La Guerra de los Clanes

Batalla 67. Revuelta En Nominnahald.

Terminada
Escrito el 30-08-2008 11:18 #1

Fin Guerra: Narwä Hilyatâri se retira del Combate

Armadas perdidas por "Maianor" = 9

Armadas perdidas por "Narwä Hilyatâri" = 7

Victoria para Narwa que conserva el dominio de la ciudad.

Escrito el 03-09-2008 18:31 #2

El retumbar frenético de unos cascos de caballo al galope interrumpió la quietud de la noche mucho antes de que el jinete alcanzara siquiera el campamento. El guardia se mantenía en pie ante la empalizada improvisada, con la lanza cruzada ante su pecho, dispuesto a dar el alto al visitante inesperado, pero no fue necesario. El caballo se detuvo bruscamente ante él, siguiendo su propio instinto, y de su lomo cayó un bulto pesado que golpeó el suelo con fuerza.

El caballo relinchó y se agitó mientras él se acercaba hasta el bulto caído y se agachaba junto a él para examinarlo. Retiró la capa roja que lo cubría y descubrió con inquietud que se trataba de un soldado nurulântar. El cuerpo había caído boca abajo, y lo giró con cuidado para averiguar en qué estado se encontraba. Apenas respiraba.

Emitió un silbido corto seguido de otros dos más largos, y desde puntos opuestos del campamento aparecieron dos soldados más, uno de ellos bostezando visiblemente.

- Apenas había conseguido conciliar el sueño… - decía éste visiblemente molesto al acercarse - ¿Qué es lo que ocurre Angamir?

Sin duda esperaba un soldado nervioso inquieto por cualquier nimiedad. Angamir sin embargo parecía calmado, y sin decir nada señaló el cuerpo tendido en el suelo con gesto preocupado.

- ¡Maldita sea! – el sueño del elfo se esfumó de golpe – Saelh, corre a la tienda de los Envinyar e informa de lo que ocurre. ¡Qué envíen a alguien! ¡Rápido!

El tercer elfo se alejó a la carrera hacia la tienda de los Sanadores, mientras Thêr y Angamir se agachaban nuevamente junto al cuerpo. Tenía un golpe en la cabeza, producto seguramente de la caída del caballo. Sin embargo, la coraza de cobre estaba hundida en varios puntos, incluso abierta, y manchada de sangre. Seguramente había sido golpeado con un martillo, y posteriormente habían hundido una lanza o espada en el cuerpo. Sin embargo lo que más llamó la atención fue un cartucho circular de cuero rígido que había junto al cuerpo.

- Un mensajero – murmuró el Turê recogiéndolo con cuidado.

Pero antes incluso de que se incorporasen de nuevo, oyeron a lo lejos voces y pasos que se acercaban. Con una rapidez asombrosa, varios curanderos examinaron al herido, mientras intercambiaban opiniones al respecto en voz baja, y después lo depositaron con cuidado en una camilla, alejándose con el cuerpo.

- Saelh, hazte cargo de su montura. Yo me encargaré de hacerle llegar el mensaje al Artakano… ¡Buena guardia Angamir! – se alejó sin mirar atrás, con la vista fija en el cartucho de cuero. No había que ser muy perspicaz para intuir que no se trataban de buenas noticias.

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Una pequeña hoguera ardía constantemente en el interior de la tienda, incluso en mitad de la noche. Serkendil dormía profundamente, cubierto apenas por un montón de pieles. Una brisa suave acarició su rostro, agitando sus cabellos oscuros, lo cual le hizo parpadear un par de veces antes incluso de oír las voces.

- ¡Señor! ¡Mi Señor!

Aún así, volvió a girar en el camastro, como si las mismas voces formaran parte de su sueño. Pero no. No podía ser. Esas voces no encajaban en su sueño. Era un sueño demasiado agradable. Tendió una mano buscando la piel desnuda que recordaba haber estado acariciando hasta entonces, y fue el no encontrarla lo que terminó por despertarle.

- ¡Señor! – la voz del exterior apremiaba.

“¡Maldición!”, murmuró Serkendil para sí mismo mientras se incorporaba rápidamente al tiempo que se ponía los pantalones.

- ¡Adelante!

El Turê entró como una exhalación en la tienda, y sin esperar siquiera permiso para hablar le tendió un cartucho de cuero rígido.

- Acaba de llegar un mensajero, Artakano.

Serkendil recogió el cartucho de sus manos y se acercó hasta la mesa que había en el centro de la tienda.

- ¿Por qué no lo ha entregado el mensajero personalmente? – preguntó visiblemente molesto. Las normas respecto a la entrega de mensajes eran muy estrictas, y él era uno de los más férreos defensores de las mismas.

