La Guerra de los Clanes

Mothothrond

Escribiéndose...
Escrito el 09-08-2008 15:45 #1

Primavera del año 1599 S.E.

Una extraña plaga de pequeños insectos se está extendiendo por algunas regiones de Rómenor. Las enfermedades se propagan entre la población mientras las cosechas son devoradas, nadie sabe nada acerca de esta plaga.

En esta época, los Aldalântar mantienen una cierta vigilancia en las tierras de los Uonu-Nyrr por temor a algún ataque. Durante esta vigilancia, Brêt, un aldalânta que se infiltró en Tuyrozd, escucha una conversación sobre estos nuevos insectos que habían aparecido en algunos lugares:

“Los extranjeros no se explican por qué no nos atacan los insectos viviendo tan cerca de los grandes pantanos. No tienen ni idea de la procedencia de esta plaga, ninguno ha oído hablar de los Mothothrond... una plaga como ésta hizo que su civilización se colapsara y acabara devorada por las rojizas caobas”.

Esta conversación llegó a Neitillot y los aldalântar, desesperados, decidieron investigar sobre ese desconocido pueblo: los Mothothrond.

Durante semanas revisaron sus libros y pergaminos sin éxito hasta que finalmente un grupo viajó a la Gran Biblioteca de Tulkatumbo donde encontraron una escueta cita que mencionaba a aquel desconocido pueblo:

“Mothothrond, el Pueblo del Crepúsculo, notable civilización humana desaparecida en el año 658 de la Segunda Edad”.

-Ese es el año del gran desastre del Yáraúlea, es posible que desaparecieran por este motivo - dijo Branda, la balta de los aldalântar.

-Aquel maldito elfo oscuro no habría dicho entonces que habían sucumbido a una plaga, no sabía que uno de los nuestros estaba escuchando, no tenía motivos para mentir a su compañero - aclaró Tathâral, el general de los ejércitos.

-Aunque así fuera, no tenemos ni idea de dónde se asentaban... - consideró Branda -. Rómenor es enorme y está llena de ruinas, no los encontraríamos ni en cien años, y dudo mucho de que si seguimos así lleguemos a fin de año.

-En realidad sí tenemos cierta idea de dónde se encontraban - dijo, de pronto, Aranarth, un importante sacerdote que había visitado la biblioteca de Tulkatumbo -. Buscando en esta biblioteca encontré un libro, “Herbología de Rómenor” escrito por un tal Fardin de la Casa de Rakis, en el que se dice que sólo crecen árboles de caoba en las cercanías de la ciudad de Ghân a orillas del Nensha.

La búsqueda continuó infructuosa y finalmente los Aldalântar decidieron aferrarse a la poca información que habían conseguido y un pequeño grupo de elfos partió hacia la ciudad de Ghân, en el borde meridional del Gran Desierto.

Pero eran tiempos extraños en Rómenor, los vecinos sospechaban unos de otros especialmente desde la llegada de la plaga, por lo que varios ojos observaron la partida de los Aldalântar y decidieron seguirles.

Escrito el 10-08-2008 00:33 #2

Osto Ohtalossê. Primavera del año 1599 S.E.

La lluvia tenue que cubre la ciudad desde primera hora de la mañana me recibe con los brazos abiertos al salir de casa. El manto de crepé azul que cubre mis cabellos apenas sirve para protegerme de la lluvia, por lo que acomodo sobre él la capucha de piel blanca de la capa.

Quizás la lluvia amaine a lo largo del día. Eso nunca se sabe. La primavera alterna días fríos y lluviosos con días espléndidos de sol y calor; incluso a lo largo de un mismo día el tiempo puede cambiar sorprendentemente.

Pero aquella lluvia matinal no supone en modo alguno un impedimento al ajetreo primaveral de la ciudad. Asciendo a través de una calle lateral que conecta directamente con Taratiê, la avenida principal que desemboca ante las grandes puertas de Parma Thyr. La guardia del Balî permanece de pie ante los grandes portones, aparentando mantener la mirada fija en el infinito, aunque sé muy bien que observan atentamente a todos los que traspasamos las puertas.

Paso por alto la exquisita ornamentación escultórica y arquitectónica del Khotsê. Subo rápidamente por la amplia escalinata de piedra blanca hasta resguardarme de la lluvia bajo el frontón tallado que sostienen las grandes columnas estriadas.

Nada más atravesar las grandes puertas acristaladas retiro la capucha de piel hacia atrás, y desato los nudos que cierran la capa, sin dejar de avanzar por el enorme pasillo de mármol blanco y rojo. A ambos lados se abren puertas lisas de madera blanca, algunas de ellas dobles, y la mayor parte cerradas. Sin embargo, no aminoro el paso hasta casi el final del mismo. Me detengo ante una de las puertas situada a mi izquierda, y la golpeo suavemente con los nudillos.

- ¡Adelante! – la voz que llega desde el otro lado de la puerta es dulce pero autoritaria a la vez. Abro la puerta rápidamente y entro en la habitación al tiempo que retiro la capa de mis hombros.

Elesinyê se encuentra sentada ante una gran mesa de madera roja atestada de papeles, sonriéndome amablemente.

- Cierra la puerta – me dice al tiempo que se incorpora lentamente, y yo cumplo rápidamente su petición. Después añade – Me alegro de verte Syâra.

- He venido en cuanto he podido – respondo con semblante serio – Pero no ha sido fácil escabullirme de Thyrost sin dar explicaciones Elesinyê. Por lo que supongo que tus motivos para hacerme venir han de ser verdaderamente importantes.

Elesinye señala el sillón que se encuentra a mi derecha, y una vez me acomodo en él, ella se sienta de lado en la mesa.

