La Guerra de los Clanes

Batalla 79. Ataque A Eothin Por La C1 De Narwa.

Terminada
Escrito el 28-09-2008 10:18 #1

Fin Guerra: Maianor se retira del Combate

Armadas perdidas por "Narwä Hilyatâri" = 27

Armadas perdidas por "Maianor" = 23

Victoria para Maianor. No se produce el saqueo.

Escrito el 02-10-2008 23:45 #2

La niña caminaba despacio ascendiendo a través de la calle empedrada, mientras un tumulto de gente se abría paso a su alrededor subiendo y bajando. Sin embargo, entre todo el gentío, se fijó en ella. Solamente en ella.

Sus grandes ojos marrones completamente abiertos, miraban con aprensión a su alrededor, anegados por las lágrimas que descendían por sus mejillas sucias de sangre. El llanto desconsolado había dejado paso a una leve congoja, mientras sus manos se movían nerviosas sobre un trozo de tela ensangrentada, de la cual todavía escapaban pequeñas gotas de sangre dejando tras de sí un rastro como de miguitas de pan.

No debía tener más de 7 u 8 años. Nunca había sido muy hábil calculando la edad de los mortales, pero le pareció pequeña, frágil. Sus ojos se movían rápidamente a ambos lados de la calle, buscando algo o a alguien, pero sin esperanza. En su mirada sólo había miedo, incomprensión, pérdida.

La niña pasó a su lado y él se volvió para mirar atrás. El pequeño vestido rasgado y manchado, cubierto de sangre y cenizas, le decía que había estado demasiado cerca de la batalla. Mucho más de lo que una niña de su edad debía estar jamás. El cabello rubio estaba recogido en una trenza prácticamente deshecha, despeinado y sucio.

La observó atentamente hasta que desapareció entre la gente y después reemprendió su camino. El camino de los que habían de marchar. De dejar la ciudad de Eothin a sus habitantes. El camino de la derrota. Un camino que los soldados de Narwa no estaban acostumbrados a recorrer. Un camino amargo.

A su paso era testigo de la devastación que los suyos habían sembrado. A sangre y fuego habían roto las defensas de la ciudad. A golpe de espada y lanza habían entrado en sus calles. No había sido suficiente. Eothin era una ciudad fuerte, una ciudad antigua; una ciudad que a lo largo de las edades había sufrido grandes asedios hasta casi aniquilarla por completo. Pero siempre había resistido.

Sus calles cubiertas de sangre y ceniza lo recordaban ahora. Sus habitantes seguramente hubieran preferido no hacerlo.

Pasó junto a los restos de una casa de la cual apenas quedaban unos cimientos cubiertos de escombros ardientes. Una mujer permanecía en el suelo sentada con el cuerpo cubierto de ceniza y abrazada a una cuna de madera vacía, mientras se balanceaba hacia delante y hacia atrás, como si meciera a un niño ausente.

Un poco más lejos, un anciano se encontraba sentado en un banco de madera. Llevaba sobre los hombros una ajada piel de oso blanco, y junto a él había una espada apoyada sobre el filo, totalmente cubierta de sangre. Sus ojos vidriosos permanecían totalmente fijos en un cuerpo que yacía frente a él. Apoyaba la frente sobre sus manos, con el rostro totalmente desencajado por el llanto, y el pecho desgarrado con cada nuevo sollozo.

Cientos de historias, vidas frustradas. Dolor. Muerte y miseria. Nada volvería a ser igual para Eothin desde aquél día. Incluso a pesar de haber ganado la batalla.

Ertalin tampoco volvería nunca a ser el mismo. Pocos se fijaban en él mientras deambulaba por la ciudad a la espera de la señal para marcharse. Y aquellos que lo hacían tenían la misma mirada que él. Perdida. Ausente. Lejana. Pero a pesar de todo, estremecida.

--Fragmento escrito por INDIL--

Escrito el 02-10-2008 23:46 #3

Se mesaba los negros cabellos y jugueteaba con un mechón ondulado entre los dedos. Estaba intranquila y paseaba de un lado a otro de la habitación. De pronto oyó la señal en la puerta. Era Kânômori.

