La Guerra de los Clanes

Batalla 44. Revuelta En Naraharaz.

Terminada
Escrito el 29-06-2008 19:06 #1

El resultado de la última insurrección arrojó un resultado favorable a los habitantes de Naraharaz. Llenos de moral y de esperanza de poder conseguir su libertad, se han organizado de nuevo para intentar un definitivo ataque que les lleve hacia su objetivo.

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Fin Guerra: Maianor deja de Atacar

Armadas perdidas por "Maianor" = 22

Armadas perdidas por "Al´Varant" = 28

Victoria para Maianor.

Al Varant conserva el dominio de la ciudad.

Escrito el 03-07-2008 22:22 #2

Dos hombres observaban un edificio alto, de color amarillo anaranjado; estaba decorado con sobriedad, pero era bello. Podían verse algunas marcas, cicatrices de alguna antigua batalla. Muchas de ellas tenían los bordes suavizados, fruto del paso del tiempo. Eran, seguramente, marcas de la guerra fraticida que asolara el desierto años atrás.

Algunas, sin embargo, eran recientes: angulosas y marcadas. ¿Qué las había provocado?

Uno de los hombres, el más alto, tenía el cabello castaño, ojos grises y piel clara: no era varante. Su acompañante, moreno y de pelo oscuro, parecía serlo. Hablaban entre ellos, ajenos al ajetreo de la ciudad. En el horizonte, el sol agonizante lanzaba sobre el mundo sus últimos rayos. Hacía fresco en Naraharaz, y aquellas horas del día eran las más agradables para pasear.

— Ésta era la antigua biblioteca, ¿no es así? —quiso saber Athran, el Dherasda. Su acompañante, Aradis, cofrade historiador, asintió con la cabeza.

— Así es —dijo Aradis —. La Gran Biblioteca de Narävhor. Muchos volúmenes se perdieron con el saqueo en tiempos de la guerra civil, pero aún así es un lugar sacrosanto para mis compañeros de la Dehni. Cuando reconquistamos esta ciudad nos preocupamos de devolver la biblioteca a su antigua gloria. Hemos traído muchos libros desde la capital.

El Guardián de los Muertos asintió. Tan sólo los Maestros cofrades historiadores podían acceder con libertad a la Biblioteca Real de Varendia. Podía haber solicitado un permiso especial, pero quería mantener en secreto el motivo de su visita. Al menos, por el momento.

— ¡Athran, aquí! —exclamó Aradis, tomando con cuidado uno de los pergaminos del estante. El Dherasda tosió mientras se reunía con su compañero; el polvo se había depositado allí sin pausa a lo largo de los años. En cada estantería de piedra, en cada libro, en cada mesa, Athran podía sentir el paso del tiempo. Aquél era un lugar antiguo.

Frunciendo el ceño, leyó el papel que su compañero le dejó. El título era escueto: De la Estrellada. Con toda seguridad existirían multitud de libros, ensayos o pergaminos con ese título, pero el párrafo que Aradis señalaba con el dedo hizo que el Dherasda se estremeciera.

— Pero, no puede ser…

De pronto, sintió el filo de una espada en el cuello. Todo su cuerpo se tensó. Alzó la vista: un segundo hombre apresaba del mismo modo a su amigo historiador.

— Será mejor que nos des eso —dijo con la voz ronca. Parecía varante, aunque su semblante era salvaje y amenazador. ¿Un habitante autóctono de lo que antiguamente se llamara Etzenselon? No… Athran había visto varios, y él no parecía uno de ellos... ¿o sí?. Allí había algo más… su rostro mostraba unos ojos crueles.

Athran hizo un gesto imperceptible a su amigo. Éste, arriesgando su propia vida, saltó con fuerza y golpeó con su cabeza la barbilla del agresor, mucho más alto. Athran se revolvió y logró desarmar a su oponente. Desenvainó Azrêil y lo dejó fuera de combate. El segundo hombre, tras reponerse, empujó a Aradis y arrancó el pergamino de las manos de Athran. Salió corriendo a una velocidad sorprendente; Athran, maldiciendo, lo siguió tan rápido como pudo.

La persecución se prolongó durante varios agónicos minutos por las estrechas calles cada vez más oscuras en la inminente llegada de la noche. Athran pidió a gritos la ayuda de la Guardia, hasta que finalmente el misterioso agresor fue derribado.

