Fin Guerra: Marllajtay se retira del Combate
Armadas perdidas por "Maianor" = 22
Armadas perdidas por "Marllajtay" = 28
Victoria para Maianor. Marllajtay pierde el control de la ciudad

Fin Guerra: Marllajtay se retira del Combate
Armadas perdidas por "Maianor" = 22
Armadas perdidas por "Marllajtay" = 28
Victoria para Maianor. Marllajtay pierde el control de la ciudad
Los dos hombres discutían en la amplia sala ricamente adornada con delicadas tallas en piedra y madera, tenuemente iluminada por la suave luz de las antorchas. Belegoth, el general Númenóreano que encabezaba las fuerzas occidentales en Rómenor, permanecía sentado con porte impasible ante las críticas de su interlocutor. La mirada tranquila de sus profundos y pequeños ojos grises contrastaba con sus duras facciones y la expresión de su rostro, que aparecía amenazante. Cualquiera podría pensar que en cualquier momento podía saltar como una fiera salvaje sobre Gwyllion, pero sus ojos seguirían expresando la misma indiferencia.
- Pero mi general, una unión con los Borhala de Annwyn no nos proporciona ningún beneficio. Son débiles, y la toma de Annwyn sólo empeorará las cosas con los Marllajtay.
- ¡Tonterías! ¡No he hablado de aliarnos con los Borhala! Sólo nos proporcionarán parte de las fuerzas necesarias para extender nuestro dominio en Annwyn y al sur de las costas de las Andië. ¿Y qué quieres empeorar? ¡Estamos en guerra! El poder Marllajtay se extiende ahora a lo largo de las costas de las Andië, desde Híssuë y hacia el sur. Y me cuentan que se han aliado con los Isgur del Nendataure en sus campañas por el bosque. No, no podemos permitir que su poder siga creciendo. Debemos frenarlos.
- ¿Y qué hay de la voluntad que ha demostrado el Khútic Allpa’huátl para acercar las posturas? Los ataques a nuestros barcos se han casi detenido. Su política de control de la piratería empieza a funcionar. Y mi amigo Morlyg sigue con ellos. Tal vez podamos reanudar el diálogo con él como embajador…
- Eres un inocente, mi querido Gwyllion. Pero no te culpo. Las personas como tú creéis que todo se puede resolver mediante el diálogo y las buenas intenciones. Pero no es así. Híssuë seguirá creciendo hasta que pueda hacernos frente si no la detenemos antes. Y no me hables de ese Morlyg. Ha traicionado a los suyos uniéndose a sus enemigos. No quiero que le vuelvas a nombrar.
- Pero mi general…
- ¡Basta! La decisión está tomada. Cuento con la aprobación del rey. Puedes retirarte.
Gwyllion no volvió a replicar, pues el general Númenóreano era de voluntad inquebrantable, y él mismo podía recibir las consecuencias si seguía cuestionándolo. Dio media vuelta y se alejó hacia la puerta, tras la cual, los dos soldados del palacio de Anwafirya seguían montando guardia. Belegoth se dirigió a uno de ellos cuando entraron en la estancia tras la marcha de Gwyllion.
- Haz venir a Hareth. Mañana partirá hacia Lóna Halátir.
Cinco días después, una poderosa flota Númenóreana partía hacia al sur desde Lóna Halátir, con Hareth y Tehór’fil al frente. Todo había sido preparado con anterioridad por el propio Belegoth: una flota que escoltaría a las fuerzas rebeldes de Tehór’fil, ahora atrincheradas en las islas vecinas a Annwyn, esperando la convocatoria de su capitán. El borhala y los suyos serían quienes realizarían el ataque, de modo que las fuerzas Númenóreanas tan solo se encargarían de equilibrar la batalla a favor de los rebeldes de Tehór’fil. Una importante victoria de Númenor que se saldaría con un mínimo coste para los occidentales.
Amanecía un día tranquilo en Annwyn. El sol empezaba a alzarse por encima de las distantes Andië, tiñendo de tonos violáceos un cielo apenas salpicado por algunas nubes. En la ciudad los comerciantes empezaban a abrir sus tiendas o a montar sus puestos en el mercado. Los campesinos descendían la avenida principal en dirección a las puertas de la ciudad para empezar la jornada.
