Tawarornê estaba muy satisfecho, después de la ceremonia no habría ningún problema con la ciudad de Formenyaelen. Estaba en la gran sala del Palacio de la Luz, en un trono estaba sentada Alassë, una elfa sinda con la cual había llegado a un acuerdo beneficioso para ambas partes, ella gobernaría la ciudad como Laurwen junto a las elfas Kalatari, pero manteniéndose bajo dominio aldalânta, y para ello él sería nombrado Kalandur, o en lambê narmafirion, aproximadamente, Silgolda. Era una ceremonia algo íntima, aunque habían asistido todos los personajes más importantes, un grupo reducido de soldados y Tavirornê. Ella estaba especialmente bella, y Taw tenía que hacer grandes esfuerzos para controlarse.
“Taw, cálmate, no es ahora un buen momento para dejarte llevar por los deseos.”
“No hace falta que me lo recuerdes, Narwa, sé perfectamente controlarme.”
“Si dejo de hablarte ¿serás capaz de evitar hacer todo lo que se te está ocurriendo delante de tanta gente?”
“Seré capaz.”
El silencio se adueñó de la sala, la ceremonia iba a empezar, y Taw no dejaba de pensar en Tavir y en como se había dejado convencer para ser nombrado Sacerdote de la luz.
Althira estaba paseando por la ciudad acompañado de una guardia para velar por la ciudad mientras se hacía la ceremonia. Eso la tenía desconcertada porque el aina siempre había rechazado cualquier título que llevara poder, seguramente habría una razón de peso para ello. Mientras contemplaba la ciudad parte de su mente aún vagaba por su llegada anteayer a la ciudad y el recibimiento que le había dado Tawarornê. Este le había pedido a través de una carta, con sus mejores palabras, que viniera a la ciudad, diciéndole casi a cada instante “por favor” y semejantes, pues aún estaba enfadada con el aina, y no hizo sino aumentar cuando le presentó a Tavirornê, la elfa por la cual las había dejado abandonadas en el bosque. Sin embargo el enfado se le pasó casi del todo cuando le enseñó parte del diario que le había hablado en la carta. Era un texto a la vez muy claro y a la vez tremendamente oscuro, si no fuera por las manchas no tendrían ningún problema pero ahora solo podían hacer conjeturas. Siguió pensando un rato mientras su caballo y el resto de soldados continuaban el camino lentamente, sin darse cuenta de algunos movimientos sospechosos
Alassë estaba pronunciando las fórmulas establecidas para el nombramiento del aldalânta como Kalandur, no le hacía especial gracia pero sería beneficioso para ambos pueblos… y no podía resistirse a la mirada del elfo, aunque sabía que estaba tan lejos como la Luna pues solo había que ver como miraba a la elfa para saber que se amaban fuera de toda duda. Vestía con sus mejores galas que relucían bajo la luz del Sol, y con su mejor voz estaba pronunciando la fórmula en narma para enfatizar más la situación cuando se interrumpió bruscamente, se oía ruido detrás de la puerta, en el pasillo, demasiado para su gusto. Antes siquiera de hablar o hacer el mínimo gesto de reacción, las puertas se abrieron de par en par, los más cercanos dieron un grito de susto y retrocedían instintivamente, Alassë se quedó con la cara blanca y el corazón desbocado y con ella todas las Kalatari. Por la puerta entraba la Gran Madre Galadhárë, fallecida durante la conquista aldalânta.
La mañana continuaba y la alda seguía pensativa cuando…
- Axanâ, tenemos problemas.
Althira levantó la cabeza, los soldados habían formado un muro de protección, pero no se oía el más mínimo ruido, la ciudad parecía de pronto desierta. La elfa agudizó el oído, al principio nada pero luego…
- ¡Nos atacan!
Confirmando esto una flecha surcó el aire en dirección a los soldados, y detrás de ella venía lo que parecían militares humanos, con actitud amenazante, dirigiéndose a ellos desde la izquierda y desde la derecha, los habían rodeado. Sin pensarlo Althira se dirigió a un jinete y le dijo en tono imperativo:
- Ve inmediatamente al palacio y trae refuerzos, rápido.
Y respondiendo a esto el que parecía el líder lanzó un grito:
- Por la Gran Madre y la Casa Kalayondi, ¡mueran los invasores!
La Gran Madre pasó majestuosa y brillante por entre la gente, que se apresuraba a abrirle paso. Era imposible pero allí estaba, majestuosa, deslumbrante, segura de sí misma, avanzando con la dignidad de una reina. Alassë estaba petrificada, no se había oído el más mínimo rumor de que siguiera con vida pero allí estaba, dirigiéndose hacia ella, sin prestar atención a nada, ni siquiera a Taw, que se había retirado para proteger a Tavir de cualquier problema. La Gran Madre llegó a donde estaba Alassë y habló con voz firme:
- ¿Qué se supone que estás haciendo Alassë?
- Yo… solo – no podía dejar de balbucear.
- No hace falta que hables, tus hechos delatan tu traición ante esos salvajes llamados aldalântar – Taw dio un paso al frente pero Tavir lo retuvo-. Sin embargo demos gracias de que aún vivo y puedo encargarme de la situación.
- Disculpad Gran Madre, pero abandonasteis a vuestro pueblo y cuando más hacía falta vuestra presencia, dejasteis a la ciudad sumida en el caos y a las puertas de la conquista alda - Alassë había conseguido reponerse.
- ¿Estás discutiendo mi liderazgo Alassë?
- Sí – dijo con una firmeza que dejó ligeramente perpleja a la Gran Madre.
- Pues tendré que volver a demostrar que yo sigo contando con el poder, guardias, traedme a ese salvaje que iba a ser nombrado Kalandur.
- No hace falta.
Tawarornê se separó de Tavir y dio un paso hacia delante, con la frente en alto y latiendo el orgullo de ser aldalânta. La Gran Madre lo miró y cuando iba a hablar se fijó en un detalle y se quedó muda y dijo gritando:
- ¿Qué haces tú aquí?