Jadeando, con una mano en el costado —que le dolía horriblemente—, Athran arrancó de las manos del ladrón el pergamino.

— No conseguirás encontrarla, esclavo del Viejo del Bosque… Tu destino ha sido sellado. Esta ciudad será consumida por los fuegos de la destrucción… y renacerá bajo el agua del Maestro de los Mares… Pero tú eres indigno de ese destino… ¡Morirás! ¡Larga vida al Cuervo!

Pareció entonces que mordía algo que tenía en la boca, y poco después cayó al suelo. Espasmos, murmullos incomprensibles… y el silencio. Su cuerpo quedó rígido en la tierra. Athran le tomó el pulso. Estaba muerto.

Aquella misma noche, Athran se acariciaba la escasa barba mientras contemplaba las llamas de la chimenea, absorto en sus reflexiones.

— ¿Entendiste las palabras del ladrón, Athran? —preguntó a su lado Aradis. El historiador se había vendado la herida en la cabeza, y parecía tener buen aspecto.

— Vagamente…

Apenas prestaba atención a su alrededor, concentrado en sus pensamientos. Tras las siniestras palabras del agresor, una inquietud creciente se había ido adueñando del Dherasda. El pergamino sobre la localización de la Estrellada —el motivo esencial de su presencia en Naraharaz— había quedado olvidado en el polvoriento cajón donde lo guardara.

— ¿A quién podría referirse cuando habló del “Viejo del Bosque” y el “Maestro de los Mares”?

Ésa era la pregunta clave. Athran creía saber la respuesta, pero había tenido la esperanza de que sólo fuera un vago temor. Sin embargo, la certeza aumentaba, aumentaba, imparable…

Recordaba las palabras del anciano de aquel lugar lejano… ¿Nilme Istyalvao era su nombre? Y recordaba sus avisos. Entonces le creyó, y en base a sus afirmaciones decidió afrontar la búsqueda de la Estrellada y, con ella, quizá, el taltaril de los varantes. Pero, sin embargo, sus amenazas sobre el Enemigo que llegaría… eran algo vago, más propio de las antiguas historias, de la época de la Guerra de Beleriand. Mas, sin embargo, las palabras del ladrón le habían traído de nuevo a la cruda realidad. Se sintió más atemorizado de lo que había previsto. No estaba preparado para una gran guerra.

— Creo que… tengo alguna idea sobre eso —respondió finalmente a la pregunta de Aradis—. Pero no ahora. Necesito ver a los generales. La ciudad se encuentra en grave peligro.

— ¿Tal como dijo el ladrón? Quizá sólo fuera un charlatán enfurecido.

— Hace falta mucho compromiso por una causa para suicidarse por ella —afirmó Athran, en alusión a la muerte voluntaria de su anónimo agresor—. No, de eso estoy seguro. Lo que dijo… Sabía de lo que hablaba. Pocos de entre nosotros saben lo que él sabía, Aradis. Es un conocimiento peligroso.

— Y nosotros, ¿estamos en peligro?

— Me temo que sí… quizá más aún de lo que nos atrevamos a imaginar.

[Editado por Thirian el 04-07-2008 01:28]

Escrito el 04-07-2008 00:32 #3

Los ánimos se habían calmado notablemente desde la llegada de Athran y los refuerzos militares. Una mayor cantidad de tropas vigilando las calles (“velando por la seguridad ciudadana”, tal como dirían eufemísticamente los propios soldados) era un método útil para contener las posibles rebeliones.

Athran, por su parte, puso en su sitio a los fanáticos religiosos. Muchos de ellos tenían poder en el Senado, pero no podían competir con la influencia de Athran. Por capacidad o por azar, se había convertido en la punta de lanza de una de las dos facciones del Senado. Conocía a gente importante, y aquellos déspotas camuflados con palabras santas lo sabían muy bien.

