Fin Guerra: Maianor se retira del Combate
Armadas perdidas por "Marllajtay" = 26
Armadas perdidas por "Maianor" = 32
Victoria para Marllajtay.
Se produce el saqueo de la ciudad.

Fin Guerra: Maianor se retira del Combate
Armadas perdidas por "Marllajtay" = 26
Armadas perdidas por "Maianor" = 32
Victoria para Marllajtay.
Se produce el saqueo de la ciudad.
Sabía que el sueño sería largo, eterno. Que nunca se acabaría ese sol que le fulgía por dentro. Que no era un año, que no era un día, o un enemigo y su hipocresía. Sabía que él llevaba, como surgida de la tierra, la llama purificadora. Que como Maïth, todos los días levantaba de las sombras y el tiempo de Malkñý, ayudado por el Khôndor que sus fuertes alas, incansable, le brinda. Él resurgiría, acompañando y dirigiendo, purificando y llevando el fuego delante. La claridad.
Si ayer fue atacado y vencido, por la sorpresa amarga de un poder implacable que insospechado se agazapaba tras la cara de un tirano loco; y si también fue salvado por las poderosas alas y la fe del Marllajtay. Si tan luego a tanto horror, al descubrir una fuerza poderosa que batía contra el alma (y que amparada por la noche sólo busca extinguir el fuego), Allpa’huátl descubrió en el consejo de Yamacha y de los Ýzkûr (que sabían más del Khôndor que acaso él mismo y todo Híssuë) que a la noche siempre sigue el día, pero que la noche es noche negra… y total.
Allpa’huátl y los suyos dejaron la plaza de Tûgore luego de la valiente resistencia a los cuervos, después de enviar la poderosa caballería y exiliados hacia Tumbu, por la inminencia de un nuevo ataque y al comprender que era la Noche quien venía… y que de nada sirve esperarla en silencio.
Pero la lucha de Maïth nunca ceja, y el Khôndor presta la fuerza enorme de sus alas, al levantarlo con su pico en la mañana para elevarlo sobre el mundo. Y Allapa’huátl sabía, surgido de la tierra como las llamas, que ese fuego no se extingue, ni extinguirá: y que el sueño es eterno.
Moribundo y enfermo, afiebrado y desangrado, fue llevado desde Tûgore a la ciudad secreta de los Ýzkûr en Nendataurë, K’ýchä ‘Ntzarä, la gran plaza de los árboles, la fresca ciudad de las fuentes y los manantiales, el amable refugio del Ave, la Sabiduría del aire libre, la Ciudad del Dios.
Y allí Yamacha curó las heridas Marllajtay. Y por largas semanas reconfortó a los Fieles y comunicó las Verdades, esas mismas puras verdades que en Híssuë resultaban tan distorsionadas en la bruma, y que sólo empujadas por la fe enorme del Khútic se habían abierto un pequeño lugar.
Pero a los Fieles de Híssuë aún les faltaba mucho que saber: ellos creían aún que las cosas del Mundo se resolvían por las Fuerzas del Mundo y el abrazo del Khôndor. No habían querido una vez dejar Tûgore cuando Yamacha anunció la llegado del Cuervo. No habían querido purificar Tûgore cuando hacía falta, y procuraban en cambio entonces una alianza con sus gentes.
Pero una alianza con los perversos es imposible.
Allpa’huátl y los suyos aprendieron las Verdades, la pureza de los Ýzkûr todo el mes de Aqua Vath, y accedieron a un mejor conocimiento, más completo y más valioso, de aquello que estaba en juego entonces: de pronto, el enemigo secular de Híssuë, los Númenóreanos (Hünna’nay), pasaba a un muy modesto segundo plano. Súbitamente, la razón de la campaña al Nendataurë, el ataque al tirano Lôr Tûran, se revelaba superficial aunque acertado. En Hïssuë nadie parecía haber entendido nunca que tras las cosas de EsteMundo se juegan y operan unas fuerzas inconmensurables, de las cuales la gente no es sino una herramienta circunstancial.
