Capital del pueblo Etzenselon (“Tierra entre Ríos”).
La tierra del Rey Águila (pues ese es el significado de su nombre), es una ciudad construida al cobijo de una pequeña colina en forma de media luna repleta de túneles para el cobijo y la defensa, rodeada por una alta y gruesa muralla que hace a las lindes de la ciudad rectangulares, pues dos canales rectos de agua recorren a éstas desde el Kelkaranî a modo de fosa. Siendo la Vía de Narâharaz el acceso principal a la ciudad, un camino flanqueado por obeliscos que van de la ciudad agrícola de Vennâlo y resto de pueblos al centro de la ciudad y a su templo, situado en el punto más alto donde se halla la gran estatua de Narâharaz, una águila con cuerpo de hombre y coronado por el sol.

Narâharaz - Capital Externa
Escribiéndose...Desierto y más desierto, de nuevo el Gran Al Varantar, el infierno en la Tierra del Sol.
Lo evitarían todo lo que pudieran, lo habían cruzado de Norte a Sur y ya habían catado su mordedura abrasadora, ahora, tras meses de aventura infructuosa, a la caza de un sueño, de un tesoro, habiendo ido a lugares nunca vistos por un nurulantar, viviendo aventuras que pocos podrían igualar en cientos de años, de nuevo volvían a encontrarse ante el abismo del infierno.
Pero no caerían en sus fauces hambrientas, aunque debieran hacer un rodeo, lo evitarían tanto como a la muerte misma.
Así, siguiendo ahora los mapas que trajeran de Osto Ohtalose, (que en esas tierras volvían a ser útiles) decidieron desviarse hacia el Este, a la búsqueda del Kelkarani, y seguirlo en su sinuoso descenso hacia el Mar interior que tomaba su nombre… el que era el Mar de Narwä Hilyatâri. En su camino deberían toparse con Narahâraz.
El infierno quedaría al Oeste, siempre amenazante, pero el agua fresca de Umbar Meno les acompañaría hasta su meta… quizá ahí sabrían algo de un cofre aparecido en sueños… y de una espada de poder.
Cuando hicieron un alto en la pequeña población de Dragellon intentaron conseguir que una barca les llevara a través del Kelkaranî. Sin embargo, ningún patrón del embarcadero estaba dispuesto a hacer un alto en la ruta, pues todos iban directamente a Nirent, a Osto Ohtalosse o Tulkatumbo. Los tres elfos siguieron a caballo bordeando el río.
Por el día les sobraba la capa y las mantas, pero en las noches se envolvían con ellas y encendían pequeñas hogueras pues el desierto era traicionero.
De camino, pararon también en Vennâlo pero exclusivamente para cerciorarse que aquel pueblo no tenía nada que ver con el cofre. Cuando estuvieron seguros, salieron con destino a Naraharâz, ciudad a la que llegaría en la jornada siguiente.
El camino de obeliscos, que impresionó especialmente a Dâira, les llevó directamente al centro de la ciudad.
- ¡Fijaos allá arriba! – dijo Myodul.
Una gigantesca estatua blanca de algo indefinido, mitad animal mitad hombre, estaba situada en lo alto de la colina.
Bajaron de los caballos y llevando los animales por la brida buscaron una posada. Después de caminar por varias callejuelas, pasaron cerca de una pequeña taberna. La Garra, podría leerse en el cartel encima de la puerta.
Una mujer les acompañó hasta una mesa y les sacó tres vasos. Poco después trajo una jarra de cerveza. Los nurulântar pidieron además algo de cenar.
Estaban acabando el guiso cuando oyeron barullo dos mesas más atrás. Se giraron y vieron a tres hombres con síntomas de llevar varias horas bebiendo, que gritaban y reían sin importarles las miradas de los otros comensales.
En un momento, uno de ellos elevó un poco más la voz.
-¡Sí! En esa Cámara metía yo la mano a ver qué encontraba – Y soltó una desagradable carcajada.
Angárato, Myodul y Dâira se echaron miradas de complicidad y finalizaron el guiso sin mediar una palabra. Pagaron y salieron dando las buenas noches.
Se ocultaron aprovechando el manto de la noche y esperaron a que el hombre abandonara la taberna, entonces caería en otras “garras”.
Siguieron al pobre borracho y cuando se hubo apartado de sus compañeros y se dirigía dando traspiés a su casa, le abordaron. Angárato le agarró del brazo y le preguntó por el paradero la Cámara de la que había hablado antes.