Pero algo rompía la calma de la ciudad aquella mañana. Un joven se abría paso por la avenida a gran velocidad, chocando con la gente y sorteando los obstáculos que encontraba en su camino hacia el palacio del Zôr de Annwyn. Mar'ek Ýthuel lo recibió personalmente en sus estancias, ahora ricamente adornadas a la usanza de Híssuë. Los bustos en memoria de los Grandes Ñáal habían sustituido a los de los antiguos reyes de Annwyn y los motivos en honor al Khôndor remplazaban a los paganos cuadros y murales de criaturas marinas.
- Mi señor Mar’ek, han llegado noticias del norte. Un ejército Chák’ay se está movilizando en la vecina isla de Annanlin. Eso fue hace dos días, se teme un nuevo ataque rebelde.
El oscuro general Marllajtay tornó su rostro en una desagradable mueca amenazadora. Sus pequeños ojos negros parecían querer fulminar al muchacho, que permaneció en pie, con los labios apretados.
- ¿Un ejército, dices? ¿En Annanlin? ¿Y cómo no se me ha informado antes de tal actividad?
- Mi señor, sólo traigo el mensaje de nuestros exploradores en la zona. No se me ha dado esa información…
Mar’ek estalló en una sonora carcajada.
- ¿No se te ha dado esa información? Ellos deberían responder personalmente por su ineptitud y haberme traído las noticias, en lugar de mandar a un pobre chico para que no descargue mi ira sobre ellos. Puedes irte. Volverás al puerto y ordenarás sin falta la comparecencia de Miyotl ante mí. ¡Aprisa!
Cuando el joven se marchó, Mar’ek lo dispuso todo para celebrar consejo inmediatamente, en el que participarían Erelas, Miyotl y el dirigente del Consejo de Annwyn.
La reunión fue breve y bien pronto todo estuvo dispuesto. Mar’ek dispuso las defensas Marllajtay en todo el perímetro de la ciudad y las fuerzas leales de Annwyn guardaban los muros, ahora atestados de arqueros. Erelas organizaría la defensa del puerto de Annwyn, mientras Miyotl se dirigió al norte de la isla, donde los Marllajtay habían fundado un nuevo asentamiento que ya empezaba a prosperar. Allí se temía que ocurriría el primer ataque y fue donde se desplegó la mayor defensa: diez kolliaotl Marllajtay y cuatro indestructibles kobukaj custodiaban el puerto, al amparo de las cuatro torres de vigilancia que los Marllajtay habían construido en los meses posteriores a la última revuelta.
Esa misma tarde el horizonte apareció recortado por las grandes velas del ejército que se aproximaba desde el norte. Miyotl comprobó horrorizada que los rebeldes Chák’ay no llegaban solos, sino que una poderosa flota Númenóreana viajaba con ellos. En seguida comprendió que no lograrían conservar el puerto frente a tal ejército y envió mensajeros a la ciudad, instándoles a redoblar las defensas y disponerlo todo para permitir la entrada a las fuerzas del campamento del norte. Pero antes debían luchar. Luchar y mermar las fuerzas enemigas todo lo posible antes de que se presentaran ante las puertas de la ciudad.
La batalla en el puerto del norte fue rápida. Las defensas Marllajtay apenas pudieron resistir por un tiempo el ataque rebelde, que con la ayuda de los Númenóreanos pronto consiguieron tomarlo, cobrándose muchas víctimas. Los temibles kobukaj tan solo lograron destruir tres barcos rebeldes antes de que éstos llegaran al puerto, cuando Miyotl ordenó la retirada a la ciudad. Ésta huyó junto con lo que quedaba de sus hombres, con los guerreros atacantes pisándoles los talones. Tenía un brazo roto, y la marcha fue trágica y varios hombres más perdieron la vida en esa huída.
Mar’ek Ýthuel dio la orden de cerrar las puertas de la ciudad tan pronto como el grueso de las fuerzas de Miyotl las hubo traspasado, abandonando así a su suerte a los pocos rezagados que los seguían siendo acometidos por los rebeldes chák’ay y los númenóreanos a las órdenes de Hareth. Viéndose atrapados entre la espada y la pared, los Marllajtay que no habían logrado entrar en la ciudad huyeron hacia el puerto custodiado por Erelas, quien ya organizaba la retirada por mar hacia al sur, temiendo una estruendosa derrota de su gente.
