La Guerra de los Clanes

Varendia

Escribiéndose...
Escrito el 23-06-2008 14:05 #1

Cuentan que un audaz viajero, un amante del desierto, recibió una petición de Audrant, la Mediadora, para que elaborara un libro con la palabra de Adrhant y sus obras, y esparciera por el Gran Desierto el mensaje de la Triple Madre. El nombre de este aventurero es Elden ish Khemel. Pero él se unió al pueblo nómada, independiente y desconfiado; se ganó su lealtad y su cariño y asumió su estilo de vida. Y Elden fue conocido por los contemporáneos de su tiempo como Al’Darme, El Nómada.

Al’Darme no olvidó las palabras de Audrant, y escribió primero Ael’Vaereth; entonces inició un largo viaje por todo el desierto que el mundo conocería después como el Gran Peregrinaje. Frente al mar del Oeste, en las Montañas del Comienzo, Al’Darme se aventuró con audacia y, después de 22 largos años, retornó a las ruinas de la ciudad de Nimbrad con una innumerable multitud de personas dispuestas a seguirlo.

Y Al’Darme depositó su cayado en los Montes del Comienzo, y allí se construiría el Gran Templo de Adrhant, uno de los mayores logros de la arquitectura varante.

—He aquí el lugar donde yo deposito mi cayado, donde la vida y la prosperidad surgirá en medio de la soledad de las arenas. He aquí mi visión, mi vida y mis palabras. Que los Moradores de los Desiertos convivan juntos y encuentren un hogar donde alcanzar la plenitud, tanto individual como social, tanto física como espiritual. Es mi Palabra, y es también la Palabra de Adrhant, nuestra Señora.

Pero el viajero no se entretuvo en los Montes, y se dirigió a los cimientos derruidos y medio enterrados de Nimbrad, la segunda gran ciudad del Imperio de Nashaltân. Y allí, Al’Darme ascendió junto a Elhena una colina rodeada de areniscas erosionadas, y se dirigió a los miles de fieles que lo acompañaban. Su voz dulce y compasiva, y a la vez grave y profunda, resonó sin eco en la ciudad muerta.

— ¡Amigos! Hombres y mujeres, niños, sabios ancianos de cabellos de plata. ¡Mis amigos, mis parientes! Aquí hemos llegado. Bajo nuestros pies languidecen las cenizas de una ciudad moribunda. Antaño, ésta fue Nimbrad, la segunda capital del gran Imperio de los Bäirshada —la palabra “Borhala” derivó hacia esta última con el paso de los siglos—. No todos los sabéis, pero yo nací aquí. Entre estas rocas se inició mi vida, mi mensaje, mi misión; entre estas rocas, es donde todo debe terminar. Mi Círculo ha de ser cerrado.

» Aquí, hermanos míos, hijos de Adrhant, se iniciará nuestra historia. Edifiquemos juntos una ciudad que supere en belleza a las flores del desierto, que ensombrezca el frescor y la ternura del nenúfar y del esparto. En este lugar sombrío nosotros traeremos la luz. En este lugar silencioso nosotros traeremos la maravilla de la música. En este lugar vacío nosotros traeremos hijos y prosperidad. En este lugar muerto surgirá la vida.

» ¡Escuchadme, varantes! Pues vosotros sois los Varantes, los Hijos del Desierto. ¡Escuchad mis palabras! Ésta será Varendia, nuestra gran capital, nuestro hogar, nuestro refugio y nuestro santuario. ¡Éste será el Crisol de nuestra cultura! ¡Varendia será Crisol y Sumidero! Pues será crisol: brillará con un fuego de cultura, arte y civilización. Pues será sumidero: acogerá en su seno a todos aquellos que sean dignos habitantes de Varantar.

» ¡Construyamos nuestro Faro, varantes! ¡Benditos seáis todos, y bendita sea esta primera piedra!

Y Al’Darme depositó una pequeña piedra negra en la cima de la colina. Y aquella sería la primera piedra sobre la que se levantaría el Senado de Varendia.

[Editado por Thirian el 23-06-2008 14:07]

Escrito el 25-06-2008 02:15 #2

Resonaban los cascos de los caballos en el camino empedrado. Avanzaban despacio, sin prisas. Después de tanta actividad, peligro y emociones fuertes, consideraban su derecho merecer un descanso.

El Mar de Dunas no era apropiado para los caminos; si éstos no eran muy bien escogidos y construidos, lo más probable es que en poco tiempo hubieran desaparecido. Se reconocía un conocimiento supremo del comportamiento del Desierto, y no era fácil encontrar a personas así. Los más apropiados eran los nómadas, pero ellos se oponían a construir vías y caminos de piedra. No obstante, se obtuvieron progesos, y ya se había reparado la Gran Vía en el tramo desde Varendia hasta el puente Nentras en el río Nensha, y de éste a la capital de la provincia de Narävhor, Naraharaz.

la comitiva avanzaba, pues, sobre la Gran Vía. Había sido un largo viaje desde aquella ciudad tan lejana... Athran suspiró, aliviado. Por fin... en casa. Hasta pocos días antes no se había percatado de lo mucho que había echado de menos la piedra anaranjada de la capital de Al'Varant. A su alrededor, florecían las palmeras y los campos de regadío. Era época de maduración, y las praderas estaban cuajadas de verde profundo. Era hermoso. Allí, a orillas del Nursha, la vegetación y la vida florecían. Sin poder resistirse, el Dherasda se apeó de su caballo y se tumbó boca arriba sobre la hierba, riendo. Los campesinos que trabajaban lo miraron, divertidos.

La joven que lo acompañaba, Nírë, se sentó junto a él sobre la hierba. Sonreía tímidamente.

— Eres un hombre extraño —comentó. Athran rió con fuerza.

— Por supuesto —respondió él—. Gracias por el cumplido. Me apenaría que no fuera así.

