Fin Guerra: Narwä Hilyatâri se retira del Combate
Armadas perdidas por "Maianor" = 10
Armadas perdidas por "Narwä Hilyatâri" = 8
Narwa mantiene el control de la ciudad

Fin Guerra: Narwä Hilyatâri se retira del Combate
Armadas perdidas por "Maianor" = 10
Armadas perdidas por "Narwä Hilyatâri" = 8
Narwa mantiene el control de la ciudad
En esos días el sol salía muy pronto. Y la vista del alba surgiendo rosada desde el mar añil era un espectáculo que conmovía a cualquier elfo, aunque se tratara de un feroz guerrero nuru.
Pero esta vez Angárato aun no había salido de su tienda para dejarse bañar por la primera luz de mañana.
En Vanwielie las sombras pálidas se extendían sobre el empedrado húmedo y en el elevado campamento se sentía ya la animación del nuevo día. Se estaba realizando el cambio de guardia y rostros soñolientos se veían aparecer surgidos de los grandes barracones de factura sencilla y sólida. Algunos, incluso, habían decidido saludar al nuevo día a martillazos.
Sí, la empalizada que rodeaba el campamento necesitaba algunas reparaciones pero las 5 de la mañana no dejaba de ser una hora extraña para empezar a reforzar la torreta Sur.
Angárato apartó las sábanas de un manotazo. Hacía mucho que no dormía tanto y tan bien, aun estaba un poco aturdido. La luz filtrándose a través del paño escarlata de la tienda le indicó que no sólo había dormido bien, sino que había dormido demasiado.
Se sentó bruscamente en el camastro. Algo se removió a su lado.
Una muchacha. Una muchacha de Vanwielie, completamente desnuda sobre el precario camastro, le miraba con ojos vivaces y muy negros.
- ¿Cuanto hace que estás despierta?- preguntó Angárato mientras se frotaba el rostro para acabar de despertarse.
- Hace un rato, señor.
- Deberías haberme avisado, ya ha salido el sol.
- Me pareció que descansabais bien, mi señor, y no me atreví…
-Bien, bien, es igual- dijo el elfo con voz neutra.
Se volvió a tender en la cama, ahora sí, totalmente despejado. La chica se apresuró a abrazarlo y él le dedicó una sonrisa que, con extraña rapidez, cambió su naturaleza alegre por una mueca de disgusto.
-¿Señor…?
-Debo levantarme y vestirme- Dijo besando la mejilla de la lugareña.
La chica se había cubierto con una liviana camisa de algodón y estaba ayudando al elfo a ajustarse la coraza que, acostumbrado a su armadura pesada (ahora en el fondo del mar), no dejaba de sentir demasiado ligera.
Mientras veía a Raxa, que así se llamaba la chica, sacar graciosamente la lengua, concentrada en abrochar las correas de la coraza y las grebas, Angárato no dejaba de pensar en esa muchachita, que tan completamente se había entregado a él, traicionando a su propia gente para abrazar a un general enemigo. No lo entendía porque apenas recordaba qué era el amor, pero algo se retorcía en su interior, intuyendo que el único traidor era él, por permitir que tan dulce criatura sacrificara tanto por algo que él jamás podría darle.
-Ya está- sonrió Raxa.
-Sí… gracias- dijo el general de corazón de hierro mientras comprobaba con suaves tirones que todo estuviera bien ajustado.
Salió completamente armado, sólo su yelmo permaneció en el interior rojizo de la tienda. Con pasos largos y aliviados se encaró hacia la tienda de Herkeblam.
Entre el ajetreo normal y habitual de un campamento militar vio enseguida que algo extraño estaba ocurriendo: algunos soldados se movían apresuradamente, buscando con miradas rápidas en todas direcciones.
En mitad del campamento vio a Dâira, estaba dando órdenes a un pequeño grupo de soldados.
Angárato, con rapidez felina, se acercó a ella que, al verlo, se cuadró inconscientemente.
-¿Qué pasa aquí, qué es este nerviosismo?-
-Puede que nada, se ve que no es la primera vez, pero…
- ¿No es la primera vez de qué?
- … Herkeblam, señor, no está en su tienda, nadie lo ha visto esta mañana-
[Editado por elfo_negro el 21-07-2008 15:20]
El cuarto estaba frío, frío y húmedo. Solo se oía el leve sonido de unas gotas que se colaban del techo. Los cuatro nurulantê que habían sido desarmados, estaban sentados en el suelo con las espaldas apoyadas en la rugosa pared. Solo Herkeblam de vez en cuando se levantaba para dar vueltas cabizbajo. Todo había ocurrido muy rápido, les habían tendido una emboscada y antes de que pudieran hacer nada habían sido amordazados y atados.