- Es un asunto más que importante – sus ojos dorados me miran con intensidad, y puedo ver una sombra en su mirada – Se trata de algo extremadamente grave. Algo que requeriría de mi más dedicada atención si no fuera porque aquí en Ohtalossê cada día se me complican más las cosas. Tú lo sabes bien…

- Entonces no se trata de nada relacionado con el Balî – concluyo con cierta decepción en la voz.

Ella sonríe abiertamente, y por un momento las sombras de sus ojos desaparecen.

- En cierta forma, todo lo que ocurre en Ohtalossê tiene que ver con el BalÎ – responde – El Balî personalmente ha requerido voluntarios para ésta… misión. Supongo que pronto encontrará alguno de su entorno, dispuesto a ocuparse de ella. Y por supuesto, sea lo que sea lo que vaya a descubrir, quiero ser la primera en enterarme. Si puede ser, antes que el propio Balî.

- Comprendo – por primera vez una amplia sonrisa asoma a mis labios - ¿De qué se trata entonces?

- Tú misma estás al corriente de la extraña plaga que se está extendiendo sobre Dakondor procedente de los pantanos del Este. No es nada nuevo, y aunque gracias al toque de queda hemos conseguido detener su avance, las cosechas merman, y en los campos aldeas enteras han sucumbido a sus efectos.

- Sin embargo eso es algo de lo que el Airassê y los Envinyar deben encargarse, ¿no es así? No veo la relación de esa plaga con el Otomassê. Ni conmigo.

- Y así ha sido, al menos hasta ahora, Syâra. Lamentablemente ni las ofrendas y oraciones del Airassê, ni los conocimientos curativos de los Envinyar, han servido de nada hasta ahora. Y mucho me temo que seguirá siendo así. No obstante, hemos descubierto que quizás hay algo más de lo que parece a simple vista en éste asunto. Y ahí es donde entra el Otomassê, y más concretamente, donde entras tú.

- No se por qué me sorprendo de tu capacidad para la intriga, después de tanto tiempo – sonrío con cierta ironía en la voz. Una ironía que a ella no le pasa desapercibida, y ella ríe abiertamente.

- ¡Hay cosas que el tiempo no cambia! Y por lo que veo, todavía conservas hacia mí parte del rencor que nos tuvimos durante el Narwanolmë.

- No te equivoques, Elesinyê. – sostengo con una sonrisa velada – No hay rencor. Todo aquello pertenece al pasado, y creo que ambas lo hemos superado. Rivalidad, competición. Ahora soy maestra en Thyrost, y comprendo mejor que nadie cómo se fomentan esos sentimientos entre los alumnos más sobresalientes. Pero también hay valores. Compañerismo, lealtad, hermandad. Somos hermanas de armas y eso no cambiará nunca – mis ojos de un intenso color añil se funden con los suyos – Pero hay cosas que el tiempo no cambia. Confío en ti, pero he aprendido a mantenerme en guardia.

Ella asiente con una sonrisa. Se incorpora rápidamente y rodea la mesa para sentarse ante la mesa del despacho.

- Te diré entonces qué es lo que he podido averiguar hasta ahora – dice, recostándose despreocupadamente sobre el respaldo – Ni que decir tiene que todo esto ha sido informado directamente al BalÎ, y después ha llegado a mí de forma, digamos, discreta. Según parece nuestros espías han informado que ésta plaga afecta a diferentes pueblos de Rómenor. Mal de muchos, consuelo de tontos, dicen. Esa información, por sí sola, no sirve de mucho. Pero algunos de estos pueblos se han puesto en marcha, intentando averiguar de dónde procede, y si existe alguna forma de detenerla. En concreto, los más útiles han sido nuestros espías en Neilillot. Según parece, la mismísima Branda y el General Tatharal – pronuncia sus nombres con evidente repulsión, y lo comprendo – han viajado a la Biblioteca de Tulkatumbo en busca de alguna información. Y para nuestra sorpresa, algo deben de haber encontrado. No estamos seguros, pero nos han informado que han enviado un grupo a investigar hacia el sur de aquella ciudad. Nuestros informadores todavía les están siguiendo, y sus últimos mensajes indican que acaban de alcanzar la ciudad de Ahyamára.

Elesinyê toma aliento, antes de continuar.

- El mismo Engrel ha decidido enviar un grupo en barco, remontando el Kelkaranî, y seguir desde allí sus pasos. Todo lo que ellos averigüen, nos servirá a nosotros. Quizás incluso vosotros mismos podáis descubrir algo que ellos pasen por alto, si es que conseguís descubrir a dónde se dirigen.

- Acepto la misión, sin duda – sonrío – pero quienes formaremos el grupo, y quién estará al mando.

Mi última pregunta no la sorprende, al fin y al cabo, ambas somos soldados nurulântar.

- Tú misma estarás al mando, Syâra. Es posible que mi hermana se incorpore a la misión, su ayuda será fundamental, pues es una experta en hierbas y curas. Pero desde el punto de vista militar, tú estás al mando.

- ¿Y el enviado por Engrel? – pregunto, insistiendo en ese punto, pero sin poder ocultar en la voz la satisfacción que me produce el saberme al mando.

- Se trata del Arkên Vintur – dice finalmente.

- Dudo mucho entonces de que esté dispuesto a cederme el mando – indico arqueando una ceja.

- Sin duda no le será fácil – ríe Elesinyê – Pero nuestro buen Vintur tendrá que hacer lo que el Khotsê determine. Y eso, Syâra, corre de mi cuenta.

Su risa es contagiosa, y no puedo evitar reir con ella.

- ¿Cuándo partimos? – pregunto finalmente.

- El Khotsê se reunirá de urgencia ésta misma tarde. El barco está preparado en Airalondê, por lo que es posible que se os requiera para partir hoy mismo, al anochecer.

Me levanto rápidamente, mientras en mi mente se agolpan ya cientos de tareas, pendientes de organizar con urgencia.

