La Guerra de los Clanes

Batalla 73. Revuelta En Hyosto.

Terminada
Escrito el 07-09-2008 18:22 #1

Fin Guerra: Narwä Hilyatâri se retira del Combate

Armadas perdidas por "Maianor" = 9

Armadas perdidas por "Narwä Hilyatâri" = 5

Victoria para Narwa que conserva el dominio sobre la ciudad.

Escrito el 08-09-2008 22:44 #2

A medida que se adentraban en el bosque el ambiente se iba refrescando. Más de 3 jornadas los separaban aun de Hyosto, allá, al norte.

En las profundidades de Aldalaurë, a más de 100 millas de cualquier lugar civilizado se había construido Hyosto, ciudad poco conocida y que sólo las últimas maniobras expansionistas del Clan habían integrado en la "órbita" de Närwa Hilyatâri. Era una ciudad hermosa y artística, decían los que la habían visto... y una ciudad díscola y que no se dejaba subyugar fácilmente. Desde que estuviera en manos del clan escarlata había protagonizado varios intentos de sacudirse a sus nuevos señores.

Los sabios decían que alguna vez los elfos nurulantar y los habitantes de Hyosto habían sido un mismo pueblo, pero de eso debía hacer muchos siglos, porque nadie recordaba haber vivido una cosa así y porque pocos pueblos podrían parecer tan distintos entre sí: los unos, señores de la guerra, portadores de afiladas armas; los otros, artistas sensibles, tañedores de arpas y pintores prodigiosos.

Unos cincuenta elfos cruzaban el bosque, de Sur a Norte. Se habían detenido unos días a las afueras de Nirent y ahora, sin más que árboles y animales salvajes como compañía, se dirigían, apenas parando para dejar reposar a sus monturas, hacia Hyosto la Bella.

Los dirigía un elfo rubio y de espaldas anchas, vestido con el uniforme de arken de Rokkerni: escarlata y plata, acero pulido y lino rojo; un yelmo empenachado mantenía en sombra lo que era un hermoso rostro pero que ahora, visto en ese ambiente, sólo podía describirse como un rostro despiadado y espantoso. Montaba, en primera línea, marcando un ritmo salvaje, un caballo bayo de grandes proporciones.

Eran nurus de noble familia, orgullosos de su estirpe y de su lanza, arrogantes y fieros, todos galopaban sobre bestias magníficas, grandes y musculosas, de pelo lustroso y con brillantes arreos.

Todos eran voluntarios que consideraron un gran honor poder acompañar a su general hacia esa lejana ciudad del Norte para imponer por la fuerza la ley del Clan.

Las noticias tardaban en llegar desde el corazón de Aldalaurë y habían sorprendido a Angárato en forma de petición de ayuda cuando descansaba en su cómoda tienda en el campamento de Vanwielie.

-No es aquí a donde deberían haber enviado esta petición, habéis perdido mucho tiempo y aquí tenemos nuestros propios problemas- había dicho Angárato recibiendo bruscamente al mensajero del Norte.

-El señor Erjândako nos ordenó que navegáramos hasta Vanwielie y eso hemos hecho- contestó desafiante el mensajero- También envió un rollo a Ohtalosse, pero nosotros habremos llegado primero- añadió orgulloso.

Angárato se había acercado lentamente al mensajero, con los ojos casi cerrados por los que se escapaba un brillo azul.

-Me gustan los soldados orgullosos y valientes- una sonrisa le había torcido el labio -pero no permito en mi presencia a pretenciosos petulantes-

A la velocidad del rayo se abalanzó sobre el mensajero y le lanzó un puñetazo en el estómago. El joven cayó al suelo doblado, con el rostro desencajado.

Obedeciendo una señal de su general, habían sacado a rastras al mensajero.

-¡Que espere ahí afuera!, debe llevar mi contestación a Hyosto: mañana mismo partiré con cincuenta jinetes.

[Editado por elfo_negro el 09-09-2008 13:37]

Escrito el 09-09-2008 11:12 #3

La muchacha vestía una ligera camisa de dormir. Estaba sentada frente a un gran espejo mientras le peinaban su larga cabellera rubia. Una joven elfa local se encargaba de la operación con dedicación y suavidad. Arhen se dejaba llevar y, con los ojos entornados, contemplaba, entre las brumas del sueño, su propio reflejo en el espejo. Al ver reflejada, a su lado, a la elfa que le acariciaba el pelo, se sonrojó: sentía vergüenza de sí misma por haber aceptado a tres esclavas para que la sirvieran en todo momento, sentía vergüenza de la humillación que sufrían las nobles gentes de Hyosto que, en su propia ciudad, se veían condenadas a la esclavitud. Fingió estar rendida y pidió que le abrieran la cama. Cuando apagaron las velas y la dejaron sola en la habitación, cómodamente tendida en una gran cama de sábanas perfumadas, lloró unas cálidas lágrimas por ella y por las gentes de Hyosto.

Fuera se desplegaba una noche estrellada y oscura y Hyosto permanecía en silencio, un silencio impuesto y artificial.

