te nombro, porque querrán quitarte del medio hijo... – Volvió a coger aire y cerró los ojos recordando. – Recuerda estos nombres y desconfía... Branda y Engrel, y sobre todo de la que intuyo sea mi verdadera asesina Selahom. Es la familia que mas probabilidades tiene de ascender al consejo si tú desapareces hijo, y quedarse para siempre allí, aunque parezca que solo se ocupan de asuntos comerciales... el poder da más dinero... Cuídate de ellos y quítalos de en medio si puedes. No tengas remordimientos. Hay muchos enemigos dentro y fuera de nuestro pueblo. Y muchos que quieren separar el que honra al árbol del que hace sangrar, incluso dentro de los Aldalântar... Recuerda hijo, que debes llegar al consejo... evita que el que se mancha de sangre deje de purificar su espíritu, si no nuestro pueblo estará perdido. El guerrero debe ser un sacerdote... – Tosió una vez más y miro a los ojos grises de su hijo – Me estoy muriendo chaval, podrías ser considerado y traerme algo de agua – Dijo picándole un ojo. Su hijo sonrió. Su padre le había enseñado a sonreír en los momentos más inoportunos. Se levantó y fue a paso ligero hacia la cocina, buscando algo de agua. Cuando volvió, apenas un minuto después el rostro de su padre estaba pálido y había mas sangre sobre su pecho. Parecía que acabara de empeorar desde que le soltara la larga perorata, aun en su lecho de muerte. Bebió un sorbo de agua. Y miró a su hijo una última vez. – Habrá una emboscada para ti en el camino de vuelta, de los nuru... para no dejar pruebas... Ve por las montañas y sobrevíveme, hijo de la hierba...
Besó el cadáver de su padre, en la frente y en el pecho manchado de sangre. Cogió de su cuello el Torque familiar. Y se lo colgó en su cuello. Su mirada se volvió algo vacía y a la vez llena de ira. Partió por las montañas con sus espadas cortas en las manos. Ahora era miembro por derecho del Aratûrê y debía escapar para vengar a su padre. Y plantear las dudas al consejo. Debía sobrevivir como fuera. Solo en eso pensaba mientras corría por las montañas, rodeándolas en dirección contraria para llegar a la “ciudad” sin ser visto, en eso pensaba cuando las lágrimas caían por sus ojos, cuando perdió la noción del tiempo y la distancia y se alejó mas de lo necesario hacia el oeste, en eso pensaba cuando un látigo salió de entre los árboles y le golpeó el pecho abriéndole una herida de lado a lado. Pensó que los Nurulântar le habían capturado. Pensó que todo se había terminado. Pero nunca pensó que vería de cerca la cara arrugada de un elfo oscuro. Allí desapareció para su pueblo Vorondishiê Muarkwâr.
- ¡Mirad estas Makil! Son perfectas. Al menos espero que no estén encantadas. No se que hacen ahí colgadas.
- Hasta los Uonu-nyrr han respetado esas espadas, elfo... Será mejor que no las toques o te arrepentirás. - La voz salió desde la oscuridad de la celda y unos ojos grises se descubrieron furibundos entre las sombras. La neblina llegaba hasta la propia oscuridad de su celda. No le desagradaba, le recordaba el sonido del agua.
- ¿Quién habla? ¿Y con que derecho te atreves a hablarme así? Hemos liquidado a todo tu pueblo así que mejor cállate.
- Este no es mi pueblo elfo...- Se adelantó en la oscuridad y se mostró ante el otro elfo. – Mi nombre es Voron, de los Aldalântar.- Dijo con un acento extraño y la mirada sombría mientras se acercaba a los barrotes de la celda de donde colgaban sus espadas – Señor de las armas de los Uonu-nyrr. Aquel que los ha entrenado para que murieran en vuestros brazos... y por lo cual sigo vivo... “hermano” – La voz iba cargada de veneno y la mirada de puro odio - Así que llama a quien tengas que llamar y sácame de aquí. Llevo casi doscientos años en esta ciudad y necesito que el agua limpie mi cuerpo.
El guerrero pareció dudar pero contempló el torques en el cuello del encarcelado y se alejo de la celda hacia la superficie, no sin antes echarle un último vistazo a sus espadas. Aquello había sido un extraño hallazgo y prefería consultarlo con algún capitán.
- Tócalas y te arranco las entrañas.... – susurró mas para sí mismo en la oscuridad de la celda. Había sobrevivido gracias a la pericia demostrada en la lucha. En una especie de batalla por la vida para diversión de los Uonu de Tuyrozd. Le habían dicho que entrenara a sus jóvenes y lo hizo para salvar el cuello. Les enseño a luchar bien, pero con un simple fallo en su defensa que cualquier elfo que él conociera vería tras dos o tres ataques. Pero se le había pegado algo del carácter de los Uonu-nyrr. Ahora habían vuelto los Aldalântar. Estaba de nuevo entre los suyos... Llevaba casi doscientos años entrenándose para vengarse. Pero no sabía mucho más de su pueblo que de los elfos oscuros... solo lo que la hierba le decía.
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NÓTI: 4110
NIVEL: INICIADO
HABILIDADES DE HISTORIA:
- Dominio del Arma: Espadas cortas.
- Supervivencia en la naturaleza.
- Herbología básica.
- Canto / Discurso.
- Animal mensajero.
Firma
...Evita que el que se mancha de sangre deje de purificar su espíritu, si no nuestro pueblo estará perdido...
El guerrero debe ser un sacerdote
