Los Marllajtay quedaron desconcertados ante el nuevo cambio de emplazamiento del Martillo que habían conocido. Nadie les supo decir, sin embargo, quiénes fueron los Elfos que se lo habían llevado de Lathûr, ni tampoco su procedencia. Y lo más intrigante era el saber qué clase de joya debía ser reparada con tan poderoso instrumento. Los vagos rumores apuntaban hacia la antigua Laiquamiril, la Joya Verde, una idea que Morlyg ya había tenido en cuenta.
- Es lo más concreto que tenemos. Al menos ya no está aquí y a algún lugar hemos de ir – dijo Tharak tras dar un buen trago de su jarra de cerveza.
Morlyg no estaba seguro de poder encontrar información en las ruinas de Laiquamiril aún si conseguían averiguar si la joya de la que les habían hablado era la que daba el sobrenombre a la antigua ciudad. Pero tampoco tenía ahora una idea clara de a qué otro lugar podían dirigirse, tras haber pasado dos días investigando la ciudad.
- La ciudad está en ruinas desde hace siglos, puede que incluso ya lo estuviera en la época en que el Martillo partió de Lathûr…
- O puede que la caída de Laiquamiril fuese posterior a esos hechos. Y puede que los Yárai que custodiaban la ciudad cuando os enfrentasteis a los Lóceroquen aún estén allí y hayan averiguado algo – respondió Pall.
- Aún así si los Yárai supieran algo el Anciano lo sabría y nos lo habría contado. Pero temo que tal vez nuestro destino final sea esa guarida de orcos. Si el Martillo estaba en Laiquamiril cuando fue derrotada puede que hubiera sido robado de nuevo – replicó Morlyg, nada dispuesto a hacerse demasiadas ilusiones.
- En todo caso Laiquamiril será mejor que eso y no nos desviamos tanto del camino. Prefiero estar seguro antes de adentrarme en esas infectas cavernas – dijo Tharak manteniendo su postura.
- ¡Ni hablar! Sólo entraré allí cuando tengamos pruebas irrefutables de que lo que buscamos está allí – sentenció Pallam’et efusivamente.
- Está bien entonces. Si todos estamos de acuerdo, mañana partiremos hacia Laiquamiril – dijo Morlyg.