Enfurecido, Athran desmontó todas aquellas normas y prohibiciones que los religiosos —muchos de ellos de su propia cofradía— habían promulgado sin demasiado sentido. Con el ejército siempre marchaban algunos sujetos así, y era difícil tenerlos a raya si no marchaba con ellos alguna autoridad del estilo de Athran. “Y después se quejan de que haya revueltas y manifestaciones. Con tales seres enfermando nuestra sociedad… lo raro es que no se produjeran”, pensaba Athran, iracundo, mientras volvía a su residencia después de amenazar a los fanáticos. Desde luego, quizá exagerara diciendo que aquellos religiosos enfermaran a la sociedad… pero, al menos, a él sí le ponían enfermo.

Neyras ish Kalormen, Daresda de la Dûrmana Narävhoriant, suspiró al escuchar un golpeteo rítmico de la puerta de su habitación. Después de la jornada que había tenido que sufrir, tenía la esperanza de que, por fin, pudiera descansar. No fue así… y él no sabía hasta qué punto no sería así.

— Ah, Senador Athran —saludó con una inclinación de cabeza al recién llegado.

— Siento molestaros a estas horas, general —se disculpó Athran.

— Entonces, vayamos al grano y acabemos pronto, para beneficio de ambos —dijo Neyras, con una sonrisa afable. Era un hombre directo, pero de buen corazón. Athran sonrió, algo incómodo. No estaba muy seguro de que aquella noche fuera a terminar con ambos durmiendo plácidamente… había trabajo que hacer.

— Habéis escuchado el altercado de hoy con aquel ladrón —comenzó Athran.

— Ah, sí. Un asunto siniestro, sin duda. He ordenado a los pocos herbolarios de que disponemos estudiar la sustancia que el agresor ingirió antes de morir. Mañana me comunicarán los resultados.

— Bien hecho. Pero, querréis saber lo que el ladrón me dijo antes de caer fulminado…

La actividad en el Ejército se inició de un modo frenético. Tras la reunión de ambos, Athran y Neyras, el general había ordenado sin demora la puesta en marcha de la maquinaria de guerra. Las campanas de alarma de los torreones sonaron y los soldados, somnolientos, furiosos y sin comprender lo que ocurría, corrieron a armarse. Los arqueros fueron los primeros: enfundados en sus trajes ligeros de cuero o tela endurecida, las aljabas con sus flechas firmemente ceñidas al pecho y los arcos en mano, se situaron en los adarves y esperaron instrucciones, con disciplina. Un par de batallones de alshurenae corrieron junto a ellos para apoyarlos. A su espalda, en las calles de la ciudad y frente a la puerta de entrada —hace poco reparada—, más infantes ligeros y el grueso de los alturenae formaron dirigidos por sus capitanes. La mayoría de los caballeros desmontaron y decidieron combatir a pie; algunos hirlarenae y catafractos conservaron sus monturas.

Todo ello lo observaba Athran, dispuesto junto con los adrhantes enfundados en sus ropajes azules. De sus yelmos sobresalía un penacho con tres plumas negras.

— Espero que tengas razón y que todo este esfuerzo haya merecido la pena… —comentó Neyras—. Aunque, pensándolo mejor, prefiero que no la tengas. De otro modo, nos espera una dura batalla, y tengo suficientes motivos como para seguir viviendo.

De pronto, uno de los vigías observó un punto luminoso a lo lejos, en el oeste. Poco después se fueron sumando más y más. Pronto tuvieron en frente un voluminoso ejército haciendo sonar sus cuernos de guerra. ¿Cómo era posible?

Athran decidió subir a uno de los adarves, y desde allí pudo contemplar las huestes que avanzaban cada vez más. No hubo siquiera parlamento. El Dherasda entrecerró los ojos y vislumbró el emblema que los atacantes portaban: un extraño y terrorífico monstruo de muchos tentáculos junto con un cuervo negro sobre un desierto amarillo. Pocos de los varantes allí presentes lograron discernir el significado del símbolo, pero todos ellos se estremecieron y sintieron una congoja en el corazón. Pues ellos eran descendientes de los Borhala.

— ¡Un mal se cierne sobre nosotros, mis soldados! —oyó exclamar a Neyras—. Hemos llegado hasta aquí, y hemos devuelto a esta ciudad al pueblo al que pertenece. ¡Naraharaz siempre llevará el espíritu varante inscrito en cada piedra de sus edificios!

