7 Aqua Duir.
Althira había decidido viajar a Breald después de hablar con Emmârdin y Aranarth sobre la leyenda del caldero Aldakune. Por ello, había ido aquella mañana a Dâkosto a decírselo a su hermano. Sin embargo, aunque la assana le había contado parte de la historia sobre el Aldakune que había sabido por Emmardîn y Aranarth, al Artadako no le parecía una idea buena que su hermana fuera a Breald.
- No, Thira. Breald está muy lejos y sus habitantes bastante inquietos. Nos están llegando informes poco alentadores. Hay peligro de que haya una revuelta. No voy a dejarte ir.
- Venga Tath. Es importante. Ellos estaban ya aquí cuando llegamos. Podrían tener información muy interesante… Sobre el Aldakune… -añadió casi murmurando. –Sólo es una visita a la biblioteca… tienes innumerables tropas alrededor… ¿qué puede pasar?
- ¡Sólo es una biblioteca! –repitió Tath exasperado. –La última vez que visitaste una biblioteca casi te secuestran y acabaste en unas ruinas en el centro del continente… -dijo con voz preocupada. – Las bibliotecas de aquí son mucho mejores que la de Breald. No sé por qué te empecinas en… -dijo mientras se dirigía a la puerta, al fin y al cabo no podía negarle nada a su hermana. -¡Cuando llegue Northiêl le decís que venga! –gritó a alguien que Althira no pudo identificar.
- ¿Eso significa que me dejas ir? –preguntó Althira esperanzada.
- Eso significa que Northiêl te acompañará. Si vas a Breald para averiguar si la leyenda del caldero es cierta… será mejor que te acompañe alguien que esté metido en ese embrollo.
Althira y Tathâral aún pasaron un rato hablando antes de que Northiêl apareciera por la puerta de forma atolondrada y con Nothal colgado de su espalda.
- Me han dicho que me llamabas, Capi –dijo apenas entró. –Oh, aret assana Althira –saludó al ver a la hermana del artadako. –No sabía que estabas reunido, Tath. Si quieres vuelvo luego.
- Tranquila Nor, tengo que pedirte algo –Northiêl lo miró con curiosidad. - Thira quiere ir a Breald a mirar no sé qué de una leyenda… -continuó Tath mirando de reojo a Althira, pues ésta le había contado que la información era confidencial. –Nor, quiero que cuides de ella y que nada malo le pase –dijo con el semblante serio.
- Claro capi, Aiwë y yo iremos a Breald con ella y le ayudaremos a investigar… -dijo Northiêl con tranquilidad.
- No, no. No quiero que llaméis la atención y Breald está llena de soldados nuestros. Iréis las dos solas. Serás su guardaespaldas particular –bromeó sonriendo. –Puedo contar contigo, ¿no?
- Claro Capi. Ya sabes que estoy a tu entera disposición. Iré a prepararlo todo. Partiremos cuando la assana diga.
Al día siguiente, Northiêl recogió a Althira en la puerta de su casa. Llevaba sus ropas habituales, una capa de viaje y una bolsa con víveres y alguna muda. A su lado, una leona descansaba en el suelo, a la sombra, y sólo levantó la cabeza cuando la assana cerró definitivamente la puerta para partir.
- ¿Qué es eso? –preguntó Althira al verla. Ante la desconfiada pregunta, la leona gruñó.
- Está bien, Lahna. Es Althira –dijo señalando a la assana. –Si hiciera falta tendrías que dar tu vida por ella, así que no gruñas demasiado –dijo acercando la leona a la sacerdotisa, que la miró desconfiada. –Ésta es Lahna, nuestra compañera de viaje… y tu otra guardaespaldas. Será mejor que te lleves bien con ella. No hace nada. Deja que te huela y te reconozca y ya está –pidió mientras acariciaba a la leona.
- Estás loca –dijo Althira mientras, después de que la leona se separara de ella, iba a buscar su caballo.
