Situada en las orillas del Nursha. Es el único lugar del desierto en el que habitan enanos, los demás abandonaron estas tierras tras la Guerra de los Dátiles (653 – 712).

Einursha - Ciudad Externa
Escribiéndose...Al pasar Athran a su lado, desvió por un instante la brisa del mar que bañaba su rostro sumergiéndola en un sopor arrullador, abrió sus ojos incorporándose con pereza, del otro lado observó a Shamal recostado sobre unas cajas con los brazos cruzados y el bonete cubriéndole el rostro.
Caminó hacia el timón curiosa de ver lo que miraba Athran apostado a la orilla de la proa. Thara sólo veía su espalda y el imponente porte que le delataba como guerrero, contuvo su deseo de acercarse a preguntar qué ocurría, y enfocando su mirada al horizonte, descubrió el objetivo.
-¿Eso es Einursha? –preguntó al viento, Muhtadi que permanecía a su lado controlando la dirección de mando, le respondió:
-Sí pequeña, esa es.
-Pero… esperaba algo diferente, había escuchado decir que los enanos son ostentosos.
-Al menos no estos, aunque verás, se dice que ya hace muchos años, cuentas largas incluso para los señores elfos, era una ciudad rica, vasta y ostentosa –como vos deseabais-, pero el tiempo y la guerra acabó con ella, hay quienes creen que la arena devoró sus palacios y edificios, y que el día que vuelva la verdadera paz a estas tierras, todo se desenterrará…
-¡Cuentos de viejas! Sin ofender –interrumpió Shamal a sus espaldas, luciendo fresco y alegre.
-¿Cómo puedes reponerte con tan pocas horas de sueño? –preguntó Thara feliz de que él fuera uno de sus acompañantes en aquel viaje.
-La música alegra los corazones, y un corazón alegre jamás debe perderse del sol, el mar, del viento y ¡una buena charla con los amigos! ¿qué me dices de eso?
Thara le sonrió indicando estar de acuerdo, entonces Athran se dejó escuchar después de un leve suspiro:
-Hemos llegado, haznos el favor, Muhtadi, de dejarnos aquí, resta una milla y es más aconsejable llegar a pie si pretendemos que no se enteren que venimos de Varendia, hay buenas relaciones basadas en el respeto y la libertad, puede que no les agrade saber que el Senado les está investigando. Si fuéramos nómadas, será más fácil ganarnos su confianza.
-Ya entiendo, siempre haz querido parecerte a mi Athran, pero no hay nómadas rubios –dijo Shamal en tono socarrón y simpático, que hasta Thara tuvo que contener la risa cubriéndose con la mano.
-Por gracioso, ahora tendrás que cargar nuestras cosas, y ya que eres el experto en camuflaje nómada, nos ayudarás a Thara y a mi, a parecerlo –le reprendió Athran con una sonrisa, y mirando al marinero-. Muhtadi, ¿Podeís continuar tu viaje hasta Einursha? A esta distancia es probable que ya hayan visto el barco.
-¡Oh! No os preocupeís, muchacho, no sospecharán nada, suelo venir a traerles mercancía, tal vez sólo se decepcionen esta ocasión por lo poco que les llevo, pero entenderán que ya estoy viejo para tanta carga –y guiñó un ojo con una reluciente sonrisa que mostraba la falta de tres dientes.
Bajaron sólo el caballo de Shamal, simularían viajar sin rumbo predestinado, por lo que la muerte de su otro caballo los había conducido hasta ahí, donde esperaban comprar no sólo uno, sino dos –si la oferta lo ameritaba- para poder ir más rápido de ciudad en ciudad, donde iban y venían haciendo gala de su arte, Shamal con sus canciones y el Basilea, Athran con la espada y, Thara recogiendo las monedas.
Todos llevaban ropa holgada, Shamal le había prestado una de sus mudas a Athran; Thara llevaba pantalones y vaindas envueltas de color verde seco, Shamal sólo le prestó un turbante color arena.
-Es el más claro que tengo –le dijo ante su evidente mueca de inconformidad. Les ayudó a ambos a cubrirse los cabellos. Thara acostumbrada más que Athran, se cubrió el rostro dejando sólo al descubierto sus grandes ojos ámbar. Athran y Shamal prefirieron enredárselo en el cuello.
La ciudad era pequeña, las calles principales se distinguían por ser levemente más amplias, ellos caminaron por la que cruzaba de norte a sur, los edificios más importantes, si los había, debían estar situados en ella.
-La taberna está cerca, es la única en la ciudad, la mayoría de sus habitantes acuden ahí, por supuesto también llegan los comerciantes extranjeros, pero a nadie le caerá mal un buen trago.
-No digas más, Shamal viejo amigo, me haz convencido –dijo Athran en una carcajada.- Es el mejor comienzo.
La taberna no era tan pequeña, debía solventar a toda la ciudad, veinte mesas estaban llenas, a pesar del horario y a diferencia de escaso tránsito en las calles, tomaron la mesa de una de las esquinas y se pusieron a observar mientras les atendían, para identificar quién podría ser un buen informante, alguien a quien le sea fácil soltar la lengua, cuya información sea de confianza.
Decepcionado, Athran se sentó a la sombra de un edificio arenoso y medio derruido. Frente a él, Shamal tarareaba una canción, y Thara le pedía que le mostrara la letra.
Dirigió su mirada hacia el horizonte, hacia el triste pueblo que tanto había perdido. Allí había progresado un gran puerto fluvial, decían las historias de la Guerra Civil. ¿Por qué se perdió tanto? ¿Por qué los habitantes del desierto tanto progresaban para ver después su poder y su gloria reducida a cenizas, al mero polvo de la arena, languideciendo bajo la luz del sol? Si algún sabio conocía la respuesta, si Al'Darme la conocía... él, Athran, no podía decir lo mismo.
Y allí estaba él, inquieto y desasosegado. Nadie había sabido dar una respuesta a sus preguntas. ¿Las Manos de la Victoria? ¿Qué diablos era eso? Los tres viajeros habían tenido que dar tantas explicaciones que probablemente los que más información habían recaudado habían sido los propios aldeanos.
Estudió sus notas con cuidado, mas sin ningún resultado, como tantos días atrás. Y suspiró, como tantas veces. Y estuvo a punto de hacer lo que siempre hacía en estos casos, es decir, levantarse y unirse a la conversación... pero aquella vez no lo hizo. Por algún capricho del destino, o por simple curiosidad, su vista volvió a los papeles. Una ráfaga de viento hizo que se agitaran. De entre ellos, cayó un pesado aunque pequeño trozo de pergamino. Lo que Athran leyó en él hizo que abriera la boca de asombro.
Pocas horas después, los supuestos nómadas habían partido hacia el este, dejando atrás el polvo, la desolación y la ruina de una ciudad que fue y que ya no era, de un pueblo aislado y deprimente que era y que, probablemente, seguiría siendo.