La Guerra de los Clanes

Batalla 82. Revuelta En Formenyaelen.

Terminada
Escrito el 20-10-2008 17:31 #1

Fin Guerra: Nensir Airatâri se retira del Combate

Armadas perdidas por "Maianor" = 4

Armadas perdidas por "Nensir Airatâri" = 18

Victoria para Maianor. La ciudad es libre.

Escrito el 23-10-2008 23:16 #2

Tathâral se encontraba en su despacho de Dâkosto, revisando los últimos informes de mantenimiento, cuando alguien llamó con suavidad a su puerta. El artadâko, tras un “Adelante”, continuó ojeando el documento que tenía sobre la mesa. Los goznes de la puerta chirriaron levemente. “Hay que arreglar eso”, pensó antes de proseguir con su lectura.

Alguien entró en la habitación y, sin esperar a que el general le prestara atención, anunció:

— Señor, la assanâ Althira.

El artadâko alzó la mirada en el preciso momento en el que la elfa entraba por la puerta.

— Gracias Edhelnir — Tatharal se incorporó de su asiento y amontonó todos los papeles que tenía esparcidos por el escritorio —, puedes retirarte.

El dâka, tras hacer el saludo protocolario, salió de la estancia dejando solos a los dos hermanos.

— Veo que has tenido buen viaje, Thira. — bromeó Tathâral al adivinar el sofoco que traía su hermana.

— Sí, dos horas a galope tendido reconfortan a cualquiera — la elfa se acercó a la mesa en donde, hasta hacía unos instantes, su hermano había estado trabajando —. Pero, dime, ¿cómo supiste que estaba en Neitillot? Desconocía que tuvieras poderes adivinatorios. — dejó su vara apoyada en la pared y se echó hacia atrás el velo que cubría su rostro.

Tathâral movió negativamente la cabeza antes de besar a su hermana en la frente.

— Ojalá, hermanita, ojalá — lamentó mientras le servía un vaso de agua fría—. Envié dos mensajeros, uno a Attayânarû y otro a la capital.

— Alabada sea Yenna — Althira tomó un buen trago antes de proseguir —, pues tuviste suerte, hermano. Estaba a punto de marchar hacia Aratamari cuando Theanel llamó a casa y me entregó esto — la sacerdotisa dejó el vaso sobre la mesa, abrió su bolsa y sacó un trozo de pergamino doblado en el que aún se identificaba el sello del artadâko —. Con un mensaje tan breve, debe tratarse de algo muy importante.

Tathâral lo cogió, arrancó el lacre y rompió la nota.

— ¿Qué es lo que ocurre, Tath? — preguntó la assanâ mientras tomaba asiento.

— Es Formenyaelen, Thira. Esta mañana he recibido una carta de Alassëvendë. Al parecer la ciudad esta planeando un nuevo levantamiento.

— ¿Otra vez la casa Kalayondi?

Tath asintió.

— Pero además, esta vez, están siendo respaldados por la mayoría de los habitantes de la ciudad, que culpan a la Dama Dorada de la muerte de la Gran Madre — hizo una profunda pausa —. Temo que Álassëvendë no pueda controlar a su pueblo por mucho más tiempo. Lejanos quedaron los días en que Formenyaelen era una ciudad de descanso y paz.

Althira se dejó caer sobre el respaldo del sillón, acababa de comprender el motivo por el que su hermano la había hecho llamar.

— ¿Quieres que vaya a Formenyaelen?

—Sí — Tath se arrodilló junto a su hermana y la miró a los ojos —. Más que querer, lo necesito, Thira. La guarnición que se quedó en la ciudad no podría sofocar una posible revuelta, es necesario mandar una compañía completa de refuerzo.

— ¿Sabe la Balta algo de esto?

— No — el elfo se incorporó y comenzó a caminar por la habitación —, no hay tiempo para convocar al Aratûrê y esperar una decisión.

— Pero Tath, cuando Branda se entere de que has actuado por tu propia cuenta…

— Sí, puede que convoque la Lindornê para desacreditarme, pero podré defenderme alegando que no actué a espaldas del Consejo, pues envié a uno de sus miembros, a una representante de una de las catorce Aranari…

— Y hermana del artadâko… — dijo la elfa con la mirada fija en una de las pieles de oso que cubrían el suelo. — No me gusta que el Consejo piense que utilizo mi cargo en beneficio de la familia, pero, aun así, haré lo que me pides, Tath.

