La Guerra de los Clanes

Ahaggar - Ciudad Externa

Escribiéndose...
Escrito el 02-11-2008 12:42 #1

Extraño nombre para unas no menos extrañas montañas. Se alzan en mitad del desierto, rodeadas por extensas planicies de arena y de ellas manan dos torrentes de aguas ponzoñosas.

Desde antaño han llamado la atención de los sabios las extrañas pinturas que están presentes en la mayoría de las numerosas cuevas que pueblan este macizo montañoso.

[Editado por Cudesas el 02-11-2008 12:47]

Escrito el 04-11-2008 00:23 #2

Tras dos días de marcha hacia el norte la espesura empezó a ceder terreno y al tercer día salieron a los pastos abiertos que forman la frontera del gran desierto. Desde allí torcieron al oeste hacia Eneah, una pequeña población limítrofe entre la selva y el desierto. A medida que avanzaban los pastos daban lugar a la árida sabana y al fin, al atardecer avistaron Eneah, tras la cual se extendían las dunas.

En aquél pequeño poblado se asesoraron acerca de la ruta a seguir para llegar a Ahaggar, destino que sorprendía notablemente a los lugareños. Casualmente, pudieron unirse a una pequeña caravana mercante que debía partir hacia Dhairat al día siguiente. Se aseguraban así cubrir cerca de la mitad del camino que les separaba de las montañas y bien abastecidos de provisiones y animales de carga.

Los Marllajtay descansaron bien aquella noche en la posada del pueblo y al día siguiente visitaron el lugar y ayudaron en los preparativos para la marcha. Se cargaron ocho carros con un buen aprovisionamiento de carne salada y otro alimentos, piezas de cerámica, ornamentos y tejidos. Sólo con la parte de alimentos y agua reservada para la marcha les habría alcanzado a los veinte hombres que iban a viajar en la caravana para casi una semana de trayecto. Y al fin, cuando todo estuvo listo, partieron hacia las lejanas tierras entre las dunas del vasto desierto, bajo la luz decreciente del sol del atardecer.

La marcha era fácil durante la noche fresca y avanzaban a buen ritmo a través de la arena y las dunas, bajo las incontables estrellas que durante tantos días habían permanecido ocultas a los Marllajtay mientras atravesaban el Mistetaure.

- No abuses tanto del agua, Pall, si no quieres acabar bebiendo de tu propio sudor para sobrevivir – dijo Morlyg al Marllajtay, poco acostumbrado a las condiciones del desierto. Además, para la segunda noche de marcha, la caravana había levantado el campamento por la tarde partiendo con el sol todavía alto, como así harían también los días siguientes hasta llegar a Dhairat -. Bebe a pequeños sorbos e intenta aguantar hasta que caiga el sol, entonces la marcha será más fácil.

- Sí, claro… - dijo, Pallam’et, recordando lo difícil que había sido conciliar el sueño durante el sofocante día, aún en las tiendas bien ventiladas y protegidas por los toldos que las protegían del sol directo. Morlyg en cambio recordaba con añoranza su tierra y las largas travesías recorriendo los pueblos del desierto transportando pescado salado. Por las noches marchaba silencioso escuchando el sonido del desierto, la brisa continuamente desplazando de aquí para allá la fina arena, el crepitar de las llamas en las antorchas, los bramidos de los animales. En verdad muchas de las cosas que veía y aprendía de aquellos hombres del desierto le recordaban a su tierra. Los atuendos, los alimentos, y aún incluso los extrañamente familiares rituales que realizaban al término de las comidas y al inicio de cada marcha diaria.

Finalmente la marcha se detuvo momentáneamente en la esplendorosa Dhairat, hogar de grandes señores del desierto. Las calles estaban lustrosas y bien pavimentadas y las fachadas de las casas, del mismo color que la arena del desierto, lucían bien conservadas y sus coloridos mosaicos daban el tono alegre a la monotonía de colores que reinaba en aquellas tierras. Y mirando hacia el centro de la ciudad, se veían asomar por encima de las casas los espléndidos palacios de los señores de la ciudad.

Aquella noche los Marllajtay descansaron y no fue hasta el atardecer siguiente cuando partieron de nuevo hacia el norte. Durante su estancia en Dhairat se mostraron cautos con sus asuntos y tan sólo comentaron los detalles de su viaje con los hombres que les habían acompañado desde Eneah. E hicieron bien en escuchar sus consejos, pues la senda se volvería cada vez más peligrosa a medida que remontaran el curso del Sarayar y se acercaran al macizo de Ahaggar. Pues esas montañas poco visitadas eran un refugio para los temibles Dragones del Desierto.

