Los informes que le llegaban cada vez le gustaban menos. La revuelta había sido sofocada, y afortunadamente el coste no había sido muy alto. Pero no estaba acostumbrada a ceder el mando. Elindur había sido su mano derecha durante aquellos días. Su mano derecha, y sus ojos, y sus oídos. El Arkên trabajaba mano a mano con Serkendil, a quien consideraba su superior. Pero eso no significaba que no diera cuenta a Elesinyê de todo cuanto sucedía en la ciudad.
La herida remitía, y aunque todavía se veía obligada a llevar el brazo derecho completamente vendado, al menos ya podía moverlo con cierta habilidad. La inactividad en todo caso había pasado factura, y Elesinyê se obligaba a realizar entrenamientos cada mañana, lo que además servía de vía de escape para desahogar su frustración, y en algunas ocasiones, su ira.
Uno de sus shais atravesó la habitación a gran velocidad, clavándose en la pared. La misma pared que separaba su habitación de la de Serkendil.
Durante el viaje desde Nilme apenas habían tenido ocasión de hablar. Después, la batalla y sus heridas también se habían interpuesto. Quizás había confiado demasiado en él, dejándole el mando de la ciudad mientras Tyarn y ella se recuperaban. Sin duda debía haber superado todo lo acontecido, porque él había vuelto a sus maquinaciones rápidamente. Y ahora, en contra de lo que dictaba la razón y la justicia, en contra de lo que la sangre derramada de sus hermanos gritaba, había indultado a Zamar.
El otro shai siguió el camino del primero, clavándose a escasos centímetros del otro. ¡Maldición! Zamar era la mismísima personificación de la revuelta. Su cuello debería estar en esos momentos colgando de una de las torres del Palacio de Gobierno, en lugar de escondido en alguna cueva cercana, maquinando nuevas acciones.
El sonido de una silla arrastrada llegó desde la habitación de Serkendil, y ella no pudo contenerse más. Arrancó los shais de la pared y los arrojó sobre la cama, y sin pensarlo siquiera salió de la habitación.
Irrumpió en la habitación de Serkendil como una tormenta. Abrió la puerta sin llamar, y él alzó la mirada de los papeles que leía en ese momento, de pie ante la mesa llena de mapas e informes.
- Aret Elesinyê. Siéntete como en casa - respondió, mientras volvía a centrar su atención en los papeles que sostenía.
- Maldito makar - gritó ella cerrando la puerta tras ella con estruendo - ¿Quién te has creído que eres? ¿Quién?
- No sé de que me estás hablando - respondió él sin mirarla siquiera - Cuenta hasta diez y vuelve a empezar...
- No me vengas con tus ironías, Serkendil. Sabes perfectamente de qué estoy hablando. Elindur te dijo claramente que Zamar debía ser ejecutado como los demás, y tú lo has indultado desoyendo nuestra opinión.
Por fin él la miró, pero había cierta ausencia en sus ojos.
- No sabía que estabáis tan unidos, Elesinyê. Ni que su opinión contaba igual que tú opinión.
Ella no acusó el golpe.
- ¡Claro que lo sabías! - gritó acercándose hasta la mesa, y arrebatandole las hojas de las manos - Con todas tus maquinaciones, espías... ¡cómo no ibas a saberlo! No has confiado en Elindur de la misma forma que no has confíado en mí. Y no dudo de que éste indulto sirva a tus absurdas maquinaciones, ¡pero a partir de ahora tendrás que consultar las decisiones!
Él se encongió de hombros, y se sentó, mirándola fijamente.
- No esperaba menos de tí, Elesinyê. - por un momento pareció que iba a asomar una sonrisa irónica a su rostro, pero permaneció serio. Esperando que se marchara.
Ella dudó un momento, y después se giró y caminó hacia la puerta. Pero se detuvo a mitad de camino, volviéndose para mirarlo.
- No hemos tenido tiempo de hablar desde que partimos... - dijo entonces.
- ¿Acaso no acabamos de hacerlo? - preguntó él irónicamente.
- Siempre poniendo las cosas tan difíciles - respondió ella - No. No lo hemos hecho. Pero me refería a lo que ocurrió en Nilme...
- No hay nada de que hablar - atajó él - Es algo que solo me concierne a mí. No tiene nada que ver contigo.
- No tiene nada que ver conmigo, en efecto. Sólo quería saber si estabas bien. Simplemente. Por que entiendo que has tenido tus motivos, pero eso no significa que lo que ha pasado no sea doloroso. Al menos para mí lo sería - se volvió para marcharse - Ha sido una estupidez pensar que acaso tú podrías sentir lo mismo. Ni siquiera sentir algo.