Después de la última revuelta todo había empeorado para los ciudadanos: había sido decretado un estricto toque de queda, la música había sido prohibida y las patrullas escarlatas imponían su ley con eficiente brutalidad. El odio y el resentimiento hacia los conquistadores se había extendido silencioso y calaba la carne de todos los habitantes de la ciudad de la música.

Sobre la muralla meridional caminaba a grandes pasos un elfo alto y delgado, vestido con túnica sangre y armadura de cuero negro con dos puntos dorados reluciendo en su pecho; un brazalete de oro con un coyote grabado se ajustaba a su musculoso brazo izquierdo. Era el túre Erjândako que, flanqueado por cuatro de sus oficiales, daba las últimas ordenes del día y comprobaba que todo estuviera en su lugar.

La ciudad conquistada había quedado bajo su mando y se había visto obligado a tomar algunas medidas muy impopulares entre la población; pero era su obligación y no se le perdonaría mostrarse débil ni compasivo. Ya se habían rebelado, y lo volverían a hacer si no se los rendía definitivamente; debían ser conscientes de que el tiempo de la libertad había acabado, debían ser conscientes de que ahora era Narwä Hilyatâri quien mandaba, quien tenía poder sobre la vida y la muerte de cada uno de ellos. Debían ser aplastados y humillados... ya habría tiempo para retornarles su libertad, ya habría tiempo para volver a tañer las arpas hasta más allá de medianoche, magnificando la belleza de la luna y las estrellas. Pero ese momento aun no había llegado, ahora era el acero quien mandaba en Hyosto.

Pero no se llegaba al rango de Túre siendo un estúpido inconsciente: Erjândako sabía que se movía al borde de un abismo, que caminaba sobre el filo de una espada; esos elfos, delicados músicos y poetas, eran algo más, había descubierto en sus ojos un brillo acerado, anuncio de un alma combativa e indomable... una bestia salvaje adormecida durante siglos apunto de despertar.

El túre sabía que su posición era delicada, sus fuerzas eran temidas pero, ante una nueva revuelta, no serían suficientes. Por eso había enviado, hacía ya 7 días, mensajes de socorro a la capital y a Vanwielie, donde sabía que estaba el arken Angárato, uno de los militares que más respetaba y en los que más confiaba. Pero no había recibido ninguna respuesta, ni siquiera había regresado ninguno de los dos mensajeros.

Los oficiales que le acompañaban, siguiendo sus ordenes, le dejaron solo. Ahí, sobre la muralla, en esa agradable y silenciosa noche, suspiró profundamente, y tendió su penetrante mirada hacia el Sur.

[Editado por elfo_negro el 09-09-2008 11:27]

Escrito el 09-09-2008 20:06 #4

Unos días después, en un sótano cualquiera de Hyosto, entre muebles rotos y olor a aceite rancio, se han encendido varias lámparas y a su luz unos 10 elfos cuchichéan animados.

Dos de ellos están un tanto apartados.

-Por supuesto que no me estoy echando a atrás, Borgeli, no sé a qué viene tu insinuación, bien sabes lo que siento.

-Sí, sí, disculpa, son los nervios…

-Tranquilo, todos estamos nerviosos, pero quiero que sepas (deberías saberlo ya) que no me queda más en la vida que la venganza, y esos bastardos morirán, morirán,…

-¿Qué discutís vosotros dos? Venga venid aquí… ¿qué te pasa muchacho?, tienes mala cara.

-Déjalo, Teleg, ha sido culpa mia…

-Tú siempre estás igual, deja al pobre muchacho en paz, ya ha perdido bastante en esta vida para que encima tu…

-Que sí, que lo siento… ¿podemos continuar o tenemos que empezar la guerra entre nosotros?

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Mientras tanto, a unas 10 millas de la de la ciudad un grupo de unos 50 elfos (jinetes de caballería pesada de Narwä Hilyatâri), están a punto de dejar el bosque y adentrarse en una amplia llanura desarbolada de alta y flexible hierba. Pero en el linde, junto al camino por el que transitan, uno de los soldados ha creído ver algo.

El soldado que ha ido a investigar regresa y se detiene junto a su arken.

- Es uno de los nuestros, mi señor, el mensajero que vino a Vanwielie-

Angárato frunce el entrecejo y la pálida luz de las estrellas dibuja sombras siniestras en su rostro. El arken indica al soldado, con un movimiento de cabeza, que continúe su narración.

-Está muerto, lo han torturado y lo han clavado a un árbol- acaba el elfo, visiblemente afectado aun ser un recio soldado.

Angárato se temía algo así al entrever el espantajo a lo lejos, pero no se había imaginado que fuera ese mensajero… al que hacía apenas 10 días había intentado corregir… le había gustado, era valiente… pero un poco pretencioso… ahora ya no le aprovecharía su lección de modestia. Y no había llevado la respuesta a la ciudad.

Angárato hace tronar su voz, para que todos lo oigan.