- Está confirmado, mi señora. Han reconocido a algunos de los habitantes de Éothin.

Elensinyê se sentó y a Kânômori le pareció que la elfa debatía internamente. La abarî apoyó entonces los codos en la mesa sosteniendo la barbilla, la mirada endurecida y el rostro severo, pero ni una sola palabra salió de sus labios. Hizo un leve gesto con la cabeza, y el elfo entendió que debía dejarla sola, así que se retiró. Ya había cumplido su parte. Se cubrió de nuevo con el manto y salió sigiloso.

Tenían que decidirse sí, y debían hacerlo rápido, si finalmente atacaban ese era el momento. Debían hacer comprender a aquellos habitantes que no es bueno inmiscuirse en los asuntos de Narwä Hilyatâri, que la próxima vez que sintieran profundos deseos de hermanarse con una ciudad en apuros, se preocuparan primero de saberse libres de peligro. Porque ahora, la mirada de Narwä se había posado en un punto al oeste, en una pequeña ciudad que podría haber pasado desapercibida, si no hubiera decidido ayudar a los rebeldes de Nominnahald.

La abarî se levantó resuelta para comunicárselo al artakano. Se dirigió al pabellón donde se encontraba Serkendil y entró descorriendo la cortina. Elesinyê expuso la información que acababan de confirmarle, y a pesar del disgusto inicial que mostró el elfo por no haber sido notificado de ello, sabía que la elfa había acertado. Había seguido su instinto y no era momento para reprocharle nada.

Maduraron el plan el tiempo que les fue posible, y no era mucho por desgracia, pues sabían que cuanta más rapidez se dieran en dar el golpe, mayor sería la probabilidad de éxito, pues era algo que en Éothin no se esperaban. Debían jugar con el factor sorpresa y aun tenían por delante casi 300 millas.

Anar bañaba dulcemente con delicados rayos el amanecer, cuando las filas de elfos nurulântar terminaban de formar. El artakano, acompañado de Elesinyê y Kânômori se disponía a pasar revista a los soldados, que superando algunos todavía heridas de la última batalla, estaban dispuestos a correr la misma suerte sin mostrar la mínima queja.

Tras la deliberación del día anterior, se había decidido que una pequeña parte de la Primera Compañía aguardarse dentro de las puertas de Nominnahald, pues aunque la última revuelta no les había causado numerosas bajas, el de Nominnahald era un pueblo herido en su orgullo y no se fiaban.

Y así, con las corazas limpias de sangre reseca y los yelmos bien ajustados, emprendieron camino soldados y animales, hacia la descarada ciudad de Éothin, a hacerla pagar por su desfachatez.

Debían llegar descansados por lo que el ritmo no podía ser demasiado elevado, sin embargo, la premura era necesaria pues si eran descubiertos antes de llegar al destino, se encontrarían con una ciudad armada de pies a cabeza esperándoles.

Siguieron el curso del Palantuine buena parte del viaje, hasta que el río hacía un gran recodo a la izquierda, momento en el que tuvieron que desviarse para seguir el camino que les llevara a las montañas.

Escasos bosques encontraron durante la travesía, poca sombra que diera cobijo, salvo unas pocas arboledas. Por suerte el clima era benigno y el calor del otoño no les castigó demasiado. La hierba ya no tenía el verde lozano de las primaveras y no se veía ninguna flor sobre el mantillo.

Era la décima jornada cuando la batida enviada por Serkendil, regresaba al galope con noticias del avistamiento de las esperadas Mörea Aicasse. Y detrás de aquellas rocas grises, escondida al amparo de la sombra, se ocultaba Éothin. Una ciudad de la que apenas tenían información.

Los tres últimos días fueron los peores. Los carromatos y las máquinas de asedio sufrían por aquellos caminos empedrados. En varias ocasiones los jinetes debían desmontar y llevar los caballos por la brida, y en otras empujar los carruajes para evitar que quedaran atascados entre las piedras. Perdieron un ariete a causa de un accidente, pero cuando peor estaban los ánimos y pensaban que no conseguirían llegar a ver las puertas de la ciudad, un grito les dio esperanza.

