La Guerra de los Clanes

Casararanie - Ciudad Externa En Ruinas

Escribiéndose...
Escrito el 16-09-2008 19:03 #1

Nombre que en quenya significa “Reino de los Enanos”. Fundado por Frear I es uno de los asentamientos enanos más antiguos y data de la Primera Edad.

Fue abandonada alrededor del año 400 de la Segunda Edad y está formado por túneles laberínticos que unían grandes bóvedas de piedra bajo las Ered Mithdraug. Muchas de estas bóvedas aún no han sido descubiertas porque varios túneles se han hundido con el paso del tiempo, muchos tesoros antiguos pueden aún ocultarse en estas mansiones enanas.

Escrito el 20-09-2008 13:59 #2

Pallam’et miró atrás una vez más hacia atrás mientras se alejaban al paso. Morlyg lo percibió y se giró también alzando la mano a modo despedida, gesto al cual respondieron Rawa y Allpa’huátl desde las puertas de la ciudad, acompañados de su séquito. Toltyo y Laymi Arië, que ahora se encargaban de patrullar los alrededores de Tumbu también estaban presentes, pues habían acudido a sabiendas de la llegada del Khútic.

Y así, por último vez, volvió la mirada y la dirigió hacia delante, en dirección a los lindes del bosque, a unas diez millas al sur de Tugore, y que se extendía infinitamente hacia el sur por el Valle de los Siete Ríos. Morlyg alzó el puño al cielo y con voz firme gritó:

- ¡Ýh! ¡Ña Marllajtay!

Sus compañeros respondieron a la consigna, al tiempo que muchas voces respondían desde atrás en una única y atronadora voz. Morlyg sonrió. Siempre le había resultado curioso el quizás excesivo patriotismo de los Marllajtay, aunque en cierto modo compartía ese sentimiento, que también fluía por su sangre haradrim.

Dos jornadas de marcha a buen paso los separaban de los vados del Llano de Attatumbo, donde el Neldesíre se ensanchaba y disminuía en profundidad, cerca de las desembocaduras del Attasíre y el Otsosíre. La senda sería sería segura hasta entonces, pues los Marllajtay controlaban todo el territorio al norte del Attasíre.

Escrito el 21-09-2008 20:19 #3

- Alto… - dijo Tharak en voz baja a sus compañeros. El Marllajtay descabalgó y se avanzó cautelosamente. El sol poniente teñía el sotobosque en una inquietante penumbra rojiza. El vaivén de las ramas de los árboles movidas por una suave brisa era el único sonido que rompía el desgarrador silencio del bosque. Thrak volvió al cabo de poco tiempo.

- Nos rodean. Espero que sean Ýskur. No he podio verlos.

- ¿Cuántos crees que son? – preguntó Morlyg.

- Difícil decirlo. Es posible que sean diez… o más… - respondió preocupado Tharak.

- De acuerdo. Desenvainad vuestras armas y avanzad con precaución – dijo Morlyg al tiempo que hacía a un lado su túnica y desenvainaba la resplandeciente cimitarra. Los tres jinetes avanzaron al paso, atentos a cualquier sonido o movimiento en la espesura. No tardaron en intuir la presencia de varios hombres cerca de ellos, fuera del camino.

- ¡El Ave sobre Nosotros caiga sobre los enemigos de Marhala! ¿Quién anda ahí?

Los Marllajtay se detuvieron al escuchar la voz entre los árboles frente a ellos.

- ¡Salud, hermano Ýskur! Soy Morlyg de Umbar, y me acompañan Pallam’et Y Tharak de Atlan’tenawq. Al servicio del Zôr de Tûgore y Khútic de Híssuë – respondió Morlyg en voz alta y firme.

Un guerrero Isgûr de mediana edad surgió de entre la maleza. Lo siguieron varios más, algunos blandiendo espadas y otros apuntándoles con sus saetas emplumadas.

- Salud, Marllajtay, el Ave sobre Nosotros. Mi nombre es Belgher y vigilo con mis hombres la orilla oeste del río por orden de Toltyo de los Marllajtay. Mi deber es preguntaros el motivo des vuestra travesía, señor.

- Viajamos en misión especial hacia Casararanie. Debemos recuperar un legendario objeto que será utilizado en la guerra contra el mal. No puedo darte más detalles, hermano – respondió Morlyg.

- Es suficiente. Está claro que no sois escoria adoradora del Cuervo. Podéis seguir con nosotros si lo deseáis. Tenemos un campamento s pocas millas de aquí y ya pronto anochecerá. Mañana al anochecer podréis estar en los vados, y dejaré que algunos hombres os guíen hasta el vado del Otsosíre. A partir de ahí deberéis seguir solos.