- El mensajero se encuentra muy malherido, Mi Señor. Los Envinyar dudan de que pase de ésta noche.

Serkendil lanzó una mirada sorprendida al Turê, y su interés por el mensaje se acrecentó. Sin decir nada abrió la cubierta del cartucho y extrajo dos cartas del interior. Una de ellas iba dirigida a él y estaba escrita de forma apresurada, sin formalismo alguno. Era una petición urgente de ayuda desde Nominahald.

La otra no estaba dirigida a él, pero por esa misma razón, y a pesar de la tensión del momento, suscitó en él una mayor curiosidad y no se resistió a la tentación de leerla.

“Mi querida Elesinyê,

Sigo fiel a la tarea que me encomendaste, y no dejo pasar la menor oportunidad de informarte de cualquier novedad.

De los asuntos del norte aún no puedo decirte nada, no he recibido comunicación alguna, y me consta que Elinkano en Ohtalossê tampoco. Pero mucho me temo que habré de abandonar Thyrost durante una temporada ya que he sido requerida en Ohtalossê por el Balî. Sin embargo estoy segura de que dicho requerimiento no guarda relación directa con ninguno de los asuntos que nos ocupan. Según parece ha llegado un diplomático desde la lejana Al Varant, quien debe ser atendido en todo momento. No puedo negarte que no espero con ilusión ésta nueva misión, pero creo que gracias a ella me será posible acercarme un poco más al Balî, y de la misma manera averiguar algo más acerca de lo que nos ocupa.

Dejaré a alguien de confianza en Thyrost a la espera de cualquier noticia del norte. En cualquier caso, intentaré mantener el contacto tan asiduamente como me sea posible por un medio u otro. Haryalnâ Elesinyê.

Syâra”

Serkendil cerró nuevamente la carta, y miró al Turê que permanecía en posición firme frente a la mesa.

- Da la voz de alarma – ordenó con calma – Que la Compañía se preparé para partir en cuanto sea posible. Nominahald está en llamas y esperan nuestra ayuda. - El Turê asintió y se dirigió hacia la salida rápidamente, pero antes de que abandonara la tienda volvió a escuchar la voz de Serkendil a sus espaldas - Avisa antes que a nadie a la Khotsêr Elesinyê. Que se presente aquí de inmediato.

Serkendil observó con mirada sombría la carta que todavía tenía en las manos, aún sin decidir si iba a entregarla o no. La dejó bajo otros papeles que había sobre la mesa, mientras recogía de la silla la túnica y comenzaba a prepararse para la batalla.

[Editado por Indil el 03-09-2008 23:18]

Escrito el 03-09-2008 22:37 #3

Nominahald en llamas. Nominahald ardiendo de nuevo y tras sus altas murallas la sangre tiñendo los adoquines de piedra gris. Buscó con la mirada a Serkendil. La crin negra de su yelmo ondeaba al viento mientras cabalgaban a gran velocidad a través de los llanos de Hyarmenyalaire. El sol rojizo del amanecer cegaba sus ojos y se reflejaba en los campos de trigo salpicados de amapolas como pequeñas gotas de sangre.

Acarició el cuello tenso de su caballo, tendido hacia delante en frenético galope, con el lustroso pelaje negro brillante de sudor. Escuchó el sonido de los clarines que anunciaban su llegada, y casi al instante la respuesta más allá de los muros de la ciudad.

“La culpa es tuya Elesinyê”. Las palabras acusadoras de Serkendil se repetían una y otra vez en su cabeza. “Insististe en perdonar la vida de los hijos del Emperador, y esto es lo que has obtenido a cambio. Sangre y destrucción para Narwa”.

¿Pero acaso no hubiera sido así si las cosas hubieran ocurrido de otro modo? Nadie en éste mundo podía saberlo. Sólo los dioses conocían el destino sellado para cada uno de ellos.

Y sin embargo, pese a todo, no era capaz de arrepentirse. No podía. Serkendil la culpaba a ella, pero ella era perfectamente consciente de que se culpaba a sí mismo en la misma medida. Porque a pesar de que la orden había sido suya, dudaba que finalmente hubiera sido capaz de manchar sus manos con la sangre inocente de esos niños.

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Entrecerró los ojos ante el calor de las llamas que devoraban con fuerza la que fuera la casa de sus antepasados. Hacía apenas unos instantes un gran estruendo había precedido a una nube de polvo cuando las debilitadas vigas de madera cedieron, se combaron, y finalmente crujieron, cayendo piso a piso en el interior. Tantos años, tantos recuerdos, tantas vidas… todo quedó sepultado bajo una montaña de escombros en llamas rodeados por cuatro paredes ennegrecidas.

