Fin Guerra: Maianor se retira del Combate
Armadas perdidas por "Al´Varant" = 29
Armadas perdidas por "Maianor" = 27
Victoria para Maianor.
No se produce el saqueo.

Fin Guerra: Maianor se retira del Combate
Armadas perdidas por "Al´Varant" = 29
Armadas perdidas por "Maianor" = 27
Victoria para Maianor.
No se produce el saqueo.
Unas nubes oscuras se cernían, amenazadoras, sobre el cielo de la ciudad de Hildan. En plena frontera, con un pie –o una piedra, sería correcto decir en este caso- en el desierto y otro en los mismos lindes de los frondosos bosques del norte, la ciudadela había de soportar los caprichos de ambos tipos de vida. Si bien en un ámbito más reducido y moderado, las ocasionales tormentas de rayos y agua en ingentes cantidades, y las sequías periódicas que sacudían a la población, eran difíciles de soportar por los más impacientes.
Unas nubes oscuras se cernían, como se ha dicho, sobre el cielo de la próxima batalla. Por lo que parecía, los hildarianos estaban ya acostumbrados a las acometidas (e infructuosas) de los varantes. Una y otra vez, el ejército del Excelentísimo Senado de Varendia había chocado contra el muro y había fracasado. Las pérdidas, tanto humanas como materiales, eran cuantosas. Ya no era una cuestión de interés. Hildan gobernaba un notable territorio que los varantes, al menos muchos de ellos, codiciaban. Sin embargo, el oportunista intento de conquista se había convertido en una cuestión personal… o estatal, siendo más preciso. Era el orgullo del pueblo de Al’Darme puesto a prueba. Y de nuevo, quedaría mancillado… como se verá más adelante. Pero los numerosos populistas y demagogos que plagaban el Senado como una especie de enfermedad crónica e incurable, siempre diluida pero siempre presente, recurrían con frecuencia a esa expresión. El honor de Al’Darme, del Rey sin Corona, de su pueblo bendecido… Pero si el Rey Elden ish Khemel I, Al’Darme, despertara de pronto, es muy probable que los reñiría y avergonzaría por su estupidez. El sabio nómada fundador de Varendia y, en última instancia, de Al’Varant, siempre había apostado por un Varantar unido. Todo aquello que ocurriera fuera del Gran Desierto no era competencia de los varantes… al menos, en lo que a expansión se refería.
Pues bien, la porción desértica que correspondía al gobierno libre de Hildan era minúscula. Insignificante. Y sin embargo, allí continuaban, luchando, muriendo, chocándose contra sus murallas una vez, otra vez, otra, otra… Una comedia, o tragicomedia, que no parecía terminar. Comedia por que todo parecía irreal: lo absurdo de su propósito, el sinsentido se su sacrificio, del enorme coste que supondría para Al’Varant… era cómico, en efecto, en cierto sentido. Cruelmente cómico.
Y su parte trágica era evidente. Tantos, tantos habían muerto ya… Y, sin embargo, allí continuaban, luchando en una empresa que ante todos parecía perdida de antemano.
Los refuerzos llegaron, pero ya no se recibieron con júbilo, ni siquiera con una tímida ovación. Los supervivientes de la anterior contienda contemplaban silenciosos, protegiéndose los ojos del sol con palma de la mano, con el ceño fruncido y el corazón acongojado, cómo marchaban en perfecto orden las ingentes tropas nuevas. Tan sólo el Dûresda, el líder de la Dûrmana –esto es, uno de los grandes ejércitos móviles de que los varantes disponían, y que eran usualmente utilizados como fuerza invasora- acogió a los refuerzos con una cálida sonrisa. Eran pocos ya los que creían en aquella expedición. Y había pocas cosas peores en un país en guerra que un ejército desmoralizado. Pero ellos obedecerían. Combatirían con la misma tenacidad. Eran varantes.
Atacarían de noche. Así lo habían decidido los comandantes. El día transcurrió con monotonía. Las nubles negras se acumulaban sobre sus cabezas, y todos presentían una tormenta cercana. “Que no sea esta noche, que no sea esta noche…”, pensaban guerreros y capitanes. Una lluvia de ese calibre podría complicar mucho las cosas. Ni los hombres estaban acostumbrados a luchar sobre mojado ni las máquinas funcionaban bien en esas condiciones. Aparte de que la visibilidad sería escasa.
Todo esto se discutía en el campamento de los varantes mientras esperaban con impaciencia e intranquilidad la hora señalada por sus superiores. Unos oscuros augurios, tan negros como las nubes que flotaban sobre ellos como una mueca macabra hacia su propia frustración, se habían enquistado en la mayoría de los corazones. Y no tenían falta de razón.
Las campanas sonaron repentinamente, con estrépito. Los soldados gruñeron, molestos; ¿por qué se empeñaban en imponer esa prisa? Tenían tiempo de sobra para armarse convenientemente; sin embargo, allí estaban los capitanes, rugiendo órdenes como si de ello les dependiera la vida. Sin embargo, los varantes trotaron y movieron los brazos y la piernas, intentando calentar sus músculos, visto que algo así resultaba imposible con su corazón. Pronto se fueron formando hileras cada vez más numerosas.