Nírë lo observó, sin comprender, pero él no la dejó demasiado tiempo para sus reflexiones. Animado, la tomó de la mano y la llevó de vuelta al grupo. Junto a ellos, a petición del Senado, marchaban cinco jinetes miembros de la Guardia Real.

Reanudaron la marcha con renovadas fuerzas, y pronto cruzaron el puente del río. Era un puente antiguo, esbelto y hermoso, construido en la época dorada de la historia del Imperio; dada la enorme anchura del río, había costado un gran esfuerzo construirlo. Pero allí estaba, otro monumento a la tenacidad y capacidad de los moradores de los desiertos.

Ascendieron una leve colina hasta quedar frente a los muros de la gran ciudad. Las puertas estaban abiertas, y por ella circulaba una notable multitud. Las puertas eran hermosas: si bien las murallas eran de un color ocre oscuro, las puertas estaban adornadas con símbolos y grabados de distintos colores. A la derecha de la comitiva, cerca del río, estaba la Dashta, el Cementerio. Athran suspiró, rememorando. Aquel había sido su primer hogar. Era un lugar silencioso, y para algunos, siniestro. Pero estaba rodeado de jardines y era luminoso, o al menos así le había parecido a él.

— Allí he vivido yo muchos años —informó Athran, sonriendo, a la joven—. Te lo enseñaré cuando tengamos tiempo.

— ¿Dónde vives ahora?

— Frente al Senado, en el centro de la ciudad —dijo el Dherasda—. Cuando me nombraron Mensajero de los Muertos (Senador) tuve que cambiar de residencia. Hice buenos amigos aquí. Allí, detrás de las Residencias de los Dherasda, están los Jardines de Maradrant. Te gustarán. Son hermosos, y se construyeron con mucho ingenio. Es difícil encontrar tal explosión de vida en medio de un desierto. Es un contraste muy bello.

Nírë escuchaba en silencio, observando con atención al Dherasda. Los ojos de ambos e encontraron por un momento, y Athran se vio obligado inexplicablemente a bajar la mirada.

— Pero, primero, tenemos que dejar todo esto en algún sitio. Por el momento te alojarás en mi casa, si no te importa. Desde que me trasladé he vivido solo, y sólo hay una cama... pero ya te buscaré un hueco.

— Athran, yo no quiero... —Nírë intentó protestar, pero él la detuvo poniendo su dedo índice sobre sus labios.

— No serás ninguna molestia. Tienes que descansar, Nírë... y yo también. Cuando estemos un poco mejor, ya te buscaré algo. Pero, por ahora, no te preocupes por eso. Te dije que te enseñaría esta ciudad, y lo haré.

En su voz había tal determinación, y a la vez tanto cariño, que la hermosa joven no pudo resistirse.

Se sorprendió cuando, a las puertas, los dejaron pasar sin preguntarles nada.

—Es lo normal —dijo él—. No es bueno para el comercio poner trabas. Varendia es una ciudad grande, pero muy rica. No hay demasiada pobreza, y creo que esa es una de las razones principales de que haya tan poca delincuencia. Es una ventaja, sin duda.

Cuando cruzaron el umbral de la puerta, Nírë quedó sin palabras. Ante ella se extendía una amplia calle, en la que circulaba todo tipo de gente. A los lados podían verse caserones, mansiones pequeñas y algunos edificios de diversa naturaleza. En el centro se había plantado una hilera de árboles frutales de diversa naturaleza. Había fuentes estratégicamente colocadas, y se habían colocado canales de piedra por los que fluía agua limpia. No era demasiado pronto, y en cualquier caso la orientación de la ciudad convertía a aquel lugar en un sitio agradable a cualquier hora del día. Era hermoso.

— La Avenida de Al'Darme —anunció él con una sonrisa—. Siempre sorprende la primera vez. Uno no se lo imagina asi. No toda la ciudad está tan bien decorada y cuidada, por supuesto. Pero este lugar está muy bien.

— ¿Quién vive allí? —preguntó ella, señalando a las grandes viviendas. Athran se encogió de hombros.

— En su mayoría son comerciantes ricos: Razzâg. No es fácil adquirir una casa en esta ciudad, pero los Razzâg son los poderosos en la Cofradía de Comerciantes. No tengo muy buen recuerdo de ellos —añadió frunciendo el ceño—. Aquí se venden algunas cosas, pero la verdadera vida comercial está en la dernah, el distrito del mercado. Te llevaré allí mañana. Necesitas ropa nueva; ésa está ya muy gastada —comentó con una amplia sonrisa. Nírë se ruborizó.

— Señor Athran —dijo uno de los soldados que los acompañaban—. Con vuestro permiso, nosotros volvemos a nuestras obligaciones. Los Balzac me pidieron que os dijera que debíais informarles mañana, a ser posible. Eso es todo. Un placer saludaros.

Se despidió al estilo militar y sus hombres se marcharon.

— Te hablan con respeto —comentó Nírë. Athran se encogió de hombros.

— Nunca me ha gustado. La verdad es que no sé cómo he llegado a ser lo que soy...

— ¿Senador?

— Sí... algo así. Tiene sus ventajas, ¿sabes? Si las cosas salen bien, uno se siente... a gusto consigo mismo. Pero he sacrificado muchas cosas, y no sé si ha merecido la pena. Echo de menos a mi hermana, y echo de menos muchas cosas...

Suspiró, repentinamente triste. Nírë le acarició la mejilla.

— ¿Me presentarás a tu hermana? —el rostro de Athran se iluminó.

— ¡Por supuesto! Podemos ir a verla ahora, si quieres —sugirió el Guardián de los Muertos.

— ¿Ahora...? ¿No estás cansado?

Él sonrió. Lo cierto es que lo estaba, y mucho. El viaje, el peligro, las heridas, lel combate... Él era un político, un intelectual, no un guerrero —aunque le pesara—, y todo ello había hecho mella en él.

