La Guerra de los Clanes

Batalla 62. Revuelta En Naraharaz.

Terminada
Escrito el 26-07-2008 12:22 #1

Fin Guerra: Al´Varant se retira del Combate

Armadas perdidas por "Maianor" = 22

Armadas perdidas por "Al´Varant" = 20

Victoria para Al Varant. Conservan la ciudad.

Escrito el 30-07-2008 23:09 #2

Elaren bostezó, aburrida. Aquel trabajo en la forja había resultado ser más tedioso de lo que pensara en un principio. Había imaginado que los hombres morenos de aquel país de arena y sol tendrían valiosos metales que moldear en los fuegos de la forja. Sin embargo, hasta ese momento no había podido manejar más metal que el horroroso hierro y, de vez en cuando, el acero. Tenía fama de hacer espadas más afiladas y más resistentes que sus compañeros, pero para ella eso no era suficiente. ¡Que dejaran de pagarle con una palmada amistosa en el hombro, y le permitieran moldear oro, plata aunque fuera! Y sin embargo, allí estaba, aburrida y somnolienta.

Había salido bien para de la última batalla en la que había participado, al menos físicamente. Se había producido un cambio en ella: ya no temblaba de pies a cabeza cuando se encontraba de frente a un oponente, ya no deseaba por todos los medios que su pequeño tamaño hiciera que se olvidaran de ella en pleno combate. Había decidido mantener siempre bien presente el orgullo innato de su raza, y se había dedicado desde entonces a pulir y afilar un hacha que había forjado unas semanas atrás, antes de la gran batalla contra el Enemigo. Los varantes no suelen usar hachas en el combate, tan sólo los provisionales milicianos que, como antiguos leñadores, provinieran de los bosques. Pero ella no podía negar sus orígenes, y reconocía que se sentía más cómoda manejando el tradicional instrumento de combate enano que las extrañas y delgadas espadas de los varantes.

El Maestro herrero a cuyo cargo se encontraban anunció el fin de la jornada, y todos se apresuraron a abandonar el calor y el humo polvoriento de la forja. No era un lugar agradable para la mayoría de ellos –la enana no contaba-, y el trabajo era duro y difícil.

Siempre había armas que forjar.

La Dûrmana Narävhoriant, en cuyo mando se encontraba el Daresda Neyras, se había convertido en el gran estandarte del orgullo de Al’Varant. Ellos eran los defensores del Bien. Ellos habían derrotado a los seres malvados del Gran Cuervo.

Pero Neyras ish Kalormen no se engañaba a sí mismo con palabras vanas. Cierto era que su compañía había madurado en aquel lugar donde tantos varantes murieran. Pero quedaban pocos, demasiado pocos para defender la ciudad, y los refuerzos desde Varendia tardarían en llegar. Neyras lo sabía, y por eso su sueño no solía ser tranquilo. Sus hombres apenas podían cubrir toda la extensión de una sola cara de la muralla… muchos menos podían hacer frente a un ejército numeroso y bien equipado. La única esperanza de Neyras y sus consejeros –que, como él, sabían muy bien del estado real de la situación- era que la última batalla hubiera diezmado suficientemente a los ejércitos del Gran Cuervo.

Neyras, el Daresda, contemplaba el cielo estrellado. No había luna, y podía verse el cielo en toda su magnitud. Aquel día, además, estaba despejado: Narävhor es una provincia rica y fértil, debido a su idónea situación entre dos ríos caudalosos, lo que propicia que sea una región más lluviosa que el resto de Varantar.

Suspiró y se preguntó con cierta nostalgia si aquellas luces intermitentes y hermosas serían, tal y como afirmaban los teólogos varantes, los espíritus de todos los seres bondadosos que habían “brillado” en su paso por el Mundo de los Vivos. Reflexivo y culto, el veterano general era un buen ejemplo de la cumbre en las aspiraciones de un militar varante. Combinaba el poder político con el “poder de la mente”: una gran cultura y una soberbia educación.

A su lado apareció la figura de una mujer joven, de unos veinte años de edad. Su nombre era Sharah; ambiciosa y tenaz, había escalado con rapidez en la escala de poder del Ejército. En la actualidad ocupaba el cargo de escudera del Daresda; un título humilde en teoría… pero todos sabían que era el mejor método, sabiéndose mover y atacar cabos, de alcanzar el mando de una Dûrmana entera.