El hombre asustado al verse rodeado por tres altos elfos, primero quedó desconcertado, seguramente era la primera vez que veía a un eldar tan cerca, y ahí no tenía a uno si no a tres. Pero cuando su embriaguez le permitió pensar un poco, intentó zafarse aunque no le sirvió de nada. Angárato cada vez le apretaba más fuerte el brazo y el hombre comenzaba a gemir y a flaquear.
Dâira sacó entonces una moneda de oro y empezó a jugar con ella entre los dedos a la vista del hombre. Este fijó sus ojos en el brillo dorado.
Angárato le ofreció la posibilidad de conseguir algunas como esas si les ayudaba. Al fin, el hombre les señaló la torre donde se hallaba la Cámara de los Señores.
Extendió la mano para que le dieran sus monedas y en ese momento el arken le propinó un golpe en la cabeza que le dejó inconsciente.
- Ahora estamos seguros que este infeliz, cuando despierte en unas horas no recordará nada – dijo con una mueca similar a una sonrisa.
Primero se habían separado, con la intención de recabar la máxima información posible sobre la torre, y luego se habían reunido para compartir dicha información y trazar un plan.
La torre, que se levantaba esbelta, ceñida su base por la parte sur de la colina de la ciudad, parecía ser una de las entradas, además de la defensa principal, de toda una serie de galerías y laberintos que el hombre y la naturaleza habían ido formando y haciendo crecer a lo largo de los siglos en el interior de la colina.
Era en esa torre, o en alguna sala escondida y oscura del interior de la colina, en eso sus informadores no habían sido unánimes, donde se ubicaba la “cámara de los tesoros de los señores de antaño”, nombre terriblemente sugerente y seguro que atracción poderosa para todos los ladrones de 100 millas a la redonda.
Les habían hablado también de la impresionante altura y fortaleza de la torre, de sus guardias terribles y de los castigos sin cuento que esperaban a los que desafiaran a los misteriosos y poderosos señores de Narâharaz.
Sí, sabían que un gran desafío, de 150 pies de altura y 30 de diámetro, les esperaba. Sabían que un enjambre de soldados también les esperaba, acechando tras cada recoveco del laberinto y haciendo guardia en la entrada. Pero lo que aun no sabían era si el cofre que buscaban estaba en esa “cámara de los tesoros”.
No, no lo sabían con certeza pero, algunas referencias y descripciones hechas por algunos de los interrogados daban esperanzas a nuestros tres elfos. ¿Se arriesgarían a morir o a padecer mil torturas por una promesa incierta, por unas pistas que muy bien podían no ser correctas? Por supuesto que lo harían, y no porque fueran unos irresponsables o unos alocados ladrones cegados por el dinero y el poder, lo harían porque era su deber, porque ese podía ser el final de su larga misión y no la dejarían atrás ahora, tras tantos sufrimientos.
Lo harían y no sin pensarlo, sino que seguirían un plan que les daba alguna posibilidad, quizá una posibilidad entre cien.
La luna ya caía tras la colina y la noche, surcada de nubes oscuras y rápidas, era ahora muy negra.
El primer paso sería provocar un incendio lo suficientemente espectacular como para robar la atención de los guardias y, con suerte, hacer que algunos de ellos abandonaran su puesto; luego, protegidos por las sombras de las altas casas de la ciudad se acercarían a la torre y la escalarían por la pared Este, la más escondida a la vista y opuesta al lugar donde rugirían las llamas (habían elegido uno de los dos graneros de la ciudad), la escalarían hasta aproximadamente los 45 pies de altura, donde se abría una estrecha ventana.
Así, a las 3 de la madrugada, sin que nadie les viera, tres sombras corrían por una callejuela desierta, iban vestidos con colores oscuros, silenciosos, una bolsa cada uno (hasta aquí ninguna sospecha despertarían).
Uno de los 3 se separó del grupo… llevaba preparados yesca y pedernal. Los otros dos tomaron el camino de la torre.
[Editado por elfo_negro el 23-10-2008 19:07]
Angárato contemplaba su “obra” desde lejos, oculto a las miradas. Observaba las idas y venidas de vecinos cargando ánforas y vasijas llenas de agua. Se le veía satisfecho. Ahora solo debía esperar y confiar en que su nieta y Myodul localizaran el cofre. Habían acordado que él les esperaría en la parte Este, y solo si veía que tardaban más de la cuenta, o que surgía algún imprevisto, entraría.