- Es más que suficiente. Te lo agradezco de verdad – respondió Morlyg.

Así, los expedicionarios Marllajtay se unieron a los Isgûr y al día siguiente partieron de nuevo al sur hasta llegar a los Vados del Llano. La marcha fue rápida, pues los hombres de Belgher contaban todos ellos con buenos corceles. Levantaron el campamento cerca de la orilla del río, donde los Isgûr habían construido dos torres de vigilancia que dominaban los vados.

Escrito el 04-10-2008 01:26 #4

Durante los dos días siguientes encaminaron su rumbo hacia el sureste, en dirección a la cadena montañosa de las Ered Mithdraug. Bajo esa pequeña cordillera cubierta de densos bosques se extendía la multitud de túneles, galería, bóvedas y estancias de los Enanos de Casararanie. La que antaño fuera conocida como la “Reina de los Enanos”, fundada por Frear I en los años antiguos, ocultaba ahora tras sus muros rocosos las ruinas de esa próspera ciudad minera.

Tras vadear los cursos del Neldesíre y el Otsosíre, los expedicionarios remontaron la suave pero continua pendiente del bosque. Marchaban despacio y con prudencia, obedeciendo el consejo de Belgher, y a menudo desmontaban sus cabalgaduras y marchaban a pie, en especial cuando se internaban en lugares sombríos bajo el denso follaje de los árboles. No tuvieron sobresaltos durante todo el primer día y tampoco durante la noche, aunque ésta fue intranquila. Los tres hombres coincidieron en haber sentido la presencia de invisibles criaturas que merodeaban por los alrededores. Afortunadamente, pensaron, el fuego debía haberlas ahuyentado.

- Quizás no se trataba más que de jabalíes, tal vez lobos, o alguna otra bestia salvaje – apuntó Tharak en tono optimista por la mañana.

- Tal vez, pero extrememos las precauciones. Por Eru que espero que esas sean las criaturas más temibles que habitan en esta parte del bosque… – respondió Morlyg.

- ¡Por Zôr-Khôndor! – exclamaron sus dos compañeros al unísono, corrigiendo la expresión de Morlyg.

- Shhhhh! – ordenó silencio Morlyg llevándose un dedo frente a los labios -. En marcha.

Los tres emprendieron de nuevo la marcha. Permanecían callados la mayor parte del tiempo, alertas a cualquier sonido inquietante que se produjera en las cercanías. Tharak seguía con su labor, avanzándose regularmente e inspeccionando el terreno ante los Marllajtay. A media mañana regresó alarmado de una de sus incursiones.

- Trasgos. Creo que nos han olido o hemos sido descubiertos por algún rastreador, avanzan en nuestra dirección a buen paso.

- ¿Cuántos? ¿A qué distancia? – preguntó Morlyg.

- Unos quince o veinte. Llegarán aquí en pocos minutos. Escuchad.

Durante unos instantes no escucharon más que el sonido del viento y el rumor de los árboles. Pero pronto les llegaron amortiguadas las inconfundibles voces de un grupo de trasgos. Desconocidas para los Marllajtay y un recuerdo lejano para Morlyg, pero inconfundibles al fin y al cabo. Los Marllajtay montaron de nuevo y avanzaron en dirección a las voces, muy cercanas, tras un recodo del maltrecho camino. Allí se plantaron, y esperaron en silencio. El grupo de trasgos apareció de pronto, y grande fue su sorpresa cuando descubrieron a los tres hombres montados a caballo frente a ellos, empuñando afiladas armas.

- ¡Ýh! ¡Ña Marllajtay! – exclamó Morlyg cargando sobre las desconcertadas criaturas. Los Marllajtay se abrieron paso a través de los trasgos, cortando cabezas y extremidades a su paso. Pronto los trasgos salieron de su estupor y reaccionaron atacando a los Marllajtay. Pero éstos no tenían intención de presentar batalla y ya habían atravesado a todo el grupo, huyendo a través del bosque dejando tras de si a varias víctimas y a los enfurecidos supervivientes que no podían avanzar al ritmo de los jinetes.

- ¡Espero que no sean habitantes de Casararanie! – exclamó Pallam’et.

- No llames al mal tiempo, Pall – le reprochó Morlyg -. Mal lo tenemos si debemos vérnoslas con estas criaturas en el interior de las minas. ¡Ahora avancemos veloces! Debemos dejarlos lo suficientemente atrás.

No hubo más contratiempos durante el resto del día y al caer la tarde llegaron a un claro en el que moría un acantilado desnudo, al pie del cual se abría una puerta bajo un arco de piedra tallada, repleto de runas enanas. Se encontraban por fin ante los muros de Casararanie, la “Reina de los Enanos”.