El viaje a Breald fue tranquilo y agradable. No tenían prisa, así que mantenían un ritmo constante y ligeramente rápido pero evitaban cansarse en exceso. En general, Northiêl se dedicaba a hablar sin parar de cosas banales y Althira escuchaba. Como no parecía desagradarle que hablara, Northiêl no dejaba de hacerlo. La assana se acostumbró pronto a la presencia de Lahna. Northiêl se había ocupado de ella desde que la cercara en Kwalm Lâra y, para entonces, la leona era completamente mansa a menos que la elfa ordenara lo contrario.
Sólo una noche hablaron de lo que iban a hacer en Breald.
- ¿Por qué tanto interés en esa ciudad? –preguntó al fin Northiêl.
- Mi padre siempre decía que el enviado a esconder el aldakune había visitado varias ciudades de la zona antes de elegir el lugar ideal para esconderlo y, que si algún día se perdían las pistas que había en nuestras tierras, las ciudades del Aldalaurë ayudarían a encontrarlo al que lo buscara. Por supuesto, entonces nuestra tierra era el otro extremo del bosque… y yo pensaba que se refería a aquellas ciudades… Bueno, en realidad yo pensaba que esto sólo era una leyenda –dijo al final.
- Ya veo… deberíamos habértelo dicho antes. Aiwë y yo llevamos meses buscando pistas sin encontrar nada. Supongo que quisimos movernos demasiado poco. No hemos llegado a salir de Galador.
- Galador es posterior a la pérdida del aldakune. Las fronteras no estaban entonces. No podéis acotar tanto la zona.
- Sí, supongo que tienes razón. Tal vez nos lo hemos tomado con demasiada tranquilidad –dijo Northiêl de forma simple, como quien dice una curiosidad.
En Breald las recibió Kelnêtir, que estaba a cargo de la ciudad.
- Soy Northiêl Dusuik y vengo acompañando a la assana.
- Por supuesto, pasad. Nos llegó un mensaje del Artadâko hace unos días. Os esperábamos ayer…
- Hemos tenido un viaje tranquilo. No había prisa por llegar –contestó Northiêl con tranquilidad.
- Por supuesto. Aunque habéis elegido mala época para visitar Breald, assana –dijo dirigiéndose a Althira. –Las gentes están inquietas. Al liberarlos de su antiguo rey nos acogieron bien pero no les gusta rendir culto a Nensir. No hay manera de hacerles entender la importancia que tiene cada ritual…
- Tal vez se inquietarían menos si respetáramos lo que piensan –dijo Northiêl sin pensarlo. Tanto Althira como Kelnêtir se la quedaron mirando como si hubiera negado a Nensir.
- En cualquier caso –intervino Althira. –Debemos darles tiempo para que se den cuenta de que Nensir realmente merece que se lo adore así.
- Por supuesto, assana. Bueno, ésta es la biblioteca. – dijo señalando un edificio que había al lado de ellas.- Acomodaremos una casa cercana para que puedan instalarse. Es un placer tener a alguien del consejo entre nosotros –dijo antes de retirarse.
Northiêl hizo un gesto con la mano para despedirlo. Cuando estuvo lo suficientemente lejos como para que no la oyera, murmuró: “por supuesto, todos serán más felices cuando se conviertan en pequeños aldalântar muy educados y hayan perdido lo que les caracterizaba como pueblo…”
- ¿Por qué eres tan agnóstica? –dijo Althira, que sí la había oído. –Puede que tras probarlo, se den cuenta de que Nensir es la solución a sus problemas. Tú eres aldalânta, deberías entenderlo.
Northiêl se encogió de hombros y, tras ordenar a Lahna que se ocupara de que nadie hiciera daño a Althira, le dijo que iba a dar una vuelta por la ciudad.
La ciudad era un lugar agradable, o lo hubiera sido si la elfa no se hubiera sentido amenazada con cada mirada de los lugareños. Pasara por donde pasara, había gente en la calle. Por una parte estaban los soldados aldalântar que, al reconocerla, la saludaban con alegría y se acercaban a ella para preguntarle cómo seguían las cosas en Neitillot. Y luego estaba la gran masa: gente que la miraban con odio y desconfianza. Northiêl se sentía identificada con ellos. Sabía que de haber nacido en Breald, se comportaría igual.