Las primeras noches de marcha transcurrieron tranquilas, avanzando siempre hacia las lejanas montañas que se recortaban en el horizonte, bajo el cielo iluminado por la luna y las estrellas. El paisaje cambió. Desaparecieron la arena y las dunas y el terreno se tornó rocoso y empezaba a ascender suavemente hacia las faldas de Ahaggar. El tiempo también era más hostil en aquellas tierras: día y noche se veían azotados por fuertes vientos que dificultaban la marcha de los viajeros durante la noche y también durante el descanso diario, que ya era de por sí poco grato por causa del terrible calor del desierto.

Y finalmente, un día ya de mañana avistaron el poblado de Ahaggar, que parecía camuflarse en el paisaje rocoso al norte de las montañas. Un rápido vistazo les bastó para comprobar que allí les sería difícil encontrar la información que buscaban: se trataba de un pueblo humilde de ganaderos que vivía del comercio con los mercaderes nómadas del desierto y de los cazadores de dragones que se acercaban al macizo de Ahaggar. Los Marllajtay descansaron en las ruinas de una casa que aún conservaba el techo abovedado y en la que se encontraron notablemente más frescos que en el exterior. Al atardecer, después de tomar un bocado y cuando el calor del día empezaba a remitir, salieron a explorar el pueblo.

- ¡Nada! – Exclamó Tharak cuando se reunieron por la noche después de haber investigado cada uno por su cuenta. - Ni Enanos ni Martillos legendarios ni nadie que haya oído hablar de tales cosas.

- Pues la biblioteca no ha sido más esclarecedora que los conocimientos de los lugareños – dijo Morlyg. – Apenas algunos libros de historia general de Rómenor y numerosos libros sobre dragones, y también leyendas y novelas, pero poco más.

- ¿Y ahora qué hacemos? – preguntó Pallam’et.

- No lo sé – respondió Morlyg. – Quizás habría valido la pena demorarse un poco en Dhairat e investigar allí. Pero ya va siendo hora de cenar, vayamos a buscar un lugar tranquilo donde podamos discutir la próxima acción.

Tras haberlo hablado con más tranquilidad durante la cena decidieron investigar los alrededores del pueblo, empezando por las montañas. Los tres coincidieron en que sería interesante investigar las cuevas de que hablaban las viejas historias. Quizás era ése el escondite que los Elfos de Laiquamiril habían elegido para el Martillo de los Enanos. Al día siguiente, antes del amanecer, los Marllajtay ya caminaban hacia las montañas de Ahaggar a buen paso y pronto ascendieron un buen trecho por el sinuoso sendero que subía en zigzag por la cara norte del macizo. Investigaron algunas cuevas durante el ascenso, pero en ellas no encontraron nada, ni tan solo aquellas antiguas pinturas de que habían oído hablar. Cuando el sol ya se alzaba alto en cielo, poco antes del mediodía, decidieron hacer un alto para descansar y guarecerse del fuerte calor.

El paisaje era desolador y alrededor de ellos, ya cerca de la cima de la montaña se extendía el infinito desierto, interrumpido únicamente por la mancha parda que en el norte hacía intuir el gran mar interior del Kelkarani, tras la niebla arenosa que borraba el horizonte. Los Marllajtay comieron en silencio, desanimados, en la entrada de una gruta. Cada uno de ellos se encontraba ensimismado en sus propios pensamientos, con pocas ideas al respecto de lo que debían hacer a continuación, salvo dar marcha atrás y volver sobre sus pasos hasta encontrar una nueva pista.

Escrito el 04-11-2008 13:33 #3

Finalmente se decidieron a entrar en la gruta, lo que encontraron allí les sorprendió pues reconocieron algo familiar.

En las paredes de la gruta descubrieron de nuevo un Martillo de formas muy similares al que vieron en Casararanie, bajo él unos extraños escritos que apenas entendían, sólo pudieron descifrar un par de palabras:

"Elfos de Hechicería", "Servidores del Cuervo".

Escrito el 13-11-2008 00:21 #4

Los Marllajtay quedaron atónitos ante aquellas palabras. No tanto quizás Morlyg, que ya sabía que Osrûn Sâr extendía sus alas más allá del Nendataure – prueba de ello era que hacía meses que no aparecía por Tûgore o Tumbu, afortunadamente para Allpa’huátl y sus hombres.

- Pero entonces… - dijo Tharak - ¿se llevaron el Martillo de Laiquamiril o lo robaron?

- Tal vez lo robaran aquí. Aunque sorprende que aquél que lo hizo dejara un sello tan explícito… - pensaba Morlyg en voz alta.