- Estará todo dispuesto para ésta misma tarde.

Ella se levanta también, y me acompaña hasta la puerta.

- No esperaba menos de ti, Syâra. En cuanto esté la orden, te enviaré un mensajero – me mira fijamente antes de abrir la puerta – No obstante, ten mucho cuidado. Engrel sospechará que trabajas para mí, y eso te situará en su punto de mira.

- Entiendo. Y sin embargo, eso mismo es el mayor aliciente que ésta misión tiene para mí – respondo simplemente, y después me despido con una sonrisa – Haryalnâ Elesinyê.

- Haryalnâ Syâra – responde ella alzando la mano abierta, aún cuando mis pasos ya resuenan levemente sobre el suelo de mármol blanco y rojo del pasillo.

[Editado por Indil el 10-08-2008 00:38]

Escrito el 10-08-2008 15:28 #3

En las afueras de Ghân

Una mujer, de cabellos grises y delgados, grita de dolor. Tiene el rostro desencajado y la mirada arde en un fuego opaco. Sus gritos la hacen exaltarse mientras su cuerpo se levanta ligeramente de la cama donde está postrada. A veces, el dolor aplaca y su rostro, envuelto en sudor, se relaja y duerme. Su mano delgada y arrugada sostiene otra mano pequeña y temblorosa.

-¿Se pondrá bien?- dice el dueño de la mano, un joven de grandes rizos y nariz aguileña, dirigiéndose a otra mujer rechoncha y de mejillas abultadas.

La mujer entonces suspira mientras con un paño limpia el sudor de la frente de la mujer enferma.

-Tu madre está muy grave. Esta enfermedad la está consumiendo poco a poco y no sé si podré hacer algo por su vida.

Una lágrima brota de los ojos pequeños del joven y, tras retirar su mano de la mano de su madre, se da media vuelta y abandona la estancia.

Afuera, el cielo está limpio y el camino principal de acceso a Ghân igualmente concurrido como siempre, o quizás no con la asiduidad de siempre, pero al menos las caravanas siguen llegando a pesar de que la extraña plaga está mermando las relaciones comerciales entre Ghân y Naraharaz y el resto del desierto del norte. Por ello, las cosas no están bien en Ghân, ha habido varios altercados en los últimos días, los mercaderes de la ciudad se echan la culpa unos a otros de llevar la plaga a través de las caravanas. Pero los políticos tanto de Naraharaz como de Ghân intentan aplacar los ánimos como pueden a fin de preservar las buenas relaciones entre las dos ciudades hermanas.

El clima es más húmedo en los alrededores de Ghân, a fin de cuentas ésta ciudad sirve de puerta entre el desierto y las grandes selvas, y sus habitantes se enorgullecen de ello. Pero no hay tiempo ahora de alegrarse, las cosechas están empezando a menguar y la población cae víctima de extrañas enfermedades.

El joven se limpia las lágrimas de los ojos con un pañuelo suave de seda que compró el mes pasado en uno de los bazares más importantes de Ghân. Su madre le había pedido que gastara en un capricho parte del sueldo recibido por su trabajo en las plantaciones de té y aquel pañuelo había sido el elegido.

Una voz lo distrae. Se da la vuelta y ve a la curandera de mejillas abultadas que se halla en la puerta de la casucha donde vive.

-¡Muchacho! Ven rápido, tu madre está consciente y quiere hablaos.

El joven se ilusiona, es posible que la enfermedad de su madre esté remitiendo pues hace ya unos días que su madre apenas ha abierto la boca para pronunciar palabra alguna. ¡Y ahora quiere hablar con él!

Se encamina hacia el interior de la vivienda. Su madre está despierta aunque tiene el mismo rostro arrugado que antes.

-Tinekh, hijo mío.- susurra mientras levanta la mano derecha.- Acércate.

El joven se acerca lentamente hacia la cama donde se halla postrada su madre. Se sienta en una silla que hay contigua a la cama y aprieta fuertemente la mano de su madre.

-Madre, vas a curarte de tu enfermedad.- afirma convencido.

Pero su madre mueve lenta y costosamente su demacrado rostro.

-No, hijo. El Gran Ave alzará mi alma hacia los cielos. Y tú debes ser fuerte.- la madre mira con ternura los ojos cristalinos de su hijo mientras un acceso de tos ronca le asalta su cuerpo.- Te pareces tanto a tu padre…Tienes los mismos ojos que tenía él.

Tinekh lucha para que ninguna lágrima vuelva a brotar de sus ojos. No puede asimilar que su madre se vaya a morir. Es lo único que tiene en la vida.

-Tinekh. Abre el primer cajón de la mesita.- ordena la madre, señalando dificultosamente con la mirada una mesita que hay al lado del joven.

El joven titubea pero al final accede y se gira hacia la mesita. Abre el primer cajón.

-Toma el pequeño cofre que hay y ábrelo. Lo que hay dentro es tuyo.

Tinekh toma el pequeño cofre de hierro, apenas reluce en sus manos pero la cerradura es fácil de abrir. La abre y un reflejo azulado brota de él. Con cuidado, el muchacho toma una cadena de bronce donde hay engarzada una joya plateada con forma de luna llena.

-Perteneció a mi padre - explica la madre de Tinekh.- y, a su vez, perteneció a su padre y al padre de su padre y, así, hasta remontarse a los antepasados de la familia. Ahora te pertenece a ti, Tinekh.

El joven contempla con absoluta fascinación a la joya con forma de luna. Su madre nunca le había hablado del origen de los antepasados de su familia y eso le produce una curiosidad incipiente. Alza la mirada para pedirle que le hable del origen de aquella joya. Entonces, se encuentra con la mirada inerte de su madre.

-Tu madre acaba de morir.- asegura la curandera, con tristeza, al otro lado de la cama.

