Los ánimos se habían calmado notablemente desde la llegada de Athran y los refuerzos militares. Una mayor cantidad de tropas vigilando las calles (“velando por la seguridad ciudadana”, tal como dirían eufemísticamente los propios soldados) era un método útil para contener las posibles rebeliones.
Athran, por su parte, puso en su sitio a los fanáticos religiosos. Muchos de ellos tenían poder en el Senado, pero no podían competir con la influencia de Athran. Por capacidad o por azar, se había convertido en la punta de lanza de una de las dos facciones del Senado. Conocía a gente importante, y aquellos déspotas camuflados con palabras santas lo sabían muy bien.
Enfurecido, Athran desmontó todas aquellas normas y prohibiciones que los religiosos —muchos de ellos de su propia cofradía— habían promulgado sin demasiado sentido. Con el ejército siempre marchaban algunos sujetos así, y era difícil tenerlos a raya si no marchaba con ellos alguna autoridad del estilo de Athran. “Y después se quejan de que haya revueltas y manifestaciones. Con tales seres enfermando nuestra sociedad… lo raro es que no se produjeran”, pensaba Athran, iracundo, mientras volvía a su residencia después de amenazar a los fanáticos. Desde luego, quizá exagerara diciendo que aquellos religiosos enfermaran a la sociedad… pero, al menos, a él sí le ponían enfermo.
Neyras ish Kalormen, Daresda de la Dûrmana Narävhoriant, suspiró al escuchar un golpeteo rítmico de la puerta de su habitación. Después de la jornada que había tenido que sufrir, tenía la esperanza de que, por fin, pudiera descansar. No fue así… y él no sabía hasta qué punto no sería así.
— Ah, Senador Athran —saludó con una inclinación de cabeza al recién llegado.
— Siento molestaros a estas horas, general —se disculpó Athran.
— Entonces, vayamos al grano y acabemos pronto, para beneficio de ambos —dijo Neyras, con una sonrisa afable. Era un hombre directo, pero de buen corazón. Athran sonrió, algo incómodo. No estaba muy seguro de que aquella noche fuera a terminar con ambos durmiendo plácidamente… había trabajo que hacer.
— Habéis escuchado el altercado de hoy con aquel ladrón —comenzó Athran.
— Ah, sí. Un asunto siniestro, sin duda. He ordenado a los pocos herbolarios de que disponemos estudiar la sustancia que el agresor ingirió antes de morir. Mañana me comunicarán los resultados.
— Bien hecho. Pero, querréis saber lo que el ladrón me dijo antes de caer fulminado…
La actividad en el Ejército se inició de un modo frenético. Tras la reunión de ambos, Athran y Neyras, el general había ordenado sin demora la puesta en marcha de la maquinaria de guerra. Las campanas de alarma de los torreones sonaron y los soldados, somnolientos, furiosos y sin comprender lo que ocurría, corrieron a armarse. Los arqueros fueron los primeros: enfundados en sus trajes ligeros de cuero o tela endurecida, las aljabas con sus flechas firmemente ceñidas al pecho y los arcos en mano, se situaron en los adarves y esperaron instrucciones, con disciplina. Un par de batallones de alshurenae corrieron junto a ellos para apoyarlos. A su espalda, en las calles de la ciudad y frente a la puerta de entrada —hace poco reparada—, más infantes ligeros y el grueso de los alturenae formaron dirigidos por sus capitanes. La mayoría de los caballeros desmontaron y decidieron combatir a pie; algunos hirlarenae y catafractos conservaron sus monturas.
Todo ello lo observaba Athran, dispuesto junto con los adrhantes enfundados en sus ropajes azules. De sus yelmos sobresalía un penacho con tres plumas negras.
— Espero que tengas razón y que todo este esfuerzo haya merecido la pena… —comentó Neyras—. Aunque, pensándolo mejor, prefiero que no la tengas. De otro modo, nos espera una dura batalla, y tengo suficientes motivos como para seguir viviendo.
De pronto, uno de los vigías observó un punto luminoso a lo lejos, en el oeste. Poco después se fueron sumando más y más. Pronto tuvieron en frente un voluminoso ejército haciendo sonar sus cuernos de guerra. ¿Cómo era posible?
Athran decidió subir a uno de los adarves, y desde allí pudo contemplar las huestes que avanzaban cada vez más. No hubo siquiera parlamento. El Dherasda entrecerró los ojos y vislumbró el emblema que los atacantes portaban: un extraño y terrorífico monstruo de muchos tentáculos junto con un cuervo negro sobre un desierto amarillo. Pocos de los varantes allí presentes lograron discernir el significado del símbolo, pero todos ellos se estremecieron y sintieron una congoja en el corazón. Pues ellos eran descendientes de los Borhala.
— ¡Un mal se cierne sobre nosotros, mis soldados! —oyó exclamar a Neyras—. Hemos llegado hasta aquí, y hemos devuelto a esta ciudad al pueblo al que pertenece. ¡Naraharaz siempre llevará el espíritu varante inscrito en cada piedra de sus edificios!