Escrito el 06-10-2008 00:49 #5

Una fina lluvia caía ininterrumpidamente desde primeras horas de la tarde y ahora el crepúsculo sumía en las sombras el claro. Dos viejos árboles flanqueaban la puerta arcada de las ruinas y daban al cuadro un aspecto fantasmagórico. No se advertía la presencia de nadie en los alrededores y tampoco el portal tenía aspecto de haber sido usado en incontables años: restos de escombros se acumulaban en los flancos del pasadizo que se habría en la montaña y la maleza ocultaba parcialmente la parte baja de la puerta.

- Bienvenido amigo a la mina y ciudad de las Reina de los Enanos – leía Pallam’et en las inscripciones de la puerta -. Estas runas son muy antiguas… me cuesta leerlas. Pero antaño debió haber sido una esplendorosa ciudad. Hay un breve escrito firmado por el fundador de la ciudad, Frear I…

- Bien, entremos. Ataremos los caballos a la entrada e inspeccionaremos las ruinas a pie –dijo Morlyg.

La puerta daba acceso a un corto corredor que se habría en un amplio vestíbulo sostenido por varios pilares. Los Marllajtay ataron a ellos los caballos. La estancia se encontraba en la penumbra, iluminada débilmente por la luz que se escurría a través del pasadizo de entrada y de algunos conductos de iluminación que se abrían sobre sus cabezas en la pared exterior. Numerosos trozos de piedra, escombros, tierra y polvo se acumulaban en los rincones, las paredes presentaban numerosas grietas y no había rastro de mobiliario y las lámparas o antorchas que alguna vez habían descansado en las paredes habían desaparecido.

Los Marllajtay vaciaron parcialmente sus fardos y se quedaron únicamente con lo imprescindible para una primera exploración de la ciudad subterránea, dejando lo prescindible junto a los caballos. Encendieron antorchas y se dispusieron a inspeccionar las ruinas. Tres puertas se abrían en el vestíbulo donde se encontraban. A su izquierda, algo más parecido a un agujero informe daba acceso a un pasadizo excavado en la roca. Descendía hasta donde la oscuridad les permitía ver y sus paredes no estaban pulidas ni presentaban adornos. La puerta que se abría en la pared de la derecha se hallaba derruida y desbloquearla habría resultado muy trabajoso con los medios de que disponían. De modo que se decidieron por empezar por la puerta que tenían frente a ellos que sin embargo era la más grande y elaborada. Los portones dobles habían desaparecido pero la puerta conservaba aún los goznes maltrechos y oxidados.

A lo largo de la amplia galería que penetraba en la montaña se extendían dos hileras de columnas con elaborados capiteles que culminaban en un techo compuesto de bóvedas de aristas. A izquierda y derecha se sucedían numerosas puertas que daban acceso a las estancias de la mina. Algunas estaban total o parcialmente derruidas, pero otras aún se sostenían en pie bajo los techos de roca. Encontraran salas totalmente vacías y otras todavía amuebladas e incluso quedaban numerosas estanterías repletas de viejos libros, la mayoría lamentablemente deteriorados. Los limitados conocimientos de Pallam’et de la lengua y la escritura enanas les permitieron revisar algunos de esos libros pero no encontraron mención alguna al objeto que buscaban.

Siguieron avanzando por la galería ignorando por el momento los corredores que se abrían cada cierta distancia hasta que la luz de las antorchas alcanzó a iluminar el final. En la pared del fondo ascendían unos escalones hasta una gran puerta de arco ojival. La pared en sí parecía la fachada de un antiguo y majestuoso palacio con dos estrechas ventanas también en arco que se abrían a la galería. Los Marllajtay subieron los escalones y empujaron la puerta con fuerza. No había cerrojos y la puerta cedió pesadamente, rozando ruidosamente el suelo y desprendiéndose pequeños fragmentos de la arcada.

Como habían supuesto, tras la gran puerta se hallaba una gran cámara de unos cincuenta metros de ancho y algo más de profundidad. Seis enormes pilares sostenían el techo de la sala dividiéndolo en quince grandes bóvedas a más de diez metros sobre sus cabezas. Al fondo de la sala el suelo se elevaba en una amplia tarima en el centro de la cual se hallaba un pesado trono de piedra flanqueado por otros dos más pequeños. Tras ellos quedaban los restos de tres grandes estandartes que alguna vez habían caído todo a lo largo de la pared. Otros tantos estandartes debían haber colgado también antaño de los pilares centrales de la sala, pero ahora sólo quedaban las sujeciones.

