Fin Guerra: Maianor se retira del Combate
Armadas perdidas por "Narwä Hilyatâri" = 20
Armadas perdidas por "Maianor" = 30
Victoria para Narwa. Se produce saqueo

Fin Guerra: Maianor se retira del Combate
Armadas perdidas por "Narwä Hilyatâri" = 20
Armadas perdidas por "Maianor" = 30
Victoria para Narwa. Se produce saqueo
El mar estaba en calma, pero unas nubes grises comenzaban a ocultar el sol de la tarde, empujadas velozmente por el viento del norte. Sin embargo, a pesar de la tormenta que se aproximaba, ese mismo viento impulsaba las cuadradas velas rojas de la flota Nurulântar, aproximándolos rápidamente a la costa oriental de Rómenor, y a su objetivo.
Caminando a través de los pasillos de la tripulación, Elesinyê se dirigió rápidamente hacia el cuarto de mando. Se lo pensó dos veces antes de llamar, pero finalmente alzó la mano derecha y llamó con los nudillos.
- Adelante…
La voz de Serkendil sonó ausente, y cuando Elesinyê abrió la puerta, lo encontró absorto ante la mesa llena de mapas.
- Habíais ordenado que me presentara, Artakano.
- Déjate de formalismos Elesinyê, tenemos trabajo por delante. No me gusta que me envíen tan lejos de Ohtalossê – pese a la brusquedad, se notaba el cambio de actitud que Serkendil había experimentado hacia Elesinyê, aunque en aquel momento estaba molesto por los movimientos de Engrel.
Ella arqueó una ceja, con expresión divertida, y se acercó sonriendo hasta la mesa. Tomó asiento frente a él, en actitud relajada.
- Ambos sabíamos que esto ocurriría, y no puedo dejar de recordarte que te lo advertí. Engrel no duda que fuiste tú quien incendió su mansión, y el hecho de que finalmente el Khotsê haya avalado tu cargo como Artakano no ha ayudado mucho.
- Volveré victorioso y su movimiento sólo habrá servido para reforzar mi prestigio… - su voz se suavizó, aunque se adivinaba cierta preocupación.
- Volveremos, querrás decir… - sonrió ella, apoyando la barbilla sobre ambas manos, con los codos apoyados sobre la mesa.
Serkendil sonrió.
- Perdona, sabes que me obceco con algunos temas… - pero pronto los ojos de Serkendil volvieron a centrarse en mapas e informes.
Había reunido todo lo que había podido de la zona a la que se dirigían, pero no era mucho. Serkendil se había procurado cartógrafos quienes se encargarían de dibujar mapas actualizados, e historiadores que se encargarían de recabar información y escribir acerca de las costumbres de los pueblos que encontraran. Toda aquella información era necesaria, y serviría para garantizar el dominio de los Nurulântar, el cual consideraba inevitable.
- Te obcecas, eso es verdad – rió ella, viéndolo de nuevo concentrado en los mapas – Sin embargo tenemos la ventaja de tener a Tyarn de nuestro lado, y eso es afortunadamente algo que Engrel desconoce por completo.
La sola mención de Tyarn hizo que Serkendil cambiara el gesto. Todavía se sentía incómodo cerca de él, y su desconfianza no había mermado en absoluto, pues era un esbirro de Engrel. Y seguiría considerándolo así hasta que se demostrara lo contrario. Pero a pesar de todo no hizo comentario alguno al respecto, consciente del apreció que Elesinyê sentía hacia él. Por el contrario, se centró en la preparación de la inminente batalla.
- La única manera de obviar esa muralla es desembarcar cercar de la ciudad. Se trata de una muralla en dos niveles – miró a Elesinyê un momento para asegurarse su atención, y continuó – No contamos con tropas suficientes como para asaltarla. Lo mejor será asediarlos y forzarlos a salir, luchando a campo abierto.
Ella se inclinó hacia delante centrándose en los mapas que él señalaba.