Los Marllajtay inspeccionaron la galería, pero ésta se habría, poco más allá de la entrada, en tres cortos túneles que morían en la impenetrable roca. Buscaron en el exterior y los alrededores, pero no había ninguna señal de presencia humana o de alguna clase. Durante el camino de vuelta, descendiendo peligrosamente las angostas laderas, los Marllajtay no mediaron palabra, más concentrados en no tropezar y caer montaña abajo que en el Martillo. Fue finalmente Pallam’et quien rompió el silencio.

- ¿Partiremos entonces de vuelta a Dharait?

Morlyg pensó su respuesta, intentando recordar algo que pudiera tener relación con los Elfos de Hechicería. “Servidores del Cuervo…” recordó Morlyg.

- No. Viajaremos hacia el norte. Creo que si llegamos a la región del Aldalaure encontraremos alguna pista sobre esos elfos.

- ¿Qué te hace pensar eso? – inquirió Tharak, intrigado.

- En Nilme Istyalvao, el Anciano mencionó al pueblo de los Uonu-Nyrr. Elfos oscuros y malvados tras siglos de esclavitud y torturas en las mazmorras de los orcos. Pienso que puedan tener relación con los elfos que buscamos – explicó Morlyg, recordando la reunión en el sagrado Ynys Mon.

- De acuerdo – aceptó Tharak –. Si no…

No terminó la frase. Primero fue un ligero rumor, pero al poco se pudieron identificar los inconfundibles sonidos de las pisadas de una inmensa criatura que avanzaba hacia ellos, oculta aún tras la montaña. Los Marllajtay se detuvieron en seco, alertas y al cabo se ocultaron tras la pared de la montaña observando. Y al final apareció ante ellos, a pocos centenares de metros de su inseguro escondite. Y no les costó adivinar que habían sido descubiertos. Tan pronto como la enorme cabeza apareció ante sus atemorizadas miradas, está se volvió con la mirada fija al lugar donde se encontraban. La sangre de los Marllajtay se heló en ese instante y se ocultaron completamente tras la roca, escuchando las pisadas de la criatura que se acercaba. Morlyg miró hacia arriba, a la ladera de la montaña. Era muy empinada, casi vertical, pero de superficie irregular.

- ¡Rápido! ¡Trepad! ¡Con suerte tendrá más dificultades para seguirnos!

Escrito el 21-11-2008 18:05 #5

El Dragón del Desierto empezaba a encaramarse ya en persecución de los tres hombres, que evitaban mirar hacia abajo y solo se concentraban en trepar lo más rápido posible. Bajo sus pies sentían el calor ascendente de las llamaradas del dragón, que pretendían alcanzarlos. Y cuando ya no hubo más roca que escalar, vieron ante ellos la perdición misma. Pues habían alcanzado una explanada de varios metros de profundidad, suficientemente grande para que el dragón pudiera acomodarse y disfrutar de un festín de carne Marllajtay. Porque al fondo de la explanada el acantilado continuaba, totalmente vertical, y no hubieran podido escalarlo como lo habían hecho para llegar hasta allí. A izquierda y derecha a explanada se estrechaba y no dejaba ninguna vía de escape aparente. Y los rugidos del dragón se escuchaban abajo, acercándose poco a poco.

- ¡Genial! – exclamó Pall -. Hemos ido a parar al comedor privado del dragón. ¡Con abrevadero y todo!

Varios pies por encima de sus cabezas, brotaba del acantilado una pequeña corriente de agua que se precipitaba alegremente hasta la explanada, donde formaba una pequeña balsa de la que surgía un riachuelo que se perdía tras unas rocas, a la derecha de la posición de los Marllajtay. Morlyg corrió hacia el lugar, seguido de sus compañeros. Se percataron de que el agua corría entre el acantilado y las rocas hacia el extremo de la explanada, hacia una abertura por donde se precipitaba al vacío. El suelo tembló y un desgarrador rugido estremeció el aire. Al girarse, los Marllajtay vieron el lomo del dragón asomando por sobre las rocas, buscándolos. Cada pisada de enorme bestia hacia temblar la montaña.

- ¡Por aquí no podrá perseguirnos! ¡Nos ocultaremos y esperaremos que se vaya! – dijo Pall, que había sido el primer en llegar.

Morlyg echó un vistazo al llegar. No había salida por ese lado, pero era la única opción que quedaba. Buscar otra implicaría enfrentarse directamente al dragón.