[Editado por Eldin_de_Lorien el 23-10-2008 23:23]

Escrito el 24-10-2008 00:17 #3

Tathâral decidió que su hermana debía ir acompañada en todo momento por un guardia personal, y para ello había elegido a Caleth, un capitán de infantería, compañero suyo durante el Ayangôle, que sentía un profundo aprecio por el artadâko, y algo más por la sacerdotisa. No era la primea vez que Tathâral le elegía para desempeñar las labores de escolta de su hermana, pues conocía los sentimientos de aquel elfo hacia la assanâ, y sabía que Caleth daría su vida por ella. A Althira, por su parte, no le gustaba que su hermano se aprovechara de aquella manera del capitán, de hecho había preferido, y había pedido, que la acompañara Northiel, pero la elfa no se encontraba en la ciudad.

[…]

Althira y Caleth, éste vestido con los hábitos de un sacerdote baradar, viajaban con una hora de ventaja respecto al grueso de la compañía. El ejército no entraría en la ciudad salvo que fuera realmente necesario, pues no querían alterar a las gentes de Formenyaelen.

Llegaron al palacio y pidieron audiencia con la Dama Dorada. Enseguida les salió al encuentro una joven elfa.

— Álassëvendë os está esperando — anunció —. Seguidme, por favor.

La doncella les condujo en silencio hasta la sala principal, una vez allí les indicó que debían entrar y cerró las puertas tras ellos. Álassëvendë se encontraba sentada en el trono mientras que Althira y Caleth inclinaron levemente la cabeza.

— Bienvenidos sacerdotes — la dama bajó grácilmente de su asiento y se acercó hasta los aldalântar —. Aret, assanâ Althira — dijo estrechando la mano de la elfa entre las suyas —. Aret…

— Ainâ Caleth — mintió el capitán.

Álassëvendë sonrió al elfo antes de regresar a su asiento.

— Señora — comenzó Althira en cuanto vio que la dama se encontraba de nuevo sentada —, estamos aquí por la carta que le enviasteis a mi hermano.

La dama se disponía a responder cuando llamaron a la puerta. Un hombre de mediana edad entró, rápidamente se acercó hasta Álassëvendë y le susurró algo al oído. Tras eso, la dama le indicó algo, y el hombre, sin dirigir ni un instante la mirada a los dos aldalântar, salió por dónde había entrado.

— Un ejército se dirige hacia nosotros…

— Sí, es la ayuda que mi hermano os envía— respondió la sacerdotisa— pero no entrarán en la ciudad, salvo que sea necesario pues no…

Una campana resonó por la estancia y, a continuación, otras lo hicieron por la ciudad. Los dos aldalântar se acercaron a las ventanas.

— ¿Por qué cierran las puertas? ¿No reconocen los blasones? ¡Son aldalântar! — exclamó Caleth al ver lo que sucedía.

Althira se dio la vuelta y miró a la Dama Dorada, que no se había movido ni un ápice de su asiento.

— ¿Vais a permitir la revuelta?

— Me culpan de la muerte de la Gran madre, es la única forma que tengo de ganarme nuevamente a mi pueblo— se defendió.

— Pero la carta…— la sacerdotisa comprendió — ¡Os habéis aprovechado de la confianza de mi hermano!

— Assanâ Althira, siempre estaré en deuda con Galador, pero me debo a mi pueblo. ¡Guardias!

La puerta se abrió y entraron en la sala una docena de hombres bien uniformados. Caleth se situó delante de la assanâ.

— ¿Qué pensáis hacer con nosotros? — preguntó.

— Serviréis como moneda de cambio en el futuro acuerdo entre Neitillot y Formenyaelen.

— Álassëvendë, vos no sois así. — dijo la Althira antes de abandonar la sala conducida por los guardias.

[…]

— Señor— el explorador tiró de las riendas de su caballo formando una gran polvareda a su alrededor —, la ciudad está cerrando las puertas y han retirado los estandartes de Galador.

— ¡Maldita sea! — exclamó Thiraikâs, coronel de la compañía — Khaldir, toca detención y, después, repliego. Estaremos más seguros bajo el amparo del bosque hasta que tomemos una decisión. Draikösh, localiza a todos los capitanes, los quiero reunidos bajo ese roble ya.