Allpa’huátl comprendió. Y comprendieron los Fieles: la Unidad de los Borhalas bajo el Khôndor, que había sido la manera en que el Khútic se explicaba, a sí mismo y a los demás, los afanes de su fe, ahora se revelaba ante todos como apenas una verdad parcial: ya no eran tan sólo los Borhalas quienes de Malkñý se defendían, y sin embargo la fe del Khútic era correcta y necesaria: la misión para los hombres y mujeres de Hïssuë, en esa lucha contra el Mal-que-se-despliega, se revelaba –ante todo- como la Unidad en la Fe de los Borhala. Ahora bien, y esto comprendió Allpa’huátl: esa unión no era política, ni resolvía un interés en EsteMundo, sino que era sólo apenas era una fuerza mínima necesaria para la resistencia al Mal que retornaba. La unidad no era la meta, sino apenas el primer paso.
El Khútic sabía que el sueño era eterno, y que la llama de Maïth no se habría de apagar. Por más que a veces caiga la noche. De la mano del Ýzkur, de la mano del Khôndor, supo que esta historia no se acabaría… y que las batallas serían infinitas aún.
Allpa’huátl y los Fieles se preparaban para retornar a Tûgore, para pacificar el Nendataurë. Pero aún habrían de esperar que pasara otro añasqa. Que los suyos volvieran a ser rechazados de Tumbu, otrora orgullosa Ciudad de Ave y hoy apenas un nido para los Cuervos… y que otra gran Noticia llegase a ellos: el 06 de Aqua Duir alcanzaron Kýchä ‘Ntazarä ciertas figuras Marllajtay que grandes cosas habían hecho, y que grandes noticias traían desde el Norte.
Por otras tres semanas, los Marllajtay y los Ýzkûr evaluaron la situación del Mundo y el Papel que a ellos les tocaría jugar en el Tiempo. En esta otra Contienda.
Larga fue la caminata bajo el follaje espeso del Nendataure, del bosque de los árboles de largas raíces y gruesos y desnudos troncos, de ramales que, como mil brazos, se extendían al cielo en busca del tibio abrazo de Maïth y el cobijo nocturno de las estrellas.
Dulces sonidos acompañaban la marcha de los viajeros silenciosos, sonidos surgidos de la tierra, del agua, del aire, emitidos por todas las criaturas que habitaban aquel extraordinario y confuso paraje; sonidos que, cual cantos, emergían de todos los rincones y los rodeaban en intangibles abrazos, aliviando el dolor de sus cuerpos y las penas ocultas en sus corazones.
Y así avanzaron durante días que parecieron horas, o tal vez durante horas que se convertían en días, no lo sabían, porque el día y la noche eran uno y lo mismo, porque el tiempo no avanzaba ni retrocedía, no extendía el dominio de su ritmo constante sobre las tierras Ýzkûr, simplemente no existía. Eso pensaban los cansados visitantes Marllajtay al dar cada nuevo paso sobre la suave alfombra del bosque hasta que, al fin, la densa enramada cedió y el Nendataure descubrió ante los ojos oscuros de los Borhalaidas la bella joya que escondía en su interior, la ciudad de K’ýchä ‘Ntzarä.
Pero no fueron los manantiales que nacían por doquier y corrían traviesos por sus cauces de piedra, ni los árboles de eternas hojas verdes, ni las edificaciones de proporciones descomunales y belleza indescriptible, ni la solemne presencia de los Ýzkûr y sus ropas blancas como nieve, como tampoco los cánticos de alegría y regocijo ante su llegada, las danzas y gritos de bienvenida o las flores que caían sobre ellos como lluvia perfumada las que hicieron que el corazón de la joven Nust’ë se sobrecogiera de emoción, fue el dibujo de una sombra, una figura oculta tras los hombres y mujeres que les daban la bienvenida a K’ýchä ‘Ntzarä.
El nombre de Allpa’huátl brotó de sus labios y el mar que ahogara su alma se desbordó a través de sus ojos, e ignorando las palabras de Morlyg, a quien escuchaba lejos, muy lejos, como entre sueños, corrió hacia la figura, abriéndose paso a través de los Ýzkûr que, aunque sorprendidos, comprendían. Fue un abrazo largo, tan largo como el tiempo que permanecieron separados uno del otro, y tan intenso que parecieron fundirse el uno en el cuerpo del otro, porque sus espíritus, como el Khôndor, habían vagado lejos y anhelaban su reencuentro. Pero los Ýzkûr rompieron el abrazo y separaron a Rawa de su esposo, y lo llevaron con ellos al interior del más grande e imponente de los edificios, mientras ella y Morlyg eran conducidos hacia otra de las moles de roca por un camino que los alejaba del Khútic de Híssuë.