Aquel cuarto había sido transformado en una celda improvisada. “Lo lógico es que nos hubieran llevado a la prisión Yárai. Estos no son soldados de Vanwielie y si lo son deben haber planeado el rapto a espaldas de sus superiores. ¿Y de dónde viene ese olor a vino?” Pensaba Herkeblam.
No muy lejos de allí, en una gran sala al otro lado del oscuro pasillo, tres figuras discutían en voz baja los siguientes movimientos.
- ¿Por qué no hemos cogido directamente a ese que ellos llaman Angárato?, ¿no es el superior?
- ¿Estás loco? – respondía Tudnas. - ¿Acaso no has visto que siempre va acompañado?. No, eso no era posible, además recuerda que tenía que ser un oficial que hiciera guardias por la ciudad. Aunque admito que habría sido divertido tenerle aquí, a nuestra merced. Él tendrá su momento, Gultan, no tengas dudas, a ese bastardo le llegará su hora.
- ¿Y la chica?, la del tatuaje en la cara…
- ¿Esa? Con gusto le haría otra marca con mi cuchillo. Ella no nos interesaba, es un oficial pero de menor rango. Seguro que la dejarían pudrirse aquí. Nuestra opción era él – dijo señalando el otro extremo. – Pero con ella perdimos una valiosa oportunidad. Ojalá Adanás la hubiera matado cuando pudo. Ahora sería un estorbo menos y un trofeo más.
- Él jamás haría eso y lo sabes –dijo Gultan a quien no acababa de convencer todo aquello.
- Ese ha sido siempre el problema de Adanás. Es demasiado blando y esto se le ha ido de las manos. Si no hacemos nada, no nos desharemos de ellos, jamás, ¡jamás! – manifestaba Tudnas cada vez más alterado. - Hasta ahora hemos plantado cara, hemos enviado las tropas, movilizamos al pueblo ¿y qué hemos conseguido? Si, rebajar su número, a veces ostensiblemente, pero al cabo de pocas semanas les llegan refuerzos. – Dirigió su mirada hacia Gultan, que ahora asentía. - Esos mal nacidos parece que se multiplican, y tenemos que reconocerlo, son buenos militares, de los mejores con los que nos hemos enfrentado hasta ahora.
- Dicen que en Nilme Istyalvao fueron los primeros en prestar auxilio y que vitoreaban mientras esperaban a los lóceroquen. Yo creo que su ansia de poder les tiene cegados y tanta guerra les ha convertido en unos dementes – añadió Silbeth defendiendo la postura de su esposo.
Tudnas la miró con cariño. Ella siempre lo había apoyado y animado cuando su esperanza de convertirse en stratego de los Yárai desaparecía. Confiaba que dando un golpe de efecto sobre los nurulântar, lo vieran con otros ojos y reconocieran por fin sus méritos. Aunque sabía que si aquella misión iba mal, no solo no conseguiría su objetivo si no que muy posiblemente sería castigado. Él y todos los que hubiesen colaborado. Pero aquello no iba a ocurrir. Él se convertiría en el héroe de la liberación.
Se despidieron y salieron separados con unos minutos de diferencia. Cada uno sabía lo que tenía que hacer a partir ahora. Hasta la noche del día siguiente no volverían a verse en el mismo lugar, momento en el que llegarían los demás. Debían actuar con normalidad y prudencia. Silbeth entregaría la nota a la anciana, que ajena a todo aquello no podría facilitar más información. Ella solo tendría que dar el mensaje a cualquier soldado nurulantê que viera.
El día lucía hermoso y cálido cuando salió el último de ellos.
[Editado por Neume el 22-07-2008 10:45]
La carcajada se pudo oír en las tiendas contiguas a la del arken.
- ¿Una anciana dices?
- Sí mi señor. Ella no sabía nada más.
- Bueno, suficiente. No son muy originales... la liberación de Vanwielie. Ya contaba con eso, lo que no sé es si son tan necios de creer que voy a aceptar su chantaje.
Angárato no sabía si reír aun más fuerte o dar un puñetazo en la mesa. Sí, los aplastaría. Les estrujaría uno a uno y arrasaría su madriguera. Cuando diera con ellos, se iban a arrepentir de haber nacido. Bien podría dejar morir a sus hombres, estaban entrenados para eso, pero no. Todos sabían que Angárato, el fiero Angárato, no abandonaba a sus hombres.
El noldo convocó a sus oficiales de manera urgente. Les expuso las nuevas noticias y organizaron una primera batida. Cualquier información podría servir, y debían hacer saber a aquellos que fueran preguntados, que se daría una generosa recompensa a quien descubriera una pista que les llevara hasta los nuru retenidos.