Escrito el 12-08-2008 14:59 #4

En la ciudad de Ithain, muy lejos de todas partes, se encontraba una delegación comercial de Eglamar tratando con los lugareños. Había llegado como a otras muchas partes de Rómenor, en busca de la cotizada madera roja que les habían encargado para la decoración de la biblioteca y algunos despachos de la torre Marengo. Para aquella ocasión el propio Ramjakhîn se había desplazado con ellos por algún motivo que sólo el conocía, que sin lugar a dudas debía tener alguna importancia para mover al pirata a supervisar personalmente aquella simple operación.

Por aquel entonces todos los barcos de la ciudad y los hombres que se habían enrolado en la piratería se dedicaban a vagar por los mares bien comerciando o acechando los mercantes. Todo el dinero que se sacase era poco, y más cuando lo destinaban a protegerse y hostigar a los vecinos Aldâlantar. Y es que desde que Ramjakhîn destronase al antiguo Gran Pirata y regía los destinos de Eglamar, estaban a la vanguardia en muchos aspectos y el terreno militar era uno de sus fuertes.

(…..)

_ ¿Crees que estoy tan borracho como para comprarte esa madera raída? Si no sabéis cortar los árboles no seré yo quien os pague ese precio, la mitad o nada._dijo uno de los piratas que representaban a Ramjakhîn en aquella ciudad_

_ El precio se mantiene, es lo que hay._sentenció el comerciante de Ithain_

_ ¿Acaso me has hecho venir hasta aquí para nada? llevo comerciando esta madera desde antes que tu nacieses y eso he venido a buscar.

_ Ghân está en cuarentena, mi señor, si quiere esta madera somos los únicos vendedores en toda la región.

_ He oído hablar de esa peste que recorre la ciudad de Ghân, supongo que ellos se lo han buscado. Sé donde encontrar lo que busco y ten por seguro que no me importaría ir en persona a buscar mi mercancía si es ese el precio que me pides por semejante basura. ¡ Es una pena que la peste no arrase estos pantanos con vosotros dentro!

Es lo que hay, nos sobran los compradores_cortó el comerciante de Ithain_

Pues entonces nos marchamos deseando que dure mucho vuestra privilegiada situación,_dijo una voz por detrás de las cortinas de una litera_ ¡ que los vientos o sean favorables y no vengan del noreste! _ Pirata, leva anclas porque aquí no hay tratos que valgan, perdemos el tiempo en esta ciudad.

La delegación pirata se hizo a la mar. Dos barcos pusieron rumbo a Eglamar por mandato expreso de Ramjakhîn ordenándoles que desembarcasen las mercancías en su ciudad. Luego esperarían sus órdenes mientras reclutaban tripulación suficiente para atacar alguna ciudad de aquella zona, tal vez Ithain pero aún quedaban muchas cosas por ver. Mientras tanto, Ramjakhîn tomó el rumbo de un barco y se dispuso a entrar en los pantanos con la idea de establecer un campamento.

¡ Tendré mi madera roja a cualquier precio, aunque tengamos que cortarla con nuestras propias manos! _ y los piratas se tranquilizaron pensando que aquel era el verdadero motivo del cambio de rumbo_

Escrito el 12-08-2008 18:21 #5

Era un salón amplio y bien ventilado. Circulaba aire fresco, lo que convertía al Senado de Varendia en un lugar agradable para estar, dado que en el exterior el sol del mediodía arreciaba con toda su fuerza sobre la gran ciudad de los varantes. Pero ellos, los pocos senadores que se habían reunido allí por petición de los Balzac, estaban allí cómodos y sin apenas ganas de salir al exterior.

Salvo los dos líderes del Senado de Al'Varant, nadie sabía por qué se los había convocado. Pero la ocasión era grave.

No habían acudido demasiados, precisamente porque aquella era una reunión extraordinaria y ninguno de los Balzac quería alarmar a la población. Los rumores serían difíciles de controlar, pero tendrían que hacerlo. Convocar a los doscientos treinta senadores de que se componía al Esgareth provocaría demasiado revuelo.

- Os hemos convocado, senadores -dijo Duliah Samiya, Balzac de Al'Varant- por un motivo de notable gravedad -la mujer se acomodó en su asiento y miró a la veintena de hombres y mujeres, uno por uno. Conocía bien a todos ellos. Allí estaban representantes de las cofradías más importantes: Deran ish Talroth, de los Dherasda; Alkarth Nash, de los agricultores; Vhanimar Karontos, de los Curanderos... Su presencia en aquella reunión particular no era casual.

- Hemos recibido noticias de que una extraña y, por ahora, incurable plaga se está extendiendo en el sureste, en las regiones bárbaras de Ghân. Por ahora no nos ha afectado demasiado, pero los agricultores de las fronteras en el este de Varendia están nerviosos y preocupados. Ya ha habido algunos casos de contagio.

Akarth Nash levantó la mano, pidiendo la palabra. Duliah asintió con la cabeza.

- Yo no sabía nada de eso -afirmó él, con cierta tensión en la voz. La Balzac volvió a asentir.

- Hemos mantenido el incidente en el más completo secreto. Hasta ahora, sólo nosotros dos sabíamos de la enfermedad. Pero nos preocupa, porque no parece existir una cura contra ella y está comenzando a extenderse. Por otra parte, ya sabéis lo que ocurrirá entre el pueblo si eso ocurre.

- ¿La Muerte Verde? -intervino Deran. Ella hizo una mueca.

- Dudamos que sea la misma enfermedad, pero podría cundir el pánico. Tras la caída de tantos razzâg implicados en la conspiración, lo que menos necesitamos ahora es inestabilidad.

Todos se mostraron conformes. Aquellos habían sido días muy tensos, y en varias ocasiones muchos temieron por la supervivencia de la República.