— No me tientes... —dijo él—. Si me cruzo ahora mismo con mi cama, dormiré un día entero. Pero creo que tienes razón. Dejaremos las cosas allí y entonces ya decidiremos lo que hacer. ¿Conforme?

Escrito el 26-06-2008 22:20 #3

Nirë alzó la mirada y le sonrió alegremente, asintiendo. Se sentía inquieta y nerviosa. Nunca antes había estado en aquella ciudad, y jamás pudiera haber imaginado que la visitaría algún día en paz. Caminaron a la sombra de los árboles, y la mirada de ella se posaba curiosa en todos los rincones, pero sobre todo, en todos los viandantes que se cruzaban en su camino.

Callejearon durante un rato, y pronto perdió la noción del espacio.

- Es aquí - dijo finalmente Athran señalando uno de los edificios.

Ella le siguió a través de un portón que daba a un pasillo abierto. Al fondo podía verse un patio interior sombreado por palmeras, y en el centro una pequeña fuente de piedra. A la derecha se abría el salón, decorado con divanes y cojines de colores. Athran sin embargo la guió hacia la izquierda, donde había una cocina con una gran mesa de madera. Una mujer se afanaba ante un hogar de piedra. Sus cabellos negros tenían algunas vetas grises, y estaban recogidos en un moño del que escapaban mechones desordenados. Intentaba avivar las llamas con un fuelle, inclinada sobre el hogar. Todo el lugar desprendían intensos aromas de especias y alimentos en distintas fases de preparación.

Athran se echó a reir y la mujer se volvió sobresaltada. Abrió la boca pero no dijo nada, llevándose una mano al pecho.

- ¡Athran! - exclamó, al tiempo que una gran sonrisa iluminaba su rostro y sus ojos negros. Se abalanzó sobre él, abrazándolo, y él respondió al abrazo con efusividad.

- Te encuentro en el mismo lugar en el que te dejé Maia - respondió él separándose un poco de la mujer y mirándola a los ojos, sonriendo.

- ¡Maldición, jovencito! ¡No se te ocurra volver a darme un susto como ese! - rezongó la mujer, pero en su voz no había otra cosa que alegría - ¡Tanto tiempo ausente y apareces de la nada! Y mientras la pobre Maia preocupada por tí, con el corazón en un puño...

- Esta bien, esta bien - dijo él volviendo a abrazarla - ¿Y dónde se encuentra el viejo Ziram? - preguntó.

- Ese viejo zoquete todavía no ha vuelto del mercado - protestó la mujer - Este hombre se entretiene con cualquier cosa. Hace tiempo que debía haber vuelto.

Athran se separó de la mujer, y en ese momento ella reparó en Nirê. La miró evaluativamente, y después le dirigió una mirada suspicaz a Athran.

- Quizás deberías presentarme a ésta jovencita - dijo.

- A eso iba precisamente. Maia, ésta hermosa joven es Nirê. Nirê, ella es Maia, casi como una madre para mí.

La mujer sonrió complacida ante el piropo.

- Encantada de conocerla, señora - Nirê se sentía algo intimidada, como si fuera a enfrentarse a una dura prueba.

Escrito el 02-07-2008 23:48 #4

Athran sonrió al ver la mirada de la joven. Quizá para otros el comportamiento y los modos de Nírë fueran un misterio, pero no para él. Era un joven intuitivo.

Maia saludó a la loceroquen al modo tradicional varante; Nírë la imitó, tan bien como pudo, pero el resultado no fue demasiado convincente. En cualquier caso, la apariencia física de la joven —piel clara, cabellos como los suyos, incluso la forma de su rostro y su expresión— ya era suficiente para concluir que era una completa extranjera.

— ¿De dónde eres, Nírë? —preguntó con una sonrisa amable, intentando tranquilizar los ánimos de la joven. Por su parte, Athran se sintió repentinamente nervioso también, como si aquello se tratase de algún tipo de prueba. Pero, aunque no perteneciera al pueblo nómada, Maia podía compartir, si no el odio, al menos el recelo que todos los nómadas sentían por los Loceroquen. Tenían que ser prudentes, al menos al principio.

— Eh... —la mente de la joven trabajaba con celeridad intentando elaborar una respuesta convincente—. Es un lugar lejano...

— ¡No me digas! Dime, ¿muy lejano? ¿Cómo os conocísteis Athran y tú? Ay, hijo, con tus aventuras un día me vas a dar un disgusto...

Athran mostró una amplia sonrisa.

— Lo siento, Maia, pero nuestro correo no es válido más allá del desierto. Si no, te enviaría cartas en cuanto pudiera, puedes estar segura.

— Ya me lo imagino, niño, ya me lo imagino. En las calles hablan de extraños imperios en el norte, en el este... Incivilizados, seguro. Un día vendrán y arrasarán con todo cuanto esté a su alcance. ¡Ay, qué tiempos...!

Athran reía. De pronto, no le asustó que Maia supiera la procedencia de Nírë, a pesar de sus palabras, o quizá debido a sus palabras.

— Ella es una arún, Maia. Una loceroquen, como dirían otros pueblos.

La incansable charla de Maia se detuvo abruptamente. Con el ceño fruncido, contempló intensamente a la joven, que intentó por todos los medios resistir su mirada. Entonces, los ojos de Maia se posaron alternativamente en uno y en otro. Finalmente, se encogió de hombros.

— Mientras no me traiga uno de esos lagartos gigantes a casa, no hay problema. ¿No os dan mucho trabajo? Ay, si viniera Ziram, os contaría un par de batallitas de las suyas...

Su voz se perdió mientras se internaba en el salón, trapo en mano. Poco después, su rostro se asomó tras el marco de la puerta.

— Puedes estar tranquila, niña. Athran vive solo, con Ziram y yo para cuidar de él (¡y cómo estaría esta casa sin nosotros!), pero te encontraremos un hueco. No te preocupes por nada. Ah, por cierto, Athran, tuviste visitas mientras estuviste fuera.

El rostro del Náradan reflejó curiosidad.