Lo había perdido todo. Todo salvo aquellos recuerdos que atesoraba en su mente de anciano encorvado por los años. Sus ojos profundos y azules revelaban la sabiduría del tiempo. Su piel, pálida y arrugada, estaba tallada por cada experiencia de su vida.

Había llegado al final de un largo viaje, y había llegado solo. No había imaginado nunca, ni siquiera en sus más temibles noches de pesadillas, que fuera a ser así. Pero en cierta forma le parecía justo que fuera a ser allí, en la misma casa que le vio nacer hacía casi ochenta años.

Alzó la barbilla mientras sus piernas temblorosas avanzaban hacia la casa en llamas. Había sido un hombre poderoso. Un guerrero del Búho Blanco. Un soldado Nomhaldad. Consejero de dos Emperadores a los que había sobrevivido, aunque al último, Raph Ziram El Eterno, fuera por poco tiempo.

Demasiada experiencia para terminar sus días arrastrándola por el fango que habían traído consigo los invasores, pensó mientras apretaba con fuerza la mandíbula con rabia contenida. Un ejército llegado del norte a través del mar se había impuesto a ellos a sangre y fuego. Como soldado Nomhaldad no podía evitar sentir cierta admiración por aquellos elfos guerreros, ni podía dejar de respetar su victoria. Pero como en todo ciudadano de Nominahald, aquellos sentimientos permanecían ahogados, cubiertos por el rencor, por la pérdida, y por el orgullo. El mismo orgullo que había llevado a Raph Ziram y a la mayor parte de sus soldados a la muerte. La misma muerte que ahora se había llevado a tantos de los suyos. La muerte que se lo había arrebatado todo, dejándolo solo ante los tristes despojos de una casa.

Se volvió, echando una última mirada a sus espaldas. Más casas en llamas, y más allá los últimos rescoldos de aquella fugaz batalla en la que habían puesto todas sus esperanzas de libertad. De sus esperanzas apenas quedaba ya nada. De sus cuerpos, quizás él fuera el último en caer.

Con la sombra de la muerte acechando sobre su cabeza, supo que no se arrepentía de nada. Habían jugado, y habían perdido. Los días de conspiración habían sido días de miedo e incertidumbre, pero también de ilusión y esperanza. Un renacimiento después de la derrota que les había hundido en la opresión, y les había convertido en un pueblo sometido.

Incluso aquella última noche, antes del rojo amanecer que ahora contemplaba, había estado llena de emoción, ansiedad. No habían podido reunir un gran ejército, pero aquellos que se habían unido a ellos en torno a la figura del hijo menor del Emperador eran hombres valientes, antiguamente soldados, muchos de ellos heridos de la batalla anterior que anhelaban una revancha que les diera la victoria y expulsara de sus tierras a los invasores.

Y todo parecía encajar perfectamente mientras tomaban las murallas al filo de la medianoche, mucho antes de que los elfos dieran las primeras voces de alarma. La ciudad se sumió en una calma aparente, extrañamente callada, como si se tratara de una tumba abierta, mientras uno a uno las guardias de elfos iban cayendo bajo el peso de su libertad recién recobrada.

Fue una libertad efímera sin embargo. En el mismo lugar donde cayera Raph Ziram El Eterno, las flechas de los elfos apostados en el Palacio Imperial comenzaron a abatirlos uno a uno. Desesperados, levantaron improvisados parapetos, mientras sus fuerzas se estrellaban una y otra vez contra las grandes puertas del Palacio. Una vez, y otra, hasta que la madera comenzó a resquebrajarse ante sus embates. Y cedieron. Cedieron y tras ellas surgió la muerte de nuevo. Como una riada de sangre los elfos salieron cubiertos con sus capas rojas y las espadas en alto.

Y aún así, la esperanza todavía no los había abandonado. Y no lo hizo mientras se enfrentaron de igual a igual en la plaza. Ni cuando comenzaron a arder los edificios más nobles que rodeaban el Palacio. Sólo cuando los clarines sonaron más allá de los muros al amanecer, cuando todo era sangre y cuerpos muertos sobre la piedra fría, comprendieron que la batalla estaba perdida.

Un mensajero. Sólo uno había escapado al control de las puertas en la noche. Él y sólo él había ganado aquella batalla. Una compañía entera de elfos penetró en la ciudad y cubrió sus calles rápidamente, rodeándolos en la plaza y arrasando en poco tiempo a todos aquellos que permanecían en pie, luchando hasta el último aliento, buscando la muerte ahora que habían perdido toda esperanza.

Amir, cansado, se alejó torpemente apoyado en su cayado. Con el primer rayo de sol había perdido toda esperanza. Pero no fue hasta que vio el cuerpo de su hijo tendido en el suelo cubierto de su propia sangre cuando perdió la razón. Cuando lo perdió todo. Su vida, su generación, su estirpe.