-¡Ahí está, es Éothin! – exclamó un rastreador.

Se veía hermosa con el sol del crepúsculo. Los arquitectos que la habían levantado debían tener manos privilegiadas para trabajar la roca, pues la ciudadela se había excavado en parte en la roca, hurgando en sus entrañas, camuflándola con el entorno.

Muchos nurulântar pensaron que debía ser obra de enanos y algunos torcieron el gesto al recordar las pasadas guerras mantenidas con ese pueblo.

La ciudad tenía dos niveles y cada uno estaba protegido por una muralla, la externa más gruesa que la interna. Y en la parte central del muro, había una gran puerta cuyo arco estaba labrado con símbolos de los que quedaban apenas pequeños restos ya que habían sido borrados por el tiempo.

No sabían que clase de pueblo se escondía detrás de esas rocas, pero pronto iban a descubrirlo. Pronto recibirían el premio por su temeridad.

Escrito el 02-10-2008 23:50 #4

-¡Yirisha!- gritó una mujerona de mediana edad – ¿Yishira, adonde crees que vas?

-Sólo iba a pasear con Gandul- contestó la niña.

-El caballo no está para que tú te diviertas, tu padre lo necesitará…-

-Pero sólo es un momento-

-Nada de momentos- la madre puso su cara más seria y los brazos en jarras- ya tienes 9 años, no debes andar haciendo chiquilladas, si quieres ir a pasear ves andando… y llévate a tu hermano-

La niña, de precioso pelo rubio y ojos castaños, resopló contrariada mientras un niño de 5 años aparecía de detrás de las faldas de su madre.

Salieron por la puerta de la ciudad mientras la madre de los niños arrastraba por la brida al gran caballo –estos dos mocosos me han hecho perder un tiempo precioso-

De repente se paró, giró su rotundo corpachón haciendo volar su cómoda falda azul y gritó a todo pulmón en dirección a la puerta -¡Id con cuidado!- Los niños, ya entrando en los extensos prados que se ceñían a la fachada norte de la ciudad, se giraron y la saludaron: no habían entendido sus palabras, pero habían reconocido su voz.

-¿Adonde vamos Yirisha?... no tires tan fuerte, que me haces daño-

-bufff, siempre igual. Ahora tengo que cargar contigo-

-¿Adonde vamos Yirisha?-

-Vamos de caza, a cazar dragones-

-A mi no me gustan los dragones-

-Pues te aguantas, hoy cazaremos doce o trece dragones y nos los comeremos para cenar- sentenció la niña, mirando muy seria a su hermano.

Al cabo de media hora reían como locos persiguiendo a un saltamontes que había tenido la mala suerte de irse a posar sobre la cabeza de la niña.

Sobre las murallas se hacía el cambio de guardia de media mañana. La ciudad bullía. No era día de mercado pero la cosecha había sido excelente y en todas las esquinas se intercambiaban productos.

El zapatero tomaba nota de los pedidos: dos pares de botas para Retoh, unos zapatos de los especiales ¿seguro? Vale, vale, dos zapatos para Juntah,… Y en la puerta de la zapatería se acumulaban los sacos de nabos, cebollas, cestos de huevos,…

El herrero daba aire con en fuelle mientras tres niños se apoyaban, observándole embobados, sobre el alfeizar de la herrería.

El carpintero…



Y un ruido de pura vida se escapaba más allá de la fuerte muralla de granito.

Había sido un buen día, la ciudad se iba apagando, el sopor de la tarde inundaba ya las calles.

Yishira y su hermano ya habían comido (dragones no lograron cazar ninguno, pero su padre había conseguido cazar dos soberbias liebres que se convirtieron en un asado fantástico). Ahora descansaban todos un poco, esperando que refrescara un poco para ponerse de nuevo a con las duras tareas diarias.

Yishira estuvo a punto de contarle un secreto a su padre… pero luego pensó que sería mejor contárselo a su madre. No, tampoco ¿quien iba a creerla? Y es que eso de ver algún muerto andar era muy raro, y esa vez que el ir a tocar esa flor se mustió de repente, toda flácida y apestosa, eso aun era peor; a lo mejor se pensarían que estaba maldita o algo así.