- Deberíamos enviar una delegación para estudiarlo a fondo -sugirió Vhanimar-. Un par de diplomáticos, algunos de mi Dehni y otros tantos herbolarios...

Duliah reprimió un suspiro. Vhanimar era un gran curandero, pero un pésimo político. No tenía visión, ni tampoco una gran capacidad dialética, indispensable en las rápidas y exigentes sesiones del Senado. La Balzac levantó la mano con autoridad.

- No podemos hacer eso -afirmó ella-. La situación política en Ghân es delicada, por decirlo suavemente. Sus caudillos nos odian, y buena parte de la población también. Enviar una delegación sólo podría empeorar las cosas, incluso si nuestras intenciones fuesen buenas -ella sonrió imperceptiblemente. La forma varendiana de ver la política era demasiado compleja como para clasificar una intención de "buena" o "mala". No existía la moral en el mundo de los intereses.

- ¿Qué sugieren los Balzac, entonces? -preguntó Deran. Ella lo miró.

- No podemos quedarnos al margen -dijo-. Sería arriesgar demasiado. Pero una acción directa nos podría costar una guerra, y no estamos en condiciones para afrontarla. Nuestra mejor opción es informarnos. Tenemos que saber en qué consiste esa enfermedad. Pero tenemos que hacerlo de un modo discreto. Deberíamos enviar a una sola persona.

- ¿Sólo una? ¿Piensas en alguien en particular?

Ella sonrió.

- Conozco a alguien, un diplomático que reune precisamente esas características. Lo enviaremos como emisario de este Senado.

- ¿Dónde está ahora? -preguntó Areish, otra senadora.

- En la sala contigua -dijo Duliah sonriendo-. Ya lo he hecho llamar.

Aeros Nishtar, maestro cofrade de la Dehni Gartesh, diplomático y espía, altanero e iconoclasta, contemplaba en silencio las órdenes escritas en el pergamino. Frente a él, Duliah Samiya escrutaba su expresión con el ceño fruncido. Aeros reprimió una sonrisa: la situación era ligeramente cómica. Era una especie de duelo interminable sobre quién tenía más habilidad, si Aeros ocultando sus emociones u opiniones o Duliah descifrándolas. Y, desde luego, ambos eran expertos en su propio campo.

Finalmente, Aeros levantó la mirada y asintió con la cabeza.

- ¿De cuánto tiempo dispongo? -preguntó.

- Del menos posible -dijo ella con vaguedad-. Tendrás que informarnos periódicamente.

Él asintió. Ya contaba con ello.

- ¿Algo más?

- Sí -dijo ella-. Cuídate de que te descubran. Según los exploradores de los nómadas, están llegando a Ghân gentes de todas las regiones de Romarha -Rómenor-. Quiero que tengas controlados a todos los que puedas. Y, por encima de todas las cosas, sé prudente.

Aeros mostró una sornisa radiante.

- ¿Acaso no lo soy siempre? -dijo, y se alejó. Duliah se quedó unos instantes allí, pensativa.

- No -dijo al fin-. No lo eres nunca.

Escrito el 13-08-2008 02:01 #6

Era pasado el mediodía cuando un par de elfas entraron en Ghân.

- Estoy agotada -dijo Northiêl, la más joven. Llevaba una gran capa de viaje con capucha que la cubría por completo, incluyendo la cabeza, pero que estaba rota en la espalda, justo al lado contrario de donde sobresalía un gran bulto.

Sin esperar respuesta de su compañera, Northiêl fue directamente a la sombra de la primera casa del pueblo y se sentó en el suelo.

- Nothal, sal de ahí. Te vas a ahogar -gritó al bulto, que se removió ante las palabras de la elfa pero siguió oculto tras la capa. -Aquí no hay sol -añadió en tono de burla mientras obligaba al koala a sacar la cabeza por el agujero. -¿Lo ves? -rió cuando Nothal sacó la cabeza. El koala miró a su alrededor unos instantes, respiró con fuerza y volvió a esconderse bajo la capa. -Creo que sigue teniendo calor -murmuró la elfa mientras levantaba la mirada a su acompañante.

Aunque se había quedado mirando con ternura la interacción de la elfa con su mascota, Sûra reaccionó al instante y sonrió.

- Aunque hayamos dejado el desierto sigue haciendo calor. Y estamos agotadas. Creo que es mejor que busquemos una posada y descansemos. Mañana empezaremos con la investigación.

- Está bien -dijo Northiêl mientras se levantaba y seguía a su amiga. Northiêl se consideraba una elfa adulta y totalmente autónoma e independiente, pero cuando estaba con Sûra parecía cambiar por completo. Acataba sus opiniones como si de órdenes se tratara y pocas veces se mostraba en desacuerdo. Además, estando con ella se sentía como una niña protegida y eso la hacía sentir bien.

No tardaron mucho en encontrar alojamiento.

- ¿Aldalântar? -dijo el posadero mientras les daba las llaves de las habitaciones. -No es habitual ver a vuestra gente por aquí... venís de muy lejos, ¿no es cierto? -preguntó.

Northiêl sonrió ante el comentario, era evidente que el posadero quería caer simpático, y con ella lo estaba consiguiendo.

- Hemos venido de vacaciones -respondió con tono amable. -Hasta a nosotros nos gusta huir de los bosques de vez en cuando.

- Extraño destino para unas vacaciones -siguió comentando el posadero. Sûra se movió incómoda. Eran ya demasiadas preguntas.

- ¿Nos preparará algo para comer? Como bien ha dicho venimos de muy lejos y estamos hambrientas, sería todo un detalle... -dijo finalmente Sûra, en el tono menos brusco que fue capaz de articular.

- Cla... claro. Estará en unos minutos. Aquélla es la puerta del comedor -dijo señalando la puerta más grande de la sala. -Y por allí están las habitaciones.

