Despertó sobresaltada al oír un crujido. Se incorporó y echó a un lado la capa que le había servido de manta. Pero no había nada fuera de lo normal, tan solo que sus dos compañeros ya estaban en pie, y ella una vez más, se había quedado dormida.
Les miró y vio que Myodul se llevaba a la boca unas pequeñas bolitas de color rojo intenso.
- ¡No! – le gritó Dâira. – Pueden ser venenosas.
Pero para sorpresa de la medio elfa, los dos se echaron a reír.
- Acércate Dâira – dijo Angárato
La perelda se incorporó extrañada mientras se restregaba los ojos con el dorso de la mano. Su abuelo le mostró unos arbustos salvajes y de ellos arrancó los pequeños frutos. Le puso en la palma de la mano un puñado.
- En algunas regiones los conocen como “arándanos” – había dicho. Pruébalos, son comestibles.
Dâira se llevó uno a la boca y descubrió que el sabor era una mezcla de ácido y dulce. Se comió el resto con gusto pues le había entrado hambre.
- Y que conste que nosotros no te hemos despertado – dijo Myodul – Ha sido ella.
La perelda posó la vista donde apuntaba el dedo del elfo y vio a la gata sentada cerca de un árbol y lamiéndose una pata delantera.
- Vaya, sí que has hecho un viaje largo tu también – dijo mientras acariciaba la cabeza de Sophistra – Buscó con la mirada a Tirel y le vio posado con sus garras largas y afiladas encima de una gruesa rama mirando la escena. - Suerte que ya se conocen y que Tirel ha estado entretenido estos días con su propia caza. No lo intentes con ella – dijo señalando a la gata.
Después de un rápido desayuno, recogieron las mantas, empacaron todo de nuevo y partieron al noroeste. Era la segunda jornada desde que dejaran atrás el puente por el que cruzaron el ancho río. La mañana era soleada pero fría y al fondo se veían claramente las Andië coronadas de nieves eternas. Y detrás de ellas Híssuë. El recuerdo de aquella palabra le alegró el corazón, pero al poco el sentimiento pasó a ser de nostalgia. Una rebelde lágrima resbaló por su mejilla.
Nada extraño ocurrió durante ese día. Pero a la mañana siguiente ya próximos a Tumbu, descubrieron que no estaban solos. Escucharon unas voces y decidieron aproximarse un poco más. Entonces vieron a dos hombres y sus monturas cerca.
- ¿En qué lengua hablan? – preguntó Myodul en susurros
- Son Marllajtay – respondió Dâira con una luz en la mirada
- ¿Entiendes lo que dicen? – le preguntó su abuelo
La perelda agudizó el oído y así estuvo unos minutos. – No entiendo todo lo que dicen pero…. – Dâira dudó – Diría que están preparando un asalto.
Se alejaron para deliberar un momento. El arken quería pasar lo más desapercibido posible. Si lo que había escuchado la medio elfa era cierto, no llegaban precisamente en el mejor momento. Pero ya estaban ahí y no podían ni esperar ni retroceder. Al fin optaron por dar un pequeño rodeo para encarar la ciudad por su parte sur.
Había numerosas casas en la ladera de la montaña, aunque algunas daban la impresión de estar abandonadas. La muralla aun tenía partes derruidas y los habitantes se afanaban en repararla. A medida que se adentraban en las cavernas de la ciudad la tensión iba aumentando. La gente parecía no fijarse en los nuevos extranjeros tan atareados como estaban con sus propios asuntos.
Preguntaron por la existencia de una biblioteca y les hablaron de algo que podría servirles. Se dirigieron allí y fueron recibidos por una mujer de mediana edad y rostro curtido por el sol.