» Mas aquí estamos. Todos contempláis con incomprensión y miedo las huestes que nos asedian hoy. ¿Quiénes son, de qué extraño lugar proceden? ¡Yo os lo diré! ¡De los abismos! ¡De las Magras Residencias de Nidrant la Destructora! —las Magras Residencias o las Residencias Sombrías, en oposición al Etéreo, son el equivalente varante al infierno—. Hemos combatido contra gentes de todas las procedencias, mis soldados, mis hermanos. Hemos conquistado y hemos retrocedido. Hemos ganado batallas y las hemos perdido. ¿Cuántos de vosotros dudabais de la buena voluntad del Senado? ¿Cuántos murmuraban contra la hipocresía que os arrancó de vuestros hogares? ¡Cuánta razón tendréis muchos de vosotros!

» Pero hoy, varantes, en este día nos ata un deber distinto. ¡En este día, varantes, no luchamos por políticos ni por mero interés! ¡En este día, hermanos de sangre, luchamos por el alma de nuestro país! Pues no son hombres los que esperan para combatirnos, sino la negra mano del Mal. ¡Mirad su emblema, y preguntad a vuestro corazón! ¿Qué os dice, honorable raza de los Bäirshada? ¡Ellos no son como vosotros! No conocen el miedo, no conocen la piedad. Dudad, y moriréis.

» ¡Es hora de cumplir con nuestro deber! ¡Sois varantes! ¡Demostradlo! ¡Por Al’Darme, y por Al’Varant!

Un clamor inmenso se extendió a su alrededor. Athran sonrió, enardecido. Desde luego, Neyras era un orador notable.

Las flechas arreciaron por ambos bandos; los alvharenae eran arqueros expertos, pero muchos de ellos perecieron aquel día. Los atacantes utilizaban extrañas y siniestras máquinas que movían mediante criaturas inmensas y diabólicas que los varantes jamás habían visto. Había hombres gigantes, duros como la roca, que arrasaban a su paso y se valían por sí solos para empujar arietes y torres de asedio.

Pero lo peor estaba por llegar. Athran escuchó, mientras se movía inquieto en el adarve, un rugido que se le antojó familiar. Con el corazón en el puño, observó la negrura y buscó con angustia. Por fin, los vio. Hombres montando grandes lagartos que escupían fuego. Se estremeció. Los Jinetes del Desierto habían venido.

Pese a la disciplina y la valentía de los defensores, las líneas se tambalearon, como lo hizo la Puerta de Elhena al sentir el empuje del ariete. Las palabras de Neyras habían quedado en el olvido, y el empuje de los invasores los hacía retroceder. ¿Qué sabían lo varantes de los trolls, de los malvados cuervos espía del Enemigo? ¿Qué sabían de los domadores de dragones, aparte de las historias que ocasionalmente contaban los nómadas sobre su enemigo eterno? Se habían metido de lleno en una historia épica que no comprendían y de la que nunca habían escuchado.

Los primeros asaltantes llegaron a las murallas y, lentamente, ellos se replegaron. La puerta aguantaba, pero no lo haría por mucho tiempo.

Athran combatía con toda la destreza que pudo reunir. Abatió a uno de los soldados enemigos tras una fiera disputa; se tambaleó, desequilibrado, y recibió un feo corte en el muslo. Cayó al suelo, y se encontró vulnerable frente a uno de los hombres del emblema siniestro.

— ¡Por el Gran Cuervo! —gritaban muchos de ellos en un acento rudo y malvado del varante clásico. Y las grandes bandadas de cuervos parecían responder jubilosas con una sucesión interminable de chirriantes graznidos.

Pero Athran, atrapado, no prestaba atención. Su oponente se acercó para rematarle… pero el golpe nunca llegó. Un extraño hombre de baja estatura y larga barba lo mató de un hachazo.

— ¡Gracias! —dijo Athran sonriendo. Aquella sería la primera vez que tomaría contacto con Elaren.

La puerta cedió, y los atacantes entraron en tropel. Los Rar, los Hombres Grandes, como llamaban los varantes con pavor a los trolls —y como los llamarían a partir de entonces—, masacraron a las primeras filas. Improvisados piqueros —los varantes no están acostumbrados a usar picas o lanzas en el combate, tan sólo lanzas cortas para los milicianos— lograron contener el empuje, pero la batalla iba mal. No conocían a aquellos enemigos. Sus elaboradas e inteligentes tácticas se habían quedado obsoletas ante el arma más poderosa de que un ejército podía disponer. El Miedo.