Pero Sharah no era una mujer ambiciosa en el sentido más pérfido y astuto del término: ella respetaba a su superior; más aún, lo quería. Circulaban todo tipo de rumores alrededor de ellos dos, pero lo cierto es que, como buenos rumores, tenían poco de verdad. Si bien ambos eran inseparables, su relación no superaba la más pura y sincera amistad. Confiaban el uno en el otro, y con eso bastaba.

La joven se sentó a su lado con un suspiro y una mueca de dolor. En la última batalla había recibido una fea herida en el muslo, y aún le dolía.

- ¿Qué tal el día? –preguntó Neyras saludándola con la mirada. Ella volvió a suspirar y se reclinó en su asiento.

- Horrible… como no podía ser de otro modo –dijo ella. Neyras se permitió sonreír en la oscuridad, pero no dejó que Sharah lo viera. La escudera tenía un carácter… notable.

- ¿Alguna novedad? –quiso saber el Daresda.

- Estamos esperando el informe de los exploradores. Con ellos partieron algunos nómadas, ya sabes. Estos días han estado algo intranquilos.

Neyras asintió, acariciándose la barbilla.

- ¿Para cuándo llegarán los exploradores? –preguntó el Daresda tras unos instantes de silencio. En aquellos momentos de la noche, la oscuridad y el silencio producían una extraña congoja en muchos de los que, como él, se quedaban despiertos hasta altas horas.

- Pues… dentro de muy poco –respondió Sharah-. Ya deberían estar cruzando los portones de la ciudadela.

Como respondiendo a sus palabras, la puerta de entrada de la habitación del general resonó al ser golpeada repetidas veces. Sin esperar una respuesta por parte de Neyras o Sharah, un extraño enfundado en gruesas capas entró en la sala. El Daresda lo reconoció de inmediato: Arashtos, líder del clan nómada de Imehed el Sabio. Y descubrió más cosas sólo con vislumbrar el gesto sombrío del veterano guerrero. Se estremeció. No le esperaban buenas noticias.

Escrito el 31-07-2008 00:09 #3

El sol sobresalió sobre el horizonte amarillo de colinas y arena con lentitud, como si aquel día sintiera pereza por alumbrar el mundo de los varantes. Dicen las leyendas de los inmortales Elfos, tan ajenos al calor y la dureza del desierto de Al’Varant, que el Sol es un navío tripulado por una poderosa joven llamada Arien. Quizá este ser refulgente presintiera que aquel día se derramaría sangre inocente. Quizá sabía Arien lo que iba a ocurrir en Naraharaz, la que antaño llamaran Varendia Segunda o Nueva Varendia. Quizá por ese motivo se resistiera a alumbrar al mundo, para evitar tener que presenciarlo.

O quizá no fuera por ese motivo en absoluto. Es sabido que en Arda –o Al Vharea, como llaman los varantes al Mundo- acontecen grandes desgracias cada día, y muchas de ellas son más tristes y graves que los problemas de la egocéntrica patria de los varantes.

Neyras no sabía nada en absoluto acerca de todas aquellas leyendas y canciones de los Elfos, pero igualmente miraba al horizonte con impaciencia y nerviosismo. Enfundado completamente en su armadura de placas, sobre su caballo acorazado, el líder de la Dûrmana deseaba fervientemente que llegara el día. Contra aquellos seres oscuros, los Rar –los trolls- o los Ohârae –los Hombres Negros, los orcos-, Neyras había aprendido que la mejor defensa era la luz. Y todos los que han tenido que desafiar al desierto saben que el Sol tiene mucho poder allí.

Cuando el disco solar sobresalió por encima de las arenas, Neyras suspiró de alivio sin poder contenerse. Sus compañeros cataphractae sonrieron y lo miraron, igual de nerviosos que él. En la última batalla habían muerto la mayor parte de sus efectivos, de modo que decidieron que sería más conveniente ofrecer como resistencia a los temidos catafractos varantes. Apostaron a unos pocos arqueros en las almenas y esperaron.

