La Guerra de los Clanes

Batalla 49. Revuelta En Formenyaelen.

Terminada
Escrito el 27-06-2008 18:58 #1

Los habitantes de Formenayelen no están muy contentos con la dominación que padecen.

Se sienten como esclavos obligados a trabajar para llenar las arcas de un país extraño a sus fronteras, a sus costumbres y a sus valores.

Las primeras voces discordantes no han tardado en aparecer y han exaltado el ánimo de las masas, lanzándo diatribas y arengas que han llevado a las normalmente pacíficas gentes de Formenyaelene a alzarse en armas.

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Fin Guerra: Maianor deja de Atacar

Armadas perdidas por "Maianor" = 22

Armadas perdidas por "Nensir Airatâri" = 28

Victoria para Maianor. Nensir mantiene el dominio sobre la ciudad.

Escrito el 01-07-2008 20:26 #2

En el Palacio de la Luz, Formenyaelen. 4 Aqua Duir 1601 SE

Taw estaba sentado en una cómoda silla cerca de una ventana por donde entraba la luz de Malkû, el sol, y que caía sobre el libro que tenía abierto entre sus manos. Era el diario que había recogido dos meses atrás, cuando los aldalântar ocuparon la ciudad. No es que fuera una obra maestra pero era muy útil para conocer el ambiente de la ciudad y su organización.

¿Hay algo interesante en el libro?

Aún nada, es un diario. No creo que encontremos algo interesante, aunque los días antes de la conquista son muy entretenidos de leer.

Nunca se sabe lo que uno puede escribir en un diario. Un momento ¿qué es eso?

Taw concentró su vista en una página sin fecha, era una historia que estaba emborronada pero había algunas partes legibles, lo cual llamaba especialmente la atención en un libro tan bien cuidado:

Hace mucho tiempo… entonces los seguidores de la Naturaleza temieron por… su valor era incalculable pues… sin embargo para evitar que cayera en malas manos separaron la… del caldero... Fueron muy astutos pues colocaron… en l… y el caldero fue colocado en donde jamás pensarían que lo encontraría, e… No se sabe a ciencia cierta dónde está exactamente ese escondite, algunos sospechan que en lo más profundo de los bosques, otros, que están protegido por… por lo que nadie podría entrar, y para otros…

Es un poco críptico.

Sin embargo sería muy interesante si fuera totalmente legible.

Ojalá explicara con más claridad dónde está el caldero, así sólo sabemos que fueron muy astutos, que no significa nada.

Bueno, necesitaremos pensar como ellos, ser igual de astutos que ellos.

“Es más fácil de decir que hacer. Podían haber sido retorcidos y ponerlo en pleno desierto, o en lo alto de una montaña, o vete tú a saber.

Bueno, creo que ahora mismo ese no es nuestro problema principal.

¿A qué viene eso Narwa?

Echa un vistazo por la ventana.

Se levantó de la silla y se asomó por la ventana, en la ciudad se habían levantado columnas de humo, había mucha gente en las calles llevando armas y antorchas. Se dirigían rápidamente al Palacio de la Luz. Sin pensarlo, Taw se fue corriendo, salió de la habitación y siguió corriendo hasta que se encontró con un oficial.

- ¡Rápido, ordenad cerrar las puertas del palacio de inmediato y avisad a la dama Álassë!

- Pero…

- ¡Ha estallado una revuelta en la ciudad y vienen hacia aquí!

- Sin embargo…

- Dejaos de titubeos y haced lo que os digo, si no queréis acabar en manos de los habitantes.

El oficial lo entendió y se apresuró a cumplir la orden. Taw volvió a su habitación y sin pensarlo cogió un papel dispuesto a redactar una carta.

¿Crees que llegará a tiempo?

Hay que intentarlo, no somos suficientes como para acabar con la revuelta y podrían entrar en el palacio.

Por Yenna, esperemos que llegue a tiempo.

Y con gesto decidido Taw empezó a escribir.

***

En Dâkosto, Galador. 8 Aqua Duir 1601 SE

El día amaneció claro y soleado en el templo-cuartel de Dakôsto, el gran complejo militar al noroeste de Neitillot, la gran ciudad de los aldalântar. A Dakôsto se llegaba por una carretera empedrada llamada Tûartiê y, por ese camino, cabalgaba un solitario jinete esa mañana. Era un elfo aldalânta, cuyas ropas estaban manchadas de polvo, barro y sangre. El jinete, a pesar de la visible fatiga del caballo, seguía espoleándolo con fuerza, en un vano intento de que acelerara la ya de por sí rápida marcha. Al fin, elfo y caballo llegaron a Dakôsto, exhaustos, atravesando como una exhalación el gran portón principal de la muralla del complejo, que se abría cada amanecer y se cerraba al anochecer. Los guardias de la puerta observaron atónitos la llegada de su compatriota, empapado en sudor, polvo y sangre, y rápidamente fueron a atenderle, llamando a su vez a otros soldados para que les ayudaran. El jinete desmontó con dificultad, y tuvieron que sujetarle entre dos elfos para mantenerlo en pie; el caballo, por su parte, también estaba exhausto, los ollares muy dilatados, respirando muy deprisa, la boca llena de espuma blanca y el pelaje brillante de sudor.