En aquella ocasión, la infantería ligera, los alshurenae, se colocó en la vanguardia; el ejército se fragmentó en las tradicionales Divisiones de dos mil hombres; esta vez, sin embargo, no fue una mera opción funcional, sino que tuvo su manifestación física. Las distintas divisiones, no sólo de infantes ligeros, sino de toda la infantería, se vieron apoyadas por milicianos en los flancos que actuaron como tropas auxiliares. Tras los alshurenae marchaban los alturenae, la infantería pesada. Tras ellos se localizaron tres largas hileras –esta vez continuas- de arqueros veteranos. En el flanco derecho de la tropa se localizaba un nutrido grupo de catafractos, la demoledora caballería acorazada varante. En el izquierdo marchaban los hirlarenae –tropas ligeras de asalto a caballo- y, inmediatamente detrás, los nivarantes, los prestigiosos Jinetes del Norte. Los ingenieros de asedio se repartían por todo el conjunto: más numerosos entre la infantería ligera –que cargaba con la mayor parte de las pesadas torres de asedio- y entre los arqueros, que ayudaban a armar y dirigir las catapultas. A su espalda, en el campamento cuajado de tiendas y hogueras, esperaban los sacerdotes, los curanderos y los médicos de campaña.
Las nubles se aglomeraban cada vez más, pero el cielo no parecía decidirse… o bien esperaba el momento justo. Quizá hasta el mismo clima se alió entonces contra Al’Varant. En cualquier caso, una vez armado y preparado el Ejército, los comandantes decidieron esperar. Lo hicieron durante alrededor de media hora, mientras los soldados esperaban pacientemente la orden que no terminaba de llegar. Finalmente, los generales se decidieron. Atacarían aquella misma noche.
La Dûrmana avanzó en su conjunto. Frente a ella, los hildarianos esperaban pacientemente en sus almenas. Se habían convertido en héroes en su ciudad. De todos los confines de su territorio, seguían llegando tropas para apoyar a la ciudad cuando ésta era mermada por la tenaz insistencia de los varantes. Estos se toparon con la férrea defensa de los hildarianos; sin embargo, el ejército siguió avanzando, corriendo con cierta velocidad y cubriéndose con sus escudos. La batalla fue igualada desde el principio hasta el final. Los arqueros varantes iniciaron sus descargas. Las torres llegaron a su objetivo finalmente, y la infantería inició su ascenso. La batalla se desplazó a los adarves. Más abajo, tras un primer intento infructuoso, un segundo ariete destrozó la puerta y dejó vía libre para los varantes. Pero toda aquella confusión inicial fue quebrada por un temido acontecimiento. Todos vieron un intenso destello sobre ellos. La batalla se detuvo. Un estremecedor trueno resonó en toda la ciudad. Cayeron unas primeras gotas; de pronto, todo un mar pareció echárseles encima. Los varantes dudaron porque los generales no emitieron ninguna orden; los generales dudaron porque no sabían qué hacer. Pero, de pronto, los hildarianos gritaron de júbilo y se reanudó la batalla. Y desde entonces, todo fue de mal en peor para los varantes.
En un salón circular, coronado por una cúpula en cuya cima había un gran hueco con forma de circunferencia –el Ojo de Adrhant-, reinaba un silencio sepulcral. Era la Cámara del Eco… pero en aquellos momentos no resonaba ninguno. Para que eso ocurriera tendría que esperarse aún algunos minutos.
Pero fuera, en la fresca sombra de los jardines exteriores, importantes personalidades del mundo varante mantenían una tímida conversación. Tímida porque, por un lado, se encontraban en un lugar reverenciado, a punto de llevar a cabo una ceremonia única en todo el año, y porque, por otro, la situación era grave.
-Fue una masacre –comentaba uno de los Guardianes de los Muertos presente, Deran ish Talroth-. La lluvia fue aún más intensa de lo que los capitanes más pesimistas se atrevían a imaginar. Llovió como nunca había llovido. Quizá fue un mensaje de Audrant. Pero Audrant no actúa a través de actos tan sangrientos.
- Quizá pretendiera que nos retiráramos –sugirió su interlocutor-. Sin embargo, continuamos combatiendo.
- Sí, lo hicimos –intervino Deran- y nos equivocamos, como hicimos la primera vez que intentamos conquistar aquella ciudad.
- Eso no puede asegurarse –dijo entonces una tercera voz. Arjosh Far, uno de los Cinco, los Señores de la Muerte, los líderes de la Cofradía de los Guardianes de los Muertos-. Al’Darme contestará hoy a nuestras preguntas. El honor de nuestro país ha de ser respuesto.