Allí soportó durante el resto de la jornada un continuo pero débil asedio de las fuerzas atacantes, mientras en lo alto del peñón el ataque fue mucho más demoledor: las saetas encendidas cortaban el aire por encima de los muros de la ciudad, mientras los arqueros de Annwyn se esforzaban por menguar las tropas atacantes desde los muros.
Y en el interior de la ciudad, otra batalla se estaba gestando. Pues asustados y privados de escapatoria, muchos de los habitantes de Annwyn optaron por unirse a la rebelión, y aquí y allá se abrían focos de pelea donde los guardianes de la ciudad se batían con los lugareños sublevados, armados con herramientas, bastones y otros objetos. Algunos edificios empezaron a arder y las columnas de humo empezaron a alzarse por encima de los muros de la ciudad, señal que rápidamente interpretaron los atacantes y a la cual respondieron con exaltados cantos y vítores.
Mar’ek contemplaba el transcurso de la batalla desde lo alto de la torre de vigía, justo sobre el portón de la ciudad. Frente a él se extendía el ejército que Tehór’fil había organizado, fuerza del alcance de la vista de Mar’ek, para acabar con el control Marllajtay sobre Annwyn. Para acabar con la esperanza de un gran imperio Borhala que dominara las costas de Rómenor bajo la protección del Khôndor. Entre murmullos lanzaba maldiciones contra el traidor Tehór’fil y en aquél momento vio cómo se abrían las filas enemigas y tras ellas avanzaban seis enormes ariete númenóreanos, adornados con bellas insignias Borhala y el busto de una gran ave los coronaba.
Imposible. Las flechas Marllajtay apenas conseguirían incendiar dos o tres de esos arietes antes de que el resto alcanzara las puertas. Y Mar’ek sabía que éstas no resistirían tal ataque ni diez minutos. Y luego todo habría acabado. No había otra puerta en toda la ciudad, aquello seria una masacre. Dio media vuelta sin cambiar su expresión y se dirigió al exterior de la torre, jurando volver y reconquistar algún día la isla, y sería él personalmente quien diera muerte al traidor. Alcanzó una tea de la pared y con ella prendió fuego a la almenara que coronaba la torre.
Al ver la llameante almenara encendida, la lucha se detuvo en el interior de la ciudad. Los soldados Marllajtay y la guardia de Annwyn huyeron a refugiarse en los muros de la ciudad, desde donde Mar’ek se proponía huir. Pero éste sabía muy bien que la puerta exterior de la muralla, en el lado sur de la ciudad, era bien conocida por los rebeldes e iba a estar vigilada. También esa fue una trágica huída en la que muchos más hombres perdieron la vida en el descenso hasta el puerto. Mar’ek se habría camino al frente de sus hombres y recibió múltiples heridas hasta llegar al lado de los que defendían el puerto, único lugar quizás donde los Marllajtay dominaban aquella batalla.
- ¿Dónde está Erelas? – preguntó Miyotl una vez los barcos estuvieron a salvo en alta mar.
- Ahora reposa en su camarote, mi señora. Sufrió una herida de flecha mientras defendíamos el puerto – respondió un oficial.
Mar’ek y Miyotl fueron hasta allí. La encontraron sentada en la cama, pensativa. Alzó la mirada al percatarse de su presencia.
- ¿Y bien, mi señor? ¿Cuál es ahora nuestro rumbo?
- Iremos hacia el sur. Esperaremos los refuerzos y cuando sea el momento el Khôndor nos conducirá a la victoria sobre esos blasfemos – respondió Mar’ek, contrariado.
- Tal vez al Ave no le importe demasiado quiénes de los Borhala gobiernen en Annwyn… supongo que alguien como tú habrá reparado en las insignias y estandartes de Zôr-Khôndor que llevaban nuestros enemigos.
Resumen de la batalla.
Marllajtay ha perdido 28 armadas x35= 980 puntos.
Recuperables: 441 puntos.
Valoraciones: 8+8,9+7+8,4= 8,075
Recupera: 356 puntos. Por los daños sufridos por los dirigentes de la compañía se recuperan 175 puntos. Total recuperación: 441 puntos.
Pierde: 539 puntos.
Sanción por la demora en la publicación de las historias: 19 armadas, lo que se traduce en 665 puntos.
Total pérdida: 1204 puntos.
Por la participación en la batalla se entregan 600 monedas.
Por la retirada de la batalla pierden 100 monedas.
Compañías actualizadas y listas.
Historia finalizada.
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