— ¿Ah, sí? ¿Quién vino?

— La última fue tu hermana, hace un par de días. Te echaba mucho de menos —Athran asintió. "Y yo a ti, cielo", pensó—. Me pidió que te dijera que fueras a verla a la Cofradía en cuanto pudieras. También vino... cómo se llamaba... aquel jovenzuelo de los de tu gente...

Athran frunció el ceño. ¿Uno de los Náredain? No tenía mucho contacto con el resto de su pueblo.

— ¡Ah, sí! Me dijo que se llamaba Earion. Quería hablar contigo sobre algunos asuntos relacionados con... con lo vuestro —se encogió de hombros—. Sólo dijo eso.

Athran asintió con seriedad. Si uno de los Náredain quería comunicarse con él para hablar de lo "suyo", debía de ser algo importante. Suspiró.

— Mañana iré a verle.

"Tendremos que esperar, Falmarin", añadió en su mente.

— ¿Alguien más, Maia? —quiso saber el Dherasda.

— No... ¡Ah, sí! Tu amigo del Senado, cómo se llamaba... ¿Deran? Vino el otro día; quería que le revisaras unos papeles. Pobre hombre, debe de estar un poco senil ya. Se le había olvidado que te habías marchado. Pero cuando te trajo más trabajo aún me puse de peor humor todavía y estuve por darle algún que otro puntapié...

Athran rió con fuerza, olvidando por un momento sus preocupaciones. Era incapaz de imaginar a Maia, con su cuerpo robusto y su ceño fruncido, amenazando con una escoba al solemne y curtido Guardián de los Muertos.

Se volvió para mirar a Nírë y sonrió. "Qué ojos...", se dijo para sí mismo como tantas otras veces.

— Es hora de que te enseñe tu habitación, ¿no crees?

Escrito el 05-07-2008 18:32 #5

Algo turbada por encontrarse en una casa extraña, Nirë miró a Athram y asintió. Todas aquellas referencias a personas conocidas, a su trabajo, no hicieron más que recordarle lo fuera de lugar que se encontraba.

Tan fuera de lugar como un pez en el desierto. Obligada a callar sobre su origen, y totalmente sola.

Siguió a Athram por las escaleras de piedra hasta el piso superior.

- Maia y Ziram duermen aquí - dijo él señalando la primera puerta cerrada a la izquierda - Y éste es mi despacho - añadió indicando la puerta de la izquierda - Tú dormirás en mi habitación, al final del pasillo.

Abrió la puerta, y entraron en una habitación luminosa y fresca. Las cortinas de colores ondeaban suavemente tras las ventanas abiertas. Nirë se sintió incómoda.

- Athran, no quiero ser una molestia para tí - dijo ella suavemente - Puedo dormir en cualquier rincón, quizás en un diván del salón...

- Allí es donde dormiré yo - rió él - Y no creas que eres una molestia, porque no lo eres - añadió, mientras acomodaba un pequeño mechón de los cabellos de la joven - Descansa. Le diré a Maia que busque algún vestido de mi hermana en la casa, seguró que alguna vez se ha dejado alguno.

Nirê asintió, y él marchó cerrando la puerta tras él.

Escrito el 10-07-2008 00:17 #6

Athran bajó las escaleras tarareando una canción de la que no recordaba la letra. Se sentía extrañamente bien, después de tantas preocupaciones... Su mente trabajaba deprisa, pero las decisiones que iba tomando y las conjeturas que se iba haciendo no mermaban su buen humor. Sonrió. Hacía tiempo.

Se encontró con Maia, que llevaba cestas con diversos utensilios al almacén de la casa.

— ¿Puedes dejarle alguna prenda de Falmarin, Maia? —preguntó Athran—. Mañana iremos a comprar algo, pero me gustaría que ya tuviera un aspecto un poco más varante antes de salir. No es una mujer muy extrovertida como para que todo el mundo la mire allá donde vaya.

— ¿Qué es para ti, muchacho? —preguntó Maia con una mirada indescifrable. Athran sonrió.

— ¿Qué estás pensando, Maia? La conocí de casualidad... es una larga historia, y tengo que hacer una visita. Ya te la contaré en otro momento. Pero la he tomado cariño, y ella no tiene a nadie. Su pueblo ha renegado de ella, o ella ha renegado de su pueblo. Creo que ayudarla es lo menos que puedo hacer.

Maia asintió, con un leve brillo en sus ojos marrones. Desde luego, su "niño" le hacía sentirse orgulloso.

— ¿A quién vas a visitar, Athran? ¿Ni siquiera te quedas un minuto con tu pobre Maia? Un día nos darás un disgusto, ya verás.

Athran dudó.

— Quería ver si podía hablar con Earion... —suspiró—. Pero creo que tienes razón. Al fin y al cabo, creo que merezco un pequeño descanso después de tanto tiempo. ¡Que se espere!

Maia asintió, sonriendo.

— Ve a ver a tu amiga, por si necesita algo. Más tarde iré yo. ¿Nunca ha estado en una ciudad como Varendia, verdad? Enséñale la casa, le gustará.

El Dherasda asintió y, sin poder remediarlo, volvió a abrazarla con fuerza. Le dio un beso en la mejilla y se apartó.

— Te echaba de menos, Maia —dijo. Tal y como pretendía conseguir, en los ojos de la mujer se podían ver algunas lágrimas rebeldes.

— Anda, vete ya —dijo ella.

Llamó con suavidad a la puerta y entró tras escuchar una respuesta afirmativa desde el interior. Nírë contemplaba todo con curiosidad. Tenía entre las manos una de las túnicas de Athran y acariciaba con la yema de los dedos los extraños símbolos que en ella estaban tejidos.

— ¿Qué son? —preguntó al ver que el Dherasda se acercaba.

— Símbolos religiosos. Ésta es una túnica ceremonial. La he utilizado muy poco en todos los años que llevo consagrado.