Los Marllajtay fueron atendidos con amabilidad y premura, y adornados sus cuerpos con hermosos y coloridos trajes, y con joyas que relucían con el brillo de Maïth, y fueron peinados y perfumados sus cabellos, y así fueron llevados ante el Khútic y los Ýzkûr, quienes aguardaban impacientes por las nuevas traídas desde el Norte. Pero entre ellos también se encontraba un miembro del Tlay'iltic, en cuyos ojos, agudos como los de un halcón que estudia a su presa, asomaba el destello de un gran secreto.
Los viajeros llegados del Norte se pronunciaron ante ellos, y contaron con detalle lo ocurrido en Laiquamiril, la Joya Verde, y de cómo los Yárai les hablaron del ataque a los pueblos de Rómenor, y del viaje que emprendieron hacia Nilme Istyalvao, así como el encuentro con quien decía ser Norno, sus palabras y la batalla contra los Locéroquen y sus dragones. La tensión creció y los corazones se sobrecogieron cuando una sombra ocultó a Maïth en el cielo, pero la Llama-que-no-muere brilló con fuerza y deshizo la oscuridad, y en el pecho de Allpa’huátl resplandeció el sello de Zôr Kôndor.
De esta forma las palabras de Norno sobre el regreso de Malkñý llegaron a los Ýzkûr en la voz de Rawa y Morlyg, como también lo hizo la nueva sobre las antiguas joyas de gran poder que descansaban en manos de cada clan, aunque sus mismas gentes no lo supieran. Inquietos, los Ýzkûr se removieron en sus grandes sillas talladas en la madera fuerte que sus árboles de eternas hojas verdes les brindaban, mientras aquel miembro del Tlay'iltic permanecía inmóvil, con sus ojos fijos en los dos viajeros.
Para entonces, Maïth descendía sobre las montañas y Aña se levantaba en medio de la noche, opacando con su resplandor ceniciento los diminutos destellos de las estrellas, como si ignorara por completo el mal que amenazaba con emerger del mar y dominar las tierras que eran bañadas por sus rayos de terciopelo. Así mismo, el primer encuentro entre los Ýzkûr y los viajeros vio su final, mientras la ciudad despertaba a las celebraciones que K’ýchä ‘Ntzarä preparó para sus invitados, los favorecidos hijos de Zôr Khôndor. Guirnaldas de flores de tantos colores como el arco iris adornaron las calles, y grandes antorchas iluminaron la noche con sus llamas danzarinas; Los Ýzkûr salieron de sus casas de piedra y se volcaron a las plazas y vías, y mientras muchos entonaban hermosas canciones y se acompañaban con flautas de caña y gaitas de míj’o, otros tantos bailaban alegres con el ritmo festivo de los instrumento de viento, a la par que hacían sonar las campañillas que adornaban sus muñecas y tobillos.
La alegría y el ambiente festivo contagiaron los espíritus de los fatigados viajeros, borrando por aquel instante la desazón que se escondía en sus corazones, y dibujaron en sus rostros las sonrisas despreocupadas que la guerra y las penalidades desvanecieran hacía tanto tiempo. Tanto bailaron y cantaron, tanto comieron y bebieron, que los agotados cuerpos de Rawa y Morlyg no pudieron soportarlo y cayeron desvanecidos en un sueño profundo y reparador.
Pero el sueño de Rawa no duró mucho, la necesidad de estar con Allpa’huátl era superior a su fatiga. Lo buscó a través de los largos e intrincados corredores de los edificios, en las calles atestadas de gentes y música, y en los lindes entre el bosque y la ciudad, como quien busca al más preciado de sus tesoros, pero no pudo hallarlo. Su ausencia la atormenta y su corazón se debatía entre el miedo a perderlo y la ilusión de encontrarlo, y entonces escuchó aquella voz pronunciar su nombre, esa voz cálida que la envolvía y la reconfortaba, la misma capaz de enfadarla y devolverle la calma, la misma que amaba escuchar cada noche al cerrar los ojos y cada día al despertar.
Dos fuertes brazos la rodearon y acariciaron su largo cabello negro, y unos labios besaron los suyos con ternura; y sus cuerpos de fundieron en una danza acompañada de flautas y gaitas y esta vez ya nadie los separó.