- Vamos. Esperemos que no intente alguna jugada…

Los Marllajtay desaparecieron tras la abertura entre las rocas y avanzaron por una estrecha cornisa al borde del acantilado, hasta llegar a un recodo donde ésta terminaba. Un nuevo rugido llegó a sus oídos, pero esta vez lo escucharon claramente, sin obstáculos de por medio. El dragón los miraba asomando por encima de las rocas y lanzó una nueva llamarada. Los Marllajtay respondieron apretándose contra la pared, pero aún así sus capas resultaron chamuscadas. El dragón trató de acercarse más a sus presas y bajo sus patas la montaña volvió a estremecerse, mientras arrastraba arena y peñascos que caían acantilado abajo.

Tharak imploraba protección a Zôr-Khôndor, mientras Pallam’et y Morlyg esperaban, aplastándose contra la pared, una nueva llamarada del dragón, o un nuevo temblor que los hiciera precipitarse a los tres abismo abajo. Al tiempo que el rugido del dragón volvía a extenderse por el aire torturando los oídos de los Marllajtay, Morlyg escuchó otro sonido mucho más sutil, a la vez que extraño. Escuchaba el bramido del viento y el entrechocar de las olas en alta mar, en medio de una gran tormenta. Observó el precipitarse del agua del riachuelo, pocos pasos más allá. Curiosamente, daba toda la impresión de que el caudal había aumentado ligeramente.

- No es posible que Él esté aquí… - murmuró para sí.

- ¿Qué? – preguntó Pall, que escuchó su comentario.

- No, nada…

De repente, un nuevo temblor sacudió la montaña entera. Y esta vez no había sido por causa de los movimientos del dragón, que también se había detenido en seco al sentirlo. Varios cascotes se desprendieron y cayeron pasando muy cerca de las cabezas de los Marllajtay y ahora sí que Morlyg pudo certificar que el caudal del riachuelo había aumentado considerablemente. Y al fin se produjo un terrible estruendo cuando la pared del acantilado cedió a la presión del agua del interior de la montaña. Una enorme cantidad de agua surgió de la pequeña fuente impulsando hacia adelante las rocas arrancadas de la montaña, encontrando al gran dragón en su camino. A punto estuvo éste de ser arrojado al vacío pero consiguió mantener el equilibrio y rápidamente huyó ladera abajo.

Mientras observaban la huída del dragón y el potente chorro de agua que les barraba la huída, Morlyg volvió a recibir el eco de una voz que parecía hablarle. Pero en esta ocasión entendió con toda claridad el mensaje. “Abandona Ahaggar… los Elfos de la Hechicería ya no se encuentran aquí. Ve a Tuyrozd. El regreso de Malkñý está próximo.” Morlyg quedó perplejo ante aquella manifestación. Se había amoldado tanto a la vida de Híssuë que cerca había estado de olvidar la razón que lo trajo a esa tierra.

- ¡Morlyg! ¿Qué ocurre? – exclamó Pall, al verle ensimismado.

- ¡Sí, huyamos! Ya no baja tanta agua – observó Tharak.

Morlyg volvió en sí.

- Sí, vayamos… pero… ¿no lo habéis escuchado?

- ¿El qué?

- Nada, déjalo. Volvamos, pronto empezará a oscurecer y tenemos horas hasta regresar.

Los Marllajtay emprendieron al fin el camino de regreso al pueblo de Ahaggar. Llegaron ya bien entrada la noche, cansados y hambrientos, pero sin haber sufrido más contratiempos. Entonces Tharak volvió a preguntar a Morlyg sobre lo sucedido cuando la pequeña fuente se colapsó.

- En una ocasión, hace ya más de veinte años, escuché una voz en medio de una tormenta. Me habló en lengua Marllajtay, que yo desconocía entonces, pero ese fue el motivo de mi llegada a Rómenor. Hoy la he vuelto a escuchar.

Tharak y Pall se miraron confusos, sin saber qué decir.

- ¿Y que te ha dicho esa voz? – preguntó Tharak, intentando no mostrarse demasiado escéptico.

- Que vamos bien – dijo Morlyg sonriendo -. Me dijo que los Elfos de la Hechicería están en Tuyrozd. Creo que se encuentra en Rómenya Aldalaurë, cerca del territorio de Nensir Airatâri.

- Si eso es cierto, no íbamos mal encaminados, como dices. Pues a falta de pruebas más corrientes, propongo partir cuanto antes hacia el norte. Es más, quisiera abandonar este desierto cuanto antes – dijo Tharak.

- Estoy de acuerdo. Partiremos mañana al atardecer – sentenció Morlyg.

Y así los Marllajtay se fueron a la cama pensando en la nueva etapa que emprenderían en aquella dificil misión.