Se dirigió hasta el lugar donde había atado los caballos y esperó.
En otra parte de la ciudad, dos sombras habían empezado a ascender la torre. Una de ellas se movía con mayor agilidad. Usaban sus manos y sus pies para apoyarse en las aspilleras del fortín, y en cualquier otro saliente que les permitiera sujetarse. Cuando habían escalado aproximadamente doce metros, una de ellas se paró al lado de una ventana.
Myodul dejó caer su fardo con cuidado evitando que pudiera hacer ruido, y a continuación se deslizó dentro de la pequeña estancia. Durante unos segundos se quedó quieto esperando que saliera algún soldado pero no sintió ningún tipo de movimiento. Le hizo una señal a Dâira para que entrara.
- Eres una tardona – se burló su compañero en susurros.
Por el momento no había peligro, pero no podían cometer ni el más mínimo fallo o toda la misión podía echarse a perder.
La sala no estaba iluminada y solo el reflejo de Isil se proyectaba en ella, pero eso era más que suficiente para unos ojos élficos. Tantearon las paredes pasando la mano y descubrieron algunas argollas clavadas en el grueso muro. No había nada más, tan solo un par de sillas y un plato medio vacío tirado en el suelo.
- Esto está más despejado de lo que pensábamos ¿no te parece? – dijo Myodul.
Iban a salir de la pequeña habitación cuando escucharon unos pasos y voces, por lo que retrocedieron quedándose expectantes detrás de la puerta. Dos guardias subían corriendo las escaleras. Hablaban sobre el incendio en la lengua común de Rómenor. Se pararon muy cerca de donde se encontraban ellos, en una ventana que había en el pasillo y daba al Oeste.
Sigilosamente, tal y como les habían enseñado en el Narwänólme, (algo que tenían bastante reciente), salieron de la habitación y acercándose por las espaldas de los dos soldados, les asestaron un buen golpe; no tan fuerte como para matarles, pero si lo suficiente para que no dieran problemas un buen rato. Agarraron los cuerpos y los arrastraron hasta la salita. Se asomaron solo unos instantes por la ventana y pudieron ver como a lo lejos, las llamas lamían todo el granero. Si no lo controlaban pronto, se extendería a otros edificios.
Ahora se encontraban ante un dilema: había dos escaleras, una ascendía seguramente hasta la parte más alta. La otra bajaba y era la que habían usado los soldados.
[Editado por Neume el 24-10-2008 13:00]
Angárato, encapuchado y embozado, se apartaba del granero incendiado en el mismo momento en que la alarma empezaba a cundir entre los vecinos. El pánico y el desconcierto se extendían por las cercanías; pronto toda la ciudad tendría su mirada fija en las llamas que devoraban las reservas de grano para medio año.
Caminaba deprisa pero sin llamar la atención, se quitó la capa y el embozo (guardándolo en la bolsa) y una sonrisa se dibujó en su rostro: esa parte había salido bien.
La espada Telepnar colgaba a su espalda, envainada, y su gran cuchillo de caza, también envainado, se ataba a su cintura y a su muslo derecho. Iba en dirección contraria a toda una turba excitada que deseaba ayudar en las tareas de sofocar el fuego que, al parecer crecía incontenible y estaba empezando a extenderse.
Dando un pequeño rodeo se acercó a la fachada Este de la torre, no muy lejos, bajo el alero de unos lavaderos públicos, habían atado a sus cuatro caballos, a la espera de salir al galope en cuanto el asalto terminara.
La noche era muy negra y, sólo el resplandor del incendio iluminaba la ciudad, la torre y sus aledaños estaban sumidos en las tinieblas.
Se acercó a la tapia que guardaba e recinto de la torre, era un jardín bien cuidado y con unos pocos árboles ornamentales que se extendía a los pies de la torre y de la colina; unos pocos cientos de metros le separaban de le entrada de la torre. Saltó la tapia y se agazapó. Corrió agachado y se paró bajo un naranjo inmenso que despedía una fragancia aturdidora. Desde donde estaba no podía ver muy bien la puerta de entrada (que daba al Sur) pero no parecía haber nadie haciendo guardia. Se arriesgó y, bordeando la base de la torre, miró en dirección a la puerta. No, no había nadie, volvió al naranjo y se apoyó en su grueso tronco, nunca había visto unos árboles como esos.