A la caída de la tarde volvieron a reunirse para rendir cuentas al arken de los avances logrados. Todos menos Oster, que se estaba retrasando. Lo aportado eran referencias difusas y ningún testimonio fiable. Nada que animara a Angárato, quien empezaba a impacientarse.
Poco después llegó Oster trayendo consigo a un Yárai.
- Señor, creo que lo que este hombre va a contaros puede ser de utilidad. No quiere darnos su nombre – dijo el veterano.
Angárato pidió al resto que salieran y se quedaron los tres en la tienda. Le hizo un gesto al humano para que hablara.
- Yo sé donde están vuestros soldados.
- No me hagas perder el tiempo, Yárai. ¿Crees que nos vamos a fiar del primero que nos venga con esa noticia?
- Sé donde están porque yo soy uno de los rebeldes…yo mismo participé en la captura.
- Vaya, así que eres un traidor… ¿por qué lo haces?
- Por la recompensa. Quiero el dinero.
El noldo se quedó por unos instantes observándole, intentando leer en su corazón. Por lo general, los traidores le producían aversión. No eran gente de honor, pero si realmente la pista era buena, les podía ser de utilidad, como su fiel compañero había dicho antes.
- ¿Tienes familia rebelde?
- Sí. Una mujer y un hijo.
- De acuerdo. Te daremos ahora un pequeño adelanto y la recompensa final cuando tengamos los soldados con nosotros. Además, nos traerás a tu hijo para que nos fiemos de tu buena voluntad.
- Pero no puedo entregaros a mi hijo, él no tiene nada que ver en esto – exclamaba horrorizado.
- Escucha. Podríamos seguirte y no te darías cuenta, podríamos raptarle y entonces te verías obligado a hacer el cambio, pero no quiero eso e imagino que tu tampoco. Quiero que veas que no tienes nada que temer si cumples el acuerdo, y que seas tu mismo el que nos entregue voluntariamente a tu hijo. No voy a mandar a mis hombres a ningún lugar sin tener la certeza de que no les pongo en peligro. Y en eso, tu hijo tiene mucho que ver. - El arken le tiró una pequeña bolsa marrón de cuero gastado, con algunas monedas en su interior. - Cuando tengamos a los rebeldes, tú tendrás a tu hijo y una bolsa con tantas monedas, que necesitarás esta vida y otra para gastarlas.
El rebelde comprendió que sus planes habían variado, pero sus ojos negros refulgían con la sola idea de imaginar las monedas en sus manos, escapándose entre sus dedos.
Rebeló la información que Angárato necesitaba y éste le dijo que esperase pues iba a ser acompañado por alguien para recoger al niño. A los pocos minutos, una mujer de ojos verdes que cubría su cabello y hombros con un gran pañuelo blanco, y vestía como si de una yárai se tratara se situó junto a él. Ambos bajaron a la ciudad caminando a paso ligero. El arken había previsto además que otros dos soldados les siguieran algo más retrasados, por si el rebelde decidía cambiar de opinión en el último momento.
Dos horas más tarde, Dâira aparecía por el estrecho camino que conducía al campamento, flanqueada por los dos soldados. Traía en brazos un pequeño que no tendría más que cuatro años y que ocultaba su pequeño rostro lloroso en el cuello de la medio elfa.
“Bien, mañana por la noche saldremos de caza”, se decía el arken a sí mismo con una sonrisa en los labios. Lo peor sería la espera, pero seguro que merecía la pena.
(***)
Pensaron que el manto de la noche les favorecería. Al amparo de la oscuridad y encerrados en el sótano de la taberna, situada algo a las afueras de Vanwielie, debatían acaloradamente los problemas con los que se encontraban. El conocimiento de la recompensa ofrecida ponía a muchos nerviosos, quienes pensaban que lo mejor era aniquilar a los cuatro nuru, arrojar los cuerpos y acabar con eso cuanto antes. Gultan no era partidario, pues creía que eso enfurecería todavía más a los invasores y no conseguirían expulsarles.
Mientras seguían hablando, en el exterior de la taberna ocurría algo. A la hora señalada, tres docenas de nurulantê se aproximaban con sigilo. Descubrieron a los dos rebeldes que hacían guardia y les atravesaron con varias flechas. Los arqueros tenían la orden de apuntar a la garganta para evitar que dieran la alarma. Y no fallaron. Dos soldados nuru sustituyeron a los difuntos rebeldes.
Al abrir la portezuela de la taberna, ésta chirrió levemente.