El general bajó del caballo y fue hasta el árbol. Los capitanes de las distintas secciones no tardaron en llegar.

— Señores, la ciudad se ha sublevado antes de tiempo — comenzó Thiraikâs — y, tal como esta la situación, se nos plantea un asedio.

— ¡No tenemos los medios necesarios para llevarlo a cabo! — objetó Lémiro

— Lo sé, pero no nos queda otra opción. Tenemos que entrar, la hermana del artadâko esta allí.

— Un ataque a plena luz del día, sin los instrumentos adecuados…— repuso Dhâin

— ¡Es una locura! — exclamó Iklënias— Esperemos al menos a la noche.

— La guarnición no podrá aguantar hasta entonces y son la única esperanza si queremos recuperar la ciudad.

Nadie dijo nada, la decisión se había tomado.

[…]

— Viene alguien. Escucha.

— Es un grupo— susurró Caleth—, y van armados.

El capitán, en silencio, indicó a la elfa que se apoyará contra la pared mientras él sacaba la espada que llevaba oculta bajo la túnica de sacerdote. El cerrojo se descorrió, la puerta se abrió y un elfo, vestido con los colores de Galador, entró en la pequeña habitación.

Caleth, en un rápido movimiento, sujetó por la espalda al elfo y colocó su espada en el cuello de éste.

— Decidme quien sois o…— apretó aun más el acero contra la piel del cautivo.

— Es Ulthir Kâirolen, sargento de la guarnición aldalânta en la ciudad — se apresuró a decir uno de los elfos que había en el pasillo —. Os vieron entrar en el Palacio de la Luz cuando comenzó la revuelta. El teniente Rëhilar nos envió en vuestra busca.

Caleth le soltó inmediatamente.

— Soy el capitán Caleth Aráyliôn, escolta personal de la señora Althira, perdonad…

— No hay tiempo para las disculpas, señor — dijo Ulthir —, debéis marcharos de Formenyaelen.

[…]

Thiraikâs se percató de que las murallas estaban desguarnecidas de defensores en algunos tramos. Bien es cierto que muchos habían caído gracias a los arqueros de Galador pero, sin duda, aquel hecho se debía a que la guarnición aldalânta aun hacía frente a los sublevados. El coronel llamó a sus capitanes, debían aprovechar el momento, y dio la orden de avanzar al asalto de la ciudad llevando con ellos gruesas sogas que harían la función de escalas.

[…]

El pequeño grupo de aldalântar salió al exterior.

— ¿Y el resto de la guarnición? — preguntó Caleth al verse solos.

— En las murallas, intentando abrir las puertas para permitir el paso de la compañía. Nuestra única posibilidad es el puerto ya que nuestro ejército esta captando la atención de los revolucionarios frente a las puertas.

— Esperemos que la mayoría de los hombres de la ciudad se encuentren en las murallas.

Los de Galador, dirigidos por Ulthir, comenzaron a recorrer las calles de la ciudad, evitando, en la medida de lo posible, los encuentros con sus habitantes.

[…]

Los de Formenyaelen habían llenado las murallas de nuevo con hombres armados; tenían a su disposición una enorme cantidad de flechas requisadas por los aldalântar en la penúltima revuelta. Aún así, Thiraikâs sabía que la mejor defensa no eran los combatientes, ni los proyectiles, ni ninguna otra cosa, sino las propias murallas. Pocas sogas, en efecto, podían alcanzar su altura, y las que eran más largas eran por ello menos sólidas, en consecuencia, el soldado que iba en cabeza no podía ganar el muro y al subir otros detrás, se rompían con el peso. Aquello era una locura.

[…]

Lograron alcanzar el puerto. Como esperaban, había una veintena de hombres. Gente corriente de la ciudad, pobremente armados, que al ver al reducido grupo de aladalântar y, confiando en su superioridad numérica, se lanzaron hacia ellos. En el primer embate, los soldados de Galador mataron a cuatro e hirieron a seis. No hubo un segundo y los “revolucionarios” restantes salieron huyendo.

— ¡Rápido! ¡Por ahí! — señaló Ulthir unas escaleras que bajaban al muelle — Cuando estéis en el agua, debéis seguir el muro hacia el oeste…

Althira se detuvo de improviso y sintió un dolor punzante a la altura de la clavícula. Un calor húmedo empezó a recorrer su pecho. Se miró. La túnica gris estaba adquiriendo un tono encarnado. Comenzaba a sentirse mareada, tocó la herida y sintió la punta de una flecha. “Demasiada sangre” pensó.