— ¿Eres sacerdote? —preguntó ella sorprendida, sintiendo una repentina, inesperada e incomprensible angustia en el pecho. Athran, por su parte, hizo un gesto con la boca. Parecía divertido.

— Algo así —dijo—. Debes entender que en Al'Varant existen diversas Cofradías de carácter religioso. Por mi parte, yo soy un Dherasda... en tu lengua se diría Guardián de los Muertos. En mi iniciación había mucha teología y todo eso. Es muy interesante, de veras. Y si tengo que creer en algún dios, será en Audrant sin duda.

— ¿Proteges a la población de los muertos? —preguntó Nírë, sorprendida. No lograba comprender por qué la idea de que Athran hubiera sido sacerdote le producía tanto pavor.

El Dherasda rió con fuerza.

— Más bien al contrario... Me encargo de proteger los santuarios, las tumbas y los espíritus de los difuntos. Y también, si puedo, alivio la pena de aquellos que han de morir. Aunque nuestra faceta más conocida es la de invocar a los muertos.

— ¿Invocar a los muertos?

Athran volvió a reír al contemplar la mirada de espanto de la joven.

— ¿Por qué en todos los lugares se tiene tan poco aprecio a los muertos? Parece como si dieran mal agüero, como si portaran maleficios y terrores inimaginables. ¡Es una visión muy cerrada! Los muertos nos traen la sabiduría de la edad, de la experiencia. Es más fácil contemplar algo desde la distancia, especialmente si han pasado muchos años.

— ¿Los invocáis para buscar consejo? —preguntó Nírë, confusa.

— Sí, más o menos.

Athran se detuvo, cansado. La verdad es que no tenía ganas de hablar del tema, y ese sentimiento se veía reforzado al hundirse en aquellos pozos verdes. Decididamente, era muy hermosa.

— ¿Puedo tumbarme un momento en la cama, Nírë? —preguntó Athran—. Si te soy sincero, estoy muerto...

— ¡Estás en tu habitación, Athran! —exclamó ella, molesta—. Puedes hacer lo que quieras en ella.

Athran volvió a sonreír, divertido al ver la expresión de la joven. Se tumbó en la cama sin decir nada más, y suspiró de alivio. Cerró los ojos y estiró los brazos. Nírë contemplaba la ciudad desde la ventana. Era una vista hermosa. El ventanal daba directamente a la Plaza del Senado; una gran multitud caminaba por las calles, o bien se detenía en los jardines o las fuentes para conversar o simplemente descansar.

— Athran, ¿dónde queda la Arena? ¿Está muy lejos de esta plaza?

No recibió respuesta. Sorprendida, se dio la vuelta, y sonrió imperceptiblemente. El Dherasda respiraba con regularidad; estaba profundamente dormido. Se acercó a él y se sentó a su lado. Acarició su rostro y volvió la mirada de nuevo hacia la ventana.

[Editado por Thirian el 13-07-2008 01:58]

Escrito el 10-07-2008 21:46 #7

Athran dormía profundamente. Ella veló su sueño durante un rato, pero pronto se dejó llevar por el cansancio del viaje. Se recostó junto a él, con cuidado de no despertarle, y se durmió acompañada por el sonido de su respiración.

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El canto de los pájaros que revoloteaban alrededor de la ventana abierta la despertó al amanecer. Sonrió satisfecha, pues por primera vez en mucho tiempo las pesadillas no habían enturbiado sus sueños. Sin embargo estuvo a punto de saltar de la cama cuando abrió los ojos y se dio cuenta de que mientras dormía había buscado el calor del hombre que dormía a su lado. ¿O había sido al revés?, pensó. No importaba.

Contuvo la respiración por un momento, mientras analizaba rápidamente cómo salir de allí sin despertar a Athran. Se dio la vuelta lentamente en la cama, y afortunadamente eso provocó que él se moviera en sueños. Después se incorporó lentamente y se levantó en silencio. Respiró aliviada, y se asomó a la ventana observando el amanecer sobre la ciudad. Al menos él no se había dado cuenta de nada.

Escrito el 13-07-2008 01:59 #8

Athran abrió los ojos lentamente. En un primer momento sólo logró vislumbrar una neblina insustancial que lo cubría todo. Poco a poco, fue recuperando los sentidos y su mente volvió a funcionar. Observó a Nírë mirando por la ventana; un leve rubor cubría sus mejillas. Bostezó y se estiró por completo. Se sentía bien, muy bien... mucho más descansado de lo que había estado en largos años.

Se sentó en la cama y frunció el ceño al contemplar el horizonte rojizo sobre los edificios de la gran capital de Al'Varant.

- ¿Qué hora es, Nírë? -susurró para no sobresaltarla. Ella lo miró brevemente, pero pronto volvió la vista. El amanecer sobre Varendia era una imagen hermosa.

- Está amaneciendo -dijo ella en voz baja, como temiendo que sus palabras pudieran detener de algún modo el momento mágico que la envolvía. Athran respetó su silencio, y sólo al cabo de unos minutos comentó, asombrado:

- ¿Hemos dormido entonces desde la tarde de ayer? No puede ser...

Nírë sonrió, divertida, y se volvió.

- Pues ha sido -sentenció ella-. Creo que ambos lo necesitábamos.

El Dherasda asintió con la cabeza, pensativo.

- Uno no llega a comprender el cansancio que acumula hasta que no llega el momento de descansar -comentó-. Espero no haber sido una molestia esta noche -dijo entonces. Nírë negó con la mirada, repentinamente azorada. Pretendiendo cambiar de tema, la joven dijo:

- ¿Qué planes tenemos para hoy?

Athran bostezó de nuevo y entonces se levantó. Durante unos instantes no dijo nada; se limitó a contemplar el amanecer, que ya daba paso al inicio del día. De pronto, el Dherasda sonrió.

- Lo primero de todo… ¡desayunar! Me muero de hambre.

Ella rió con él.