- El General...- balbuceó el jinete entrecortadamente- Tengo que ver al General... Formenyaelen... revuelta...

- ¡Qué alguien llame a un envinya!- gritó uno de los dos elfos que sujetaban al jinete- ¡Este elfo está lleno de heridas!

Uno de los soldados desapareció en el interior del edificio, volviendo al rato con el sacerdote encargado de las labores de sanación destinado en Dakôsto. Los soldados aún sujetaban al jinete, uno de los cuales era el capitán de la guardia de la fortaleza, Elâithendil.

- ¡Vamos!- gritó el capitán- ¡Hay que llevarlo dentro!

Acompañados por el sacerdote, llevaron al jinete a una de las habitaciones de la planta baja, destinada a alojar huéspedes, reclutas o lo que se terciara y que, en ese momento, estaba vacía. Depositaron al elfo en el camastro dejándolo al cuidado del sacerdote.

- Encargaos de él- dijo Elâith- Y cuando se recupere enviadlo a verme, pues hay que informar al General de las nuevas que porte cuanto antes.

- Sí señor- respondió el sacerdote.

- Un... momento...- dijo entonces el elfo recién llegado, desde el camastro- Traigo un mensaje urgente... el General... debe leerlo... enseguida.

Entonces rebuscó lentamente entre sus ropas y sacó un pergamino enrollado, arrugado y manchado, y se lo tendió a Elâith. Éste lo cogió e hizo un movimiento de asentimiento con la cabeza y partió. Cuando llegó al despacho que el General tenía en el cuartel, Elâith cogió aire y llamó suavemente a la puerta. “Adelante”. Y entró en la estancia. La habitación era austera, había varias estanterías repletas de libros sobre tácticas militares, intendencia, etcétera. Varias alfombras de piel de oso y de ciervo cubrían el suelo de piedra y una gran chimenea de piedra excavada en una de las paredes daban a la estancia el aspecto de lo que debía de ser un despacho sólo para trabajar. Tathâral estaba sentado detrás de una gran mesa de madera decorada con filigranas y dibujos vegetales tallados escribiendo con una pluma de oca lo que debían ser documentos oficiales referentes a su cargo. Elâith avanzó hasta el centro de la habitación hasta quedar justo enfrente de la mesa y esperó paciente a que el General le diera permiso para hablar.

- ¿Y bien Elâith?- dijo Tahth, sin levantar la vista de lo que escribía.

- Señor- respondió el elfo, sacando el pergamino arrugado de uno de sus bolsillos y tendiéndoselo al General- Hace unos minutos ha llegado un jinete por el camino de Tûartiê completamente exhausto y herido. Creo que viene de Formenyaelen, y me ha dado este mensaje para que lo lea usted... Me parece que es bastante urgente.

Tathâral levantó la vista lentamente y cogió el pergamino que le tendía Elâith, lo desdobló y lo leyó. Cuando terminó lo volvió a doblar y lo dejó encima de la mesa.

- Bien, parece que tenemos problemas en Formenyaelen- dijo el General- Puedes retirarte Elâith, pero localiza a Aiwëndil y dile que quiero verle.

- Enseguida señor- dijo el elfo, y salió de la habitación.

Al cabo de un rato volvieron a llamar a la puerta del despacho de Tath, pero esta vez los golpes eran más firmes y secos.

- Adelante- dijo Tath.

- Señor- dijo Aiwëndil, cuando entró y hubo cerrado la puerta- ¿Queríais verme?

- Deja las formalidades a un lado, amigo- dijo Tath con una sonrisa- Ante todo somos amigos.

- Como quieras- dijo Aiwëndil, sonriendo también.

- Toma, lee esto- dijo el General, tendiendo el pergamino a Aiwëndil. Éste lo leyó pausadamente y, cuando terminó, se lo devolvió a Tath y dijo: -Vaya, parece que tenemos una pequeña revuelta en Formenyaelen, ¿crees que es grave?