- Me temo que eso nos obliga a luchar sobre la arena de ésta playa – observó – El campo de batalla será estrecho, lo cual si ordenamos bien nuestras fuerzas nos servirá para obligarles a replegarse hacia la ciudad.
- Cuando se replieguen deberemos lanzar nuestra caballería hacia delante, para conseguir penetrar en la ciudad a través de las puertas abiertas… - los ojos de Serkendil brillaban. Siempre se apasionaba cuando preparaba la estrategia de una batalla, sobre todo cuando ésta era compleja.
Elesinyê asintió ligeramente, y se echó hacia atrás en la silla.
- Entonces la primera carga de los Rokkêrni no deberá ser muy profunda. Dividiremos el peso de la batalla entre los Artamahtar y los Philinar, para no agotar sus fuerzas.
- Es lo más conveniente – coincidió Serkendil – Una vez dentro será primordial tomar las murallas, o nos coserán a flechas desde allí. Habrá que provocar algunos incendios… - añadió esto último visiblemente molesto – pero contamos con la sorpresa de nuestra llegada. No estarán preparados por completo para el encuentro de nuestros ejércitos. Si todo marcha como debe… no tendrá tiempo de hacerlo en ningún momento.
Parecía preocupado, lo cual no era de extrañar.
- Todo saldrá bien – asintió ella mirándolo a los ojos – La compañía confía en ti, y por eso precisamente saldrá bien.
Serkendil la miró extrañado, parecía haber malinterpretado su preocupación.
- No temo por los nuestros ni por mi dirección en la batalla Elesinyê. Lo que me preocupa es una destrucción excesiva de la ciudad. Si queremos dominarlos tendremos que vencerlos en la batalla primero, pero luego habrá que ganarse su lealtad. Y si hemos quemado sus hogares, y arrasado sus campos, será un objetivo difícil de conseguir.
- Entonces temes en vano – respondió ella encogiéndose de hombros – Nada de lo que hagas o dejes de hacer conseguirá que te ganes su lealtad. Son como nosotros, Serkendil. ¿Acaso tú lo harías? Yo desde luego no – se levantó – Y si no me necesitas para nada más, me retiro por ahora.
- ¿Acaso no valoras al valiente? ¿Acaso no admiras al poderoso? Ellos sí, y tanto ellos como nosotros buscamos la grandeza. Unirlos a nuestras huestes hará que tanto ellos como nosotros alcancemos una mayor grandeza, y nos conviene ganarnos su lealtad.
- Valoro al valiente, al poderoso, o al sabio. Pero por encima de todo valoro mi libertad, y no dudo que ellos harán lo mismo. No te dejes cegar por tus sueños de grandeza, Serkendil. Esto es una guerra, y nosotros somos un ejército de conquista y ocupación. Que nos respeten como adversarios no significará que nos sean leales, ya deberías saber que la lealtad no se conquista por la fuerza. O sometes, o eres sometido. Así son las cosas. Y aunque comparto tu deseo de hacerlo con las mínimas pérdidas posibles, eso no significa que espere nada de ellos.
- Sigues sin comprender… - Serkendil no deseaba aquello por ambición personal, sino por idealismo – No todo lo que hago es egoísta.
- Ni yo he afirmado tal cosa – respondió ella desde la puerta – Son sueños, Serkendil. Sólo sueños. Pero en el mundo real las cosas no siempre son como soñamos.
- Todo lo real que es diferente a la naturaleza es fruto de sueños, Elensiyê – Serkendil la miraba con una leve sonrisa.
- No seré yo quien desvirtúe tu ilusión, si es por eso. Sin embargo, me mantengo en lo que he dicho, – abrió la puerta y añadió – y el tiempo habrá de darme la razón o no.
Elesinyê salió de la habitación cerrando la puerta a su espalda, preguntándose cómo era posible que toda conversación entre ambos terminara en una discusión.
Desde las murallas de Nomminahald se podía ver el mar. Agitado. Embravecido. Enormes olas se estrellaban contra las rocas, golpeando los acantilados, salpicándolos de blanca espuma.