En el comedor, donde la joven pudo disfrutar de varios de las frutas típicas del desierto, Nírë conoció a Ziram, un anciano de pelo canoso y mirada dulce, aunque algo perdida; parecía el tipo de persona que era bueno con todo el mundo pero que podía olvidar cualquier cosa, por importante que fuera. Al ver a Athran, abrió la boca, asombrado, pero pronto se echó a los brazos del joven Dherasda.

- ¡Mi querido muchacho! –dijo él, feliz-. No puedes tenernos así siempre. Sólo por evitar las preguntas de Maia de cada día del estilo de “¿cuándo volverá Athran?”, ya deberías ser más considerado con estos dos ancianos. Mi corazón no está para tantos trotes. Ay, recuerdo una vez, pasada ya la Guerra –se refería a la guerra civil-, cuando estábamos sufriendo aún los estragos de la Muerte Verde…

Así pasaron buena parte de la mañana, entre las historias de Ziram, las regañinas de Maia hacia el curtido varante, y las bromas de Athran referidas a ambos. Níré rió con sinceridad y sin contenerse; se sentía bien, en armonía. Hacía mucho tiempo que no reia de ese modo.

Finalmente, Athran anunció, para tristeza de los “señores de la casa” (como él los llamaba), que tenían que irse. El anciano no hizo ninguna pregunta a Nírë, tan sólo quiso saber su nombre. Athran no se sorprendió; Ziram era un maestro de la hospitalidad… excepto cuando le embargaba la nostalgia de los “viejos tiempos”. En cualquier caso, el Dherasda tenía la certeza de que el varante preguntaría sin falta a Maia acerca de la hermosa muchacha en cuanto tuviera una oportunidad. Como buen varante, era un hombre curioso.

-Bien, ya hemos desayunado –dijo Nírë mientras retornaban a la habitación de Athran-. Ahora, ¿qué haremos? Me prometiste enseñarme la ciudad.

El Dherasda asintió.

- Y lo haré –dijo-. Pero Varendia es una ciudad grande, como ya habrás visto; necesitaremos muchos días para visitarla a fondo. Ya tengo algunos viajes pensados. Pero, por hoy, creo que deberíamos empezar por la dernah –el mercado- y, después, ya veremos. Me gustaría hacer dos visitas, si no te importa. De todos modos, por el camino podremos ver muchas partes interesantes de la ciudad.

Nírë asintió, sonriendo levemente. Le miró de nuevo a los ojos, y sintió una extraña emoción en su interior que no logró identificar.

- Claro que no me importa –afirmó. Athran sonrió, satisfecho-. ¿A quién tenemos que visitar, en cualquier caso? ¿Aquellas personas que mencionó Maia ayer? –él asintió-. ¿Quiénes son?

Athran guardó silencio unos momentos antes de contestar.

- Earion es uno de los miembros de mi pueblo, de los Náredain… -se sintió repentinamente incómodo. A pesar de la tranquilidad que le inspiraba la joven loceroquen, había pocas personas con las que se sintiera suficientemente bien como para hablar de los Náredain. Tras todos aquellos años en Al’Varant prácticamente había olvidado su antigua naturaleza, y se consideraba un varante como cualquier otro, algo que muchos de los náredain le reprochaban. Pero su pasado, que también formaba parte de su presente, estaba siempre allí, oculto, como el propio Sdarag. Nírë intuyó el malestar del joven, por lo que añadió:

- ¿Y los demás?

De vuelta en la realidad, Athran dio un respingo y sonrió a la joven con cariño.

- No es un tema muy agradable para mí –dijo-. Pero si vamos a verle, como espero, podrás comprender muchas cosas acerca de mí –ella asintió, devolviéndole la sonrisa. Sin poder resistirse, Athran le acarició un mechón de su cabello-. Deran ish Talroth pertenece a mi Cofradía; ha sido mi mentor, mi apoyo y uno de mis grandes amigos. Es ya anciano, y está planteando retirarse de la política. Le debo mucho…

» Y respecto a Falmarin… Ay, Falmarin. Es mi hermana, y la persona a la que más quiero en este mundo. Sin ella, no sé qué habría sido de mí.

Aquella muestra de afecto tan profundo –sólo por el tono de voz ya se vislumbraba con certeza- conmovió a la joven, que sin embargo sintió crecer en su pecho una molestia que no logró identificar ni comprender. Desde que conociera al Dherasda, había comenzado a sentir una innumerable multitud de sentimientos extraños y contradictorios.

- Me gustaría conocerla –susurró. Athran asintió, alegre.

- Por supuesto. Si quieres, después de ir al bazar, podemos ir a verla a su cofradía. Te gustará. Es una persona dulce y comprensiva. ¡La pondrás celosa!

Athran rió con fuerza. Se sentía ligero y libre de preocupaciones, como cuando era niño. Pero habían pasado veinticinco años desde que Heren Nár fuese destruida y se embarcara rumbo a un lugar desconocido. Había cambiado mucho, muchísimo, en todos esos años. Y, sin embargo, aún recordaba con nitidez los años de su niñez, el aprendizaje, la creciente preocupación por los asaltos, las lenguas, la convivencia… Todas aquellas cosas le habían sido arrebatadas con tanta violencia que su mente las había retenido con todo su poder en su memoria para que no pereciera en su interior. Y así, lo ganado y lo perdido, lo oculto y lo revelado… todo se conservó en él.

Nírë sonrió ante el comentario de Athran, aunque crecía aquel extraño malestar en su interior.

- Bien –continuó el Dherasda-; Maia me ha dicho que Falmarin dejó aquí algunos de sus vestidos. Algunas veces se queda aquí; si se siente demasiado cansada como para volver en plena noche a su cofradía, generalmente duerme aquí. Pruébate lo que quieras y ponte lo que más te guste; a ella no le importará en absoluto.

- Athran… -intentó quejarse ella, pero él la detuvo. Puso su dedo índice sobre los labios de la joven.

