
Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 4
Rómenor, la Tierra del Sol
Finalizada · 07-07-2007
Allison Ronaele

Raza: Semi elfo pero ella no lo sabe
Otros nombres: Ninguno conocido aún
Armas o poderes: Cuatro dagas silvanas y un arco.
Vida: 100%
Descripcion
Alta estatura y ojos verdes. Un largo cabello rubio, teñido cada tanto con algunos mechones oscuros.
Mechones que, cerca de dos veces al año, son cortados, casi siempre se le ve rubia puesto que no gusta llevarles encima. Ya que estos significan todo aquello que ella no quiere recordar.
Algo inocente, intrépida y un poco audaz. Terca como pocas personas que ella conozca y dulce, como toda niña debe ser.. Sí, como una niña.
Aparenta tener 25 años pero actúa como una niña, como sí fuera un juego toma cada cosa como un nuevo juego a aprender. Claro que sí la oportunidad le da asilo a esta máscara que gusta llevar.
Más, cuando se le conoce, se le nota que poco inocente es, reserva sus pensamientos para aquél momento en el que su voz tenga peso. Cuando necesite su voz ser seria, cuando los años sólo le pesen para tener aún más eco.
Historia
¿Qué decir de alguien que fue educada para ser una cazadora? ¿Qué decir de quién se le enseñó a no pedir disculpas a menos que lo sintiera? ¿Qué decir de quién que nunca pudo ganarse la vida como aldeana? ¿Qué decir de alguien que nunca pasó de desapercibida?
Sus tantos años no parecían haberle mellado por completo... realmente parecía tener aún veinticinco, la edad pasaba distinto para los humanos que conocía, como para los elfos que supo ver.
Ojos verdes, un profundo verde y cabello rubio.Los mechones oscuros que suelen colgar sobre su melena habían sido cortados, como era su tradición cada vez que se cumplía uno de los dos aniversarios. Sus labios apenas finos, apenas manchados de mentiras; dos hombros delicados y una curva definida. La luz apenas dejaba verle del todo y la capa que llevaba encima, no ayudaba.
Podía verse casi en un espejo: el vestido negro aferrándose a su cintura, apenas tapándole la mitad de los muslos. El pecho apenas cobijado por un corsé que dejaba a la vista sus hombros, tapados por la capa, que apenas dejaba notar que llevaba puesto un vestido. Sus brazos estaban debajo de la mesa, acariciando a su pequeña compañera de viaje: Raven
Estaban en una posada, a un costado a solas, con la capucha encima y con las dos piernas descansando sobre una silla; sólo la luz de sus ojos podría ser visible para alguien con gran visibilidad. La pequeña nariz de la elfa y el felino blanco durmiendo sobre su regazo,eran difíciles de ver a distancia.
El ruido no le era incómodo, no le era claro... era simple, era sencillo y cada conversación perdía su sentido antes de llegar a sus oídos. Ella seguía en su pensamiento, en su mente rememorando como se hace en todo día especial. Los días de luto, son sólo aquellos en los que tienes excusa para el silencio, la calma y el pensamiento turbio.
No es un día de lamentaciones, es un día de recuerdo, es un día dedicado a perdonar la angustia... y dejarse llevar por ella
Hacía más de cincuenta años atrás había muerto su madre, fue ese hecho el que le impulsó a salir de aquél pequeño pueblo. Al principio su bondad fue enturbiada y la búsqueda por sobrevivir la fue llevando a aquél lugar dónde descansaba ahora, en una no muy poca fría neutralidad.
Había visto como amigas de su madre acababan muriendo, como hermanas de aquél corazón le guiaban hasta que decidió salir por su cuenta. No se arrepintió de hacerlo, ahora eran sólo tres para comer, dos para viajar junto a Dante y dos que trabajaban.
No era una niña ya pero seguía con pequeños detalles que siempre le hacían reír, no había perdido la ilusión en aquél sonido al reir. Sus ojos podían develar su edad y hasta parecer aún más vieja al dejar de iluminar con esa sonrisa suya. Las lágrimas mostraban la dureza de su carácter tras las sonrisas, mostraban lo apasionado de su corazón al dejarlas caer sobre la almohada, mostraban lo más sincero de su alma: el dolor.
Y es que sí, había amado hombres por diversión casi, apenas creyendo enamorarse. Nunca había peleado una batalla... se había dedicado a robar, por encargo casi siempre, pero no siempre aceptaba encargos para matar personas. Aunque , cuando era necesario.. no existían excusas.
Las reglas podían no ser justas, las leyes podían ser corrompidas al igual que el hombre; pero debían cumplirse. Y a ella le había tocado demasiadas veces, muchas veces, hacerlas cumplir: pactos de sangre, deshonores... estaba cansada de eso, fue entonces cuando conoció a Aneres.
Sí, una humana, en una de tantas posadas idénticas como aquella en la que estaba en ese mismo instante.
Su piel morena y una hermosa melena oscura, con gran temperamento y una sonrisa que podrían desear mil elfas, por toda su eternidad. Allí sirviendo y riendo, dejando su perfume flotar en el aire, invadiendo los sentidos. Casi salida de un cuento de fantasía, sus ojos grises revelando su historia con la más dulce mirada. Desterrando los sentidos en sus labios de porcelana, teñidos con el calor de su propio espíritu. Aquél espíritu de fuego le había llamado y ella se incendió con su calor, hasta darle alas a los deseos de mayor oscuridad dentro de aquella alma.
