Fin Guerra: Narwä Hilyatâri se retira del Combate
Armadas perdidas por "Maianor" = 17
Armadas perdidas por "Narwä Hilyatâri" = 9
Victoria para Narwa que mantiene el control de la ciudad.

Fin Guerra: Narwä Hilyatâri se retira del Combate
Armadas perdidas por "Maianor" = 17
Armadas perdidas por "Narwä Hilyatâri" = 9
Victoria para Narwa que mantiene el control de la ciudad.
- Día 8 de Aqua Gort
El jardín estaba allí, podía verlo desde la ventana, y sin embargo no era igual. Estaba arrasado y abandonado, como la casa, como él. ¿Pero cómo he llegado hasta aquí? Sentía un frío desgarrador colándose entre sus huesos y no paraba de tiritar. Se arrastraba por el suelo ayudándose con los codos y las manos, pero aunque su brazo estirado luchaba por alcanzar la manta, no lo conseguía. ¿Por qué no puedo moverme?... Sus piernas,¿qué les pasaba?, no respondían. Se miró y vio que le habían amputado una pierna, pero por qué no lo recordaba, ¿qué había pasado?...
Cuando el soldado volvió en sí, empapado en sudor, se percató de que estaba tendido sobre una rudimentaria cama, y que no estaba solo. Todo había sido un sueño, o mejor dicho, una pesadilla. Se llevó las manos instintivamente a las piernas y suspiró. Una venda le cubría la pierna desde la rodilla a la ingle. Pero al menos estaban ahí, y las dos.
Otros compañeros se encontraban como él en aquella sala, muchos dormitaban por los ungüentos dados para calmar el dolor, otros simplemente estaban inconscientes y otros se lamentaban por la mala fortuna. El techo de la estancia era alto y las vigas de madera estaban esculpidas con delicados detalles. Los heridos se encontraban en uno de los edificios centrales de Vanwielie, que se había dispuesto para que sirviera de acogida a los enfermos e impedidos.
En otra habitación más pequeña, Herkeblam también estaba tumbado sobre una cama, pero él no había dormido ni descansado desde que lo trajeran. Con la mano izquierda apoyada detrás de la nuca, esperaba la llegada de Brethâ para que le hiciera un resumen de la situación y de las bajas. Tenía el hombro derecho vendado por debajo del brazo e inmovilizado.
Brethâ era un buen oficial, que había logrado el rango de téra a base de curtirse en las batallas. Se había ganado la confianza de Herkeblam, y por este motivo había sido designado para que atendiera al túre en lo que necesitara.
Cuando se presentó, respondió a las preguntas de su señor lo mejor que pudo y pidió permiso para retirarse. Herkeblam sabía a donde iba y lo que significaba para él en esta ocasión. Se lo concedió y le pidió que regresara una vez que hubiera terminado.
Cuando aparecieron las primeras estrellas en el cielo, los que no estaban heridos, comenzaron a llegar al lugar escogido por los Sacerdotes Guerreros para realizar el Oiale, el ritual por los soldados caídos.
Montones de troncos se habían apilado para levantar las improvisadas piras funerarias. Si hubieran estado más cerca de casa, habrían podido llevar a algunos de los guerreros más distinguidos a los Recintos Sagrados, pero desde que estaban en Vanwielie, se limitaban a proceder con el ritual allí mismo, en el lugar de la batalla y sin distinciones.
Los soldados traían ya los cuerpos de sus compañeros depositados en finas esteras. Un olor a fresno y otras hierbas impregnaba el ambiente. Era el Laikar, el aceite funerario con el que los Sacerdotes habían bañado los cadáveres. Y de pronto, una voz dio comienzo a los cantos y oraciones a Bhâd (Yavanna) que todos repetían.
“Las hojas caen, los días se enfrían.
La diosa tira su manto de tierra, alrededor de ella,
Mientras tu navegas hacia el Oeste,
A las tierras del descanso eterno,
Envuelto en la frescura de la noche.
Vientos fríos soplan desde el Norte gimiente.