- Ni una protesta. ¿Cuándo comprenderás que no eres ninguna molestia para mí? –el rostro de Athran se tornó entonces algo más serio-. La tranquilidad que me inspira tenerte cerca compensa con creces las “molestias” que puedas causar. No eres una carga. Todo lo contrario. Vamos, ¡hacía tiempo que no veía a los ojos de Maia brillar de ese modo! –rió de nuevo, recuperando su buen humor. Derrotada, la joven suspiró.

- Eres imposible –dijo.

- ¡Me alegro! –aseguró él. Dirigiéndole una última sonrisa entre cariñosa y burlona, salió de la habitación y cerró la puerta con suavidad.

Escrito el 13-07-2008 14:23 #9

Nirê observó con una sonrisa cómo la puerta se cerraba, y después se acercó hasta los vestidos tendidos sobre la cama. A través de la ventana llegaba el sonido del bullicio en las calles, y se sintió contagiada de su alegria. No quería hacer esperar a Athran, y ella tampoco quería demorarse mucho.

En el pequeño cuarto de aseo Maia había llenado de agua caliente la bañera, y Nirê se dio un baño más rápido de lo que en realidad le hubiera gustado, pensando que hubiera podido permanecer allí durante horas.

Cuando salió del baño, se recogió el pelo en una coleta alta, y se vistió con uno de los vestidos de Falmarin. No estaba segura de que resultara muy apropiado conocerla llevando uno de sus vestidos, pero no tenía otra cosa. Escogió un sencillo vestido blanco con pequeños y delicados bordados en un brillante hilo verde. Se ceñía quizás un poco demasiado en torno al pecho, o quizás es que ella no estaba acostumbrada a llevarlo. Los vestidos de los Loceroquen cubrían hasta el cuello, y aquél en cambio era un vestido sin mangas, y mucho más abierto de lo que ella había llevado nunca. Sin embargo le gustó el efecto cuando observó su reflejo en un pequeño espejo, los bordados que bajaban desde las tiras del vestido enmarcando el escote resaltaban el brillo de sus ojos verdes, y la tela era ligera y fresca.

Se calzó las sandalias y salió de la habitación bajando las escaleras a la carrera. Athran la esperaba en el salón, y cuando ella entró apresuradamente él se quedó mirándola por un momento. Ella le sonrió, pero él no dijo nada.

- ¿Algo está mal? - preguntó finalmente, insegura.

- No, todo bien - respondió él desviando la mirada - ¿Nos vamos?

Nirë no estaba muy segura de que realmente todo estuviera bien, pero no quiso insistir. Asintió, y siguió a Athran al exterior de la casa.

Todavía era pronto por la mañana, pero soplaba una ligera brisa cálida desde el este, que traía consigo el calor del desierto. Sin embargo las calles todavía estaban en sombra, y el sol todavía no las había tocado. Ambos caminaron en silencio hasta que sintieron el bullicio del mercado.

Nirë parpadeó ante la multitud de puestos de madera y telas de colores. Una gran aglomeración de gente deambulaba alrededor, niños corriendo, mujeres y hombres observando atentamente puestos de frutas y especias, de telas y abalorios, y otros tanto intentando llamar la atención sobre sus mercancías. El mercado inundaba todos los sentidos.

Athran puso una mano en su cintura para guiarla a través de la gente, mientras ella caminaba observándolo todo a su alrededor con ojos curiosos.

Escrito el 24-07-2008 01:43 #10

Athran sonreía, satisfecho, mientras guiaba a la joven loceroquen por el complejo entramado de calles, avenidas y canales. Si bien la estructura de la gran ciudad de Al'Varant había sido planeada con esmero y no contaba con un plano caótico o laberíntico, Al Dernah se liberaba de aquella racionalización. La alegría, el bullicio, todo ello parecía manifestarse de un modo físico en la forma imprevisible de las calles. El Dherasda conocía gran parte del bazar -solía visitarlo junto con su hermana cuando tenía una ocasión-, y pudo guiar a Nírë con notable soltura.

Antes de entrar, cruzaron por un amplio y elaborado arco de piedra, tras el que se iniciaba el mercado propiamente dicho; Athran se detuvo unos instantes allí. El arco era hermoso: decorado con letras en la escritura culta y con imágenes de flores, balanzas y monedas.

- Éste es el Portón del Crepúsculo -explicó él-. Desde aquí empieza oficialmente la Dernah.

- ¿Por qué se llama así? -quiso saber Nírë. Athran asintió con la cabeza.

- Con la llegada del crepúsculo, el arco deja pasar un halo de luz tan fino y concentrado que los cristales de ahí enfrente -señaló a unos ventanales de colores a su espalda- se iluminan y lanzan destellos. Es muy bonito. ¡Algo que también deberías ver! ¡El trabajo se acumula!

Athran rió, y Nírë lo hizo con él.

Athran se sentía entusiasmado enseñándole todo aquello que el bazar podía ofrecer, y pronto la joven loceroquen se contagió de su alegría. El Dherasda conocía a varios de los mercaderes de aquel lugar, y todos le arrojaron preguntas más o menos indiscretas... pero indiscretas en todo caso.

- ¿Quién es esa joven que te acompaña, muchacho?

- ¡Al fin se nos enamoró el ángel!

- ¿Sabes que vas a partir el corazón a tu hermana, verdad?

Athran solía salir bien de aquellos entuertos que los avispados comerciantes le creaban, pero se sentía extrañamente incómodo cuando tenía que responder a todas aquellas indirectas -o directas.

Nírë, por su parte, pronto se vio absorbida por aquel ambiente festivo y alegre. Por alguna extraña razón, no se producían apenas robos en aquel lugar. Era algo que había sorprendido desde el principio a la joven.

- Te lo aseguro -dijo Athran-. A mí también me sorprende, si te soy sincero, pero es así. En general, no obstante, en Varendia no se producen apenas robos.

