Ciudad enana que sufre un constante asedio por parte de orcos y trasgos. Se cree que en las profundidades de las Mórea Aicasse sobre las que se asienta la ciudad hay una gran ciudad orca, o bien, un largo túnel que comunica con las Cotumo Aicasse; éste sería el origen del continuo fluir de fuerzas oscuras que asedian a los enanos.
La comunidad enana nunca ha sido muy numerosa en este lugar, por lo que no han sido capaces de dar con el verdadero origen de sus ataques.

Éothin - Ciudad Externa
Escribiéndose...-Volvemos a estar en un atolladero- comentó con amargura Aiwëndil- Condenada familia de enanos, estaban trasladándose constantemente...
-No seas así, Aiwëndil- le reprendió Northiêl- Seguro que tendrían sus motivos para ello... por otro lado, tienes razón, volvemos a estar como antes...
-De todas formas, lo que sí es seguro es que vamos tras la pista correcta, si es que este clan de enanos es la pista correcta- dijo Tavir, intentando superar el desaliento de sus compañeros- Tarde o temprano este viaje tiene que acabar... en algún sitio.
-¿Tú qué dices Taw?- preguntó Aiwëndil.
El sacerdote estaba leyendo concentradamente el antiguo libro de registros que habían encontrado en la ciudad. Al finalizar la última página lo cerró y alzó la cabeza hacia sus compañeros.
-Quizás no esté todo perdido- dijo Taw- En este libro no viene nada más acerca del siguiente destino del clan Dwelir, sólo esa referencia a unas montañas del sur. No obstante, en el libro hay un pequeño fragmento de un mapa de rutas comerciales que señala dos posibles enclaves montañosos que podrían ser lo que buscamos.
-Déjame ver- pidió Aiwëndil a Taw, quien le entregó el libro.
-Ajá, aquí está lo que dice Taw- remarcó el elfo- Por una parte están las montañas de Mórea Aiacasse, donde está la ciudad de Éothin, justo al sur de donde nos encontramos. Otra ruta lleva a la cordillera de Umbar Meno, pero está ya al suroeste. Aunque las montañas más cercanas a donde estamos están justo al oeste, Cotumo Aiacasse.
-¿Adónde vamos primero?- preguntó Northiêl.
-Yo me inclino por Mórea Aiacasse- dijo Taw- Porque es lo que está justo al sur, tal como dice el libro, además, Éothin parece un vocablo típico de los enanos.
-No se hable más entonces- dijo Aiwëndil, devolviendo el libro a Taw.
-Aunque no será una ruta fácil ni corta, por lo que veo- dijo éste, observando el mapa de nuevo.
-Tendremos que llegar hasta la costa, y una vez allí seguirla hasta toparnos con la desembocadura del río Loicatuine... cruzarla, y después orientarnos muy bien hacia el sur, ya que seguir la costa no nos serviría de nada- dijo Tavir, mirando el mapa por encima del hombro de Taw.
-En marcha- concluyó Aiwëndil, mientras ofrecía un pedazo de carne seca a Hwesta, que reposaba en su hombro izquierdo.
[...]
Los cuatro elfos se pusieron en marcha enseguida, y avanzaron mucho durante ese día, ya que las tierras de Formenyalaire no eran ni con mucho tan áridas como el desierto de Al Varantar, que habían cruzado los días anteriores. Las tierras de Formenyalaire eran extensas praderas de hierba húmeda y suave, y el clima, aunque húmedo, dado la proximidad del río y del mar, era muy agradable. Además, de vez en cuando, la brisa marina alcanzaba los rostros de los cuatro viajeros, trayéndoles recuerdos de su patria, tan lejana ahora. Los aldalântar siguieron la línea de la costa durante todo el día, a buen ritmo, ya que les resultaba muy fácil y cómodo avanzar sobre la hierba húmeda. Hwesta, el halcón hembra de Aiwëndil, acompañaba al grupo volando en las alturas y dejándose llevar por las corrientes marinas. Profundos y escarpados eran los acantilados que acompañaban la ruta de los aldalântar, en cuyas rocas el mar chocaba embravecido, en un desgaste lento pero imparable. Al final del día llegaron a la desembocadura del río Loicatuine, la cual no era muy profunda, ya que el agua les llegaba a la cintura, y pudieron cruzarla sin problemas. Una vez al otro lado del río, decidieron parar a descansar y a secar sus ropas al calor de una hoguera, y, dado que ya había anochecido, acordaron pasar la noche allí y reanudar la marcha a la mañana siguiente.
[...]
Reanudaron la marcha al día siguiente y, de nuevo, optaron por un ritmo ligeramente rápido que les resultaba muy cómodo por aquellos parajes. Como no querían perder más tiempo, comieron por el camino sin apenas parar a descansar. De este modo, consiguieron llegar a Éothin poco antes del anochecer.
Taw estaba en lo cierto, la ciudad era enana. Hartos de tanto viaje, el grupo buscó una posada donde pasar la noche; sin embargo no fue por habitaciones libres por lo primero que preguntaron.
- Disculpe... -dijo Northiêl tímidamente. -Somos viajeros, y venimos del Aldalaurë siguiendo la pista de un misterioso colgante que parece traer la desgracia de aquél que lo posee. En nuestro viaje hemos descubierto que acabó en manos de los enanos de la casa Dwelir. ¿Podría decirnos, si no es mucha molestia, si este clan enano llegó hasta aquí? Sabemos que viajó hacia el sur... pero no sabemos hasta dónde.
Mmm... la Casa de Dwelir estuvo aquí, pero todos perecieron en un ataque de orcos procedentes del sur.
Les ocurrió a los pocos meses de llegar a la ciudad así que no encontrarán nada más sobre ellos aquí.
- Vaya... eso sí que es tener mala suerte -comentó Northiêl, y sin darse cuenta dirigió su mirada al vacío "desde luego, mira que nos lo pones fácil, ¿eh Nensir?" pensó algo irritada. Empezaba a estar cansada de recorrerse todo Rómenor sin llegar a ninguna parte.
Aiwëndil, en cambio, pareció pensar que no todo estaba perdido.
- Y... ¿Sabéis qué pasó con las pertenencias de los miembros de la casa Dwelir? ¿Desaparecieron con ellos, las robaron los orcos... quizá se quedaron en la ciudad? ¿Sabéis, por cierto, si tenían un colgante y, en caso de que lo tuvieran, dónde podría estar? -preguntó.
Si quedó algo de ellos en la ciudad, nosotros no lo sabemos, nadie ha encontrado nada de la Casa de Dwelir en Éothin desde su trágica desaparición.