Fundada en la Primera Edad por una comunidad de pescadores. Pronto descubrieron que las aguas del Nan Manalkarion arrastraban pequeñas pepitas de oro, convirtiéndose toda la población en poderosos señores (se cree que fueron el germen de los Cotya Lielaire).
Algunos de estos señores no quisieron abandonar sus costumbres y siguieron faenando en alta mar, hay quien cree que debido a esto sus esposas hicieron construir una hermosa torre blanca que refulgía bajo el sol como si se tratara de una enorme perla. “La Torre de Nácar” o “La de la Larga Espera” son los nombres que recibió en los años de su construcción a pocos metros de la desembocadura del río y muy cerca también del puerto.
Otros mantienen que la Torre no es más que una hermosa “Cámara del Tesoro” construida por un extravagante señor de la ciudad.

Minitunda - Ciudad Externa
Escribiéndose...Había cargado las dos bolsas en el caballo y se dirigía hacia el puerto con pasos cortos y rápidos. Tiraba del animal sorteando los grupos de ciudadanos, hasta que decidió salir de Pathmâ Thyr y coger un atajo entre callejuelas. Su recién comprado caballo, al que había decidido llamar Tálisilme (Pies de Plata), por las graciosas manchas blancas que tenía en las patas delanteras, se mostraba por el momento dócil. El anterior había muerto poco después de llegar a la capital de regreso de Nilme Istyalvao, y por consejo de Angárato, se había hecho con otro más joven y de mayor alzada. Un alazán que en un principio había impresionado a Dâira por su altura.
Cuando llegó al embarcadero, distinguió a lo lejos la figura de Angárato. Había escogido ropas mucho más cómodas para el viaje, y ahora sin la coraza le parecía a la medio elfa más cercano. Aunque solo era aparentemente, pues si alguien se atrevía a mirarle a los ojos, vería en ellos un pozo de conocimiento que podría intimidar a cualquiera. Ella también vestía de manera sencilla, con unos pantalones y una camisa larga ceñida a la cintura por un cinturón. Traía consigo una capa porque en las noches ya comenzaba a refrescar. Además, si pretendían pasar desapercibidos, no era aconsejable que portaran los uniformes nurulantar.
- Dâira, ¿qué sabes de Myodul? – le preguntó su abuelo.
- Bueno… le conozco bastante, aunque hace una larga temporada que apenas nos hemos visto.
- Hizo contigo el narwanólme, ¿no es cierto?
- Así es – dijo ella. – Veo que has hecho tus averiguaciones – añadió divertida. – Coincidí con él durante la instrucción en Thyrost y no sé qué habrá pasado en Nirent, pero te puedo decir que es un buen soldado, y no te dará problemas en este paseo. De hecho creo que le has impresionado.
Angárato arqueó una ceja al escuchar el comentario.
- Bueno, es lógico, edelon, eres muy conocido entre los militares. Tu fama te precede. Además… bueno, él sabe nuestro parentesco.
La peredhil sabía que él prefería ocultar ciertas cosas, pero era imposible que nadie estuviera al corriente después de tantos años, así que prefirió comentárselo ella misma.
Cuando se les unió Myodul, Angárato dio la orden de subir al barco, pero Dâira pidió unos minutos más ya que faltaba “alguien”. Con un silbido la medio elfa llamó a Tirel mientras posaba la vista en el cielo bañado por el crepúsculo. Al poco, el halcón bajó a una gran velocidad para posarse en el brazo de la muchacha.
- Le he tenido abandonado mucho tiempo, espero que no os moleste. Myodul ya le conoce pero a ti – dijo en referencia al arken – bueno, deja que primero se acostumbre a ti y luego ya podrás tocarle sin problemas. A veces se muestra un poco hosco.
Al fin subieron los tres a la embarcación que les llevaría al otro lado del Kelkaranî. Era de tamaño más bien pequeño y se la veía necesitada de una buena mano de pintura y otras reparaciones.
Angárato pidió el mapa que guardaba Myodul para estudiar cual sería el camino que tomarían hasta Minitunda. Mientras, los dos elfos jóvenes se quedaron algo apartados charlando. La medio elfa le pidió a Myodul en dos ocasiones que le volviera a enseñar las marcas pues aunque tocaba y veía claramente la cicatriz, le resultaba realmente asombroso el suceso. Dâira le explicó que ellos habían visto en persona al anciano que le hizo aquellas señales, y que ya entonces había demostrado su “magia”.