- Por lo que dice Tawarornê, que es a quien dejé el mando de la guarnición, es probable que así sea. No da muchos detalles, como habrás leído, así que supongo que la situación es algo grave. Por ello quiero que vayas tú a ayudarle, quiero que te pongas al frente de lo que nos queda aquí de la “Compañía del Yondenên” y partas inmediatamente hacia Formenyaleen. El resto de la compañía está precisamente allí con Tawarornê.- dijo Tath.

- Pero se supone que estoy en la “Compañía del Aldakune”, con Northiêl, no puedo dejarla sola al frente de ella- dijo Aiwëndil alarmado.

- No te preocupes- dijo Tath- Tengo otra misión para ella y se las apañará bastante bien. Por otra parte, no estaría de más que, si la batalla te deja, investigaras un poco en Formenyaelen acerca del “Aldakune” y de su piedra, y si puede estar relacionada con los Taltarili.

- De acuerdo- dijo Aiwëndil, finalmente- haré lo que pueda.

- No espero menos de ti, amigo- dijo el General.

- Ah, una cosa- dijo Aiwëndil, preocupado, antes de marcharse- Cuida bien de Northiêl en mi ausencia, esa chiquilla es una cabeza loca.

- No te preocupes- respondió Tath, sonriendo para sus adentros.

[Editado por Vardarion el 01-07-2008 20:30]

Escrito el 01-07-2008 20:27 #3

Cuatro días habían transcurrido ya desde que estallara la revuelta en Formenyaelen y no había indicios de ningun tipo de contingente aldalânta en el horizonte. Tawarôrne no quería desesperar aún, pero la situación era muy grave pues los “revolucionarios” habían obligado a la guarnición aldalânta a refugiarse en el “Palacio de la Luz”, un antiguo edificio que los elfos habían tomado como cuartel general después de la ocupación de la ciudad y que ahora era su cárcel y, muy probablemente, su tumba a no ser que llegaran refuerzos de Neitillot, cosa de la que Taw empezaba a dudar seriamente. El elfo estaba en su despacho observando por la ventana el cerco que mantenían los habitantes de la ciudad al “Palacio de la Luz”. Obviamente no eran todos los habitantes de la ciudad los que habían provocado la revuelta, sino que ésta había sido instigada por varios cabecillas militares Kalayondi caídos en desgracia después de la ocupación aladalânta, los cuales habían conseguido organizar a un grupo lo suficientemente numeroso como para superar en número a la exigua guarnición alda. No obstante, a parte de los cabecillas, el resto no eran más que campesinos, artesanos, agricultores, etc, armados con palos, hoces, guadañas, y azadones; en cambio los alda tenían espadas y arcos, pero eran demasiado pocos para controlar la situación.

-Señor, la situación es desesperada, no podremos resistir mucho más sin refuerzos, la comida se acaba y a cada hora nos siguen llegando soldados de los nuestros, heridos o muertos-.

Quien había hablado era Aldarion, el segundo al mando de la guarnición aldalântar. Era un elfo viejo, veterano ya de muchas guerras y batallas. Su rostro estaba plagado de cicatrices, vestigios de antiguas heridas de batalla, y su pelo, a pesar del paso del tiempo, seguía siendo tan negro como el azabache. Vestía con sencillez, unas botas de cuero, pantalones de montar, una túnica corta, una coraza de cuero endurecido encima y unos brazaletes también de cuero endurecido, y portaba una espada a la cintura.

Tawarornê se giró lentamente, el cabello, rojo como el fuego, le caía sobre los hombros como una cascada de lava.

-En cuanto a los refuerzos no podemos hacer nada salvo rezar a Nensir por que los envíe cuanto antes, Aldarion- dijo Taw, cogiendo su báculo que estaba apoyado en la pared, a su lado- En cuanto a los heridos dejádnoslos a nosotros, pues nuestro es el poder de la sanación. Vamos, llévame donde están.

Los dos elfos abandonaron la sala, dando la espalda a la ventana, a través de la cual, en el horizonte se atisbaba una nube de polvo que iba aproximándose a la ciudad desde el norte, con las siluetas de caballos y jinetes perfilándose dentro de ella.

[...]

Aiwëndil partió tan pronto como hubo reunido a lo que quedaba en Dakôsto de la “Compañía de Yondenên”; además, también quiso llevarse a Elâithendil, el bravo capitán de la guardia de la fortaleza, pues también formaba parte de dicha compañía. No obstante, había algo que no había podido hacer: despedirse de Northiêl. Le hubiera gustado ver a la joven elfa antes de partir a la batalla, pero no hubo forma de encontrarla y no podía perder más tiempo, así que se puso en camino sin despedirse de ella. “Seguro que lo entiende”, pensó Aiwëndil, mientras montaba al caballo.