Apenas podía oír ya los gritos de aquellos que suplicaban la muerte en la plaza. Dos lágrimas como mares brotaron de sus ojos profundos y sabios, y se volvió nuevamente hacia la casa en llamas. Aspiró profundamente el aire caliente, y atravesó los restos de la puerta para terminar tendiéndose entre las llamas. Era justo que todo acabara así. Que todo acabara allí.

[Editado por Indil el 03-09-2008 23:16]

Escrito el 03-09-2008 23:17 #4

El eco de sus pasos acelerados la precedía mientras avanzaba por el amplio pasillo que conducía al Salón Imperial. Le parecía que apenas habían pasado unas horas desde la última vez que contemplara los fascinantes frescos que cubrían sus paredes. Como si su marcha sobre la ciudad de Truskan nunca hubiera tenido lugar, como si nunca hubieran abandonado los muros de Nominahald.

Pero no era así. Abrió las puertas dobles del salón, y varios rostros se alzaron sorprendidos para mirarla.

- ¿Han dicho algo los Envinyar? – preguntó al tiempo que las puertas se cerraban tras ella.

- Bienvenida Elesinyê – la mirada sombría de Serkendil era similar al tono contenido de sus palabras – No, no ha habido noticias – añadió al tiempo que volvía a centrar sus ojos en los informes que había extendidos sobre la mesa.

En torno a él, los Turêr de la Compañía se revolvieron inquietos ante la evidente tensión entre ellos. Elesinyê arqueó una ceja, y se acercó hasta la mesa poniendo las manos sobre los informes que Serkendil estaba leyendo.

- ¿Ah no? – la ironía de su voz era evidente – Es curioso… acaban de informarme de que habías recibido un importante mensaje desde el campamento. Un mensaje acerca del estado de salud del mensajero, y lo que es más importante, del contenido del mensaje que traía.

Serkendil alzó la vista y la miró un instante antes de decir nada.

- Dejadnos solos. – dijo, y la orden fue recibida con cierto alivio entre los presentes, que abandonaron rápidamente la sala – Quizás tus informes no sean del todo fiables – añadió cuando las puertas volvieron a cerrarse.

Ella rió, y el eco de su risa inundó el salón imperial.

- Tan fiables como pueden ser los tuyos – respondió con rabia contenida – ahora que se que eres capaz de interceptar mi correo.

Sin decir nada, él buscó entre sus ropas y finalmente le tendió una carta. Ella la cogió con brusquedad, y la leyó rápidamente. “Podía haber sido peor”, pensó, pero no por ello era menor el dolor que sentía ante la falta de confianza de Serkendil.

- No te preguntaré por qué lo has hecho, porque no tiene sentido alguno – dijo mirándolo a los ojos, y después se volvió para marcharse.

- No sé por qué lo he hecho – dijo él entonces, y ella se detuvo para mirarlo de nuevo.

No había disculpas, pero si creyó entrever cierto arrepentimiento. Volvió sobre sus pasos, al tiempo que rompía la carta en pedazos.

- ¿Es cierto lo que dicen los Envinyar? ¿Qué no han sido los Nomhaldad los que atacaron al mensajero? – preguntó dando por zanjado el asunto, al menos de momento.

- Si – respondió Serkendil al tiempo que su mirada se encendía con furia – Despertó una vez antes de morir, y entre delirios, habló de soldados de Norë.

Elesinyê se acercó hasta la chimenea y arrojó los restos de la carta a las llamas. Observó como el papel las avivaba un momento, para después comenzar a oscurecerse hasta volverse totalmente negro.

- Hemos sacudido el avispero. Era de esperarse algo así – su mirada permaneció hipnotizada observando la danza de las llamas.

- Lo pagarán – la voz de Serkendil era serena, pero firme.

Sin duda lo harán, pensó ella. Pero no podía dejar de preguntarse cual sería el precio que habrían de pagar ellos mismos. El hijo menor de Raph Ziram sería enterrado esa misma tarde siguiendo los ritos de su pueblo. Y aunque no había sido responsable directa de su muerte, no podía evitar sentir que sus manos estaban manchadas con la sangre inocente de aquél niño de doce años que había encontrado la muerte en el mismo lugar que su padre.

Escrito el 07-09-2008 00:03 #5

Resumen de la batalla.

Narwa ha perdido 7 armadas x35= 245 puntos.

Recuperables: 196 puntos.

Valoraciones: 7.2 + 8.6 + 8.26 + 8 = 8.015

Recupera: 157 puntos. Por el retraso en la publicación de la historia tienen una perdida adicional de 70 puntos.

Pierde: 158 puntos.

Compañías actualizadas y listas.

Por la participación en la batalla se reparten 90 Nóti.

Por las historias se entregan 96 Nóti.

Saludos!

Historia finalizada.