La Guerra de los Clanes

Hjôlâgarda - Ciudad Externa

Escribiéndose...
Escrito el 02-10-2008 20:55 #1

Si la costa occidental de la región es sagrada, la costa oriental es todo lo contrario. Fundada por corsarios en el Golfo de las Tempestades esta ciudad es oscura y perversa.

En sus calles se asientan los principales y más adinerados tratantes de esclavos de todo el continente.

Escrito el 05-10-2008 18:44 #2

El nombre del golfo (Golfo de la Tempestades) no auguraba nada bueno, pero lo cierto fué que no pudieron quejarse del clima ni del viento ya que los dos primeros días sopló un siroco fresco que los llevó casi a las puertas de su destino y sólo el último día de navegación las cosas se pusieron un poco más difíciles: el viento varió a una desapacible tramontana que les obligó a hacer infinitas variaciones de rumbo, cerrándose y abriéndose al viento, y avanzando muy lentamente.

Pero aprovecharon bien esos 3 días para descansar y para pensar y deliberar sobre los datos que poseían y sobre cuales debían ser los próximos pasos.

Sin duda la que más disfrutó del viaje fue Dâira, que tomó el mando de la muy marinera embarcación en más de una ocasión. El capitán del barco, un hombre joven pero no por ello poco experimentado, la observaba alelado: muy poco acostumbrado a ver mujeres pilotando barcos, y mucho menos acostumbrado a ver una hermosa elfa desde tan cerca...

Ni siquiera imaginaba que esa delicada criatura de mirada aventurera, era en realidad una terrible y sanguinaria guerrera del lejano y temido clan de Närwa Hilyâtary. De haberlo sabido se lo hubiera pensado más de dos veces antes de guiñarle un ojo (con evidente intención libertina); a lo que ella respondió con una sonrisa ambigua. Porque entonces (si hubiera sido tan loco como para atreverse a hacer este tipo de insinuación a una nuru) hubiera entendido que esa sonrisa no era una muestra de conformidad a las insinuaciones del marinero sino una demostración de desprecio indiferente y que ir más allá de esas muestras ridículas, podría significar su muerte. Y suerte tuvo el capitán de que el viaje fue corto y los trabajos del último día lo tuvieran más que ocupado.

Así, al final, nada desagradable ocurrió. Fue un buen viaje. Incluso Angárato lo había disfrutado.

Ahora debían desembarcar en Hjôlâgarda, que ya se veía a unas millas escasas, una ciudad costera que daba la espalda a un negro y espeso bosque mientras sonreía a las aguas azules del golfo. O eso al menos parecía... porque de ser ciertas las descripciones que habían leído en Orakono, ahí, en Hjôlâgarda, pocas sonrisas habían, al menos las sonrisas frescas y sanas que uno esperaría en un puerto de Rómenor. Si los libros decían la verdad, les esperaba una ciudad perversa y siniestra.

[Editado por elfo_negro el 05-10-2008 18:55]

Escrito el 06-10-2008 13:48 #3

No habían dado diez pasos con los caballos desde que bajaran del barco, cuando la medio elfa notó una presencia cerca de su corcel. Se dio la vuelta y vio a un jovenzuelo merodeando cerca de los fardos que llevaba Tálisilme. Iba a increpar al muchacho, cuando vio que este no la prestaba atención si no que miraba detrás de ella y en sus ojos se podía leer el temor. Dâira se dio la vuelta y vio a Angárato que se había parado y retirando discretamente la capa, había dejado ver la empuñadura de Telepnar. El muchacho se escabulló entre la multitud.

- ¡Vaya! – exclamó Dâira – No pensé que fuera a encontrar una ciudad que me disgustara más que Orakono.

Angárato hizo un gesto indicando a su nieta que bajara el tono de voz. – Salgamos de este barullo de gente - dijo.

Se acercaron al porche de una casa bajo el cual, había una anciana sentada arreglando lo que parecía ser una red de pesca. Canturreaba una canción, pero la mitad de las palabras eran ininteligibles para ellos.

Myodul se acercó hasta la mujer con la intención de preguntarle por un lugar para descansar y saciar sus hambrientos estómagos. Angárato y Dâira mientras esperaban con los caballos un poco alejados. Observaban curiosos las idas y venidas de aquellos hombres y mujeres. Muchos de ellos tenían las ropas raídas y con remiendos, sin embargo, lucían las alhajas sin ninguna clase de pudor.

Se dieron la vuelta y vieron al elfo despidiéndose de la mujer. La anciana le sonrío con su desdentada boca.

- Tenemos que dejar tres o cuatro calles a nuestra derecha siguiendo esta avenida – dijo Myodul señalando una travesía lateral – y luego encontraremos una taberna, o algo parecido. “Ojo de Buey” me ha dicho que se llama. Le he preguntado también por la existencia de alguna biblioteca, pero no sabía lo que era eso y no he insistido.

Siguieron las indicaciones que le habían dado a Myodul y después de caminar un rato, divisaron un letrero de madera mal colgado, donde se podía leer Ojo de Buey en grandes letras negras. Fuera de la taberna había un pequeño espectáculo. Dos hombres peleaban por lo que parecía un ajuste de cuentas. Uno reclamaba al otro veinte monedas de oro, mientras el agredido lanzaba toda clase de insultos e intentaba en vano zafarse. Ambos estaban claramente ebrios.

