El campo de batalla se encuentra salpicado ya de innumerables charcos de barro ensangrentado, creados por la sangre de los cientos de cadáveres y heridos que lo cubren.
Elesinyê hunde el pie en uno de esos charcos, trastabillando y perdiendo el equilibrio, para caer finalmente sobre un montón de cuerpos caídos.
- ¡Maldición! – su voz se pierde entre los gritos de batalla.
A lo lejos puede ver el yelmo de bronce de Serkendil.
- ¡No dejéis que se replieguen en la ciudad! ¡Cerradles el paso! ¡Mantened el círculo!
Son órdenes que de momento ella no puede cumplir. Sentada en el suelo, se quita el yelmo y lo arroja lejos con ira, maldiciendo de nuevo mientras introduce las manos por debajo de la bota para palpar el tobillo.
“No esta roto, aunque no por eso dejes de ser una estúpida”, piensa, mientras siente una punzada de dolor. “Y si no está roto, puede mantener en pie a un soldado Nurulântar”.
Los tambores de la batalla cada vez se alejan más de ellos, a medida que el ejercito de Nore se repliega hacia la ciudad, y el de Narwa lo acosa en su retirada. El campo de batalla parece ahora un desierto, si no fuera por los gemidos que escapan de los heridos, ocultos entre los muertos.
Finalmente se decide a incorporarse, a pesar de que el tobillo está cada vez más hinchado dentro de la bota, cuando siente el filo de una hoja pequeña aferrándose a su cuello, y unas manos rugosas que la retienen desde atrás.
- ¡Maldición! – parece condenada a encadenar un error tras otro, pese a que su mente comienza rápidamente a intentar encontrar una salida.
- Maldices demasiado, elfa – la voz es áspera, a pesar de la ironía de sus palabras.
- Sólo lo hago en momentos como éste – responde ella – Pero creo que estás cometiendo un gran error, señor enano.
Silencio. La hoja de la daga tiembla ligeramente, mientras su captor duda.
- ¿Cómo sabes que soy un enano? – pregunta finalmente.
- Principalmente porque aunque estás de pie y siento tu aliento en el cuello, tu bota acaba de golpearme en la espalda. Pero si no fuera suficiente con eso, el olor a cueva siempre os delata.
- Muy gracioso, elfa. Muy gracioso. Al menos morirás con una sonrisa en el rostro.
- Eso espero – Elesinyê sonríe, pero él no puede ver la ironía en sus ojos – Sin embargo no será hoy.
- ¿Acaso crees que no terminaré lo que he empezado? – el enano presiona nuevamente la daga en su garganta, y Elesinyê siente como la sangre brota en una pequeña herida.
- No en cuanto te des cuenta de qué es lo que está presionando bajo tu estómago – responde.
Un nuevo silencio, y una nueva duda. El enano cobra conciencia entonces de la presión que ejerce la espada de la elfa en su entrepierna. No ha tenido que moverse mucho para colocarla en esa posición, y ni siquiera se ha dado cuenta hasta ahora.
- Sin duda no será una herida mortal de necesidad. Es más, te aseguro una muerte lenta y muy, muy dolorosa. ¿Qué decides?
- Eres astuta, sin duda. ¿Pero por qué habría de fiarme de ti? Si accedo a liberarte, puede que me mates de todas formas.
- Puede. No creas que no estaré tentada de hacerlo – responde ella con sinceridad – Pero te doy mi palabra de que no será así.
Un olor a humo llega hasta ellos desde la ciudad. Elesinyê fija la mirada en la colina, y en los muros de piedra y hiedra verde, y la ciudad parece una enorme hoguera encendida para dar la bienvenida a las primeras luces del amanecer.
- Está bien – el enano parece haber decidido por fin que prefiere vivir – Contaré hasta tres, y retiraré la daga mientras tú bajas la espada.
Ella asiente en silencio. La espada tiembla en su mano, ya que la postura es bastante incómoda. Sin embargo no puede dejar todavía de sostenerla. Todavía no.
Uno. El corazón parece querer estallar en su pecho, de tan fuerte que late.
Dos. Las tropas de Narwa comienzan a abandonar la ciudad. No irán más lejos. Al menos no todavía. Y ella todavía tiene oportunidad para alcanzarlos y abandonar el campo de batalla.
Tres. La hoja se aleja y ella baja la espada rápidamente. A pesar del dolor punzante en el tobillo, se incorpora rápidamente. Justo en el momento en que la daga lanzada por el enano rebota en la coraza de acero.
- Me diste tu palabra… - la voz del enano pierde fuerza, mientras éste observa el shai de ella clavado en su pecho.
- Los enanos sois traicioneros. He luchado muchas veces contra vosotros, y tú no ibas a ser diferente. Al menos no me has defraudado en eso.
Él cae de rodillas y finalmente se tiende sobre la hierba ensangrentada, mirando la luz de las estrellas cada vez más pálidas ante el fulgor de la aurora.
Elesinyê se arrodilla y observa sus ojos vacíos, mientras retira lentamente el shai de su pecho.
- Has sido un digno enemigo – y le ofrece sus palabras aunque él ya no pueda escucharlas, mientras con la mano izquierda cierra sus ojos para siempre.
Después se incorpora mientras llama a Turó con un silbido. Apenas unos minutos más tarde su figura se recorta contra el cielo sombreado de añil, y llega hasta ella al galope. Elesinyê no puede ocultar una sonrisa, mientras monta sobre el caballo y le premia con unas palmadas en el cuello.
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- Te perdí de vista en la batalla.
El campamento de Narwa se encuentra a una distancia segura de Truskan, al amparo de otra de las numerosas colinas que salpican las llanuras de Hyarmenyalaire.
- Me di cuenta de ello – Elesinyê entra en su tienda cojeando, seguida de Serkendil.
- Veo que tuviste dificultades – observa él, mirándola preocupado.
- Nada grave. Sólo un tobillo torcido.
Se siente molesta, sobre todo por haber sido lo suficientemente estúpida como para caer, y por dejar que la pillaran desprevenida. Sentada sobre la cama, intenta descalzar el pie hinchado, pero todos sus intentos son en vano.
- Deja que te ayuda – ofrece Serkendil, acercándose hasta ella.
- ¡No! – grita ella obcecada - ¡Puedo sola!
Él parece no haberla escuchado, y se sienta junto a ella en la cama con una sonrisa irónica. Sostiene el pie de ella sobre el regazo, y con mucho cuidado consigue retirar la bota.
- Deberías dejar que un Envinyâ echara un vistazo. Tiene mal aspecto.
Elensinyê tiembla ante su contacto, y asiente sin decir nada. Finalmente Serkendil la mira a los ojos, y añade con voz cansada:
- El ataque ha sido un éxito. Como te dije, será un gran golpe de efecto en Dakondor – y antes de que ella pueda protestar añade – Sin embargo, tú también tenías razón. Han sido muchas vidas malgastadas inútilmente.
Y entonces ella cierra los ojos, intentando contener las lágrimas.
“La vida hiende vida en plena vida. Y la Muerte siempre gana la partida.”