El cielo era de un intenso color anaranjado y violeta, sin una sola nube que escondiera toda la belleza de su amanecer. El fuerte viento que animaba las olas agitaba su capa roja y sus cabellos desordenados, tan cubiertos de sangre como su rostro, su cuerpo y sus ropas. Sostenía el yelmo empenachado de rojo bajo el brazo, apoyado en la cadera, y en la mano sostenía todavía la espada.
Aspiró profundamente y su pecho subió bajo la coraza de cobre. Envainó la espada y se volvió al tiempo que se ajustaba el yelmo, y su mirada se enfrentó a la ciudad desolada. Grandes columnas de humo se elevaban hacia el cielo desde diversos puntos de la ciudad. Había cientos de cuerpos tendidos sobre los adoquines.
Habría sido una ciudad hermosa de contemplar, sino hubiera sido por la devastación que su propio ejército había creado. Descendió el segundo nivel de las murallas, y un Túrer vino a su encuentro.
- La ciudad está controlada, Señora – sonreía, pero su rostro aparecía cansado y tan manchando de sangre como el suyo. Llevaba un sucio vendaje en el cuello, sin duda algo provisional durante la batalla - Me han encargado avisaros de que se ha instalado el puesto de mando en el palacio del Emperador – añadió.
- Está bien, Térar. Deberías acercarte a la enfermería, y que atiendan esa herida. – respondió ella, mientras continuaba descendiendo por las escaleras de piedra.
- Estoy bien Arkên, pero haré como me ordenáis.
Elesinyê asintió y siguió caminado, mientras el Térar se alejaba callejeando. El Emperador. Una sonrisa amarga apareció en su rostro al pensar en él. Él que yacía ahora entre muchos otros de los suyos, y cuyo cuerpo pronto sería convertido en cenizas. Pero había tenido una muerte hermosa, pensó. Una gran muerte, para un gran soldado. Raph Ziram había sido su nombre. El nombre con el que alcanzaría la eternidad...
Todavía había llamas ardientes en muchas de las casas, pero en la mayoría de ellas quedaban apenas rescoldos. El viento traía consigo voces, cercanas o lejanas, de aquellos que se dedicaban a sofocar los incendios, o a atender a los heridos, o a recoger a los muertos. A veces recogía el sonido de un llanto desgarrado, un grito de dolor, o un gemido. Pero la ciudad se mantenía mayormente presa de un silencio casi sepulcral, en comparación con el estruendo con el que la batalla había llenado la noche.
El palacio de Raph Ziram era ostentoso, como la mayor parte de las mansiones de aquella ciudad. Las fachadas blancas contrastaban con los tejados negros, y junto a las escalinatas que daban a un pórtico columnado se erguían grandes estatuas de piedra, representando unos canes guardianes en posición de alerta. Sus fauces se abrían ante los visitantes, como advirtiendo del poder y la majestad del Emperador. Un poder que el ejército Nurulântar había aplastado.
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Hay cementerios solos,
Tumbas llenas de huesos sin sonido,
El corazón pasando un túnel
Oscuro, oscuro, oscuro,
Como un naufragio hacia adentro nos morimos,
Como ahogarnos en el corazón,
Como irnos cayendo desde la piel del alma.
Una playa de arena blanca húmeda bajo la intensa lluvia se extendía ante ellos. El cielo era una sombra negra de nubes espesas y la lluvia una cortina rasgada que separaba dos ejércitos que se medían frente a frente. Un trueno retumbó en la noche, apagando por un instante el murmullo de las gotas derramadas. Turò se agitó, alzó la testuz y volvió a bajarla rápidamente. Elesinyê se acomodó sobre el caballo y palmeó su cuello intentando calmarlo, mientras observaba con atención la sombra desdibujada del ejército que se alzaba ante ellos.
