Fin Guerra: Maianor deja de Atacar
Armadas perdidas por "Maianor" = 22
Armadas perdidas por "Narwä Hilyatâri" = 28
Victoria para Maianor.
Narwa mantiene el control de la ciudad.

Fin Guerra: Maianor deja de Atacar
Armadas perdidas por "Maianor" = 22
Armadas perdidas por "Narwä Hilyatâri" = 28
Victoria para Maianor.
Narwa mantiene el control de la ciudad.
1 Aqua Duir, Nyarôsto, Sala de la Conjunción.
Myodul reposaba sentado junto a una ventana, mientras que la sacerdotisa de la ciudad, Syeluze, le dibujaba sobre un lienzo extendido. Fuese cual fuese su procedencia, un elfo era el modelo perfecto, pues podía pasar horas inmóvil contemplando la infinidad de detalles que componen un paisaje. De este modo, el joven elfo estudiaba la estructura de la ciudad y al mismo tiempo sus rasgos quedaban enlazados al pincel de la sacerdotisa. Ninguno hablaba.
La puerta se abrió repentinamente y Erjândako entró seguido de una soldado desconocida.
-¿Quién es él? -preguntó Myodul sin volverse.
-Una mensajera de Osto Ohtalôsse -dijo Erjândako-. ¿Puede salir la dama?
-No es necesario, habla -replicó Myodul. La mensajera miró alternativamente a ambos sin saber qué hacer. Erjândako se acercó a Myodul y lo cogió por el cuello con un brazo, lanzándolo sobre la pared.
-No tenemos tiempo para tus caprichos, Myodul Anâekhale -gruñó-. Tú, fuera.
-Por supuesto señor -dijo Syeluze levantándose y huyendo despavorida de la habitación.
-Se solicita ayuda urgente en Thertan -dijo la mensajera-. Vuestra compañía es la más cercana a esa ubicación, de modo que se requiere vuestra presencia en el frente. Las constantes rebeliones en la ciudad han deteriorado mucho la guardia, y aunque fue renovada durante el último enfrentamiento el instinto de sublevación es ya demasiado poderoso. Aquí tenéis información más detallada sobre la situación -con estas palabras, depositó sendos fajos de pergaminos en las manos de Myodul y Erjândako-. Debo volver a las postas del camino, por si llegan nuevos avisos, así que con vuestro permiso... -se retiró, dejándolos solos.
-En otras palabras, otra vez al desierto -suspiró Myodul-. La verdad es que podrías ir solo; no voy a serte de ayuda y prefiero mil veces quedarme cerca del bosque...
-Tú nunca aprendes, ¿verdad? -dijo Erjândako irritado.
-¡Claro que sí! -exclamó Myodul-. Por ejemplo, ahora sé que debo mantener mi cuello alejado de tus manazas cuando suelte impertinencias...
Cuevas de Thertan.
Jhade trataba sin demasiado éxito de acoplar una pata de palo al muñón de su pierna. No importaba como lo hiciera; siempre sentían un tremendo dolor al apoyar el peso en ella. Los curanderos le habían explicado que aquello era normal, que tardaría años en acostumbrarse... Pero ella no disponía de años. Su estrategia principal consistía en atraer a los enemigos a una trampa; era arriesgado, porque podían revelar accidentalmente su propio escondrijo. Pero, si todo iba bien, no habría supervivientes y nadie sabría nunca lo sucedido.
Tenía que luchar; tenía que vengarse del elfo que le había cortado la pierna. Además, la memoria de su prima no descansaría en paz hasta que la ciudad de Thertan fuese libre una vez más; aunque Jhade era mucho más joven, siempre se había llevado bien con Maara, y ella había sido la persona que más admiraba. Si había abandonado su pequeña y acogedora casa al sur, preocupando a sus ancianos padres, era para recoger el testigo de aquella tarea. Y ya que ella misma se la había autoimpuesto, nunca se detendría hasta verla completa.
2 Aqua Duir, Afueras de Thertan.
Pese a que viajaron lo más velozmente posible, no lograron llegar hasta el anochecer. Talion fue enviado a explorar con otras tres personas, mientras organizaban un campamento en la zona norte.
