Athran sonreía, satisfecho, mientras guiaba a la joven loceroquen por el complejo entramado de calles, avenidas y canales. Si bien la estructura de la gran ciudad de Al'Varant había sido planeada con esmero y no contaba con un plano caótico o laberíntico, Al Dernah se liberaba de aquella racionalización. La alegría, el bullicio, todo ello parecía manifestarse de un modo físico en la forma imprevisible de las calles. El Dherasda conocía gran parte del bazar -solía visitarlo junto con su hermana cuando tenía una ocasión-, y pudo guiar a Nírë con notable soltura.
Antes de entrar, cruzaron por un amplio y elaborado arco de piedra, tras el que se iniciaba el mercado propiamente dicho; Athran se detuvo unos instantes allí. El arco era hermoso: decorado con letras en la escritura culta y con imágenes de flores, balanzas y monedas.
- Éste es el Portón del Crepúsculo -explicó él-. Desde aquí empieza oficialmente la Dernah.
- ¿Por qué se llama así? -quiso saber Nírë. Athran asintió con la cabeza.
- Con la llegada del crepúsculo, el arco deja pasar un halo de luz tan fino y concentrado que los cristales de ahí enfrente -señaló a unos ventanales de colores a su espalda- se iluminan y lanzan destellos. Es muy bonito. ¡Algo que también deberías ver! ¡El trabajo se acumula!
Athran rió, y Nírë lo hizo con él.
Athran se sentía entusiasmado enseñándole todo aquello que el bazar podía ofrecer, y pronto la joven loceroquen se contagió de su alegría. El Dherasda conocía a varios de los mercaderes de aquel lugar, y todos le arrojaron preguntas más o menos indiscretas... pero indiscretas en todo caso.
- ¿Quién es esa joven que te acompaña, muchacho?
- ¡Al fin se nos enamoró el ángel!
- ¿Sabes que vas a partir el corazón a tu hermana, verdad?
Athran solía salir bien de aquellos entuertos que los avispados comerciantes le creaban, pero se sentía extrañamente incómodo cuando tenía que responder a todas aquellas indirectas -o directas.
Nírë, por su parte, pronto se vio absorbida por aquel ambiente festivo y alegre. Por alguna extraña razón, no se producían apenas robos en aquel lugar. Era algo que había sorprendido desde el principio a la joven.
- Te lo aseguro -dijo Athran-. A mí también me sorprende, si te soy sincero, pero es así. En general, no obstante, en Varendia no se producen apenas robos.
- Debéis tener una Guardia enorme, entonces -comentó Nírë. Athran sonrió.
- Lo suficiente para una ciudad de este tamaño. Aquí los Guardias se toman muy en serio su labor. Es como una especie de tradición social o militar. Y están bien pagados, algo que también es importante señalar...
Ambos rieron, y continuaron su camino. Las tiendas se repartían heterogéneamente por todo el mercado, de modo que pudieron ver establecimientos de todos los tipos. Algunos vendían sedas de colores, tamaños y texturas diversas; otros joyas: piedras sin tallar, colgantes, anillos, brazaletes. El penetrante olor a especias inundaba todo el ambiente. Allí se reunían gentes de todos los confines de Varantar, e incluso de más lejos aún. Era un lugar variopinto y cosmopolita, si bien conservaba una identidad que era imposible de negar: los edificios bajos, de colores ocres, las calles estrechas cubiertas de alfombras, pipas, cajones de comida y especias. El aire corría con generosidad allí, y hacía un fresco muy agradable, a pesar de la aglomeración de gente. Muchos comerciantes invitaban a posibles compradores a un té preparado de los más diversos modos -en función del lugar originario del mercader, o bien de lo que más conveniente resultara para cada momento-, si bien no todos podían permitirse aquel alarde de riqueza y tenían que limitarse a un feroz combate dialéctico en pos del mejor precio. El regateo sorprendió tanto a la joven que Athran no pudo evitar echarse a reír.