-Ya veis a qué nos enfrentamos, olvidad las romanzas de que en Hyosto sólo hay música y bailes. Esto es una guerra, y la guerra es nuestro padre Thyr. Más le vale a Hyosto no haberse levantado, más le vale que cuando lleguemos todo siga en paz. ¡Honrad a Thyr, honrad a este joven valiente!–

Todos se quitan los yelmos y gritan con voces graves llenas de ira y fuerza

-¡Honra a Thyr, honra a la guerra, honra al valor de los soldados muertos!-

Luego callan, se calan sus yelmos y, con el corazón encendido y ávido de sangre, entran en el gran claro del bosque.

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La mañana se ha despertado con sones de guerra. Hyosto se ha levantado: sus ciudadanos han cambiado la cítara por el escudo y el caramillo por la espada. Sus ojos brillan de odio y sus gargantas braman consignas de guerra olvidadas desde hacía siglos. Fueron conquistados, pero no serán humillados, nacieron para ser dioses inspirados o guerreros sanguinarios, pero no para ser esclavos.

No son una turba de orcos descerebrados, son elfos de Hyosto la Bella, inteligentes, hábiles y ágiles… y llevan semanas planeando el ataque.

El túre Erjândako dirije la defensa de la ciudadela. Sus soldados son pocos, pero son nurulantar, nacidos para la guerra y criados en Thyrosto.

La batalla es muy rápida, los ciudadanos atacan por todos los flancos, la patrulla nuru ha sido completamente aniquilada, pero la fortaleza no se tomará sin muchísimas bajas: una cosa es un corazón encendido, el valor de un bravo, y otra es cambiar de un día para otro la flauta por un hacha de guerra; pero no son estúpidos y evitan todo lo posible el cuerpo a cuerpo. Pero no se echan atrás, aunque desde la ciudadela vuelan las flechas nuru abajo se defienden de ellas con pesados escudos de madera. Se han abierto las puertas de la ciudad y están entrando campesinos armados de orcas y arcos sencillos, algunos llevan teas encendidas.

Erjândako, desde la fortaleza, intuye lo que está pasando y lo que pasará: se iniciará un asedio, los cercarán y… morirán. No, no puede permitirlo, vale más morir luchando que cercados por el fuego y una masa de patéticos civiles. Los enfrentará cara a cara ahora que están en toda la plenitud de sus fuerzas y, si debe morir, morirá matando.

Ha subido ya a su caballo tordo y todos sus hombres lo secundarán.

Cuando está a punto de ordenar que abran la puerta de la ciudadela un soldado le grita algo. Todos lo han oído y el túre sonríe, temible.

-tú, quédate con la mitad de los hombres cubriéndonos desde la torre (ya no hace falta morir, hoy no), el resto ¡seguidme!-

Y se abren las puertas de la ciudadela, y unos pocos nurus salen por ella; no son suficientes para romper el cerco que, increíblemente perfecto, ya se ha logrado ceñir a la ciudadela. Pero no están solos en esa lucha y ahora, los ciudadanos de Hyosto también lo saben, porque un estrépito ha roto el ruido de la batalla, todos se han parado a escuchar. Y es que 50 caballos de guerra acaban de entrar a galope de carga por las abiertas puertas de la ciudad. Fueron abiertas para que entraran los campesinos, pero es Narwä Hilyatâri quien ha entrado, para matar sin piedad.

Todo son gritos y ruido de batalla. Los nurus han nacido con una espada y una lanza en la mano. Los valientes de Hyosto están aprendiendo una amarga lección: a veces, no basta con el valor.

Todo ha acabado muy rápido, la matanza ha sido terrible, se ha cortado y golpeado, pisoteado y desgarrado. Las lanzas y las espadas nuru chorrean sangre. La muerte y el llanto han invadido la ciudad, los supervivientes huyen conmocionados.

Angárato está satisfecho, con su uniforme embadurnado de sangre va en busca del túre. Lo abraza y, con voz de trueno, grita algo, algo que toda la tropa corea. Narwä ha vencido y Hyosto ha perdido.

En un rincón un elfo llora junto a un bulto, otro elfo se acerca.

-¡Qué haces Teleg! ¿estás loco? Vámonos de aquí-

-Sí, ahora… ¿lo has visto? Es…-

-Sí, ya se quien es, venga, vamonos de aquí, muchos han muerto…-

-Muchos, muchos, pero él no debía morir, pobre muchacho, lo ha matado ese maldito nuru, ¿lo ves? ese de ahí… cobarde… creo que es su general, ni siquiera...-

-Ya basta, Teleg, estás perdiendo el juicio, vámonos de una maldita vez-

-Sí, vámonos… era un joven muy valiente, había sufrido mucho, su padre, su madre, todos muertos,… y su hermana ¿la recuerdas? Esos bastardos la hicieron su esclava, dicen que sirve a una de esas… que la peina todas las noches,... el chico sólo quería su venganza,… su venganza-

[Editado por elfo_negro el 09-09-2008 23:23]

Escrito el 13-09-2008 10:41 #5

Resumen de la batalla.

Narwa ha perdido 5 armadas x35= 175 puntos.

Recuperables: 140 puntos.

Valoraciones: 7,5+8,9+9,6+8,8= 8,7

Recupera: 122 puntos.

Pierde: 53 puntos.

Compañías actualizadas y listas.

[Editado por gaurwaith el 25-09-2008 15:43]

Historia finalizada.