- Gracias -respondió Sûra mientras se dirigía a las habitaciones. Northiêl también agradeció sus servicios al posadero y la siguió.

Unos minutos después las dos gozaban de una agradable comida.

Escrito el 13-08-2008 03:29 #7

Ciudad de Ghan

- ¿Forasteros? - el hombre de la posada les miró de forma sospechosa al entrar. Era un hombre entrado en años, extremadamente delgado. Tenía una nariz ganchuda y unos ojos severos bajo unas espesas y largas cejas grises. Sus cabellos blancos estaban recogidos detrás de la nuca, pero a pesar de ello presentaba un aspecto despeinado. La cinta negra que los ataba caía de forma distraída, y varios mechones habían escapado de ella, cayendo a ambos lados de la cara, y algunos más cortos sobre la frente.

Syâra contuvo un suspiro exhasperado. ¿Acaso no era evidente?, pensó al tiempo que observaba a Vintûr de reojo. Como ella, vestía ropas del color de la arena del desierto. Una túnica larga, y unos pantalones holgados. Ambos llevaban la cabeza cubierta con un turbante, que caía sobre la túnica y se cruzaba sobre el rostro, dejando ver únicamente sus ojos. Los de ella de un intenso color violeta. Los de él eran de un tono gris azulado.

- Creo que es obvio - respondió Vintûr simplemente.

El posaderó bufó y abrió un cuaderno de tapas gastadas.

- No tenemos habitaciones disponibles, señores. - dijo agriamente, fijando su vista en el cuaderno - Lo siento mucho pero...

Syâra dejó escapar el suspiro que había contenido anteriormente. Se acercó al mostrador y dejó caer la mano sobre el libro, con un fuerte golpe.

- Deberías saber que la paciencia no es una de mis virtudes - dijo con voz suave, pero mirando al hombre a los ojos - El viaje ha sido muy largo, y la compañía poco grata - añadió señalando a su acompañante con un gesto - Se perfectamente que tienes habitaciones de sobra, y tú también. Así que dejémonos de juegos. Dos habitaciones. Cuanto más lejos la una de la otra, más propina habrá. La comida en la habitación. Y sobre todo, nada de preguntas. No nos has visto llegar, ni nos verás entrar ni salir. ¿Entendido?

Retiró la mano, y bajo ella aparecieron dos relucientes monedas de oro. El posadero la miró con el mentón tembloroso, pero levantó rápidamente la mano y cogió las monedas.

- Sí señora - la voz temblorosa no tenía nada que ver con la que había empleado anteriormente. Guardó las monedas discretamente en el bolsillo, y después les tendió dos llaves.

Rodeó rápidamente el mostrador, y les guió escaleras arriba. Sus habitaciones estaban en el primer piso, y tal como había pedido, cada una a un lado del pasillo.

- ¿Desean que les sirvan la comida de inmediato? - preguntó el hombre secamente, recuperando su mirada hostil.

Syâra entró en la habitación antes de responder, observándola detenidamente mientras el hombre esperaba en la puerta. Cuando decidió que ya había esperado bastante, se volvió hacia él.

- Por supuesto - respondió, y se acercó al hombre que retrocedió un paso de forma involuntaria. Ella sonrió, y sus ojos se iluminaron. Le tendió al hombre otra moneda de oro, y éste la cogió lentamente - Espero que no olvides las condiciones - añadió.

El hombre esbozó una sonrisa por primera vez desde que habían llegado.

- Ni una sola - dijo, y se volvió silbando por el pasillo apenas iluminado.

Syâra cerró la puerta, todavía con una sonrisa en los labios. Retiró el turbante que cubría su cabeza y su rostro. Sus cabellos castaños cayeron como una cascada por su espalda.

La habitación no disponía de grandes lujos, pero estaba limpia. Las paredes eran blancas, como era habitual en las ciudades del desierto. A la derecha había una gran cama de sábanas blancas y mullidos almohadones de colores. Sobre ella, el dosel de muselina blanca estaba recogido en torno a los pilares de hierro forjado. Había un pequeño armario de madera pintado de blanco, y en algunas partes la pintura se hallaba desconchada.

Había una puerta-ventana que daba a un pequeño balcón, y dejaba pasar la luz a pesar de las pesadas cortinas blancas. Junto a ella, un pequeño escritorio de madera clara sobre el que había varias cuartillas de papel amarillento y un tintero, y una silla de hierro forjado sobre la que había un pequeño cojín verde y dorado. En una esquina había una pequeña mesa y dos sillas más, similares a la anterior.

Una puerta daba a una segunda habitación que servía de aseo. Una bañera con las patas doradas y un cubo de hierro bastante oxidado ocupaban el centro de esa habitación. Había un ventanuco desnudo en lo alto de una pared, y junto a ésta un aparador blanco con una palangana, una jarra de agua, y varias toallas blancas. Al otro lado había un espejo con el marco de hierro forjado sobre un pequeño tocador, y una silla que debía ser hermana de las que había en la habitación.

Unos golpes en la puerta anunciaron el regreso del posadero. Al menos esperaba que fuera él y no Vintûr quien llamaba a la puerta. Salió del aseo y abrió la puerta de la habitación. El posadero la miró sorprendido, pero en seguida bajó la mirada. Entró en la habitación con paso rápido, y en un abrir y cerrar de ojos sirvió la mesa. Pan y queso, carne asada fría, y una ensalada verde. Dejó una jarra de agua y otra de vino, y una pequeña bandeja con té frío, limón y hojas de menta.

- Espero que todo sea de su agrado, mi señora - comentó sonriente mientras se dirigía a la puerta.

- Todo está perfecto, gracias - respondió ella con seriedad.