- Es todo un arte, te lo aseguro -dijo él-. Aquí, si no sabes regatear o directamente no quieres hacerlo, es probable que ofendas a casi todos los comerciantes. Se ha convertido en una tradición tan arraigada que ha pasado de ser un derecho... a casi un deber. ¡A mí me encanta! -ante la mirada de Nírë, Athran volvió a reír- ¡En serio! Ayuda muchísimo a desarrollar la capacidad de conversación, de intercambio. Existe una ley no escrita en Al'Varant que dice que los mejores senadores son aquellos que asisten con asiduidad al mercado. ¡Jamás he conocido una ley que sea más cierta que esa!
Ambos rieron.
Después de una larga visita, ambos decidieron descansar. Nírë, aún después de todo el tiempo que llevaba allí, no podía evitar mirar a un sitio o a otro alternativamente.
- Este lugar es increíble... -susurró para sí, pero Athran la oyó. Sonriendo, la acarició la mejilla- De veras, es tan distinto a todo lo que he conocido hasta ahora... -continuó la joven-. Aquí la gente ríe y habla con naturalidad. En teoría todos vienen aquí porque tienen que comprar algo pero, ¡no es así en absoluto! La gente compra, evidentemente, pero parece que prefieren pararse a conversar un buen rato, incluso si tienen prisa por volver.
Athran sonrió, y asintió con la cabeza. Miró con cariño a la joven.
- No habría podido describirlo mejor -aseguró.
Durante su trayecto habían visto varias tiendas de ropa, pero Athran insistió en proseguir el camino antes de comprar nada. Aún así, no había podido evitar que la joven se detuviera unos momentos para admirar la forma que los varantes tenían de tejer sus vestidos. El joven no se impacientó en absoluto; al contrario, observó a la joven con una media sonrisa mientras ésta miraba. Incluso algo tan cotidiano como aquello adquiría un tono especial con ella: parecía tener una delicadeza innata, natural. Al menos así era para los ojos del Dherasda.
Sin embargo, en aquella ocasión Athran insistió en no comprar nada, para frustración de Nírë. El joven se preguntó para sí cómo había sido su vida en aquel lugar tan distinto, pero ambos se sentían alegres y no quería estropear el momento.
- Te llevaré a una tienda que conozco -explicó después-. Conozco al dueño, y nos hará un precio especial. Tienes que tener cuidado, Nírë, cuando entres aquí si no lo conoces. Los mercaderes no roban ni engañan: eso no te ocurrirá jamás. Existe una especie de código de honor de comerciante, y se respeta a rajatabla. Ahora bien, la variedad en los precios es casi mayor que la variedad en la oferta. Tienes que saber con quién tratar y de qué modo hacerlo. Es todo un arte -repitió con una sonrisa-. Ya aprenderás con el tiempo, y con tu encanto y tu hermosura probablemente te desenvuelvas mejor que yo -Nírë arqueó las cejas, pero Athran impidió que dijera nada, posando su dedo índice sobre los labios de la joven, mientras sonreía-. Por hoy te guiaré yo.
La tienda pertenecía a un miembro veterano de la Cofradía: un hombre que rondaba los cuarenta, con algunos pelos blancos asomando en su abundante cabellera negra, rostro afable y sincero, cuerpo ciertamente voluminoso y carácter directo. En ocasiones podía pecar de ser demasiado brusco; era un hombre sencillo -su familia provenía de los campos- del que no se podía exigir grandes razonamientos, pero tenía buen corazón.
Recibió a la joven con multitud de lisonjas y halagos; de tal magnitud fueron, que tanto Athran como Nírë no pudieron echarse a reír. Nuyres, el mercader, se percató de ello y se unió a sus risas.
- ¡Athran, muchacho! ¿Cuánto hace que no vienes por aquí con tu hermana? ¡Os echo de menos, por el amor de Maradrant! Te estás volviendo como esos políticos del Senado, demasiado importante como para mancharte del polvo de la Dernah.
- ¡Ay, Nuyres, si te dijera yo la cantidad de polvo que he traído del último viaje...! -exclamó Athran sonriendo. Nírë se echó a reír.
- Bien, jovencita, así que quieres algunos vestidos para ti, ¿no es eso? Veamos qué puede ofrecerte este viejo lobo del desierto...
En un principio, Athran decidió quedarse al margen, pero ante la mirada de súplica de la joven, el Dherasda no pudo evitarlo y se reunió con ella, mientras la hermosa joven evaluaba con aquellos ojos verdes los vestidos que el comerciante le ofrecía.