Thara había desenfundado la espada que también le consiguiera Tharion para engañar al Senado y hacerse pasar del ejército; sin embargo, no la usaba. Se mantuvo pegada a los escuderos para protegerse los ojos y mirar la forma de cómo llegar hasta la torre. L'nh-rêl había estado ocupada en salvar la vida de sus hombres, había conseguido levantarse a pesar de la sopresa y las bajas, de pronto recordó a la joven y la miró, sospechó sus intenciones y se dirigió hasta ella.
- Es imposible llegar hasta allá. Además no queda nadie vivo ahí, tú lo viste. Lo siento... -Thara lloraba, no podía volver sin su hermano, sin su Tharion ¿Qué les diría a su madre y a Thegund apenas repuestos?-. Si vas, tú también morirás, es mejor que lloren un cuerpo y no dos.
La elfa parecía leerle el pensamiento. Una embestida cayó por el lado donde se encontraban. L'nh-rêl apoyada de muchos otros, combatió cuerpo a cuerpo. Thara no podía ver con claridad, se enjugó los ojos y tomó el mango de la espada con ambas manos, la giró un par de veces y entonces, asestó. Se abriría paso aunque tuviera que matar a personas inocentes.
Un grupo conformado por 33 hombres, resistía en la plaza, a unos cuantos metros de donde habían llegado los capitanes con el fuerte del batallón, por ello los lambarianos arreciaron su furia para evitar el encuentro, pues aunque alguien entre ese grupo les aterraba, también los llenaba de odio y deseaban darle muerte. Era un varante sin escrúpulos y los guiaba, había visto la formación con los capitanes y, poniendo en llegar a ellos su empeño y su mente, asesinaba como una fiera desatada a todo aquel que se le cruzara.
Pisando muertos llegaron al fin con los demás, L'nh-rêl daba la orden de dirigirse a las afueras de la ciudad, de ser necesario podían organizarse y contraatacar. Thara vio a aquel guerrero terrible y sediento de sangre, lo reconoció, Tharion. Recordó cómo siendo un niño tan pequeño había disfrutado dar muerte a su primer infortunado con sus pequeñas manos, la víctima, su hermano Therond. Thara se estremeció y alzó un grito entre el bullicio y el llanto de la batalla, a tal grado de provocarle un desgarre en la garganta y quedando semi-muda un par de días.
- ¡Basta! ¡No derrameís más sangre! ¿No ven el miedo en nuestros rostros? ¿entre los rostros conocidos y los extraños? ¡Parad el ataque, os lo suplico! ¡Nos retiramos y no volveremos, dejadnos ir! No ensucieís más su tierra.
Los lambarianos, más por cansancio, que por las súplicas de aquella desconocida, cesaron y los dejaron marchar. Thara gritó a los varantes: -¡Regresamos a Varendia!
Todos obedecieron, lo que deseaban era salir de aquella trampa, después de todo, afuera, un tanto lejos de la ciudad, esperarían la orden válida, la de su capitán, la elfa L'nh-rêl.