El arken parecía tener claro el camino pues se acercó hasta ellos y les pidió que consiguieran papel y tinta. Una vez que se lo dieron, escribió unas pocas líneas y se la entregó a Dâira.
- ¿Crees que él podría hacérsela llegar a Elesinyê? – dijo mientras miraba al ave.
- Es un largo viaje, pero creo que puede conseguirlo. Además, conoce a Ele por lo que dudo que la dejara caer en otras manos que no sean las suyas.
- Perfecto entonces. Me arriesgaré.
A la medio elfa no le hacía ninguna gracia desprenderse tan pronto de su animal, pero creía entender las razones de su edelon, por lo que no le quedó más remedio que agarrar la pequeña nota con una cuerdecilla a la pata de Tirel, susurrarle unas palabras al animal y despedirse de él.
Una hora después de perderle el rastro, los marineros preparaban el desembarco.
Cada uno agarró su caballo para bajar la pequeña pasarela de madera. Angárato subió de nuevo para cruzar el cuarto caballo que traían con ellos pues era donde llevaban las provisiones necesarias.
- Esta noche no descansaremos - dijo Angárato. - Bajaremos al sur pasando entre Haithar y Damas.
[Editado por Neume el 14-09-2008 14:04]
Cruzaron el infierno de Al Varantar, tierra yerma y dura, donde los brillos metálicos de las piedras afiladas y la inexistencia de vegetación producen tal agoramiento visual que, aun ser un paisage espantósamente monótono, uno acaba sin saber qué está mirando.
Se llevó a los animales al límite de sus fuerzas y los elfos, etereos y aparentemente ajenos al mundo, sintieron (unos por primera vez y otro después de un tiempo que parecía infinito) el verdadero y absoluto agotamiento de la carne.
Una llanura inacabable... el infierno de Romenor.
Pero ahí estaban Myodul, Dâira y Angárato, plantando cara a vientos abrasadores a temperaturas desconocidas para la gente del norte y a la falta absoluta de "algo". Solo en dos ocasiones en toda esa travesía de cientos de millas, lograron vislumbrar algo que rompía la nada del desierto... pero no eran sino ciudades muertas... como todo lo demás.
Después, al borde del agotamiento... llegaron los pastos infinitos, las praderas inacabables, y por ella continuaron, como estatuas, hieráticos, cabalgando hacia el sur, hablando sólo lo inprescindible, empezando a arrepentirse de haber aceptado esa absurda misión... recorrer medio mundo por un sueño.
El bosque era muy denso, y los viajeros comenzaban a desesperar. Myodul no se había alejado tanto de Osto Ohtalôsse nunca antes, aunque sus compañeros no parecían en absoluto asombrados por la inmensidad de Rómenor, como él. Sólo hastiados.
-Éste sendero parece transitado -dijo Angárato-. La ciudad debe estar cerca.
-Pero según el mapa, antes deberemos cruzar un río -señaló Dâira-. ¿Oís el sonido del agua?
Myodul aguzó el oído, pero no detectó nada.
-Puede que más adelante -comentó, encogiéndose de hombros. Volvió a mirar las vendas en su mano. La quemadura seguía allí, como un recordatorio del sueño. Era lo único que le motivaba a seguir adelante.
Unas horas después, oyeron finalmente el agua, pero no parecía la dulce canción de un río. Más bien era el áspero sonido de las olas.
-Puede que nos hayamos desviado hacia la orilla -dijo Dâira.
-Eso hará las cosas más fáciles, la ciudad que buscamos es costera.
Abandonaron el bosque y caminaron durante un rato más, sintiendo que estaban cerca de alcanzar su destino. Repentinamente, tras un recodo, vislumbraron la ciudad ante ellos.
Había un pequeño embarcadero en la orilla norte del río. Varios hombres se encargaban de transportar en balsa a los viajeros de un lado a otro. En la orilla sur, una ciudad se levantaba. Debía tratarse sin duda de Minitunda. Cerca del puerto, algo inmenso se levantaba. Myodul alzó la mirada, usando la mano como visera; estaba seguro. La Torre Blanca... ¡Tenía que ser aquella!