-¿No hay demasiada calma? -preguntó Myodul-. No se ve una sola luz en la ciudad, y tampoco voces o ruido de batalla.
-Probablemente están esperando que ataquemos, ocultos en la zona central -Erjândako no pareció darle mayor importancia-. Sea como sea, al menos no han bloqueado los accesos principales como temía.
-Vale, pero... ¿y qué pasa con los soldados que permanecieron en la ciudad? Ellos no permitirían que nos emboscasen... A menos que...
-Olvídate de volver a verlos con vida, las posibilidades para ellos eran muy escasas.
-Verdaderamente odio los desiertos -sentenció Myodul. Extrajo un cucharón de la olla que pendía sobre una hoguera cercana y bebió largamente un trago del curioso caldo que alguien había preparado. En ese momento se oyó un maullido y Sophistra apareció tras él.
-Ah, tu gata -comentó Erjândako-. Fue de utilidad la última vez, pero no la vi en Nyarôsto.
-No es mía -sonrió Myodul-. Creo que viene por comida. Seguramente se ha quedado por aquí, después de todo, ella no tenía necesidad de volver a cruzar el mar de arena.
En ese momento Talien volvió, seguido de un grupo de soldados.
-Informe -exigió Erjândako.
-Los soldados destinados aquí han sido testigos de cómo la totalidad de la población civil de Thertan se retiró a unas cuevas cercanas a la ciudad. Trataron de seguirlos, pero las cuevas estaban férreamente defendidas y ellos eran demasiado pocos. Fue entonces cuando enviaron el aviso.
-Que estupidez -musitó Myodul-. No hay diferencia estén en las cuevas o en sus casas: la ciudad sigue igualmente ocupada. Si quieren quedarse allí dentro, pueden...
-Olvidas la razón por la que conquistamos ciudades -cortó Erjandako-. Si los aldeanos están encerrados en una cueva, no trabajarán, y si no trabajan no producirán recurso. Sin el tributo, ¿de qué nos sirve a nosotros la ocupación de una ciudad tan oriental?
-Cierto -admitió Myodul, asombrado a su pesar-. Pero si no trabajan, no producirán alimento y se...
-Morirán de inanición -completó Talien, captando las miradas de sus superiores. Pero el explorador no se arredró y dijo lo que pensaba-. De todos modos, nos odian lo suficiente para dejarse morir de hambre, si eso nos resulta molesto. Aún así, aguantarán bastante tiempo, han llevado todas las provisiones. Los soldados han dependido de los envíos de la ciudad los últimos días para comer... Y no parece que hayan sido muchos.
Cuevas de Thertan.
-¿Están listas las rejas? -preguntó Jhade.
-Listas -respondió Bertho. Era él quien había ayudado a la joven guerrera a huir durante la última batalla, y en esta ocasión tomaría el control de los hombres, puesto que ella no podía moverse con rapidez debido a su pierna.
-¿Contadas todas las flechas? -inquirió la muchacha.
-Contadas -asintió Irana, una mujer mayor que llevaba bastante tiempo enfrascada en aquella tarea. Las flechas eran un factor esencial de plan de Jhade, pero eran difícil de conseguir en una región tan seca. Para comprarlas mediante contrabando, habían tenido que vender algunas antiguas reliquias de la ciudad. Pero como había exclamado ella en tono colérico, de nada les serviría preservar su pasado si no tenían un futuro.
-Todo está a punto -dijo satisfecha Jhade-. Probablemente vendrán pronto, he salido a otear el horizonte y he visto el resplandor de sus hogueras. Recordad que nuestro tiempo se está acabando, no podremos resistir eternamente. ¡Debemos ganar esta batalla!
Un clamor se elevó desde las cuevas.
Zona oeste de Thertan.
-Me ha parecido oír algo -dijo Myodul. Caminaban entre las casas de arena y adobe de aspecto más sucio de la ciudad. Algunas de ellas se fusionaban imperceptiblemente en la parte trasera con un montículo de roca caliza, de gran tamaño.