Un rayo iluminó las sombras del enemigo. Tras ellos los portaestandartes Nomhaldad elevaban sus banderas al viento y sobre las murallas, mostrando las tres anchas líneas verticales en amarillo, blanco y rojo, coronadas con una estrella roja.
Entre todos los pueblos de Rómenor aquél era sin duda el que más se parecía a ellos pese a su mortalidad. Ante ellos se alzaba un ejército de verdad. Un ejército que buscaría la grandeza en la batalla con la misma intensidad que ellos. La primera línea estaba formada por hombres de ojos oscuros y cabellos negros, que contrastaban con las pieles blancas que llevaban sobre los hombros.
Serkendil hizo avanzar su caballo hasta colocarse al frente del ejército Nurulântar junto a Elesinyê. Tyarn sin embargo permaneció junto a los Hramahtâr. Su estilo de lucha era más propio de un asesino que de un soldado, pero entre Los Salvajes apenas se notaría diferencia alguna.
Elesinyê se volvió hacia el ejército expectante con la mirada encendida. Llevaba el rostro pintado en negro y rojo, y el cabello negro se fundía con la larga crin roja del yelmo.
- ¡Soldados¡ ¡Hermanos todos!- gritó entonces, apelando a todo el poder de su voz y sus palabras – Esta noche el mar oriental lamerá nuestra sangre caída en ésta playa. Las estrellas de Innana permanecen ocultas ante nuestros ojos, pero sabemos que estarán ahí para guiarnos en nuestro último viaje. Tal vez mañana muchos de vosotros veréis amanecer en las Verdes Praderas de Thyr. Pero ahora… ¡Que Asthart Señora de la Noche ilumine nuestro camino! ¡Lucharemos por el Honor, la Gloria y la Sangre del Narwa! ¡Lucharemos por una Hermosa Muerte!
Los gritos enfervorizados se fundieron con el entrechocar de armas y escudos. Lanzas y espadas lanzaron pequeños destellos de plata en la noche, mientras al otro lado el enemigo respondía con su propio grito de guerra. Una señal de Serkendil bastó para que la caballería se lanzara al galope como una gran ola negra y roja.
La tensión de su caballo desapareció cuando sus cascos comenzaron a volar sobre la arena mojada. La capa roja parecía una estela tras ellos, mientras observaba tras el yelmo cómo el enemigo se acercaba a ellos casi con la misma determinación, con la misma sed de sangre y muerte.
Cientos de flechas surcaron el aire, muchas de ellas convertidas en teas ardientes. Y aunque la lluvia que caía con fuerza conseguía apagar muchas de ellas, otras en cambio encontraban su destino al otro lado de los muros de la ciudad, prendiendo los primeros fuegos.
Otro trueno resonó en la noche, segundo de un haz de luz. La tormenta se situó sobre ellos en el mismo momento en que ambos ejércitos se entrelazaban. Se escuchó el grito sordo de las primeras víctimas acompañado por el entrechocar del metal. La caballería frenó su avance, barriendo la primera línea de batalla del enemigo, mientras la infantería avanzaba internándose entre ellos.
La detención del avance de la caballería resto velocidad y fuerza al avance de la infantería, y en un primer momento fueron rechazados por el enemigo. Pero a medida que las huestes de los Nurulântar cerraban el paso, negándose a retroceder el más mínimo palmo de tierra, consiguieron obligar al enemigo a replegarse hacia su propio terreno.
La arena de la playa se cubrió de sangre, al tiempo que la lluvia amainaba. Las olas arrastraban consigo cuerpos caídos, vísceras y sangre. La espuma blanca se volvió cada vez más roja, mientras la muerte avanzaba entre un bando y otro.
Tal como habían previsto, el campo de batalla era estrecho y los Nomhaldad pronto se vieron acorralados entre las tropas Nurulântar y las murallas de la ciudad. Cuando se quisieron dar cuenta, muchos de ellos se encontraron golpeando y gritando ante los enormes portones de metal, suplicando por la retirada.