Cuatro días era el tiempo que les había costado llegar a las cercanías de la ciudad ocupada de Formenyalen, y Aiwëndil temía que fuera ya demasiado tarde.

-¿Crees que llegamos a tiempo?- preguntó Elâith a Aiwëndil, mientras ya tenían a la vista las murallas de la ciudad.

-Eso espero- respondió el elfo de cabello plateado- Si no alguien lo va a pasar muy mal y no seremos nosotros.

Elâith sonrió ante el comentario de su capitán provisional y desenfundó su espada, mientras Aiwëndil hizo otro tanto con “Rakkaikka”, su cimitarra de mithril. El contingente aldalânta se aproximaba cada vez más a Formenyaelen y, cuando llegaron a sus puertas, se encontraron con que éstas estaban abiertas de par en par.

-Es como si nos esperasen- comentó Elâith- Pero... si sabían que veníamos ¿no deberían estar cerradas?

-Supongo que las tienen abiertas por si tienen que huir a toda prisa ante cualquier eventualidad, no habrán pensado que podemos entrar por aquí nosotros- dijo Aiwëndil- En fin, ya que nos han abierto sería una descortesía no entrar, así que nada, ¡muchachos, adentro! ¡Id con mucho cuidado, no sabemos lo que nos vamos a encontrar ahí dentro!.

Las calles estaban desiertas y no se escuchaba nada salvo alguna que otra puerta o ventana que se cerraba al paso de la comitiva alda. A pesar de ello, a medida que se adentraban en la ciudad escuchaban una gran algarabía en la parte oeste de la ciudad.

-¡Es por allí!- gritó Aiwëndil- ¡Deprisa!

Los elfos espolearon a los caballos y, en muy poco tiempo, llegaron a las inmediaciones del “Palacio de la Luz”. La escena era desmoralizante, un número ingente de “revolucionarios” mantenía sitiado el palacio donde se refugiaba la guarnición aladalânta, la victoria era casi imposible.

-Son demasiados- gimió Elâith.

-En ese caso moriremos con honor- respondió Aiwëndil, alzando a “Rakkaikka” por encima de su cabeza- ¡Dejad los caballos, pues casi no hay sitio para maniobrar y nos descabalgarán con facilidad! ¡Manteneos juntos! ¡Al ataque!

El ataque de los aldalântar cogió desprevenidos a los sitiadores que no esperaban un ataque por la retaguardia y, en pocos instantes, aquello se convirtió en un caos. Los soldados alda luchaban muy ordenados y sin arriesgar más que lo justo, pues eran conscientes de su inferioridad numérica; no obstante, eran soldados avezados y muchos de ellos veteranos de innumerables batallas y ello equilibraba en algo la balanza de la contienda. Los “revolucionarios”, por el contrario, luchaban desordenadamente y en pequeños grupos, con más pasión que destreza, pues luchaban por sus vidas, y por su libertad, pero no eran soldados. Las espadas de los elfos aldalântar subían y bajaban, cortando brazos, piernas, cabezas, en una danza mortal, que empezaba a teñir de rojo el suelo de la calle. A pesar de eso, el contingente alda empezaba a menguar de forma alarmante, pues nada tenía que ver la destreza de un soldado cuando era rodeado por tres o más enemigos a la vez.

-¡Nos están superando!- gritó Elâith a Aiwëndil, en medio de la batalla- No duraremos mucho.

-¡Ya lo veo!- respondió el elfo, parando con su cimitarra la guadaña de un campesino rabioso- ¡Pero no nos queda otra...! ¡Agrhhh!

Aiwëndil no se había dado cuenta de que otro enemigo se le acercaba por detrás con una espada, seguramente arrebatada a algún cadáver alda, y con un rápido movimiento apuñaló a Aiwëndil en la espalda, atravesándolo de parte a parte. La vista del elfo se nubló, soltó la cimitarra y cayó de rodillas y, cuando su enemigo estaba a punto de asestarle el golpe de gracia la espada de Elâith, le cortó el cuello, y agarró a Aiwëndil antes de que se desplomara en el suelo.

-Vamos, tranquilo- susurró Elâith a Aiwëndil- Te pondrás bien, amigo. Los enemigos se están dispersando, los que quedaban de los nuestros han salido del palacio y están dispersando a los “revolucionarios”, por lo que veo.