El hombre cerró la puerta al salir, y ella rápidamente cerró con llave por dentro. Sin embargo, tenía algo importante que hacer antes de comer nada. Se sentó ante el escritorio y tomó la pluma, mojándola varias veces en la tinta algo seca.

Nos encontramos en la ciudad de Ghan, tal como habíamos supuesto al seguirlas. Mantenemos la vigilancia. En breve enviaré nuevo informe.

Sin destinatario, ni firma, Syâra enrolló la cuartilla y la introdujo en un pequeño cartucho de cuero. Se incorporó y corrió las cortinas. Sus cabellos brillaron con reflejos de oro al recibir la caricia del sol del mediodía. Abrió las ventanas y salió al balcón lanzando un silbido débil y otro más fuerte. Un halcón peregrino de hermoso plumaje dorado descendió suavemente hasta aferrarse a la baranda de hierro. Ella le acarició suavemente en el pico, y el halcón se arqueó bajo su mano, evidentemente complacido. Después ató el cartucho a su pata derecha, y susurró el nombre del destinatario. El halcón lanzó un pequeño grito, abrió ampliamente sus alas batiéndolas repetidamente, y alzó el vuelo girando una vez en círculo antes de dirigirse hacia el norte.

[Editado por Indil el 13-08-2008 03:31]

Escrito el 13-08-2008 10:41 #8

Hisiê observaba a través de las blancas cortinas de la ventana, había visto el ir y venir de la ciudad durante todo el día; algunas caras conocidas, otras que no lo eran, hasta que dos en concreto llamaron su atención, dos que había esperando con ansia durante todo el día. Acababa de entrar el mediodía cuando Vintûr, el enviado de Engrel y Syâra, elegida por su hermana, llegaron a la posada.

Hisiê se les había adelantado, habían decidido Elesinyê y ella que sería lo más aconsejable pues, si Engrel descubría que la elfa formaba parte de la misión podría tener sospechas. Así, Hisiê había llegado a la ciudad de Ghan la noche anterior, encontrándose con un molesto posadero de aspecto desaliñado y con una estancia en su punto austera.

Había pasado toda la mañana encerrada en la habitación por lo que aún no se había desprendido de la camisola negra de lino que solía llevar para domir. Una joven había traído el desayuno por la mañana como ella había indicado la noche anterior, puntual; luego tendría que volver para preparar el baño. La joven debía de estar al caer.

Un sonido seco en la desgastada madera de la puerta le indicó que ya era la hora del baño.

-Adelante.

Una rubia cabeza asomó por el umbral, luego de una blanca sonrisa de dientes pequeños.

-Hola, soy yo, Râshna, he venido a prepararle su baño como había pedido.

-Pasa pequeña- la joven se extrañó al oirle hablar así, no parecía darse cuenta de que, a pesar del aspecto juvenil de la elfa, ésta bien podía contar doscientas primaveras más.

Luego del confortable baño de agua templada y sales aromáticas Hisiê se colocó una túnica gris marengo de seda con pequeños bordados en plata en las costuras, era una prenda sencilla, nada llamativa y cómoda. Dos tirantas de corte ancho cubrían sus hombros dejando al descubierto un brazalete de plata en forma de serpierte. Un chal de gasa gris cubría sus hombros.

Bajó las escaleras que daban al bar para preguntarle al posadero sobre la ubicación de la joven que acababa de llegar.

El hombre no tuvo más problema en indicarle en cuanto ella preguntó, algo en su mirada...en la mirada de ojos grises de la elfa desprovista de pasión habían hecho que el posadero no tuviera dudas en ayudarla desde un primer momento.

Después de agradecer al posadero su amable ayuda, volvió a subir a la planta superior, andó unos pasos por el corto y oscuro pasillo y se detuvo ante la puerta que el posadero le había indicado; llamó, y una suave voz le contestó al otro lado.

-Entre, los platos están sobre la mesa. Pase y lléveselos-el ruido de una llave al girar le indicó que la puerta estaba abierta, luego oyó unos pasos y una silla arrastrarse por el suelo.

Hisiê abrió la puerta lentamente sin apenas hacer ruído, dio un paso al interior de la habitación y comprobó que esta era similar a la suya.

Una elfa de dorados cabellos se encontraba sentada frente al escritorio.

-Hola Syâra-dijo Hisiê casi sin levantar la voz.

La elfa se dio la vuelta con la sorpresa reflejada en sus purpúreos ojos, Hisiê era la última persona con la que esperaba encontrarse en ese preciso instante.

Escrito el 13-08-2008 15:04 #9

En una pequeña casa cercana a la posada de Ghân un grupo de personas observaban por las ventanas, llevaban ropas grises con extrañas marcas en las mangas.

-Parece que por fin los pueblos de Rómenor comienzan a suponer el verdadero origen de la plaga que los acosa.

-¿Crees que han escuchado la antigua profecía?

-No lo creo, si la conocieran no estarían aquí...

Res tre ur erd orium Mothothrond dennatorue,

anerum poeratoruz nuilif erd eririf

-Sólo es cuestión de tiempo.

Escrito el 13-08-2008 16:58 #10

No muy lejos de Ghân existían grandes extensiones de plantaciones de té. Éstas eran muy afamadas entre los pueblos de alrededor y se comercializaban a varios rincones del continente. Desde siempre, aquellas plantaciones habían dado trabajo a los habitantes de la ciudad y sus aldeas y las familias pobres como las de Tinekh se habían ganado la vida trabajando en ellas. Al muchacho le seguían maravillando aquellas plantaciones a pesar de que hacía unos cuantos años, desde la muerte de su padre, que se había tenido que poner a trabajar en ellas. Eran como unos inmensos jardines de árboles pequeños. Sin embargo la plaga de las últimas semanas había convertido a aquellos jardines en un campo salpicado de plantas escuálidas y caídas. Aquella mañana había acudido a trabajar en aquellas plantaciones como de costumbre pero aquel paisaje desolador le trajo la imagen del rostro de su madre sin vida.