Pero, ¿qué había puesto en funcionamiento a la maquinaria varante? Las noticias que Arashtos trajo no eran, efectivamente, buenas en absoluto. Una compañía de ohârae se dirigía con máquinas de asedio a la capital. No era muy numerosa, pero tras la última batalla cualquier pequeña compañía de soldados podía resultar un oponente formidable –al menos en lo que a números se refería- frente a la reducida compañía de fieles a Al’Varant.

Y, de nuevo, los soldados de la Dûrmana tuvieron que interrumpir su sueño y montar guardia toda la noche, mientras los caballos de los nómadas descansaban de la intensa cabalgada y los jinetes eran armados convenientemente. No todos pertenecían a los cataphractae, pero sí tenían experiencia manejando caballos, de modo que fueron ascendidos automáticamente a la codiciada posición de la Caballería Catafracta.

El Daresda, unos momentos antes de unirse a sus compañeros, se dirigió a uno de los torreones de la muralla. Allí lo esperaba uno de sus hombres de confianza; le dio una carta cerrada y asintió con un gesto. Su amigo suspiró y asintió, a su vez. Como Neyras sabía, el joven mensajero se había mostrado opuesto a la petición que el general le había hecho.

Él era un general, un buen general. Tenía los pies sobre la tierra. Y sabía que las oportunidades de victoria de la Dûrmana eran muy escasas. Tenía la certeza de que moriría, de un modo u otro, ganaran o perdieran, y debía atar todos los cabos antes de partir hacia el Etéreo, si aquel era el destino que Adrhant le había reservado. Su esposa y sus dos hijas lo esperaban en Varendia, y debía despedirse antes del fin.

La esperanza es algo que tarda en perderse. Es lo último que se pierde, suele decirse. Pues bien, el lógico y racional Daresda la había perdido.

Aquel pequeño ejército invasor habría provocado la risa de los varantes en otra situación. Pero no fue lo que ocurrió entonces. Ni los jinetes ni los arqueros rieron. Eran pocos, tan pocos… Pero librarían su batalla, defenderían la ciudad que una vez intentó echarlos por la fuerza.

Los estandartes del Cuervo avanzaron a lo largo del campo frente a la ciudad. Uno de los arqueros con visión más penetrante, Arosh vai’Nah, observó que los ohârae se mostraban incómodos bajo la luz del sol. Muchos gruñían y otros tantos se mostraban débiles y vacilantes. Ni vieron a ningún Rar aquel día. Pero junto con la tropa de orcos observaron, eso sí, cinco loceroquen dirigiendo a sus bestias temibles. Arosh, como otros, tragó saliva. Y encomendó todos sus rezos a Adaner para que protegiera a los nómadas de Arashtos, los únicos que podrían hacerlos frente.

Eran pocos los que quedaban en las almenas, y por eso mismo tiraron sus flechas con sumo cuidado. Uno de sus mayores logros fue derribar a uno de los temibles Jinetes. Pero los orcos cavaron trincheras y sitiaron la ciudad, y poco a poco avanzaron con sus máquinas horripilantes hacia la puerta misma, tantas veces reparada ya, de la ciudadela.

Muchos de los ohârae portaban arcos, y poco a poco perdieron hombres y moral.

La veintena de arqueros que sobrevivió a aquella acometida decidió bajar a las calles para protegerse. Ya no tenía ningún sentido permanecer allí.

Sólo bastó un ariete para destrozar la puerta. No hubo aceite hirviendo, ni piedras ni nada parecido. No porque faltaran recursos. Faltaba lo más elemental e imprescindible… manos con que utilizar esos recursos.

Pero Neyras no se había quedado parado mientras los orcos destrozaban, golpe a golpe, la puerta de la ciudad. El centenar de catafractos formó en dos grupos de cincuenta hombres, a ambos lados de la puerta, parcialmente ocultos por las plantas de la Plaza Mayor y los edificios anexos a la muralla.

Elaren estaba entre ellos, pero no había aceptado de ningún modo que la subieran a uno de esos caballos. Incómoda e impotente, sintiéndose inútil entre dos grupos tan distintos a su heterodoxa forma de combatir –arqueros y jinetes-, decidió desenvainar su hacha y permanecer alejada de la puerta. Entraría en combate… pero una vez que lo hicieran todos. No había perdido el sentido común, y su cuerpo pequeño y corpulento era presa fácil para los caballos acorazados.