- ¡Maldita sea! – susurró Angárato. Hizo un gesto con la mano para que detuvieran el avance hasta saber si tendrían complicaciones. Solo se oía un ruido proveniente de la parte inferior. “Ahí estáis sabandijas, bien, bien”. El noldo dejó escapar una sonrisa gélida.
Escucharon unos pasos. Alguien estaba subiendo las escaleras.
- ¡Soy yo! – farfulló temblorosamente la voz masculina.
- ¿Dónde están los nurulântar? – preguntó Angárato con el gesto severo.
- Al fondo del pasillo – dijo señalando el sótano.
- ¿Y tus “amigos”?
- En la primera puerta a la derecha.
- Bien, ahora sal de aquí, pero no te alejes mucho si quieres recuperar a tu hijo.
Para evitar que les atacaran el campamento como en la última ocasión, esta vez habían previsto montar guardias más activas y numerosas mientras durase el rescate. Además, había destacamentos nuru patrullando la ciudad. Grupos que estarían dispuestos ante cualquier señal de alarma para ir en apoyo de sus compañeros. Tenían la orden de aplastar cualquier otra revuelta que pudiera formarse durante la noche. Angárato no se fiaba y esta vez no iba a dejar que le sorprendieran. En las sombras, toda la segunda compañía permanecía alerta.
Bajaron con cautela ahogando los sonidos. Habían pasado tan solo unos pocos nurulântar por delante de la puerta donde se concentraban los rebeldes, cuando esta se abrió de golpe.
- ¡Gultan! Tardas demasiado en coger una botella de… - El rostro de Tudnas reflejaba una mezcla de sorpresa e ira por la traición. - ¡Coged las armas, no dejéis que avancen! – gritaba mientras clavaba su espada en el vientre de un soldado.
Rápidos y feroces, provistos de todo tipo de armas, salieron taponando la entrada al pasillo, haciendo retroceder escaleras arriba al grueso de los soldados de Narwä, que no esperaban tan dura embestida.
- ¡No cedáis espacio! –ordenaba el arken.
El lugar era demasiado angosto para que los nuru pudieran maniobrar a placer.
El pequeño escuadrón nurulantê se vio dividido en dos. Unos peleaban en el piso superior con Angárato a la cabeza, quien había subido detrás del que imaginaba era el líder de aquel grotesco grupo. Tudnas aguantó más de lo que el noldo había esperado, pero después de resistir unos cuantos mandobles de Telepnar, el rebelde fue desarmado. Acto seguido Angárato le rebanó el cuello.
Al verse atrapados, algunos insurgentes intentaron romper los cristales de las ventanas para huir por ellas. Varios nuru dieron la vuelta a la taberna para dar caza a los que habían conseguido escapar.
Mientras, otros habían quedado abajo para liberar a los compañeros. Entre ellos estaban Oster, Hug y Dâira. La peredhil se encaró con una humana de cabellos y ojos claros. La mujer, que sostenía una pequeña hacha, se lanzó a por ella. La noldo esquivó el golpe, y contestó asestando otro que resultó más efectivo. Poco después la mujer caía de rodillas con el pecho ensangrentado.
- ¡Dâira, cógelas! – exclamó Hug lanzándole unas llaves.
Giró sobre sus talones dispuesta a abrir la puerta, cuando un elfo se acercó por su espalda, propinándole un fuerte golpe en la cabeza con la empuñadura de su espada. La medio elfa cayó al suelo inconsciente con un hilillo de sangre camuflándose entre su cabello. Un soldado nurulantê recogió las llaves y liberó a los cuatro cautivos que, rápidamente, se hicieron a las armas aunque para entonces, el asalto estaba llegando a su fin. Mientras, Oster se había enfrentada con el elfo que hiriera a Dâira, dándole una muerte rápida. Cargó a la medio elfa con ayuda de Herkeblam y la sacaron de allí.
No había quedado uno solo con vida, pero para desagrado del arken, ellos habían perdido más soldados de lo que esperaban en el asalto.
Angárato intentó sentir el viento en su rostro pero no corría el aire.
- Tú, soldado, busca ayuda y apilad los cuerpos de los rebeldes dentro de la taberna. Después prendedle fuego a la casa. Que mañana por la mañana no sea más que cenizas.
[Editado por Neume el 22-07-2008 13:56]
Resumen de la batalla.
Narwa ha perdido 8 armadas x35= 280 puntos.
Recuperables: 224 puntos.
Valoraciones: 8 + 8 = 8
Recupera: 179 puntos. Han solicitado daños por valor de un 20% lo que supone una recuperación adicional de 70 puntos.
Recupera en total: 224
Pierde: 56 puntos.
Compañías actualizadas y listas.
Por la participación en la batalla se reparten 100 Nóti.
Por las historias se entregan 96 Nóti.
Historia finalizada.
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