Pero la maldad de Malkñý no cesó durante la celebración de los Ýzkûr, y siguió preparándose para herir el corazón de Rómenor; pero Malkñý no sabía que los Marllajtay permanecían ocultos en K’ýchä ‘Ntzarä, preparando una ofensiva contra el mal que los amenazaba desde el cielo, aliado al profundo mar. Veinte días estuvo el Khôndor oculto en el Nendataure, alistando su feroz ataque contra el Cuervo Maldito.
Maïth se alzaba frente a ellos tiñendo de un rojo encendido las blancas cumbres de nieves eternas de las Andië. Al otro lado se encontraba Híssuë, aquél hogar que Morlyg había conocido años atrás, en el más remoto Este del Mundo. Él y sus dos acompañantes se detuvieron. Hacía ya unas horas que se habían despedido de la pequeña compañía Ýzkûr que los había guiado por sendas secretas y seguras del Nendataure, fuera del alcance de la vista de los cuervos.
Se volvieron para contemplar una vez más el bosque, bajo sus pies, desde los altos pasos de las montañas. Ante ellos, en la lejanía, se alzaba aún la negra columna de humo desde Tûgore. La batalla había comenzado ese mismo día y Morlyg seguía revolviéndose entre los remordimientos y la frustración por no poder estar allí, peleando con sus amigos; pero mientras Rawa se había reincorporado a la compañía de Tûgore, al lado de su esposo, y Toltyo se había reunido con Laymi y la caballería en Tumbu, él había terminado por acatar las órdenes del Khútic, tras una acalorada discusión, pues Allpa’huátl había recalcado la urgencia de que se reincorporara a la compañía naval y organizara la defensa del estuario ante nuevos ataques. Finalmente se volvieron y reemprendieron el cruce de las Andië.
Mientras tanto, en Tûgore seguía la encarnizada batalla fuera de los muros de la ciudad. Rawa y Allpa’huátl combatían las fuerzas Tûgorianas. Y aunque los Marllajtay les habían obligado a abandonar la ciudad y salir a su alcance tras el incendio de los campos, caseríos y los lindes del bosque alrededor de la ciudad, muchos permanecían en el interior de los muros, y repelían una y otra vez los intentos Marllajtay por cruzar las puertas.
Allpa’huátl luchaba a pie, rodeado por las llamas, por los enemigos, por los cuervos. Pues aunque el incendio y la acción de los Ýzkûr con sus dardos envenenados lograban mantener a ralla a las despiadadas aves, algunas de ellas se atrevían a descender desde las alturas entre el humo y las llamas, atacando a las fuerzas invasoras, desgarrando gargantas con sus afilados picos y mutilando rostros Marllajtay e Ýzkûr por igual. Y a pesar de la aparente igualdad que había en la lucha, Allpa’huátl no podía evitar sentirse mal por la estrategia adoptada, tramada con anterioridad por sus hermanos Ýzkûr. Pues no entraba en sus planes destruir los campos de los campesinos, o sus hogares, o aún el bosque, que podía acabar siendo pasto de las llamas si el fuego se descontrolaba.
No. Aquello no era lo que el Khútic hubiera deseado. Él había clamado por la ayuda del Khôndor contra su enemigo natural, el Cuervo. Y una y otra vez había alzado la mirada al cielo, escrutando en las alturas. Pero las aves no aparecían. Y los cuervos eran un molesto enemigo, difícil de combatir por los hombres a pie. Por eso se había obligado a aprobar esas medidas. Por eso ahora, en la lucha, no podía evitar dirigir la mirada hacia las casas que se derrumbaban engullidas por las llamas, a los cuerpos sin vida de niños, ancianos y mujeres que habían muerto a causa del fuego cruzado. Pues los Ýzkur habían organizado el ataque con tal destreza que nadie en la ciudad advirtió el peligro, hasta que las primeras llamas empezaron a prender.
Un enemigo le asestó una estocada en el muslo que le abrió una profunda herida. El Khútic perdió el equilibrio, y al tiempo que caía de bruces acertó a abrir una mortal herida en el flanco de otro enemigo que ya se abalanzaba hacia él. El atacante de Allpa’huátl recibió la misma suerte cuando dos Marllajtay que luchaban junto a él volvieron a la carga, protegiendo a su señor. Ahora el Khútic se había reincorporado de nuevo, cojeando, y continuaba luchando abriéndose paso hacia las puertas de la ciudad, aún protegidas desde los muros por los arqueros de Tûgore, y en el interior aguardaban aún las últimas fuerzas de la resistencia de la ciudad.