Las más hermosas historias de amor nunca habían iluminado el corazón de esta viajera, ni nunca pudo llegar a creerles. Ni su madre había encontrado amor igual al de su madre y su padre, sólo aquél amor sincero existía para los corazones de los elfos de aquellos tiempos: los de sueños sin corrupción, los que vacíos de maldad estaban. Los que con suma dulzura, llenaban los corazones de la mayor dicha... tanto los enamorados como por dónde este amor pasara, llenando cada una de las copas con esa ternura que sólo un amor puede llenar. Su muerte había sido el comienzo de aquél inmenso destino que aún parecía dominar sus vidas.
La siguiente Ronaele sólo se había intentado adaptarse al nuevo mundo que tuvo que enfrentar tras la Primera Guerra de Beleriand, cosa que nunca logró del todo. Tampoco, tantos años después, tras embarazarse, tras tener a la pequeña de ojos verdes, que luego sería Allison.
Su madre no era santa, lo sabía pero... en total ignorancia de sus actos, fue pura para amarle como a una madre debe amarse. Y como su madre cortaba el pelo de ella y de su hija cada vez que cumplía otro año la muerte de sus abuelos, ella hoy se había cortado el cabello por el aniversario de su madre.
Pero ni Aneres lo comprendió, su inmenso fuego estaba corrompido por la tragedia de su infancia y no podía comprender la dulzura de su amor, hacia sus antepasados, su madre... hacia ella. Y terminó por huir de su camino, terminó por buscar consuelo en su propia alma mientras algún que otro sueño seguía torturándole. La angustia nunca se llevó a su alma, no lo hizo aquella vez ni esta que sus labios nunca cuentan.
Cuando llegó al desierto, tras días de cabalgar y sólo parar cuando el caballo no pudiera más, la inmensidad de aquél color casi le llevó a la desesperación. El intenso amarillo rodeándole, cubriéndole... cargándole a su propia dicha, el exilio de su propio lugar. No era aquél intenso verde, que hacía años no veía, ni era aquél el ruido de un río, sólo era el viento jugando con la tierra seca.
Raven nunca había vivido lejos del bosque, excepto cuando salió al mundo junto a Allison. Aquél inmenso amarillo, le llegó aún más que a Allison. Fue la primera en llorar esas lágrimas, que sólo nos da el querer. Pues su corazón sí era inocente y joven aún, e igualmente necia al estar tan decidida a ser la sabia que guíe a la muchacha. Pero la niña es el corazón de este felino tan amante de las largas siestas y de las dulces sonrisas de ella.
Cuando se conocieran, Dante ya mostraba ser antiguo a pesar de la belleza de su estirpe. En aquél momento sólo reinaba en ella la sonrisa y el dolor de aquella muerte de su madre. Y los dos animales habían caído ya ante el encanto de su inocencia, aún no manchada entonces.
Allison dejó caer una lágrima en el vacío, hacía mucho que no recordaba a Mirimë, ni a Quariel, ni las tantas caras que en su piel habían quedado impregnadas. Hacía poco, para su desmemoriada historia, que estaba en aquellas tierras.
La suave arena le había traído paz tras tantas historias sin fin, tras tantos recuerdos olvidados y renacidos en la memoria, tras tantas imagenes diversas que sólo torturaban su mente. Claro que sólo sucedió cuando ya hubiera tomado suficiente agua, cuando hubiera vuelto a su cuerpo, su alma y su mente a gobernar. Sólo cuando se hubiera acostumbrado a pasar tanto tiempo, entre aquella tierra sin fin y ella. Entre esa tierra inmortal y su espíritu, en aquél encuentro dónde no soñaba historias felices, sólo en silencio estaba... su mente, cuerpo, corazón y alma.
Cuando llegó a la ciudad seguía inconsciente, su cuerpo se había desvanecido entre la arena y el sol. Dante sólo descansó a su lado, según le contaron, y Raven siguió dormida en su bolso resguardada.
Sólo supo de haber llegado tras reconocer una dulce voz, un poco de amabilidad y un poco de agua. Y ante esa voz, que descubrió era quendi, contó ser elfa, contó ser extraña a los desiertos, contó no ser muy joven, contó que sólo buscaba un poco de paz para su alma y se halló ante ese inmenso color. Sin nada más a su alrededor.
La quendi le contó que la encontraron unos viajeros y ante ella le trajeron, puesto que a aquellos que eran extraños ella entendía su habla, entendía su decir. Y así, ella era la que mediaba entre los nativos y los extranjeros
-Niña nos toca ir a dormir, me toca ir a dormir.-dijo con dulzura al felino
La elfa le tomó en brazos y le llevo adonde le tocaba a la elfa descansar. Con suma ternura le tomó, con ese cariño que sólo una madre puede procurar.
Pues la inocencia turbia, como la culpa a medias, no es inocencia ni culpa. Es sólo un gris iluminando la dulzura de sus ojos verdes, apagando esa inocencia, realzando ese sentir pasar los años... ese dolor dulce corriendo por sus venas...
--------------------------------------------------------------------------
NÓTI: 695
NIVEL: APRENDIZ
HABILIDADES DE HISTORIA:
- Dominio del Arma: Daga
- Herbología básica
- Supervivencia en la Naturaleza