Un último golpe destrozó la puerta y dispersó los fragmentos por la plaza. Los orcos y los hombres salvajes que los acompañaban –montañeros de las rudas colinas del norte, gente siniestra y malvada que había sido corrompida por el Enemigo- se abalanzaron en tropel sobre la plaza, presintiendo un botín cercano y fácil.

Los jinetes no cargaron inmediatamente; dejaron que se acumulara una cantidad suficiente de enemigos en la plaza. Ocultos y escondidos, la sombra era aún casi total bajo la muralla, y sus corazas no brillaban; de modo que aquellos seres, cuya vista no parecía ser muy acertada bajo la luz del Sol, no los vieron.

- Nahla, Al’Varant! Nahla, Al’Darmos! –rugió Neyras de pronto, y los jinetes se abalanzaron como un vendaval sobre los desprevenidos guerreros. Los orcos de la plaza fueron aplastados sin apenas bajas por parte de los varantes y, impulsados por su propia inercia, los caballeros de Al’Varant cargaron sobre los enemigos acampados en el exterior de la ciudadela. Su empuje inicial los salvó aquel día… pero a qué precio. Tras el desconcierto inicial, los orcos presentaron batalla, y combatieron con fiereza y desesperación, enardecidos por el griterío insoportable de los cuervos del Enemigo. Uno a uno, los varantes fueron cayendo. Pero combatieron con una valentía y un orgullo que sería recordado siempre en las canciones y las crónicas de la Historia. Ellos eran los defensores de Al’Varant. Ellos eran Al’Varant.

Escrito el 31-07-2008 00:49 #4

Según las crónicas de la época, y según el diario de Neyras ish Kalormen, Daresda de la Dûrmana Narävhoriant, fueron seis las personas que sobrevivieron a aquel terrible día, al margen de los nómadas, que lucharon según su propio criterio. Sus nombres resonaron en las calles de Varendia durante días como un símbolo del heroísmo que los varantes mostraron aquel día. Muchos extranjeros dicen de los varantes que son un pueblo utilitarista y traicionero, demasiado preocupado por su propio bolsillo. Quizá tengan algo de razón. Pero aquellos seis hombres, y todos los demás que murieron, fueron durante mucho tiempo el orgullo de las Tierras de Al’Darme. Quizá fueran, efectivamente, la excepción que confirmara la norma. O quizá no.

Neyras jadeaba, herido y agotado. Despojado de su caballo, empalado e inutilizado, el general había tenido que combatir a pie. De su labio manaba la sangre, así como de su mano izquierda y su pierna. Sus manos y toda su armadura habían quedado negros por la sangre de aquellos seres de las Residencias Sombrías. Mareado y desorientado –sus fuerzas lo habían abandonado hacía tiempo-, no se decidió a detenerse, o a seguir andando sin rumbo fijo, o a sentarse y descansar. No entendía bien lo que ocurría. Él no lo sabía, pero lo más probable es que su estado se debiera a la poca sangre que recibía su cerebro en aquellos instantes.

El hedor de los muertos mezclado con las cenizas y el polvo de la arena resultaba nauseabundo e insoportable, de modo que decidió alejarse. Poco a poco, la cordura fue retornando a su mente. Miró a su alrededor, intentando buscar a alguien con vida. En un primer momento no encontró a nadie, y desesperó.

“¿Es éste el Etéreo?”, se preguntó de pronto. Quizá había muerto repentinamente, sin que tuviera tiempo para asimilarlo. “¿O no he sido considerado digno y me han enviado a las Magras Residencias de Nidrant?”.

- Audrant, meihastael! –gritó al aire emponzoñado. De pronto, se detuvo. Le parecía haber escuchado algo.

- Meihastael, Daresdos! –escuchó. Se dirigió hacia el hombre que había dicho aquello con el corazón en un puño.

Seis. Ésa era la terrible cifra. Seis.