El Khútic miró a su alrededor, intentando averiguar la situación actual. Aproximadamente la mitad de sus hombres permanecían aún en pie, y muy pocos Tûgorianos quedaban ya en pie fuera de la ciudad. Y no parecía que el resto tuviera intención de salir en su busca. Debía tomar la ciudad o retirarse. Pero en el asalto perdería muchas vidas, y no podían valerse de la ayuda de los Ýzkûr, pues parecía que el ejército de los cuervos poseía infinitos efectivos, y mientras muchos caían en una lluvia imparable de negras aves, muchos otros acudían a sustituirlos, y sólo los Ýzkûr conseguían combatirlos, permitiendo así el avance de sus hermanos.
Fue entonces cuando un estremecedor graznido rasgó el cielo y se alzó entre el fragor de la batalla y el crepitar de las llamas. Los hombres alzaron la mirada al cielo. La noche empezaba ya a caer y Allpa’huátl distinguió una sombra negra entre la humareda. Osrûn Sar surgió de entre las llamas como un demonio negro y planeaba veloz hacia él, dispuesto una vez más a darle el golpe mortal. Y una vez más el Cuervo falló. Pues cuando ya se encontraba a escaso dos metros del Khútic, una flecha zumbó desgarrando el aire y atravesando al pájaro por el costado, el cual cayó al suelo emitiendo horribles chillidos. El Khútic volvió la mirada y vio a Rawa, a quien había perdido de vista al poco de empezar la batalla. Ésta aún empuñaba el arco y no llevaba su yelmo, dejando ver un gran corte en su frente.
Rawa corrió hacia él y se abrazaron.
- Acabemos con esto ya. Irrumpamos en la ciudad con los Ýzkûr. Ya no hay cuervos.
Rawa tenía razón. Allpa’huátl no se había percatado de ello a causa del ataque del Gran Cuervo, pero lo cierto es que al caer éste, las voces de los de su especie se habían detenido, y aquél Ejército Negro parecía haberse volatilizado. Como lo había hecho Osrûn Sar, que ya no se encontraba en el lugar en que había caído, ni tampoco la flecha con la que Rawa le había dado alcance.
Allpa’huátl asintió. Y localizó a Yamacha entre los Ýzkûr. A la señal del Khútic, Marllajtay e Ýzkûr se reagruparon y penetraron en la ciudad, dando muerte a todo aquél que aún estaba dispuesto a defender la ciudad en beneficio de los cuervos, y apresaron a todo aquél que se rindió. Pero esta última carga se saldó con muchas más bajas, pues durante todo el ataque final no dejaron de volar las flechas desde la muralla, y sólo al final los Marllajtay consiguieron tomar la muralla.
Horas después, Marllajtay, Ýzkûr y los Tûgorianos leales al Ave celebraban la reconquista de la ciudad, y desde el balcón del palacio del Zôr, Allpa’huátl y Rawa contemplaban la ciudad, ya no más iluminada por el incendio en el exterior de sus muros sino por las antorchas y las hogueras. Y las voces se alzaban en cánticos de victoria y las melodías de los instrumentos envolvían la noche en Tûgore.
- Finalmente esto ha acabado. El Cuervo ya es historia – dijo Rawa.
- Osrûn Sar no muere a causa de una inocente flecha Marllajtay. Y aún quedan otros nidos de cuervos en el Nendataure. No, esto no ha acabado aún.
Resumen de la batalla.
Marllajtay ha perdido 26 armadas x35= 910 puntos.
Recuperables: 728 puntos.
Valoraciones: 8.1 + 7.6 + 7.4 + 9 = 8.025
Recupera: 584 puntos. Han solicitado daños por valor de un 35% lo que suponen 122 puntos.
Total recuperación: 706 puntos
Pierde: 204 puntos.
Por la participación en la batalla, Marllajtay obtiene 600 monedas.
Por el saqueo de la ciudad obtienen 300 monedas.
Compañías actualizadas y listas.
Por la participación en la batalla se reparten 320 Nóti.
Por las historias se entregan 96 Nóti.
Saludos desde Valinor!
Historia finalizada.
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