- No todo el sur es así – dijo de pronto la perelda con tono nostálgico. – Ojalá nuestros pasos nos hubieran llevado a Híssuë.

Angárato se la quedó mirando unos instantes pero Dâira no supo descifrar su mirada.

Dejaron con recelo los caballos en el pequeño y cochambroso establo que había en frente. Volvieron sobre sus pasos y entraron a la cantina. Lo primero que recibieron fue una fuerte bofetada de alcohol en sus narices.

La taberna era regentada por un padre y su hijo. El padre echó un rápido vistazo a los nuevos comensales y en seguida se acercó para atenderles.

Pidieron cervezas para beber y pescados especiales de la casa. Angárato había decidido que cuando les trajeran la comida abordaría al posadero con algunas preguntas.

Escrito el 06-10-2008 21:52 #4

Cuando el posadero llevó la cena a los Nurulântar, éstos comenzaron a hablar con el posadero. No había mucha gente cenando y su mujer parecía poder hacerse cargo del negocio ella sola, así que el posadero se quedó con los viajeros un buen rato.

Le preguntaron sobre los tesoros que habían conseguido en sus viajes a otras tierras, pero no sacaron mucho en claro, esto es lo que repetía el posadero más a menudo:

- Nosotros somos simples comerciantes, lo que ocurre es que está mal visto el comerciar con humanos. No buscamos tesoros, sólo dinero para poder seguir viviendo y comerciando. Nuestros principales clientes son los habitantes del valle del Nendataure.

Escrito el 06-10-2008 22:30 #5

¿Nendataure, dónde quedaba eso? A Dâira le sonaba a un bosque, y la idea de volver a partir no le hacía ninguna gracia. Miró a sus compañeros que disimulaban lo mejor que podían la inquietud. Al fin habló.

-¡Oh bueno! - dijo la medio elfa, en realidad el tema de los esclavos ni nos va ni nos viene. No entiendo por qué la gente tiene tantos escrúpulos con el comercio sea el que sea, ¿no? - añadió con la mejor de sus sonrisas. - En realidad, nuestro interés es por un estudio que estamos llevando, pero para serle sincera - dijo bajando el tono- colecciono piezas de nácar. Y parece que hasta aquí o cerca llegó un... un algo - dijo fingiendo olvido mientras miraba a Myodul -¿cómo era?

- Un cofre de nácar tal vez - dijo Angárato.

- ¡Eso es! - siguió Dâira - un cofre, ¿no le suena haber oído algo similar?...¿y quienes son esos clientes del Nen...dataure?

[Editado por Neume el 06-10-2008 22:36]

Escrito el 07-10-2008 10:07 #6

Los objetos de los esclavos siguen su misma suerte, recogemos lo que nos parece más valioso en su lugar de origen y luego lo vendemos por un buen precio a los del valle del Nendataure... como a nosotros no nos cuesta nada, siempre tenemos ganancias en estas ventas.

El posadero soltó una extraña epsecie de carcajada.

Escrito el 07-10-2008 11:27 #7

Angárato ya no pudo contenerse. Nunca había brillado por ser un elfo sosegado; sí, era sereno y frío, y sabía mantener una prudente distancia emocional: no era un alocado... pero también se le acababa la paciencia... y valía más no estar cerca de él en esos momentos.

-pistas que conducen a pistas que conducen a pistas... ya estoy harto- se levantó de la mesa, se colgó la espada a la espalda y salió de la posada.

LLevaban meses recorriendo todo el continente, en busca de algo extraño y que quizá no fuera sinó una nadería o, en el peor de los casos, algo que podría servir, incluso, para destruir al Clan; Cruzando mares y desiertos, viajando entre bosques y alimentándose de alimañas de las estepas.

Era un elfo duro, que había vivido mil aventuras, y nada le era nuevo: nacido entre los Valar, huerfano en Beleriand, ascendido a Capitan por su padre adoptivo, rey en las colinas de Hierro, siglos vagando como un desheredado por las duras tierras del Este,...soldado de fortuna, encarcelado,... arken...

No era la dureza del viaje lo que lo había hartado, sino el sentirse un juguete, el sentirse manejado y llevado de un sitio a oro de Rómenor por una fuerza que no controlaba.

Afuera el aire era fresco, pero el hedor a humanidad saturaba el ambiente de toda la ciudad, una ciudad podrida, llena de lo peor de la raza humana.

Dâira y Myodul quedaron sin saber qué hacer, la taberna era realmente asquerosa y, de todos modos, no pensaban quedarse a dormir. Pagaron y salieron a la calle.

Allí encontraron a Angárato, inmerso en la espesa oscuridad, apoyado a un muro desconchado que cerraba un terreno lleno de hierbajos secos que se veían a traves de anchas grietas del muro. A sus pies, vieron tres... muertos.

Angárato les habló, sus ojos azules parecían negros por la falta de luz - no os preocupeis, son sólo tres ladrones con mala suerte- los dos jóvenes sonrieron -pero no es conveniente que nos demoremos aquí-

El equipaje aun no había sido desatado de los caballos (además de siniestros, los hombres de esa ciudad eran unos completos holgazanes).

Sólo tenían que volver discretamente a los establos, pagar lo que se debía y marcharse de una vez de esa ciudad.

Angárato se había calmado, y deseaba acabar la misión de una vez, pero, más que nada, deseaba poder contemplar las estrellas respirando aire fresco y límpio.