En esta aparente extinción del poder de la naturaleza,
¡Oh! Hermano, sé que la vida continúa,
Porque la primavera es imposible sin la segunda.
Al igual que la vida es imposible sin la muerte,
Bendiciones sobre ti, Oh guerrero caído, mientras viajas
A la tierra del Narwä y a los amorosos brazos de la diosa.” *
Así fue como Brethâ vio por última vez a su amiga Glada, con los rubios cabellos teñidos de sangre oscurecida y el rostro hierático. Tenía las mismas ropas que había llevado para la batalla, pero desgarradas y cortadas. Ella y todos los demás fueron subidos a las piras.
Los Sacerdotes encendieron entonces los leños amontonados y la noche se tiñó de rojo anaranjado. Finas volutas de humo, que poco a poco se hacían más grandes, ascendían hasta lo más alto.
Brethâ no permaneció allí mucho tiempo, pues debía regresar con Herkeblam para una última tarea.
- Coge esto y escribe por mí – le dijo el túre entregándole tinta y un trozo de pliego.
Brethâ anotó cada una de las palabras que le dictaban y ayudó a Herkeblam a poner su sello sobre el papel.
- Hazte cargo de esto. Debe llegar lo antes posible al norte. Buscad a nuestro arken en Hyosto, ese es el último paradero que tenemos de él.
- Entendido, mi señor.
Herkeblam volvió a recostarse, y esta vez no tardó mucho en caer en un duermevela donde los recuerdos e imágenes iban y venían.
* canto extraído de los rituales funerarios.
- Días antes: Semana del 20 al 27 de Aqua Coll
La temporada estival había pasado muy tranquila en Vanwielie, demasiado según opinaban algunos, y parecía que los Yárai finalmente se habían acostumbrado a la presencia de los nurulântar, o eso querían creer los más confiados. Pero Angárato no se contaba entre los optimistas. Por eso, tener que partir tan repentinamente hacia el norte trastocando sus planes, no era de su agrado. Sin embargo, se necesitaba un arken en Hyosto, y al día siguiente Angárato los abandonó flanqueado por cincuenta hombres. Entre ellos, algunos de sus leales.
Aunque era cierto que la tranquilidad había llegado por fin a esas tierras orientales, ni Angárato ni Dâira habían sido partícipes de ella. Y es que todo un periplo les había llevado después de Nilme Istyalvao a hacer una parada en el hogar, en Osto Ohtalosse, para regresar a continuación a la Segunda Compañía.
En la capital nuru se habían demorado algo más de lo previsto inicialmente. Aprovechando que se encontraban allí Serkendil y Angárato, además de Elesinyê, se había formalizado el traspaso de poderes. En una ceremonia realizada en la Asamblea, y con toda la solemnidad requerida, el arken Angárato devolvía el cargo de artakano a quien lo había ostentado antes, Serkendil. Dâira estuvo muy atenta en cada uno de los pasos. Si bien sabía que su abuelo no había deseado ostentar ese puesto, si no que lo había aceptado por las circunstancias, lo cierto era que había sabido llevarlo con honor. Y allí en la Kwara, le había visto desprenderse de un cargo por el que muchos matarían, como si fuese la cosa más normal del mundo, incluso había creído notar cierto alivio en el rostro de su abuelo.
Una semana después de la partida de Angárato, la perelda ya estaba echando de menos hacer algún viaje. Al contrario de lo que pudiera parecer, le divertía vivir esa clase de experiencias, pues le aburría tremendamente permanecer durante mucho tiempo en un mismo sitio. Tenía el espíritu viajero de su padre, y a pesar de la belleza de la Joya Verde, sentía que había visto suficiente, y lo peor que podía sucederle a un soldado es una larga espera, llena de tedio y apatía. Lo que no llegó a imaginar Dâira, es que sus deseos se verían cumplidos tan pronto, aunque no del modo que hubiera deseado.
Cuando Anar se ocultaba por el oeste, llegó un aviso para ella desde Thyrost. Una pequeña y escueta nota pero demoledora. Su amme había sufrido un accidente en el campo de entrenamiento. La mala ventura quiso que una flecha fuese a parar muy cerca de su pulmón.