Athran jadeaba, cansado, mientras intentaba contener como fuera a los enemigos que trataban de descender a las calles por el torreón. No podría detenerlos durante mucho tiempo. Escuchó a su capitán ordenándole que se retirara. Tras él, algunos arqueros estaban preparados para disparar y proporcionarle cobertura. Dio media vuelta y corrió por las escaleras de piedra.

Y mientras lo hacía, escuchó resonar una nota extraña a lo lejos. Por primera desde que se iniciara la batalla… sonrió.

[Editado por Thirian el 04-07-2008 01:35]

Escrito el 04-07-2008 01:19 #4

Podría parecer lo contrario a simple vista, pero nada ocurre por azar en el desierto. La arena cambia, se deposita, se mueve, vuela mecida por el viento… Y el viento es el gran portavoz de Adaner, el Dios del Agua y el Equilibrio. Así lo creen los nómadas.

Los Viajeros del Desierto comprenden al viento, escuchan sus mensajes: susurra la mayor parte del tiempo y clama, exaltado, cuando se desata una tormenta de arena. El viento es el alma de los nómadas, pues es Sabio, y siempre errante…

Tiempo atrás, los nómadas se acostumbraron a escuchar al desierto, y en especial al viento y sus palabras, pues son más fáciles de comprender: el desierto es mudo, caprichoso y ambiguo.

Aquel día, Imehed el Nómada se sentía intranquilo. Como siempre hacía, se sentó con calma, cobijado del sol por una palmera en el oasis donde su grupo había pasado la noche, y acompasó el ritmo de su corazón a los vaivenes del aire. Cerró los ojos y se dejó llevar. Escuchó la música que el viento transportaba. Y le preocupó lo que escuchó.

— ¿Qué ocurre, Imehed? —preguntó uno de sus compañeros al discernir las arrugas en su rostro anciano.

— Los Vientos están intranquilos. Una presencia sombría está mancillando las tierras de este lugar. Nuestro enemigo ha venido. La gran ciudad de Narävhor caerá. Los Arún han llegado.

Se extendió un murmullo entre los nómadas que lo escuchaban. El líder de todos ellos, Arashtos, se adelantó y les habló.

— Si los Arún han llegado, es nuestro momento. Los nómadas contemplan el Reloj de arena de la Historia, pero no lo giran ni se atreven a cambiarlo. Pero nuestro deber es el de combatir a las bestias de fuego, para con Adaner y para con el Desierto. Es el momento. Reuniremos a nuestro pueblo.

Cuando Athran escuchó aquella nota grave en el aire, no pudo evitar sentir júbilo. Miró al cielo. La noche era cerrada, y brillaban pocas estrellas. Algunas llamas crepitaban ya a su espalda, en la ciudad. Pero prestó poca atención a aquellos detalles. El Cuerno de Guerra había sonado de nuevo desde hacían ya varios siglos. Los nómadas habían decidido luchar en la guerra.

— ¡Los nómadas vienen, los nómadas vienen! —exclamó para arengar a los soldados. Una oleada de júbilo y esperanza se extendió entre la gente. Una tropa de infantes pesados se hizo fuerte frente a uno de los torreones y consiguió hacer retroceder a los tropas hacia el adarve. Abajo, en las calles, una improvisada línea de alshurenae disparó hacia las murallas. Otros muchos enemigos cayeron hacia el exterior. La Puerta, ya dada por perdida, se retomó de nuevo, aunque sólo temporalmente. Pero Athran siguió a los hombres que se habían aventurado a los muros, y contempló esperanzado el ataque de los nómadas. Montados en sus caballos, habían formado un círculo en permanente movimiento y disparaban sus arcos compuestos hacia el ejército que acampaba.

Athran tuvo una idea. Había más puertas en la ciudad, aunque los asaltantes se habían concentrado en sólo una. Corrió hacia los jinetes que esperaban órdenes, aún sin haber entablado combate. Montó a uno de los caballos como pudo —la herida en el muslo le producía un dolor lacerante— y cabalgó hacia una de las puertas laterales. Los cataphractae y los hirlarenae lo siguieron.

