Tras algunas jornadas más de travesía, ahora ya más relajada tras el cruce de las montañas, los Marllajtay llegaron a Anwanauco cuando ya la oscuridad era sobrecogedora en el Mistetaure, a pesar de que a fuera aún el sol alcanzaba a iluminar tenuemente el cielo. El bosque se abría al llegar a la falda de las montañas y el camino se encaramaba en una colina rocosa, serpenteante y siempre por la cara norte de ésta.
A media altura de la colina el camino volvía hacia el sur y penetraba entre das altas torres rocosas. Tras ellas, se extendía la ciudad de Anwanauco, con sus calles lustrosas y los palacios en lo alto de la colina, edificados sin duda por los Númenóreanos. Y aunque los Marllajtay se sintieron al principio recelosos al advertir su presencia en la ciudad, a priori no era probable verse metidos en una trifulca con ellos, pues estaban ya muy lejos de Híssuë o Anwafirya.
- Un momento, por favor. Identificaos. ¿Quiénes sois y a dónde vais? – les detuvo uno de los guardias que custodiaban la puerta, intentando mostrarse cordial a la par que severo.
- Somos viajeros. Venimos desde Híssuë en una travesía que nos ha traído desde el Nendataure – respondió Morlyg -. Mi nombre es Morlyg, y ellos son Pallam’et y Tharak. Nos gustaría descansar unos días en la ciudad antes de continuar nuestro camino.
El guardia se mostró satisfecho con la explicación de Morlyg y no hizo más preguntas, permitiéndoles el paso. Avanzaron por la calle principal de la ciudad, observando a derecha que izquierda la algarabía nocturna que ya empezaba a hacerse notar a esas horas, pero también admirando la arquitectura de la ciudad, curiosa por la gran cantidad de influencias que allí podían observarse: habías casas de estética similar a las construcciones de Híssuë, probablemente el sector Borhala de la ciudad, pero también de estilo más similar al Númenóreano, o incluso construcciones que parecían imitar la arquitectura de las galerías y estancias de los Enanos. Y ante ellos la montaña se elevaba como una sombra oscura bajo la cual se encontraba la antigua ciudad Enana.
Los Marllajtay encontraron pronto un lugar acogedor donde alojarse en la ciudad, una posada cerca de la plaza mayor. Aquella noche cenaron y ya en el comedor averiguaron algunas cosas de la ciudad. Pero cansados tras el largo viaje desde Geigâsa, pronto se fueron a sus habitaciones a descansar. A la mañana siguiente se dirigirían a la biblioteca a indagar sobre los enigmáticos Enanos Reales y averiguar si podían si existía algún vínculo entre éstos y el Gran Martillo.