Inmediatamente, la perelda fue hacia el pabellón donde estaba Herkeblam, quien ahora se encontraba de nuevo al mando de la Compañía del Águila.
- En verdad son tristes las noticias que te han traído – dijo el túre levantando la vista de la nota.
- Así es – respondió Dâira. – Y por eso quiero irme lo antes posible, incluso esta noche.
- Pero no puedes irte así, necesitas el permiso del arken.
- Ahora tú estás al mando así que no necesito más permiso que ese. Y no voy a esperar dos semanas para que me sea otorgado el relevo. Esto es más urgente.
El elfo se levantó de la silla y se acercó hasta ella. – Calma, Dâira – dijo poniendo una mano en el hombro de la medio elfa. – No pienso retenerte contra tu voluntad. Si es tu deseo ir, irás. Es solo que… algo me dice que esta separación será aun más larga que la anterior.
- ¿Por qué? – dijo ella. – No me hables con acertijos. Regresaré tan pronto como me sea posible, no me entretendré.
- Está bien, no me hagas caso. Es posible que me equivoque. Pero si aceptas mi consejo, creo que es mejor que partas en la mañana.
Al amanecer, Dâira embarcaba rumbo al norte mientras a su espalda, la ciudad se despertaba para saludar a un nuevo día.
- Día 7 de Aqua Gort
Vanwielie, la Joya Verde, una de las ciudades mejor protegidas por el entorno, oculta por el espeso bosque y al amparo de las montañas Varnaondo, enmudecía ahora por un terror velado. La ciudad que para muchos pueblos no era más que una leyenda, la que ellos no solo habían encontrado sino conquistado, se revolvía inquieta y los nurulântar no eran ajenos a ese sentimiento.
Esta vez el miedo que sentían los Yárai no estaba provocado por los que consideraban todavía sus invasores, si no por algo más siniestro al que aun no podían poner cara ni forma.
Hacía dos días que los oficiales de Narwä, aconsejados por Herkeblam, habían redoblado las guardias, poniendo nuevos destacamentos en la ciudad, a pesar del riesgo de que este acto pudiera ser tomado por el orgulloso pueblo como una intrusión más. Sin embargo, esta vez no se escuchó ninguna queja.
En la mañana del día 7 de Aqua Gort, los rastreadores provenientes del sur trajeron unas noticias alarmantes, que inmediatamente fueron comunicadas al túre al mando, Herkeblam. Se habían encontrado con una pequeña batida de orcos a unas 15 millas de Vanwielie, detrás del pantano. Los soldados afirmaban estar seguros que de un ejército los seguía.
El elfo de cabellos de plata se encerró en el pabellón con el resto de oficiales para preparar la defensa. “Si piensan que vamos a esperarles muertos de miedo dentro de estas murallas, es que aun no han tenido el placer de encontrarse con un nuru antes” pensaba el elfo.
(…)
No había estrellas esa noche en el cielo, tan solo sombras.
No muy lejos ya podían verse los pequeños puntos iluminados por las antorchas que traía el enemigo. El grueso del ejército de la Compañía, dispuesto en formación, esperaba en el claro, fuera de las murallas Yárai.
Herkeblam empezó a pasar revista a los batallones.
- ¿Cómo está tu brazo soldado? – preguntó Herkeblam haciendo un alto.
- Todavía tiene que dar mucha guerra, mi señor.- contestó el joven soldado.
El elfo sonrió con el comentario. Recordaba que aquel nurulantê había participado meses atrás en su liberación y en la de sus hombres cuando habían sido secuestrados. Durante el asalto se había portado tal y como se esperaba de un soldado de Narwä. No le dijo nada más y avanzó hasta colocarse en su posición al frente del escuadrón.
- ¡Atentos todos a las últimas órdenes del túre! – gritó un káne (sargento)
Herkeblam se paseó entonces montado en su corcel delante de las filas bien dispuestas y ordenadas. Columnas de escarlata y blanco que resaltaban en medio de la noche.
Irguiéndose sobre los estribos habló a los soldados.