- El único modo de que así sea, mi señor, con todos los respetos –dijo Deran, el rebelde, con ira acumulada-, es retirándonos de ese lugar funesto. Jamás debimos enviar tropas allí, y lo hemos visto una y otra vez. O quizá no lo hemos visto, pues hemos querido permanecer ciegos. ¡Es hora de ver! Pero Al’Darme hablará. Y su palabra, sea cual sea, deberá ser respetada.
Había mucha expectación en la ciudad tras el último desastre militar en Hildan. La lluvia supuso el punto de inflexión de la batalla. Hasta entonces, la Dûrmana había tenido opciones de victoria. Sin embargo, hostigados por tal cantidad de agua, lo que era algo inaudito para los habitantes del Gran Desierto, los varantes se encontraron desorientados, más desmoralizados aún si cabe, y perdidos. Faltó disciplina, que fue fatal. Una retirada en el momento conveniente –y hubo algunos- habría resultado menos desastroso. Pero los generales, tan confundidos como sus propios soldados, no pudieron valorar el daño auténtico que aquella carnicería estaba produciendo en ambos bandos. No podían, por otra parte. Era prácticamente imposible ver nada. Las catapultas eran inútiles; los Jinetes del Norte y los arqueros, también. Podrían haber intentado una carga de caballería, pero también resultaba impracticable. Los cataphractae eran imparables en campo abierto, pero en medio de una ciudad a oscuras…
Finalmente, fueron los hildarianos los que desistieron de seguir luchando. Sus pérdidas habían sido tan horribles como las de los varantes. El Ejército, la Dûrmana, había sido aniquilado prácticamente. Los supervivientes se dispersaron y, finalmente, cuando se reunieron, decidieron conjuntamente volver a la capital.
Y allí estaban reunidos, una treintena de políticos, los altos cargos del Senado de Al’Varant. El alma del Senado reunido allí mismo. El alma del Estado, en verdad, allí concentrado. No de la propia Al’Varant… al menos, eso no se sabría hasta que Al’Darme hablara.
Los Rituales de los Muertos se realizaron como de costumbre. Recitaron las largas oraciones de convocación, de varias horas de duración –no, en vano, Al’Darme había muerto hacían ya ocho siglos-, y realizaron los procedimientos oportunos. Sólo estaban allí los miembros de la Cofradía de los Guardianes de los Muertos, nadie más. Estaba vedado el paso a nadie que no perteneciera a la Dehni Vharasda.
Se estableció la conexión. Se formularon las preguntas.
Y, por primera vez desde que se estableciera el gobierno de la República en Al’Varant, la suave y grave, compasiva y hermosa voz de Al’Darme resonó en la Cámara del Eco iracunda. Nadie podía verlo… todos tenían los ojos cerrados.
- ¡Habéis traicionado al espíritu mismo de nuestro país! –resonó su voz. Todos se sintieron acongojados, especialmente aquellos que apoyaran el plan de conquista-. Habéis quebrantado el honor de Al’Varant, de nuestra estrella. Por vuestras ambiciones, miles de jóvenes varantes han perecido por una causa sin objetivo ni sentido. Habéis cargado a los inocentes con el horrible peso de vuestra ambición. Habéis invertido nuestro espíritu, y lo habéis convertido en algo funesto. Habéis decepcionado a la esencia de Al’Varant –concluyó Al’Darme. Su voz resonó como una sentencia.
-Pero, mi señor –intervino Arjosh-, era necesario…
- ¡Necesario! ¡Necesario! Dime, infame, tú, que te haces pasar por Señor de la Muerte; tú, que deshonras el noble cargo de la Guardia de los Difuntos… ¡Dime! Hablaré en los únicos términos que conoces ¿Qué beneficio hemos obtenido de esa empresa funesta? ¡Contéstame!
Pero Arjosh Far no logró obtener respuesta.
El Senado en pleno se reunió al día siguiente en la Gran Plaza de Al’Darme de Varendia. Una innumerable multitud se conglomeraba allí, expectante. ¿Qué habría ocurrido? ¿Qué habría dicho el noble sabio, el fundador de Al’Varant?
- Varantes, nuestros hermanos –hablaron los Balzac con solemnidad-. Os hemos fallado. Hemos cometido un grave error. Al’Darme ha hablado, y lo ha hecho con toda claridad. Os pedimos, con toda la humildad que nuestro orgullo nos ha negado, que nos perdonéis. Nos ponemos en vuestras manos.
- Sabed que hemos ordenado la vuelta inmediata de la Dûrmana varendiana, de lo que quede de ella. Respetaremos la independencia de la ciudad de Hildan. Varantes, vuestros compañeros vuelven a casa. La guerra… ha terminado.
Resumen de la batalla:
Al Varant ha perdido 29 armadas x35= 1015 puntos.
Recuperables: 457 puntos.
Valoraciones: 8,4+8,4+8,4+7,9+8,2= 8,26
Recupera: 377 puntos.
Pierde: 638 puntos.
Por la participación en la batalla se otorga a este clan 600 monedas.
Compañías actualizadas y listas.
Por la participación en la batalla se reparten entre los dirigentes 270 Nóti.
Por las historias, 96 Nóti.
Historia finalizada.
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