Cuando las puertas se abrieron, la caballería Nurulântar estaba preparada. El ejército Nomhaldad se derramó en su retirada por las calles de la ciudad, y tras ellos los Rokkêrni, buscando afianzar una victoria que sabían segura.
Elesinyê desmontó ante las murallas de la ciudad, y ascendió por las escaleras de piedra seguida de cerca por Tyarn. Los soldados Nurulântar estaban bien adoctrinados, y pronto comenzaron a caer los cuerpos de los arqueros desde las murallas. Muchos de ellos lanzaron sus últimas flechas desesperadas, y Elesinyê se vio empujada contra la pared al tiempo que un par de flechas impactaban en el cuerpo de Tyarn. Su reacción fue tardía, pero lanzó uno de los shais al tiempo que el hombre disparaba una tercera flecha que apuntaba directamente al corazón del elfo. La flecha falló cuando el hombre cayó hacia atrás, con el shai aún temblando clavado en su ojo derecho.
Ella se arrodilló junto a Tyarn que respiraba con dificultad.
- ¿Por qué lo has hecho? – preguntó, mientras arrancaba jirones de su capa, y realizando un tapón improvisado sobre el estómago de Tyarn.
- Te lo dije una vez… yo debo protegerte… - la sonrisa contrastaba con el gesto de dolor.
Elesinyê le devolvió la sonrisa, y después se sentó junto a él.
- Me temo que la batalla ha terminado para nosotros – dijo ella intentando reconfortarlo con una sonrisa. Sin embargo su mente se hallaba dividida entre Tyarn y Serkendil.
"¡Las puertas se han abierto!"
Aquél grito provocó el gesto inmediato de Serkendil, dando orden a la caballería de entrar en la ciudad. Al fin y al cabo, los Nomhaldad se diferenciaban de los Nurulântar en una cosa: eran incapaces de ver morir a los suyos ante las puertas de su ciudad, y abrirlas fue su error. A veces sacrificar una compañía de un ejército era necesario para obtener la victoria, y las tropas de la ciudad fueron incapaces de ello. Al abrir las puertas empezó el fin de la batalla, pues la turba que huía para refugiarse dentro de la ciudad fue fácilmente aplastada por la caballería primero y por la infantería después.
La primera muralla cayó con rapidez, puesto que sus líneas de defensa estaban desechas. Desde allí los Philinar incendiaron la parte interior de la ciudad con flechas incendiarias, alzándose grandes columnas de humo debido a la madera mojada.
En su alocada retirada también cedieron sin lucha la segunda puerta, provocando una gran decepción en Serkendil, quien sentía que en cierta manera había sobreestimado al enemigo. La batalla parecía condenada a ser un paseo de sangre y muerte, hasta que sus tropas llegaron al Palacio Imperial, donde Raph Ziram en persona, viendo a su ejército desecho, decidió apostar a la elite de sus tropas.
La visión del Emperador provocó la reorganización del ejército de Nomminahald, y Serkendil recolocó a las suyas. Contaba con la mitad del ejército en aquél momento, pues el resto o bien yacía muerto o estaba asegurando los niveles inferiores.
El Emperador alzó su espada en señal de desafío, y Serkendil hizo lo propio, aceptándolo. Ambos ejércitos supieron que no debían atacar a ninguno de los dos adversarios, pues la lucha quedaba entre ellos. Las tropas no interferirían en ése duelo aunque se lanzaran contra el ejército enemigo.
- ¡Ahora empieza una nueva verdadera batalla, mis guerreros! - la voz de Serkendil sonó poderosa oyéndose por toda la plaza - Luchad y morid con honor, mas recordad que la muerte es nuestra Diosa y nuestra amante. Debemos alimentarla o ella se alimentará de nosotros, matad pues sólo los indignos pueden morir, matad y vuestro nombre será largamente recordado, ¡Matad o morid!
Serkendil bajó su espada hasta que quedó perpendicular a sus hombros con un gesto rápido y espoleó a su caballo, los Nurulântar le siguieron y los Nomhaldad se prepararon para recibir la acometida.