Los otros dos no podían tardar mucho en salir. Había tomado una decisión crítica al elegir a los dos jóvenes para realizar la parte más arriesgada de la misión, quizá debería haber ido él, era más fuerte e inigualable en la lucha… además… la experiencia… pero había mandado a su nieta y al joven Myodul a una misión imposible. En su momento le pareció lo más correcto, eran buenos guerreros y muy ágiles,… pero ahora ya empezaba a dudar de que hubiera sido una buena idea.
El tiempo pasaba lentamente, muy lentamente. Su "escondite" era ridículo, para unos segundos podía servir, pero tanto tiempo pretendiendo esconderse bajo un simple árbol era absurdo, pero ahí poco más había: flores, arbustos recortados en formas curiosas, árboles frutales y alguna que otra estatua. Por suerte no había guardias… ¿habían abandonado todos su puesto para ir a sofocar el incendio? La incompetencia de esos soldados era sorprendente, tanto que hasta le ofendía.
Abandonó su triste escondite (sus ropas olerían a azahar unos cuantos días) y rápida y sigilosamente se acercó a la puerta, algo debía haberles pasado a sus compañeros, no podía esperar más, podría, incluso, ser demasiado tarde.
Ya había alcanzado la puerta, una gran boca negra de unos 4 metros de altura y 2 de ancha, cuando del Sur oyó acercarse dos voces. Eran dos soldados que, cansados de contemplar el incendio regresaban a su puesto. Se habían llegado hasta la parte Oeste de la tapia y apoyados en ella habían contemplado el incendio, algunos de sus compañeros de guardia habían acudido a apagar el fuego, pero ellos se habían quedado. Ahora al regresar, vieron a un desconocido entrar es "su" torre. Le gritaron para que se detuviera, pero desapareció engullido por la oscuridad del interior de la torre. Los dos guardas corrieron tras el elfo y entraron a toda velocidad.
Un segundo después el primero de los soldados que habían entrado tenía una hoja de acero de 9 pulgadas clavada en su cráneo; el segundo soldado tuvo tiempo de ver cómo una sombra, agazapada sobre su compañero, se lanzaba sobre él. Fue lo último que vio.
Justo en ese momento, Angárato, oyó pasos rápidos y amortiguados, reconoció en ellos los pasos ágiles de dos elfos. Venían de la derecha de la sala-distribuidor de la torre, de una escalera que bajaba hasta el mismo infierno. Luego vio aparecer dos cabezas conocidas, dos caras desencajadas por el esfuerzo, pero conocidas: una joven elfa de cabello caoba y un joven de cabellera negra. El chico llevaba un bulto sobre su hombro.
-¡Vámonos de aquí!- gritó la elfa a su abuelo, que la esperaba con una sonrisa satisfecha. -nos sigue de cerca medio Narâharaz-.
Los tres salieron de la torre a todo correr, primero Myodul, luego la elfa y Angárato cerrando el grupo.
Cuando los perseguidores salieron de la torre los tres elfos ya saltaban la tapia… esos hombres no habían visto jamás una agilidad parecida.
El incendio parecía controlado y la ciudad respiraba aliviada. Las reservas se habían perdido y el almacén era un montón de cenizas, pero el incendio no se había extendido al barrio colindante, sólo 2 o 3 casas habían ardido. Apoyados en las paredes descansaban exhaustos y sofocados civiles y soldados. Oyeron un extraño estrépito pero no se movieron, venía del Sur.
Por una de las avenidas principales galopaban 4 caballos a los que nada impidó el paso; atrás, muy atrás, unos pocos abnegados soldados gritaban que se les detuviera… pero no había nadie para detenerlos.
No aflojaron el ritmo hasta haberse alejado de la ciudad.
Angárato no pudo esperar más -¿Qué, lo teneis?-
-Por supuesto- contestó Myodul.
Se detuvieron y Myodul mostró el objeto que llevaba bajo el brazo: era un pequeño cofre de un codo y medio de largo por medio codo de alto y ancho.
-Estaba en la colina, en una habitación secreta- dijo Dâira -Primero subimos la torre, pero no estaba ahí, estaba abajo, en un laberinto-
Dâira aun resoplaba por el esfuerzo y la tensión.
-Bien- sentenció Angárato -Ya me contareis luego cómo ha sido, apostaría que vuestra hazaña se convertirá en leyenda… ¿Estais seguros que es lo que buscábamos?-
-¡Sí!- Contestaron los dos elfos con seguridad y satisfacción.
-Pues entonces vámonos de aquí, ¡ya!-.
[Editado por elfo_negro el 25-10-2008 17:05]