-No sería raro que lo hayas hecho -dijo Erjândako-. Las cuevas que buscamos están al otro lado de esas casas... Aunque hay una entrada descubierta algo más abajo. Por los mapas, me ha parecido que es más ancha y podremos introducir un mayor número de tropas al mismo tiempo: entraremos por allí.
Y así lo hicieron. La entrada no era más que una abertura descuidada en la que un caminante despistado podría haber caído con facilidad. Los soldados penetraron en ella, cautelosamente, y Myodul miró a su alrededor con cautela.
-No es más que un agujero seco y arenoso, sin ningún sitio para sentarse -murmuró.
-¿Estás cansado? -inquirió Erjândako con aire distraído-. Más adelante habrá demasiada oscuridad incluso para nosotros, no hay más remedio que encender una antorcha.
Y eso hicieron. A medida que avanzaban, lograban detectar con mayor frecuencia las voces de los hombres, quienes probablemente se creían muy sigilosos. Sin embargo, aun percibiendo palabras inconexas como “reja”, “flechas” o “arena”, no les habría resultado fácil adivinar las intenciones de los elfos.
Sucedió con rapidez. Mientras avanzaban por una ancha galería, se oyó el sonido de unas cuerdas cortadas y unas rejas cayeron del techo, cortándoles el paso. Simultáneamente otras similares cayeron tras su retaguardia. Estaban encerrados; la parte inferior de las rejas se había incrustado en el suelo debido a su gran peso, y la superior parecía atrapada en un hueco excavado en la roca.
Antes de que pudieran reaccionar, una andanada de flechas atravesó las rejas y abatió a al menos una decena de elfos de la vanguardia, más otros de las filas posteriores. Una de las flechas atravesó el cráneo de Erjândako y, ante la mirada atónita de Myodul, éste cayó muerto a sus pies.
Cuevas de Thertan.
Bueno, tal vez “muerto” no era la palabra más exacta, se dijo Myodul. Erjândako se levantó muy enfadado, con una flecha atravesándole la oreja. Al verle con el proyectil decorando su lóbulo, el joven elfo no pudo reprimir una carcajada.
-Me parto de risa -replicó Erjândako con ferocidad-. ¡Colocad los escudos sobre la reja! ¡Debéis tapar todos los huecos! ¡Las flechas no deben seguir llegando a nuestra posición!
Pero llegaban. Pese a todos los esfuerzos, los escudos eran redondos y era imposible cubrir todos los huecos. Para colmo del techo había empezado a caer arena, a través de unos agujeros repartidos, al parecer, de forma homogénea. A aquél ritmo, además de inmovilizarles, la arena se filtraría a través de sus vías respiratorias, asfixiándolos...
-¡Erjândako! -gritó Myodul.
-¿Qué quieres ahora? -preguntó el dirigente, quien seguía vociferando ordenes a los soldados.
-¿De dónde crees que han sacado las rejas?
-Pues son muy parecidas a las que había en las mazmorras, bajo la Sala de Reuniones del Consejo, así que deben haberlas obtenido en alguna otra mazmorra abandonada de...
Se interrumpió. Acababa de vislumbrar la salida.
-Exacto -dijo Myodul-. Si es una reja de mazmorra, debe haber una puerta de mazmorra...
-Cerrada sin duda -dijo Erjândako.
-Creo que podré abrirla -aseguró el joven elfo-. Pero habrá que apartar bastantes de esos escudos; y si una flecha me da antes de conseguirlo...
-Entonces moriremos -dijo Erjândako-. Pero merece la pena probarlo. Una cosa más, ¿podrás hacerlo sin tu mano izquierda?
-Pues... -Myodul se miró la mano. Seguía vendada y no había podido moverla desde que unas flechas se la habían atravesado en una batalla anterior-. Bueno, ya veremos.
Se prepararon. Erjândako dio las ordenes pertinentes y Myodul se lanzó hacia la puerta de la reja. Pensaban en los años anteriores, cuando su madre le solía encerrar en el desván para evitar que se relacionase con los vecinos. Había tenido que aprender a forzar la cerradura de la ventana para poder salir a corretear por los tejados. Pero aquello había sido casi un juego; no estaba muy seguro de si funcionaría.