— Caleth…— la sacerdotisa mostró la mano ensangrentada.

— ¡Thira! — el capitán la agarró en el preciso instante en que se desmayaba.

[Editado por Eldin_de_Lorien el 24-10-2008 00:51]

Escrito el 24-10-2008 02:22 #4

El entorno no ayudaba. Moverse entre los árboles no era tarea fácil para los sanadores que iban y venían atendiendo a los innumerables heridos repartidos en aquel fragmento de bosque. Caleth, completamente mojado, no se apartaba de Althira. Los sanadores la habían tendido sobre unas mantas y estaban preparando el instrumental necesario para sacar la flecha. Ithain, una sacerdotisa baradar se arrodilló junto a la assanâ, desató el nudo de la tira de cuero que sujetaba la túnica a la cintura y retiró la pequeña hoz de plata, colocándola con sumo cuidado sobre un paño limpio.

— Puedes incorporarla un poco. — pidió la elfa.

Caleth así lo hizo, e Ithain continuó descruzando la tira de cuero que se ceñía al torso de la sacerdotisa.

— Ya está, gracias — enrolló la tira y la clocó junto a la hoz. Después se acercó hasta los hombros y retiró las fíbulas —. Está perdiendo mucha sangre, hay que sacar la flecha cuanto antes. Drâis alcánzame el cuenco. — ordenó a un ayudante.

Un soldado se presento de improviso.

— Señor, el comandante os llama. — anunció.

Caleth miró a Althira. La sacerdotisa respiraba con dificultad y cada vez había más sangre sobre la manta. Se resistía a abandonarla.

— Ve capitán, aquí ya no puedes hacer nada más. — dijo Ithain.

El elfo se levantó y siguió al solado. Por todos partes había heridos. Mientras estuvo junto Althira no había tenido verdadera conciencia de lo que le rodeaba. Por todos lados se escuchaban lamentos, desgarradores gemidos, e incluso algún que otro lloro por los caídos. Entre aquel mar de cuerpos, reconoció varias caras amigas. Siempre había luchado junto a ellos, e incluso había resultado herido alguna vez, pero en esta ocasión, se sentía ajeno a todo aquello. No había estado con sus compañeros.

Thiraikâs estaba en una improvisada mesa, tomado los nombres de los fallecidos, Tarea que podía haber delegado en algún otro oficial, pero no quería. Consideraba que debía saber el nombre de todos y cada uno de los hombres que habían dado su vida bajo su mando.

— Señor — Caleth hizo el saludo protocolario que el comandante devolvió.

— Capitán, necesito saber que ocurrió allí dentro — y al ver el estado del elfo añadio —, Por Nensir, que alguien le traiga una manta.

Caleth, tras tomarla, relató todo lo sucedido desde que entraron en la ciudad hasta que llegaron al puerto.

— ¿Fue ahí donde hirieron a la assanâ?

— Sí, había arqueros apostados en las ventanas de una de las casas, creo que por eso los revolucionaros huyeron tan rápido — añadió —. El sargento Uthain y sus soldados, menos Gildôr que me ayudó con Althira, se quedaron allí para impedir que nos siguieran. Imagino que…

Thiraikâs parecía ausente.

— ¿Señor? — dijo Caleth.

— Cuando me informaron de que estabais fuera, ordené retirada— su mirada estaba fija en el tintero —. Capitán, vi con mis propios ojos como los de Formenyaelen colgaban de las murallas a toda la guarnición aldalântar, ya estuvieran vivos o muertos. No hicieron distinción. Ahora sus cadáveres alimentarán a las aves — suspiró—. Que Marphaj se apiade de sus almas.

Escrito el 28-10-2008 18:26 #5

Resumen de la batalla.

Nensir ha perdido 18 armadas x35= 630 puntos.

Recuperables: 284 puntos.

Valoraciones: 8+8,2+8,8+8= 8,25

Recupera: 234 puntos. Por los daños sufridos por los dirigentes recupera 88 puntos. Total recuperación: 284 puntos.

Pierde: 346 puntos.

Por la participación en la batalla obtiene 150 monedas.

Por el abandono de la batalla pierde 100 monedas.

Compañías actualizadas y listas.

Historia finalizada.