Durante los dos días siguientes encaminaron su rumbo hacia el sureste, en dirección a la cadena montañosa de las Ered Mithdraug. Bajo esa pequeña cordillera cubierta de densos bosques se extendía la multitud de túneles, galería, bóvedas y estancias de los Enanos de Casararanie. La que antaño fuera conocida como la “Reina de los Enanos”, fundada por Frear I en los años antiguos, ocultaba ahora tras sus muros rocosos las ruinas de esa próspera ciudad minera.
Tras vadear los cursos del Neldesíre y el Otsosíre, los expedicionarios remontaron la suave pero continua pendiente del bosque. Marchaban despacio y con prudencia, obedeciendo el consejo de Belgher, y a menudo desmontaban sus cabalgaduras y marchaban a pie, en especial cuando se internaban en lugares sombríos bajo el denso follaje de los árboles. No tuvieron sobresaltos durante todo el primer día y tampoco durante la noche, aunque ésta fue intranquila. Los tres hombres coincidieron en haber sentido la presencia de invisibles criaturas que merodeaban por los alrededores. Afortunadamente, pensaron, el fuego debía haberlas ahuyentado.
- Quizás no se trataba más que de jabalíes, tal vez lobos, o alguna otra bestia salvaje – apuntó Tharak en tono optimista por la mañana.
- Tal vez, pero extrememos las precauciones. Por Eru que espero que esas sean las criaturas más temibles que habitan en esta parte del bosque… – respondió Morlyg.
- ¡Por Zôr-Khôndor! – exclamaron sus dos compañeros al unísono, corrigiendo la expresión de Morlyg.
- Shhhhh! – ordenó silencio Morlyg llevándose un dedo frente a los labios -. En marcha.
Los tres emprendieron de nuevo la marcha. Permanecían callados la mayor parte del tiempo, alertas a cualquier sonido inquietante que se produjera en las cercanías. Tharak seguía con su labor, avanzándose regularmente e inspeccionando el terreno ante los Marllajtay. A media mañana regresó alarmado de una de sus incursiones.
- Trasgos. Creo que nos han olido o hemos sido descubiertos por algún rastreador, avanzan en nuestra dirección a buen paso.
- ¿Cuántos? ¿A qué distancia? – preguntó Morlyg.
- Unos quince o veinte. Llegarán aquí en pocos minutos. Escuchad.
Durante unos instantes no escucharon más que el sonido del viento y el rumor de los árboles. Pero pronto les llegaron amortiguadas las inconfundibles voces de un grupo de trasgos. Desconocidas para los Marllajtay y un recuerdo lejano para Morlyg, pero inconfundibles al fin y al cabo. Los Marllajtay montaron de nuevo y avanzaron en dirección a las voces, muy cercanas, tras un recodo del maltrecho camino. Allí se plantaron, y esperaron en silencio. El grupo de trasgos apareció de pronto, y grande fue su sorpresa cuando descubrieron a los tres hombres montados a caballo frente a ellos, empuñando afiladas armas.
- ¡Ýh! ¡Ña Marllajtay! – exclamó Morlyg cargando sobre las desconcertadas criaturas. Los Marllajtay se abrieron paso a través de los trasgos, cortando cabezas y extremidades a su paso. Pronto los trasgos salieron de su estupor y reaccionaron atacando a los Marllajtay. Pero éstos no tenían intención de presentar batalla y ya habían atravesado a todo el grupo, huyendo a través del bosque dejando tras de si a varias víctimas y a los enfurecidos supervivientes que no podían avanzar al ritmo de los jinetes.
- ¡Espero que no sean habitantes de Casararanie! – exclamó Pallam’et.
- No llames al mal tiempo, Pall – le reprochó Morlyg -. Mal lo tenemos si debemos vérnoslas con estas criaturas en el interior de las minas. ¡Ahora avancemos veloces! Debemos dejarlos lo suficientemente atrás.
No hubo más contratiempos durante el resto del día y al caer la tarde llegaron a un claro en el que moría un acantilado desnudo, al pie del cual se abría una puerta bajo un arco de piedra tallada, repleto de runas enanas. Se encontraban por fin ante los muros de Casararanie, la “Reina de los Enanos”.