Extrajo un alambre de las costuras de su ropa y lo introdujo en una pequeña abertura en el hierro. Notaba las una pieza que giraba en el interior, pero aquello no bastaba: tenía que llevarlo a la posición exacta para que la puerta se abriese. En aquel momento una flecha le perforó el costado y cayó.
-¡Levántate! -gritó Erjândako.
-Cállate, estúpido -musitó Myodul para sí mismo, y obedeció. Al menos, había tenido suerte... Aunque doblado, el alambre seguía en su sitio. Tratando de no perder la concentración debido al dolor, Myodul hizo un giro de muñeca y la puerta se abrió.
Se desató el caos. No eran demasiados los soldados que quedaban con vida, pero traspasaron la reja y se lanzaron hacia los humanos como bestias enfurecidas. La trampa les había enfadado mucho; aquellos soldados estaban acostumbrados a emboscar, no a ser emboscados. De este modo, los humanos cayeron como muñecos de paja cuando los elfos pasaron sobre ellos como una tempestad roja. El propio Myodul se encontró enfrentándose a una mujer con pata de palo. La recordó porque él mismo le había cortado la pierna, y ella también le reconoció.
-¡Tú! -gritó, y comenzó a golpearle con su arma.
-¿Eres la líder de estos hombres? -inquirió Myodul, esquivando los golpes.
Ella no se dignó a responder, pero hizo un gesto con la mano y los humanos retrocedieron. Los elfos también se replegaron a la orden de Erjândako.
-No podéis ganar, la trampa nos ha dado demasiada ventaja -dijo Jhade.
-Tal vez -respondió Myodul-. Pero lo único que conseguirás luchando en las cuevas es arriesgar la vida de los civiles a los que dices proteger. Me parece que vuestras vidas serían mucho más pacificas y agradables de no haberos sublevado.
-No se puede tener todo en esta vida, ¿verdad? -se burló ella-. Permaneceremos en las cuevas; si queréis tratar de matarnos, adelante.
-Bien, adelante pues -Erjândako levantó la espada y se dispuso a dar órdenes, pero Myodul le detuvo.
-Un momento, esto es contraproducente para todos -dijo Myodul-. Si ganamos, probablemente no habrá suficientes civiles para trabajar en la ciudad; si perdemos... Bueno, perdemos.
-¿Y qué propones? -preguntó Erjândako.
-Podéis quedaros aquí, si queréis -dijo el joven elfo a Jhade-. Pero dejaréis a los civiles volver a la superficie.
-¿Y eso por qué? -inquirió la mujer.
-A cambio de la liberación del Jeque. ¿Os parece bien?
-¡No puedes hacer eso! -se quejó Erjândako.
-¿Por qué no? Tal vez él ponga un poco de sentido común en sus cabezas nubladas por el fanatismo -comentó Myodul.
-¿A cambio del Jeque? -Jhade también parecía bastante impresionada-. Está bien, la última vez no logramos liberarlo, y sin embargo ahora... -repentinamente la chica rió-. ¡Eres un verdadero estúpido, elfo! Bien, por ahora aceptaré tus condiciones. Estoy segura de que Maara habría querido la libertad de nuestro líder.
La batalla había concluido con aquella incómoda negociación. Myodul se alegró bastante al volver al aire libre. Sin embargo, a Erjândako no le había gustado demasiado la idea.
-Más te vale saber lo que estás haciendo -le espetó.
-No, no lo sé -murmuró Myodul-. Pero puede que funcione, ¿no?
Resumen de la batalla.
Narwa ha perdido 28 armadas x35= 980 puntos.
Recuperables: 441 puntos.
Valoraciones: 7,3+8,3+7,4+8,4+8= 7,88
Recupera: 348 puntos. Los daños sufridos por los dirigentes les permiten recuperar 105 puntos. Total recuperación: 441 puntos.
Pierde: 539 puntos.
Por la participación en la batalla, Narwa obtiene 600 monedas.
Compañías actualizadas y listas.
Historia finalizada.
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