» Mas aquí estamos. Todos contempláis con incomprensión y miedo las huestes que nos asedian hoy. ¿Quiénes son, de qué extraño lugar proceden? ¡Yo os lo diré! ¡De los abismos! ¡De las Magras Residencias de Nidrant la Destructora! —las Magras Residencias o las Residencias Sombrías, en oposición al Etéreo, son el equivalente varante al infierno—. Hemos combatido contra gentes de todas las procedencias, mis soldados, mis hermanos. Hemos conquistado y hemos retrocedido. Hemos ganado batallas y las hemos perdido. ¿Cuántos de vosotros dudabais de la buena voluntad del Senado? ¿Cuántos murmuraban contra la hipocresía que os arrancó de vuestros hogares? ¡Cuánta razón tendréis muchos de vosotros!
» Pero hoy, varantes, en este día nos ata un deber distinto. ¡En este día, varantes, no luchamos por políticos ni por mero interés! ¡En este día, hermanos de sangre, luchamos por el alma de nuestro país! Pues no son hombres los que esperan para combatirnos, sino la negra mano del Mal. ¡Mirad su emblema, y preguntad a vuestro corazón! ¿Qué os dice, honorable raza de los Bäirshada? ¡Ellos no son como vosotros! No conocen el miedo, no conocen la piedad. Dudad, y moriréis.
» ¡Es hora de cumplir con nuestro deber! ¡Sois varantes! ¡Demostradlo! ¡Por Al’Darme, y por Al’Varant!
Un clamor inmenso se extendió a su alrededor. Athran sonrió, enardecido. Desde luego, Neyras era un orador notable.
Las flechas arreciaron por ambos bandos; los alvharenae eran arqueros expertos, pero muchos de ellos perecieron aquel día. Los atacantes utilizaban extrañas y siniestras máquinas que movían mediante criaturas inmensas y diabólicas que los varantes jamás habían visto. Había hombres gigantes, duros como la roca, que arrasaban a su paso y se valían por sí solos para empujar arietes y torres de asedio.
Pero lo peor estaba por llegar. Athran escuchó, mientras se movía inquieto en el adarve, un rugido que se le antojó familiar. Con el corazón en el puño, observó la negrura y buscó con angustia. Por fin, los vio. Hombres montando grandes lagartos que escupían fuego. Se estremeció. Los Jinetes del Desierto habían venido.
Pese a la disciplina y la valentía de los defensores, las líneas se tambalearon, como lo hizo la Puerta de Elhena al sentir el empuje del ariete. Las palabras de Neyras habían quedado en el olvido, y el empuje de los invasores los hacía retroceder. ¿Qué sabían lo varantes de los trolls, de los malvados cuervos espía del Enemigo? ¿Qué sabían de los domadores de dragones, aparte de las historias que ocasionalmente contaban los nómadas sobre su enemigo eterno? Se habían metido de lleno en una historia épica que no comprendían y de la que nunca habían escuchado.
Los primeros asaltantes llegaron a las murallas y, lentamente, ellos se replegaron. La puerta aguantaba, pero no lo haría por mucho tiempo.
Athran combatía con toda la destreza que pudo reunir. Abatió a uno de los soldados enemigos tras una fiera disputa; se tambaleó, desequilibrado, y recibió un feo corte en el muslo. Cayó al suelo, y se encontró vulnerable frente a uno de los hombres del emblema siniestro.
— ¡Por el Gran Cuervo! —gritaban muchos de ellos en un acento rudo y malvado del varante clásico. Y las grandes bandadas de cuervos parecían responder jubilosas con una sucesión interminable de chirriantes graznidos.
Pero Athran, atrapado, no prestaba atención. Su oponente se acercó para rematarle… pero el golpe nunca llegó. Un extraño hombre de baja estatura y larga barba lo mató de un hachazo.
— ¡Gracias! —dijo Athran sonriendo. Aquella sería la primera vez que tomaría contacto con Elaren.
La puerta cedió, y los atacantes entraron en tropel. Los Rar, los Hombres Grandes, como llamaban los varantes con pavor a los trolls —y como los llamarían a partir de entonces—, masacraron a las primeras filas. Improvisados piqueros —los varantes no están acostumbrados a usar picas o lanzas en el combate, tan sólo lanzas cortas para los milicianos— lograron contener el empuje, pero la batalla iba mal. No conocían a aquellos enemigos. Sus elaboradas e inteligentes tácticas se habían quedado obsoletas ante el arma más poderosa de que un ejército podía disponer. El Miedo.
Athran jadeaba, cansado, mientras intentaba contener como fuera a los enemigos que trataban de descender a las calles por el torreón. No podría detenerlos durante mucho tiempo. Escuchó a su capitán ordenándole que se retirara. Tras él, algunos arqueros estaban preparados para disparar y proporcionarle cobertura. Dio media vuelta y corrió por las escaleras de piedra.
Y mientras lo hacía, escuchó resonar una nota extraña a lo lejos. Por primera desde que se iniciara la batalla… sonrió.
[Editado por Thirian el 04-07-2008 01:35]