Despertó con un fuerte sobresalto, jadeando y bañado en sudor. Durante unos segundos siniestros las horribles imágenes que lo habían perseguido persistieron en su mente, como si hubieran adoptado una conciencia tan macabra como su propio contenido y hubiesen decidido alargar el sufrimiento un poco más, reticentes a desaparecer.
Pero lo hicieron, y el joven Senador pudo cerrar los ojos unos instantes mientras recobraba la calma, sus pulsaciones se normalizaban y el alarmante fulgor rojizo de sus ojos remitía. De mal humor por el violento despertar, se echó sobre la cama de nuevo y pronto cayó en un nuevo y profundo sueño... esta vez, tranquilo y sosegado.
Se levantó tarde, estirándose y bostezando con fuerza. Se vistió con una túnica sencilla, sin apenas bordados, y se dirigió a la habitación de aseo, donde sobre una pila había que manaba continuamente e iba a parar a un sistema subterráneo de cañerías. Los varantes, tan sabedores de las grandes limitaciones que el desierto acarreaba, se habían convertido en auténticos genios en ingeniería, diseñando grandes obras públicas de agua corriente y saneamiento.
Como siempre hacía, formó un cuenco con la palma de sus manos y se lavó la cara, estremeciéndose notablemente por el frío del líquido; él lo notaba aún más, dado que su cuerpo estaba más caliente de lo que lo estaba el de un ser humano normal. Pero la sensación de frío no fue lo que hizo que diera un salto allí mismo. Mientras sumergía las manos en el agua, observó sus palmas...
Y el sueño retornó a él con una fuerza demoledora.
-Sinceramente, me desconciertas, Athran -dijo Vairos Em, a quien todos llamaban Varios el Sabio, Guardián de los Muertos y Senador-. Sin intentar parecer arrogante, conozco bastante bien la historia de este país y de los que vinieron antes que él. Pero esa pesadilla... Hubo guerras, algunas muy cruentas, desde el mismo momento en que Nash'hartán -Nashaltân- se desintegró; pero la mayoría fueron menores e insignificantes, ni mucho menos como aparecía en tu sueño.
- Ten en cuenta, de todos modos -comentó Athran-, que un sueño puede deformar mucho las cosas...
- Sí, puede -admitió Varios-. Sin embargo, teniendo en cuenta que aquel espíritu de tu sueño os hizo quemaros la mano a propósito para que supierais que no había sido un sueño... Siento la necesidad de dudar, con sinceridad. Mas me temo que no pueda ayudarte. Tienes prisa, por lo que observo; en otro caso te habría recomendado varios buenos libros de las bibliotecas. Pero en este caso deberías consultar a algún experto, alguien longevo que conozca bien este país... Pero no sé quién podría...
-Tranquilo -le cortó Athran con una sonrisa-. Yo sí lo sé.
Volver a ver a Neyla ya suponía un aliciente, pero lo que le esperaba en su casa lo dejó desarmado. Junto a la silenciosa elfa, una joven de cabellos de fuego y ojos de miel conversaba alegremente con un hombre al que Athran conocía bien.
- No puede ser... -susurró Athran, aunque perfectamente audible. Shamal y Thara lo miraron-. ¿Shamal?
Tras el asombro inicial, el músico indomable soltó una enorme y saludable carcajada. Athran saludó a Thara al modo varante, ligeramente tímido, pero Shamal contribuyó con destreza a romper el poco hielo que surgiera en el calor del desierto.
Los ojos de la elfa, única parte visible de su rostro, se habían cerrado, y por su semblante la Elda parecía meditar. Todos esperaron con paciencia.
- Así pues, hemos de encontrar los guantes en un lugar donde se han producido muchas guerras, ¿me equivoco?
Athran asintió levemente. Neyla cerró los ojos de nuevo, unos pocos minutos, tras los que retomó el habla.
- Hubo hace muchos siglos una guerra cruenta en este mismo desierto. Según las crónicas de los sabios, se produjo siete siglos después de la caída del Imperio de Nash'hartán. No estoy muy segura de que sea una pista fiable, pero no tenemos nada mejor y las primeras ciudades están cerca. Venid.
Los llevó a un salón con una gran mesa central, donde la elfa depositó un mapa de todo Varantar, desde la costa este a la oeste, desde Nasher hasta Varendia. Estaban señalados los principales asentamientos de los varantes, y Neyla, con un gran esfuerzo de concentración, fue señalando varios -todos aquellos que, según dijo, tuvieron algo que ver con aquella guerra.
-Parece haber un patrón -comentó Athran-. Aunque también puede ser casualidad.
-Probablemente lo segundo -afirmó la elfa.
-Einursha es la ciudad más cercana -dijo Athran tras unos minutos de silencio.
-Así es. Es un buen lugar para empezar a buscar. Cercano, y prometedor. Te daré algunos papeles para que los consultes por el camino. Por si me equivoco.
Thara observaba el mapa con ojos relucientes; su espíritu aventurero y alocado la estimulaba, pero su desconfianza y extraño temor hacia el Dherasda suponía un duro contendiente contra su propia naturaleza. Finalmente sus labios se abrieron.
- Nesri, ¿puedo ir con él?
Neyla miró con intensidad a la joven, como evaluándola. Athran conocía bien esa mirada, y sabía así mismo de los grandes dones premonitorios de los Eldar. La sonrisa dulce de Neyla puso fin a toda duda.
Tres personas salieron discretamente de la ciudad por los grandes puentes que cruzaban el río Nursha. Athran sonreía, divertido, mientras Shamal silbaba alegremente.
- ¿Acaso pensáis iros sin un buen guía que os lleve? -había dicho el viajero-. Athran, muchacho, te tenía por una persona cuerda. ¿Qué pretendes hacer ahí tú solo, digo más, con esta bella joven? Estarás muerto en unas pocas horas.
Y Athran se había limitado a reír con fuerza porque sabía que, efectivamente, ya no iban a ser sólo dos los viajeros que pusieran rumbo a la búsqueda de las Manos de la Victoria.