En efecto, Tawarornê y el resto de la guarnición aldalânta había salido del palacio de ayuda de aquellos que habían acudido precisamente a socorrerles a ellos. “Esto es de locos”, pensó Tawarornê, mientras corría hacia los sitiadores, portando su báculo en una mano y en la otra a su pequeña espada “Makla”, seguido del resto de soldados alda supervivientes. A pesar de las heridas que tenía en el cuerpo, producto de los primeros días de revuelta, el elfo de pelo rojo había conseguido sobreponerse a ellas y sacar fuerzas de donde no había para comandar el fútil intento de sofocar la revuelta. No obstante, y a pesar de la derrota en la batalla, los pocos “cabecillas revolucionarios” que quedaban optaron por retirarse de la batalla, pues ya les era muy complicado controlar el caos que se había organizado en aquel momento, y huyeron a través de la puerta principal de la ciudad, para reagruparse en algún punto de Rómenor y planear un nuevo asalto a Formenyaelen.

[Editado por Encalion el 01-07-2008 20:33]

Escrito el 01-07-2008 20:33 #4

Se acabó.

Por ahora.

Que optimista.

Taw estaba en la puerta, sosteniéndose en su báculo. Tenía bastantes cortes, algunos sangraban profusamente y la mala suerte había querido que otra vez le hubieran dado en el muslo, pero por suerte había sido precavido y se había llevado esencia de lothôndo, además de un buen repertorio de hierbas medicinales. Empezó a moverse y a ayudar a los soldados a llevarlos los cadáveres alda, pues habían caído bastantes.

- Aina Tawarornê.

Taw levantó la vista, allí estaba la respuesta a su carta, el ejército pedido. Se le llenaron los ojos de lágrimas, no pensaba que saldría con vida… y que no volvería a ver a Tavir. Cojeando y sujetándose se fue acercando

- Alabados sean Yenna y Nensir, no pensábamos que…

Se calló bruscamente, había visto que un grupo iba corriendo hacia él, llevando una camilla en la que llevaban a un elfo; era Aiwëndil.

- Por favor aina, salvadlo, está muy malherido.

- Dejadlo en el suelo.

Taw se acercó y un simple vistazo le hizo ver la gravedad del alda. Sangraba mucho, demasiado. Quitó la parte superior de la ropa del elfo y examinó minuciosamente la herida; necesitaba algo urgente.

Narwa, necesito tu ayuda.

Sabes que no necesitas pedírmelo, pero me temo que no pueda ser de gran ayuda, no tienes un buen bosque lo suficientemente cerca.

Solo necesito lo suficiente para mantenerlo con vida.

El aina cerró los ojos, inspiró profundamente y puso sus manos encima de la herida, casi rozándola. Empezó a murmurar y conforme lo iba a haciendo sus manos empezaron a calentarse agradablemente, sentía el calor de la vida. Lentamente fue transmitiéndolo el calor a la herida, extendiéndose lenta pero firmemente, animando a la carne a cerrarse y a la sangre coagularse y volver a su sitio. Sin embargo era muy costoso y al poco no pudo trasmitirle más calor vivificante. Abrió los ojos y comprobó de nuevo el estado de la herida, aunque seguía sangrando, estaba fuera de peligro, pero necesitaba que no se moviera mucho hasta que terminara de cicatrizar y unas gotas de lothôndo. Se levantó sosteniéndose en su báculo, las piernas le temblaban; a su alrededor la gente le miraba con asombro y respeto.

- Muchísimas gracias aina, vuestro poder es…

- Dejad los cumplidos, no es el momento de hacerlos. Bien, queremos que ingreséis a Aiwëndil en el Palacio, en la habitación que hay al lado del despacho, y no lo mováis más de lo imprescindible. Los demás- dirigiéndose a los otros soldados-, trasladad a los heridos dentro del recinto, primero los más graves, y luego recoged los cadáveres. Si alguien me necesita estaré con los enfermos más graves.

Nadie se atrevió a contradecirle y cumplieron lo que les había ordenado. La revuelta había acabado, a costa de la sangre y la vida de bastantes alda.

Escrito el 05-07-2008 02:40 #5

Resumen de la batalla.

Nensir ha perdido 28 armadas x35= 980 puntos.

Recuperables: 441 puntos.

Valoraciones: 8.2 + 8.3 + 7.4 + 8.2 + 8.6 + 8.1 = 8.13

Recupera: 359 puntos. Han solicitado daños por valor de un 45% lo que suponen 157 puntos.

Total recuperación: 441 puntos

Pierde: 539 puntos.

Por la participación en la batalla, Nensir obtiene 600 monedas.

Compañías actualizadas y listas.

Por la participación en la batalla se reparten 220 Nóti.

Por las historias se entregan 96 Nóti.

Saludos!

Historia finalizada.