Estaba inmersa en estas reflexiones cuando la campana principal de alarma de la ciudad empezó a sonar frenéticamente, otras 5 campanas la secundaron envolviendo de repiques solapados a todos los habitantes.

Los soldados ocuparon su lugar: eran tropas bien entrenadas y muy motivadas, tenían mucho por lo que luchar. El grueso de ciudadanos ayudarían en lo que les ordenaran.

Pero aún no sabían qué ocurría exactamente.

La noticia se propagó rápidamente: un ejército escarlata se acercaba a la ciudad. Todos sabían qué significaba, todos sabían lo que había ocurrido en Nominnahald. Igual que el sonido de las campanas, el terror se extendió por la ciudad. Los niños fueron subidos a las azoteas, los adultos, con las piernas temblando, lucharían hasta el final.

El sol estaba teñido de rojo. El asalto fue terrible, una fuerza incontenible, rápida como el rayo, se abalanzó contra una las duras murallas, como una ola chocando contra una roca de la costa. Los más grandes señores de la guerra dirigían el ejército de Narwä Hilyatâri. Sólo los más bravos, los más fuertes, los más astutos, hubieran podido superar las murallas de la rica Éothin. Pero los hijos de Thyr difícilmente pueden ser contenidos: Las puertas fueron destrozadas y las murallas superadas, y el Clan escarlata penetró sanguinario en la ciudad.

La defensa de la ciudad era perfecta, sólo la superioridad militar de Narwä Hiltâri hubiera podido vencerla pero, aun así, las bajas se daban en ambos bandos.

-Demasiadas bajas- pensó Elesinyê –La ciudad se está defendiendo bien pero… nosotros somos demasiado lentos… desde que hemos puestos los pies en esta ciudad… demasiado lentos-

La sangre corría, los gritos ahogados eran ensordecedores, la muerte y el fuego se extendían por la ciudad: era una batalla brutal, donde la fuerza y el acero doblegaban las almas.

-Pero demasiado lentos- seguía pensando Elesinyê –Sí, nadie parece notarlo, pero algo ocurre… todos luchan bien, las lanzas se bañan en sangre y dolor… pero algo…-

Una flecha enloquecida se dirigió directa hacia el Artakano, en otras cirscunstancias la hubiera podido esquivar, pero ni siquiera la había visto. Ertalin, defendió a su señor, se interpuso en el camino de la flecha, y le atravesó el pecho de parte a parte. Otro buen soldado había muerto.

Sobre la azotea de la casa Yishira rogaba con todas sus fuerzas para que todo parara, para que los invasores pararan de matar de una vez, para que se fueran y dejaran en paz a todos… rogaba, rogaba y hacia algo más: inconscientemente estaba despertando en ella un extraño poder, una extraña fueza que embotaba los sentidos de los soldados nurus, una fuerza tan sutil que nadie percibia, tan sutil que apenas afectaba a los soldados, sólo un poco, un poco suficiente para que la batalla se estuviera convirtiendo en una carnicería.

Pero Elesinyê Sereniel no era una elfa cualquiera, y percibió un poder y a él se enfrentó.

La niña sintió un miedo horrible, algo le atenazaba la garganta. Espantada, saltó de la azotea, huyendo de un miedo mayor que ella, y corrió entre el fuego y la muerte.

Y la batalla… la batalla había sido horrible, y Narwä no había podido imponerse.

[Editado por elfo_negro el 03-10-2008 00:04]

Escrito el 06-10-2008 21:05 #5

Resumen de la batalla.

Narwa ha perdido 27 armadas x35= 945 puntos.

Recuperables: 520 puntos al hacer uso de un poder especial de defensa.

Valoraciones: 8,7+9+8,6+7,8= 8,525

Recupera: 443 puntos. Por los daños sufridos por los dirigentes recuperan 140 puntos. Total recuperación: 520 puntos.

Pierde: 425 puntos. Por la demora en la publicación de las historias se penaliza con 2 armadas, 70 puntos.

Total pérdida: 495 puntos.

Por la participación en la batalla obtienen 600 monedas.

Compañías actualizadas y listas.

Historia finalizada.