El encuentro entre las tropas resonó en toda la ciudad con un estruendo mayor a los truenos de la tormenta, pues el suelo temblaba bajo los pies de los guerreros y las armas se encontraron con furia y dolor. Serkendil se topó con el Emperador, quien casi le arrancó un ojo con el primer movimiento oscilante de la espada pues le abrió un tajo que iba de la frente a la mejilla pasando por la ceja. Era superficial, pero sangraba profusamente y de no haber echado la cabeza atrás hubiera significado su muerte. Raph Ziram aprovechó el descuido de Serkendil para abrirle otro tajo en el torso, cortando la coraza con facilidad y dejando a la vista una pequeña parte de una costilla. El dolor encendió a Serkendil, quien reaccionó de inmediato clavándole al emperador una daga en el brazo de la espada.
Pero su propia sangre empapaba su ropa y aquellas heridas le debilitaban por momentos. Sabía que sólo tendría unos instantes antes de caer en desventaja ante Raph Ziram, el cual le obligaba a luchar con todo su potencial. De un salto bajó del caballo alejándose de Raph Ziram y éste cargó con su espléndida espada en mano.
Con un movimiento furtivo Serkendil se escurrió por debajo del caballo sin ser golpeado y abrió el vientre de la bestia, que cayó a pocos metros. Raph Ziram apenas consiguió evitar el quedarse atrapado bajo el caballo por milésimas de segundo, pero Serkendil ya tenía ambas dagas en sus manos y atacó al Emperador, que se vio en serias dificultades por la velocidad de los movimientos del elfo. Pese a sus heridas y a los giros y constantes movimientos de Serkendil, Raph Ziram no encontró ningún hueco en la defensa del elfo y de pronto, sin saber cómo había sido golpeado, la sangre brotó de su vientre. Sin apenas tiempo para darse cuenta un nuevo golpe le sesgó el cuello y cayó.
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- Destruid a toda la familia del emperador, sin excepciones- la orden era cruel, pero la mejor forma de tomar el control de unos territorios acostumbrados a un poder centralizado era decapitar al estado y sustituir a su cabeza.
- Se hará como ordenas – respondió Narendil, y se alejó avanzando entre las camas repletas de heridos.
Amariè se sobresaltó al oir las palabras de su hermano, y clavó su mirada en él con cierto reproche pero no dijo nada.
- Supongo que te encuentras bien – dijo ella al fin.
Serkendil sonrió a pesar de sus heridas, con la mitad del rostro cubierto por una venda.
- He estado mejor – respondió con voz débil, y ella sonrió a su vez.
- Vendré a verte después.
Él se encontraba tendido en un camastro, mientras ella sentada a su lado atendía sus heridas. Pero la enfermería se hallaba atestada de heridos, y Serkendil sólo era un herido más. Amariê se incorporó, y se dirigió a otra de las camas de heridos.
Pero pese a estar debilitado por las heridas, con el rostro y el torso vendados cuidadosamente por su hermana Amariê, Serkendil apenas podía apartar de su mente la frustración que sentía. La destrucción de la ciudad había sido demasiado grande, y con ello todos sus planes se habían truncado. Y por encima de todo se veía obligado a acabar con la vida de toda una familia. Una familia que en caso contrario podría haber sido de gran utilidad.
Resumen de la batalla.
Narwa ha perdido 20 armadas x35= 700 puntos.
Recuperables: 560 puntos.
Valoraciones: 7.8 + 8.8 + 8.8 + 9.6 + 8.3 = 8.66
Recupera: 485 puntos. Han solicitado daños por valor de 40%, es decir 140 puntos.
Total recuperación: 560 puntos
Pierde: 140 puntos.
Por la participación en la batalla, Narwa obtiene 600 monedas.
Por el saqueo de la capital obtiene 500 monedas
Compañías actualizadas y listas.
Por la participación en la batalla se reparten 300 Nóti.
Por las historias se entregan 96 Nóti.
Saludos!
Historia finalizada.
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