Una voz le sacó de sus pensamientos.

- Muchacho, puedes volverte a tu casa.- le dijo el capataz de las plantaciones.

Tinekh alzó la mirada y miró al hombre de tostado rostro y nariz prominente.

- ¿No trabajamos hoy?- preguntó extrañado

- Ni hoy ni mañana ni al día siguiente a mañana.- respondió el hombre

- ¿No se va a cosechar el té?- siguió interrogando Tinekh aunque ya estaba empezando a temer de qué se trataba todo aquello.

- ¿Estás ciego, muchacho? Esta asquerosa plaga ha acabado con gran parte de la cosecha. Vamos a pasar hambre por culpa de esta maldición. Y vete, no me hagas perder el tiempo.

Tinekh vio al capataz darse media vuelta mientras notaba como empezaba a sentirse un poco mal. Se acababa de quedar sin trabajo. ¿Qué iba a hacer entonces? Cuando la plaga se fuese y la plantación volviera a recuperarse, tendría de nuevo trabajo. Pero, ¿mientras tanto? No tenía ahorros y su madre sólo le había dejado en herencia aquella casa donde vivía. Y...y…la cadena de sus antepasados. Metió la mano derecha en uno de los bolsillos de su pantalón de tela y toqueteó la cadena. Como era de plata y bronce quizás le dieran algo por ella.

Se dio media vuelta y empezó a caminar, con la cabeza cabizbaja, luchando para que ninguna lágrima escapara de sus ojos. Tendría que vender aquella cadena que con tanto cariño le había entregado su madre al morir. Aunque le costaría mucho deshacerse de ella. Poco sabía de sus antepasados, sólo que recibieron el extraño nombre de mothothrond pues esa palabra estaba grabada en letra muy pequeña en el reverso de la joya de plata con forma de luna. Por su condición de pobre, no había podido acceder a ninguna biblioteca para buscar información de ellos. Así que todo era un enigma.

Estuvo caminando todo el día, había decidido ir a la ciudad y buscar algún mercader del bazar de Ghân que apreciara aquella cadena y le diera algunas monedas por ella.

”Madre, perdóname”, suplicaba a cada momento durante aquel largo día.

Llevaba una talega hecha por su madre de tela marrón. Entre otras cosas llevaba una cantimplora con agua, pan duro y algunas hierbas.

Cuando llegó a Ghân, ésta bullía con gran actividad. Estaba atardeciendo y el tiempo apremiaba, así que, a pesar del cansancio, Tinekh aminoró el paso para alcanzar el bazar que se hallaba en el centro de la ciudad. Pero, de pronto, se detuvo en seco. No podía hacerlo, no podía vender aquella cadena aunque pasara hambre. ¿Qué podría hacer entonces? ¿Qué iba a ser de su vida? Tinekh estuvo indeciso unos minutos, detenido en medio de la calle. Llegó a la conclusión de que no iba a vender la cadena, no se perdonaría deshacerse tan pronto de la joya de sus antepasados. ¿Cómo se podría ganar la vida entonces? Quizás tuviera que robar. Algunos jóvenes de su edad robaban para ayudar a mantener a sus familias.

Cerca de allí había una posada. Tinekh pensó que una posada sería un buen lugar para encontrar a gente distraída, los cuales, mientras disfrutaban de una agradable bebida o una copiosa comida, podrían ser robados silenciosamente. El muchacho respiró hondo y, mientras su cuerpo empezaba a temblarle, se encaminó hacia la posada. Una vez dentro, el muchacho estuvo tímidamente mirando alrededor buscando a quiénes podría robar. ¿Quiénes podrían tener mucho dinero? Sin duda, los lugareños no llevarían mucho dinero con ellos. ¿Quizás algún forastero?

A su lado, dos hombres charlaban jocosamente. No pudo evitar escuchar lo que hablaban.

- Dicen que vienen del norte de Rómenor. Yo nunca he llegado tan lejos.- decía uno.

- Yo pensaba que no había nada más allá del gran desierto. Lo de los frescos bosques y los elfos pensaba que no era más que una leyenda- añadía el otro mientras hacía cuenta del contenido de un vaso.

Tinekh vio que se referían a dos mujeres envueltas en dos capas de color austero. Según parecía entender de la conversación de aquellos hombres no eran mujeres sino elfas. Él nunca había visto a ningún elfo por lo que no podía decidir si ellos tenían razón. Una de las forasteras, de pelo castaño y largo recogido en una coleta, tenía a su lado una especie de bolsa de viaje, de tonos verdes y extraños símbolos. El muchacho pensó que si eran forasteras y, además, elfas deberían llevar muchas cosas que robar en esa bolsa de viaje.

- Vayamos a tomarnos otra – sugirió el segundo hombre que había hablado. El otro asintió y ambos se dirigieron hacia la barra.

Tinekh estudió durante un buen rato a las dos elfas. Se decía que los elfos tenían un oído extraordinario, así que si quería robarles la bolsa tendría que ser muy silencioso. Decidió fingir que se le caía algo al suelo para, entonces, ir gateando hasta donde se hallaban las elfas sentadas. Estaba muy nervioso mientras se escurría a gatas por el suelo, sin perder de vista a las dos elfas.

”Esto no puede salir bien”

El corazón le latía con fuerza mientras obserbaba como la elfa de cabellos castaños continuaba charlando con la otra elfa. La bolsa de viaje estaba a su lado, a su alcance. Alargó lentamente su mano delgada hacia la bolsa de viaje…muy lentamente…cuando entonces…

Notó una presión en su espalda y no pudo evitar lanzar un repullo debido al susto. Cuando giró la mirada se encontró con el rostro curioso de un koala.

[Editado por aratir el 13-08-2008 17:08]