- ¿Los veis? – Preguntó señalando al enemigo - Todos hemos oído cosas terribles de los orcos. No creáis todo lo que habéis escuchado, nurulântar. Perecen si se les atraviesa el corazón con una flecha. Sangran con el corte de una espada y gritan ante el dolor. ¡Y gritarán!. No son más fuertes que nosotros. A través de la historia, en numerosas ocasiones nuestros antepasados se han enfrentado a ellos obteniendo la victoria. Y así como entonces fueron derrotados, caerán de nuevo, pero aquí, ante estas puertas. ¡Dicen que son demonios negros, pues bien, entonces yo os digo que nosotros seremos los demonios de sangre! ¿Queréis que el arken se sienta orgulloso de nosotros a su vuelta?
Los lanceros comenzaron a golpear las lanzas sobre sus escudos creando un sonido metálico, mientras vociferaban palabras de victoria en la lengua de Narwä, el narmafirion.
Los elfos nuru no esperaron a tenerlos encima. Guardando la posición, algo que sabían que era fundamental que el enemigo no rompiera, echaron a andar a paso ligero las columnas nurulântar. Las fuerzas estaban igualadas en cuanto a número de efectivos, algo que extrañó a Herkeblam, pues creyó que los orcos serían más numerosos que ellos.
Y por fin se encontraron. Golpes, gritos, choques y de nuevo más golpes. Después de la primera embestida, los nuru retrocedieron algunos pasos, no por verse obligados a ceder terreno al enemigo, sino para reordenarse y no dejar ningún hueco entre filas. Y una vez más, a la orden de los oficiales, volvieron a la carga. Los intentos que hacían los orcos por acercarse a la muralla para poner las escalas, fueron frustrados por los arqueros dispuestos sobre el muro. Los nurulântar peleaban de manera más disciplinada por lo que no tardaron en obligar al enemigo a retroceder. Los orcos caían en mayor número, pero todavía quedaban bastantes por matar.
Un jefe orco se acercó por la retaguardia de Herkeblam, mientras este cercenaba la garganta de una de aquellas patizambas y asquerosas criaturas, y agarrándolo por la pierna le hizo caer del caballo. Con el golpe el elfo se había dislocado el hombro derecho, y unos terribles dolores le recorrían el brazo y parte de la espalda. Antes de que el jefe le asestara el golpe final, Herkeblam sacó una daga de su bota y la clavó en el pie del orco quien emitió un fuerte rugido de dolor. El elfo se levantó de un salto, recogió su martillo con la mano izquierda y lo estampó en la cabeza del enemigo. El uniforme del elfo se tiñó con los chorretones de sangre negra.
Al ver que su jefe había caído, los orcos que sobrevivían se quedaron sin saber qué hacer y algunos trataron de escapar.
- ¡No dejéis que huyan al bosque! – gritó Herkeblam sujetándose el hombro herido.
Grupos de nurulântar partieron a caballo para darles caza, entre ellos Brethâ, un noldo de cabellos negros y ojos grises, y una hermosa elfa de tez pálida y cabellos claros. Ambos habían peleado espalda con espalda, y ahora partían a cumplir las órdenes. Otros muchos se quedaron en el claro terminando de limpiar la zona de orcos.
Una hora después, los soldados que se habían internado en el bosque regresaban satisfechos. Y frente a las puertas de la ciudad ya no quedaba un orco en pie.
Pero Brethâ no compartía esa alegría. Sobre la cruz de su caballo traía el cuerpo inerte de Glada.
Así terminó la batalla. Los nurulântar miraron esperanzados al cielo, pues las nubes habían desaparecido y casi sin darse cuenta, el amanecer llamaba a las puertas.
Resumen de la batalla.
Narwa ha perdido 9 armadas x35= 315 puntos.
Recuperables: 252 puntos.
Valoraciones: 7,4+8,1+7,6+8,2= 7,825
Recupera: 197 puntos. Por los daños sufridos por los dirigentes recupera 70 puntos. Total recuperación: 252 puntos.
Pierde: 63 puntos.
Por la participación en la batalla se entregan 150 monedas.
Compañías actualizadas y listas.
Historia finalizada.
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