Una figura encorvada y metida en el agua del río hasta las rodillas se encontraba tamizando la corriente en busca del antiguo tesoro que siglos atrás arrastraba; al ver acercarse a los extranjeros dejó a un lado el tamiz y se acercó a saludarles.
El hombre no era de edad avanzada pero tenía el rostro muy ajado por las inclemencias del tiempo, además su trabajo en el río le obligaba a caminar siempre ligeramente encorvado.
-Almare viajeros, uno no acostumbra a recibir visitas en esta época convulsa. La guerra se nos viene encima desde el norte y el sur y en el este las aguas oscuras no nos quitan ojo... sólo el noble río viajero desde Poniente es digno de nuestra confianza.
Los Nurulântar se presentaron cortesmente al desconocido que dijo llamarse Elisil y tras las presentaciones el hombre continuó hablando:
- ¡Qué sorpresa! Venís del lejano norte, más allá del infierno de arena, no escuchaba vuestro acento desde que era un joven marinero encargado de la ruta del Aldalaure. ¿Y qué os ha traído tan lejos? He oído que los ejércitos del norte han tomado las tierras de los Nomhaldad ¿no seréis exploradores en busca de nuevas conquistas? Si lo sois he de deciros que habéis errado en vuestra búsqueda a no ser que deseeis un tesoro de almejas y atunes.
El viaje había sido largo y muy cansado. Cruzar las más de 300 millas de desierto había sido espantoso; y la alta hierba de la interminable pradera , si bien había resultado un cambio agradable, pronto descubrieron que no era una mejora significativa: el clima era más benigno, pero esa ignota tierra seguía siendo dura y salvaje, sin apenas lugares en los que cobijarse, durante días durmieron bajo las estrellas y tuvieron que racionar la comida y la bebida.
Pero al menos habían podido lavar sus cuerpos agotados y sus sucias ropas.
Cuando con el paso interminable de los días llegaron a la ciudad, los 3 viajeros habían tenido tiempo de conocerse mucho mejor y ahora, aun la diferencia de rangos y de experiencias vitales hasta ese viaje, se había creado un vínculo, eran hermanos y, cada uno dentro de su propia forma de ser, admiraba y respetaba más y a sus camaradas.
Un hombre ajado, un buscador de oro, les salió al paso y les saludó.
Los tres bajaron de los caballos, a los que dejaron beber en la orilla de río, iban vestidos con ropas cómodas y frescas, ropas que, por otro lado, debían parecer exóticas a ese pobre hombre.
Cuando hubieron tranquilizado al humano y le hubieron explicado que sólo eran viajeros del lejano Norte, Dâira, siguiendo la discreta seña de su abuelo, se acercó más al hombre. Le pidió referencia de algún sitio donde poder comer y descansar y, de forma natural y como si fuera algo carente de importancia y que se le acababa de ocurrir, le preguntó si sería posible encontrar algún erudito en la ciudad.
Angárato acarició con unas palmadas al caballo, luego volvió a montar.
[Editado por elfo_negro el 17-09-2008 23:03]
Elisil les indicó a los viajeros cómo llegar a la principal posada de Minitunda, situada en una pequeña plazoleta en medio de la ciudad, a seis o siete calles de la ribera del río.
- En cuanto a eruditos... la erudición y las buenas costumbres desaparecieron de la ciudad a la vez que sus tesoros... podéis intentar hablar con el padre de la posadera, tiene casi cien años y está bastante sordo pero podría considerárselo como uno de los sabios de Minitunda.
Se despidieron del anciano, que a Dâira le resultaba tan simpático. No sabía qué pensarían sus compañeros, pero después del áspero viaje y el cansancio, escuchar unas palabras amables y que parecían sinceras, la reconfortaba. Pero no tanto como pensar en una buena comida y un lugar donde descansar. Sabía que la obligación era lo primero, pero sentía aun entumecidas las piernas.
Alzó los brazos juntando las manos sobre su cabeza y se estiró a un lado y otro. Varios huesos de la espalda crujieron y Myodul gruñó haciendo una mueca.
- Te vas a romper – dijo el joven elfo
- Lo siento, pero si no hago esto creo que no seré capaz de dar un paso más.