No se abrían puertas ni galerías en la gran sala del trono, salvo una pequeña puerta en la pared de la derecha, al fondo, poco antes de donde el suelo se elevaba. La puerta, de piedra maciza, estaba partida en dos y daba acceso a una pequeña estancia lateral. En el centro de la estancia había una mesa de piedra repleta de inscripciones enanas gravadas en los bordes y sencillos adornos en la superficie. Un candelabro cubierto de polvo era lo único que había sobre la mesa. La pared a la izquierda de la puerta, estaba totalmente oculta tras una estantería, casi repleta de viejos libros. Había algunos baúles – abiertos y aparentemente vacíos – repartidos por la habitación y en la pared del fondo, frente a los Marllajtay, alguien había gravado numerosos motivos y ornamentos, inscripciones y representaciones. Pero algo llamó la atención de los tres hombres: el dibujo de un gran martillo enmarcado en curiosas cenefas y al pie, una escueta inscripción en la que se leía “Frear IV (124)”.

Escrito el 10-10-2008 00:59 #6

No exploraron más la ciudad ese día y pasaron la noche en el vestíbulo de la mina con los caballos. Pero durante los días que siguieron inspeccionaron a fondo las minas, o al menos aquellas galerías que no estaban bloqueadas. Como era de esperar, cualquier objeto de valor que pudiera encontrarse en el lugar tras su abandono, ya no se encontraba allí. Pues no quedaba nada por saquear. Solo escombros y restos de mobiliario o piezas enteras, libros, algún busto maltrecho en el suelo, armas, herramientas y más escombros. Pero ninguna otra ilustración o referencia al Martillo de los Enanos.

Morlyg, Pallam’et y Tharak exploraron las galerías y salas laterales del túnel principal. La mayoría de esas galerías se extendían a grandes distancias a través de las entrañas de la montaña. Se abrían nuevos túneles laterales que descendía o ascendían en la roca e infinidad de salas, vestíbulos, y viviendas. Aunque a menudo las nuevas galerías que encontraban estaban bloqueadas a los pocos metros y era imposible seguir avanzando. Tampoco encontraron a nadie en la gran ciudad subterránea, o por lo menos alguien racional, ya que el segundo día en la ciudad descubrieron indicios de la presencia de trasgos en una zona de las ruinas que se adentraba en la montaña hacia el norte. Exploraron con cautela esa zona, pero no ocurrió ningún desafortunado encuentro en esa ocasión. Aquellas galerías podían ser una trampa mortal si eran alcanzadas por un grupo de esas inmundas criaturas, pues en la huida sería mucho más fácil extraviarse, si ya lo era usualmente.

El tercer día de exploración tomaron el túnel que descendía desde el vestíbulo, descendiendo en dirección a las minas. Ya habían explorado toda la parte despejada de las ruinas, o por lo menos eso esperaban, según el esquemático mapa que habían trazado, tanto para orientarse y no perderse como para asegurarse de no repetir galerías u olvidar otras. El túnel descendía abruptamente y pronto se dividía en dos galerías, una ascendente y otra descendente.

Tomaron primero la ascendente, que tras un recodo, se abría en una inmensa cavidad subterránea. Multitud de túneles se abrían en las paredes de la cavidad y su acceso era facilitado en otros tiempos gracias a unos sólidos andamios, algunos de los cuales se hallaban aún en pie y apenas maltrechos. Exploraron algunos de los túneles. Aquello no era más que lo que era: una mina. Allí no encontrarían nada más que carros de mineral destrozados, andamios y algunas herramientas de minería oxidadas. Sólo les llamaron la atención algunas vetas aún no agotadas de extraños metales que no se encontraban en las Andië. Y también de hierro, cobre o estaño. Y el panorama no fue más prometedor cuando se adentraron en el túnel descendente. También éste se abría en una gran cavidad, mayor incluso que la del túnel superior, y también ésta agujereada de arriba abajo por aquellos incansables Enanos que las habían explotado en la antigüedad.

Los expedicionarios Marllajtay llegaron al vestíbulo una vez más al anochecer, para pasar allí la última noche. Habían decidido no invertir más tiempo allí, pues parecían pocas las probabilidades de encontrar algo allí. Al amanecer, partirían rumbo al norte, marchando al pie de las Ered Mithdraug en dirección a Geigâsa. Sabían que ésta había sido fundada por Frear V en el quinto siglo de Híssuë. Era otra de las diversas ciudades Enanas del Nendataure y podría ser que el objeto que buscaban hubiera llegado allí en algún momento. En el peor de los casos, allí podrían por lo menos preguntar a sus habitantes y consultar bibliotecas en buen estado. Y así al fin, al amanecer del cuarto día de su llegada a Casararanie, los Marllajtay abandonaban las ruinas al amparo de la sombra de las Ered Mithdraug para atravesar el bosque por caminos largamente olvidados.