Elaren el enano, los arqueros Arosh vai’Nah y Ceria in’Vhih, y los catafractos Shamer Hamza y Elhena ei’Vinar, junto con el propio Neyras. Seis.

Los únicos que habían sobrevivido.

El general se arrodilló sin fuerzas sobre el cuerpo que yacía ante él. Cerró los ojos, y se tapó la cara con las manos. Pero el llanto surgió como una oleada, y no pudo reprimirlo. Es más… no quiso hacerlo.

Ante él, el cadáver aún caliente de Sharah, su mejor amiga, su gran apoyo, su referencia y su posible sucesora. No había habido palabras entre ellos. La joven sólo había podido sonreírle antes de morir… pero eso había sido suficiente. Para los verdaderos amigos como eran ellos dos, sólo bastaba eso. Sus ojos le habían mostrado todo aquello que Sharah no había podido decirle con palabras. De pronto, el general echó de menos la voz dulce de su amiga. Mas Neyras había comprendido el mensaje de su amiga… y el dolor remitiría más rápidamente gracias a eso.

Pero ella no había podido escribir ninguna carta. Una nueva y cruel ironía del destino.

Hubo algo aquel día que, sin embargo, provocó un cambio en la gran ciudad del antiguo Imperio varante. Toda una compañía se había sacrificado por una ciudad que los había rechazado desde un principio. Los habitantes de Naraharaz lo sabían… y aquello los conmovió.

Silenciosas filas de hombres y mujeres, ancianos y niños se acercaron al campo de batalla. En un acuerdo tácito y silencioso, se llevaron a los supervivientes, todos ellos heridos –entre ellos Elaren, con heridas realmente graves en el hombro, los brazos y el rostro- y los transportaron en camillas a los Salones de los curanderos. Todos ellos, incluido Neyras, cayeron en un profundo y doloroso sopor durante el camino.

Apilaron los cadáveres de los orcos y los hombres siniestros en un gran montón, y los enterraron en una gran fosa. Pero a los soldados muertos los taparon con velos y sedas y los llevaron con delicadeza a la plaza mayor frente al portón destrozado. Allí los embalsamaron y los cubrieron de algunas sustancias del desierto para que su cuerpo se conservara intacto durante muchos días.

Y allí, durante todo el día, fueron llegando los habitantes de la ciudad. Y la Plaza de Elhena quedó engalanada de flores, ofrendas y piedras de gran valor. Y nadie se atrevió siquiera a profanar la Plaza. La ciudad se mantuvo en un silencio solemne y respetuoso, se apagaron los fuegos de las herrerías y las forjas, y todos dejaron aparte su vida ajetreada para rendir culto a aquellos que los habían salvado a sabiendas de ser rechazados por la mayoría.

Días después, se decidió por acuerdo popular construir un túmulo frente al río Aisha. Allí, en la que a partir de entonces se conocería como la Colina de los Anónimos, los soldados muertos de la Dûrmana Narävhoriant fueron enterrados con todos los honores de los héroes. Allí asistió el Senado en pleno, y se otorgó la Estrella de Al’Darme tanto a los supervivientes como a los difuntos, a título póstumo. Y los Dherasda oficiaron una ceremonia especial para que los Guardianes del Etéreo recibieran como los héroes de la Dûrmana se merecían.

Pero en las canciones, cultas o populares, y en los registros de los historiadores varantes, todos coincidieron en que aquel aciago día en que murieron todos los soldados menos Seis… Aquel día, Naraharaz no sólo defendió a Al’Varant. Aquel día, Naraharaz fue Al’Varant.

Escrito el 03-08-2008 00:34 #5

Resumen de la batalla.

Al Varant ha perdido 20 armadas x35= 700 puntos.

Recuperables: 560 puntos.

Valoraciones: 7.8 + 9.1 + 8.8 + 8.3 = 8.5

Recupera: 476 puntos. Han solicitado daños por valor de un 40% lo que supone una recuperación adicional de 140 puntos.

Recupera en total: 60

Pierde: 640 puntos.

Compañías actualizadas y listas.

Por la batalla Al Varant recibe 450 monedas.

Por la participación en la batalla se reparten 220 Nóti.

Por las historias se entregan 96 Nóti.

Saludos!

Historia finalizada.