A Dâira ya no le importaba quejarse abiertamente. Sí, eran soldados del todopoderoso Narwä, pero sentía el cansancio irremediablemente. Aquel anciano le había dado envidia pues le habría encantado descalzarse, tirar las botas a un lado y meter los pies en el agua fresca como Elisil. Sí, aquello habría sido reparador.
Myodul y la medio elfa volvieron a montar detrás de Angárato, quien iba en cabeza siguiendo las indicaciones que les habían dado. A pesar de que sus pasos les llevaban al interior, la hermosa torre se podía ver desde cualquier punto de la ciudad.
Después de unas cuantas calles llegaron a una pequeña y sencilla plaza. Echaron un vistazo alrededor antes de bajarse de las monturas. La posada se encontraba en una de las esquinas y aunque era grande no se podía comparar al Hada Verde. Por fuera parecía tener un aspecto descuidado pero el interior estaba reformado y desprendía una cálida luz.
La medio elfa, a petición del arken, se quedó fuera vigilando los tres caballos, mientras él y Myodul entraban a comprobar si había habitaciones y si veían alguna señal del supuesto erudito.
Detrás de la barra había una mujer de cabellos rubios rizados, entrada en carnes y de manos ágiles. Se acercaron hasta ella suponiendo que era la posadera.
Parecía tener prisa y les atendió con ligereza. Les informó que solo quedaban dos habitaciones libres, y que les podría servir una cena a su gusto si podían esperar unos minutos. Angárato aceptó y Myodul salió a buscar a la perelda para ayudarla con los caballos. Le habían dicho que podía dejarlos en el establo situado detrás de la taberna.
- ¿Habéis dado con el padre de la posadera? – le preguntó Dâira
- Hay varios ancianos pero no estamos seguros. Aun no hemos preguntado directamente por él.
Cuando entraron de nuevo en la posada, el arken les esperaba sentado en una mesa con dos sillas más libres.
[Editado por Neume el 18-09-2008 16:00]
Se sentaron a la mesa y poco después la posadera se acercó.
-Las habitaciones están listas -dijo la mujer-. ¿Cenarán aquí o en la habitación?
-Aquí -señaló Angárato-. De todos modos, queríamos hablarle sobre un asunto.
-¿Asunto? ¿Conmigo? -la posadera pareció desconfiada-. ¿Qué tienen que tratar conmigo?
-Estamos interesados en las tradiciones de por aquí -explicó Myodul-. Nos recomendaron hablar con el padre de usted, pues se dice que es un hombre sabio.
-Sabio... Sí, supongo que él es la persona adecuada si les interesan los chismes viejos -la mujer a duras penas podía ocultar el desdén.
-¿Podría presentárnoslo? -insistió Dâira, no queriendo que se desviase del tema.
-¡Padre! ¡Estos clientes quieren hablar contigo! -un anciano levantó la cabeza en una mesa cercana. Hubo un murmullo enojado, por lo que sospecharon que habían interrumpido algún juego de azar en el que el "sabio" iba perdiendo.
-Qué frágil es -murmuró Myodul sorprendido, al verle avanzar lentamente apoyándose en su bastón.
-Éste es el destino de los hombres -suspiró Angárato-. Por mucho que lo veamos, siempre nos sorprende. -El anciano finalmente llegó a su altura y acercó una silla más-. Buenas noches, compadre -dijo con amabilidad, alzando la voz.
-¿Qué quieren unos elfos de mí? -preguntó lentamente, como si le costase comprender la situación. Sus marchitos ojos relucieron cuando Dâira respondió:
-Queremos que se nos hable sobre la Torre Blanca.
Esa Torre no es más que el recuerdo de un penoso pasado y ahora está tan hueca como lo estaban en aquella época los corazones de todos los que vivían aquí.
Fue construida por la familia Neaster alrededor del año 500 de la Segunda Edad, en aquellos años las aguas del río estaban repletas de oro y todas las gentes de la ciudad poseían grandes riquezas... pero estaban podridos por dentro. Fíjense ustedes que incluso tenían esclavos traídos del sur, ¡esclavos! nunca se había visto cosa igual, ni se ha vuelto a ver desde entonces.
Lo curioso de la Torre es que fue construida para guardar un tesoro que trajo el mar, no recuerdo qué era, pero ahora ya es igual pues todos los tesoros se los llevaron los esclavos cuando se sublevaron y regresaron a sus hogares, la casa de los Neaster no fue una excepción.