- Debéis tener una Guardia enorme, entonces -comentó Nírë. Athran sonrió.

- Lo suficiente para una ciudad de este tamaño. Aquí los Guardias se toman muy en serio su labor. Es como una especie de tradición social o militar. Y están bien pagados, algo que también es importante señalar...

Ambos rieron, y continuaron su camino. Las tiendas se repartían heterogéneamente por todo el mercado, de modo que pudieron ver establecimientos de todos los tipos. Algunos vendían sedas de colores, tamaños y texturas diversas; otros joyas: piedras sin tallar, colgantes, anillos, brazaletes. El penetrante olor a especias inundaba todo el ambiente. Allí se reunían gentes de todos los confines de Varantar, e incluso de más lejos aún. Era un lugar variopinto y cosmopolita, si bien conservaba una identidad que era imposible de negar: los edificios bajos, de colores ocres, las calles estrechas cubiertas de alfombras, pipas, cajones de comida y especias. El aire corría con generosidad allí, y hacía un fresco muy agradable, a pesar de la aglomeración de gente. Muchos comerciantes invitaban a posibles compradores a un té preparado de los más diversos modos -en función del lugar originario del mercader, o bien de lo que más conveniente resultara para cada momento-, si bien no todos podían permitirse aquel alarde de riqueza y tenían que limitarse a un feroz combate dialéctico en pos del mejor precio. El regateo sorprendió tanto a la joven que Athran no pudo evitar echarse a reír.

- Es todo un arte, te lo aseguro -dijo él-. Aquí, si no sabes regatear o directamente no quieres hacerlo, es probable que ofendas a casi todos los comerciantes. Se ha convertido en una tradición tan arraigada que ha pasado de ser un derecho... a casi un deber. ¡A mí me encanta! -ante la mirada de Nírë, Athran volvió a reír- ¡En serio! Ayuda muchísimo a desarrollar la capacidad de conversación, de intercambio. Existe una ley no escrita en Al'Varant que dice que los mejores senadores son aquellos que asisten con asiduidad al mercado. ¡Jamás he conocido una ley que sea más cierta que esa!

Ambos rieron.

Después de una larga visita, ambos decidieron descansar. Nírë, aún después de todo el tiempo que llevaba allí, no podía evitar mirar a un sitio o a otro alternativamente.

- Este lugar es increíble... -susurró para sí, pero Athran la oyó. Sonriendo, la acarició la mejilla- De veras, es tan distinto a todo lo que he conocido hasta ahora... -continuó la joven-. Aquí la gente ríe y habla con naturalidad. En teoría todos vienen aquí porque tienen que comprar algo pero, ¡no es así en absoluto! La gente compra, evidentemente, pero parece que prefieren pararse a conversar un buen rato, incluso si tienen prisa por volver.

Athran sonrió, y asintió con la cabeza. Miró con cariño a la joven.

- No habría podido describirlo mejor -aseguró.

Durante su trayecto habían visto varias tiendas de ropa, pero Athran insistió en proseguir el camino antes de comprar nada. Aún así, no había podido evitar que la joven se detuviera unos momentos para admirar la forma que los varantes tenían de tejer sus vestidos. El joven no se impacientó en absoluto; al contrario, observó a la joven con una media sonrisa mientras ésta miraba. Incluso algo tan cotidiano como aquello adquiría un tono especial con ella: parecía tener una delicadeza innata, natural. Al menos así era para los ojos del Dherasda.

Sin embargo, en aquella ocasión Athran insistió en no comprar nada, para frustración de Nírë. El joven se preguntó para sí cómo había sido su vida en aquel lugar tan distinto, pero ambos se sentían alegres y no quería estropear el momento.

- Te llevaré a una tienda que conozco -explicó después-. Conozco al dueño, y nos hará un precio especial. Tienes que tener cuidado, Nírë, cuando entres aquí si no lo conoces. Los mercaderes no roban ni engañan: eso no te ocurrirá jamás. Existe una especie de código de honor de comerciante, y se respeta a rajatabla. Ahora bien, la variedad en los precios es casi mayor que la variedad en la oferta. Tienes que saber con quién tratar y de qué modo hacerlo. Es todo un arte -repitió con una sonrisa-. Ya aprenderás con el tiempo, y con tu encanto y tu hermosura probablemente te desenvuelvas mejor que yo -Nírë arqueó las cejas, pero Athran impidió que dijera nada, posando su dedo índice sobre los labios de la joven, mientras sonreía-. Por hoy te guiaré yo.

La tienda pertenecía a un miembro veterano de la Cofradía: un hombre que rondaba los cuarenta, con algunos pelos blancos asomando en su abundante cabellera negra, rostro afable y sincero, cuerpo ciertamente voluminoso y carácter directo. En ocasiones podía pecar de ser demasiado brusco; era un hombre sencillo -su familia provenía de los campos- del que no se podía exigir grandes razonamientos, pero tenía buen corazón.

Recibió a la joven con multitud de lisonjas y halagos; de tal magnitud fueron, que tanto Athran como Nírë no pudieron echarse a reír. Nuyres, el mercader, se percató de ello y se unió a sus risas.

- ¡Athran, muchacho! ¿Cuánto hace que no vienes por aquí con tu hermana? ¡Os echo de menos, por el amor de Maradrant! Te estás volviendo como esos políticos del Senado, demasiado importante como para mancharte del polvo de la Dernah.

- ¡Ay, Nuyres, si te dijera yo la cantidad de polvo que he traído del último viaje...! -exclamó Athran sonriendo. Nírë se echó a reír.

- Bien, jovencita, así que quieres algunos vestidos para ti, ¿no es eso? Veamos qué puede ofrecerte este viejo lobo del desierto...

En un principio, Athran decidió quedarse al margen, pero ante la mirada de súplica de la joven, el Dherasda no pudo evitarlo y se reunió con ella, mientras la hermosa joven evaluaba con aquellos ojos verdes los vestidos que el comerciante le ofrecía.