Cuando los seguidores del Cuervo se vieron atrapados por dos frentes de jinetes, el Emblema negro se tambaleó. Los pocos soldados varantes que continuaban con vida redoblaron sus esfuerzos, y el combate se desplazó a campo abierto. Los nómadas, de improviso, cargaron con ferocidad con sus caballos y arrasaron con buena parte del flanco derecho del ejército enemigo. El centro resistió, pero el flanco izquierdo fue aniquilado por la presión de la caballería pesada dirigida por Athran y los capitanes. En retaguardia, los Arún estremecieron a los soldados varantes, que sentían miedo sólo de ver a las malévolas bestias. Pero los nómadas sabían cómo atacarlos. Ellos eran los hijos de Adaner. Ellos eran los protectores del desierto.

Poco a poco, uno a uno, los lagartos del desierto fueron muriendo. Cuando se ordenó retirada, muchos de ellos fueron abatidos por las flechas de los nómadas, que conocían sus puntos débiles.

Pero Neyras ish Kalormen, Daresda de la Dûrmana Narävhoriant, o de lo que quedaba de ella, no había perdido el juicio. Perseguir a aquellos seres en el desierto podía suponer la pérdida definitiva de su ejército. Los supervivientes se reagruparon, y volvieron a la muralla, cabizbajos, pesarosos, abrumados. Aquel había sido un día negro.

Agotado, Athran contempló a la multitud de cuerpos que poblaban las improvisadas residencias de los curanderos. Hizo una mueca de dolor cuando el médico comenzó a coserle la herida. No era algo agradable, a pesar de que había tomado algunas hierbas varantes para mitigar el dolor.

Suspiró, y una solitaria lágrima corrió por su rostro. Se tapó la cara con la mano, y lloró en silencio. Lloró por pena, por frustración, por ira. Lloró porque era joven, y no comprendía cómo podía existir tal maldad en el mundo.

Un hombre se sentó a su lado. Era Neyras, el general, que tenía la frente vendada.

— Hoy, los nómadas nos han salvado. Es un día triste para nosotros. Es un día triste para Al’Varant. Son muchos los varantes que han partido prematuramente al Etéreo… pero han hecho algo bello, Athran. Siempre he sentido congoja desde que ocupamos esta ciudad porque me sentía un extraño, a pesar de las raíces varantes que Naraharaz tiene. Sentía que no tenía derecho para estar aquí. Pero hemos cumplido nuestro cometido. Hemos hecho algo bueno, y nadie podrá decir que no ha sido así. Los que aquí han caído son héroes, y el Desierto los acogerá con agrado. Y sus seres queridos nunca podrán decir que ellos murieron en vano.

— Pero murieron —susurró Athran—. No en vano, pero lo hicieron. Lo que me ofreces es un triste consuelo —se dio cuenta de que estaba tuteando al Daresda, pero no le importó. Aquello le resultaba indiferente, irrisorio, voluble en comparación con la magnitud de la pérdida.

— Lo sé, Athran, pero es lo único que puedo darte… que puedo darnos. Yo soy un militar, y ya he vivido con este dolor. Pero tú, aún siendo un extraño, eres un Guardián de los Muertos. Tu cometido no es sólo invocar a los difuntos. Cumple con tu deber, y te sentirás en armonía contigo mismo.

Con estas palabras, Neyras se fue. Pero Athran ya sabía lo que debía hacer. Tras ser curado, se levantó y procuró consolar a unos y a otros, intentando hacer más llevaderos sus últimos momentos.

En cierto momento, se cruzó con el extraño hombre pequeño de la barba larga. Athran sonrió con gratitud.

— Buenos días —dijo—. Creo que debo darte las gracias. Anoche me salvaste la vida.

Las miradas de ambos se encontraron.

[Editado por Thirian el 04-07-2008 01:40]

Escrito el 07-07-2008 00:19 #5

Resumen de la batalla.

Al Varant ha perdido 28 armadas x35= 980 puntos.

Recuperables: 441 puntos.

Valoraciones: 9.2 + 9 + 9.2 + 9 + 8 = 8.88

Recupera: 392 puntos.

Pierde: 588 puntos.

Por la participación en la batalla, Al Varant obtiene 600 monedas.

Compañías actualizadas y listas.

Por la participación en la batalla se reparten 220 Nóti.

Por las historias se entregan 96 Nóti.

Saludos!

Historia finalizada.