La impresión de ver surgir la ciudad entre la espesura del Sûlestelion la dejó maravillada. Al principio le recordó a la primera vez que había visto Vanwielie desde el barco. Una ciudad que se esconde de los ojos curiosos.
Una gran puerta parecía el único punto posible de entrada. La mitad izquierda del portón permanecía cerrada pero la otra mitad estaba abierta aunque bien custodiada.
- ¡Alto! – les gritaron -¿Quién va?
Los tres nurulântar frenaron sus caballos. Los dos centinelas apostados vestían capas grises que parecían de factura élfica. Si no fuera por el brillo de sus espadas, habrían pasado desapercibidos incluso para un ojo élfico.
- Somos tres viajeros que desean hacer un alto en el camino – respondió el arken.
- Extrañas horas para presentaros aquí. No permitimos la entrada a extranjeros durante la noche. ¿Cuáles son vuestros nombres y de dónde venís? – Ahora hablaba el más alto de los guardias.
Como si operara un cambio en Angárato, le brilló una luz que Dâira y Myodul no habían visto antes.
- Yo soy Elemmirë, ella es mi nieta, Élear y él es su esposo Gairen. Venimos de Minitunda y nos dirigimos al sur pero tememos habernos desviado demasiado. Como ya os dije antes, estamos cansados y nos gustaría acostarnos un rato sobre camas mullidas. ¿No dejaréis acaso que esta pobre familia tenga un poco de merecido reposo?
Los dos centinelas se miraron algo confusos. Discutieron durante unos segundos entre susurros y finalmente permitieron la entrada de los viajeros, con la condición de que al día siguiente abandonasen la ciudad.
Unas pocas antorchas que emitían una tenue luz iluminaban parcialmente algunas calles. Para ser noche avanzada se veía más movimiento del que esperaban en la ciudad.
La arquitectura de los edificios, a pesar de la poca iluminación, dejaba ver detrás de ellos el diligente trabajo de manos hábiles con la piedra.
La medio elfa veía en su abuelo una expresión de extrañeza y a la vez parecía que estuviera cautivado.
- ¿Has estado antes aquí, edelon?
- No, nunca –respondió él.
- ¡Mirad allí! – dijo Myodul de pronto.
Habían llegado a una de las calles principales, y al fondo se erigía una alta y ancha sombra.
- Mañana nos acercaremos a ver qué es, pero parece un palacio. Será mejor que por el momento busquemos un sitio donde pasar la noche.
- Tal vez ellos puedan ayudarnos – contestó Myodul señalando un grupo que bajaba la calle.