El Dragón del Desierto empezaba a encaramarse ya en persecución de los tres hombres, que evitaban mirar hacia abajo y solo se concentraban en trepar lo más rápido posible. Bajo sus pies sentían el calor ascendente de las llamaradas del dragón, que pretendían alcanzarlos. Y cuando ya no hubo más roca que escalar, vieron ante ellos la perdición misma. Pues habían alcanzado una explanada de varios metros de profundidad, suficientemente grande para que el dragón pudiera acomodarse y disfrutar de un festín de carne Marllajtay. Porque al fondo de la explanada el acantilado continuaba, totalmente vertical, y no hubieran podido escalarlo como lo habían hecho para llegar hasta allí. A izquierda y derecha a explanada se estrechaba y no dejaba ninguna vía de escape aparente. Y los rugidos del dragón se escuchaban abajo, acercándose poco a poco.
- ¡Genial! – exclamó Pall -. Hemos ido a parar al comedor privado del dragón. ¡Con abrevadero y todo!
Varios pies por encima de sus cabezas, brotaba del acantilado una pequeña corriente de agua que se precipitaba alegremente hasta la explanada, donde formaba una pequeña balsa de la que surgía un riachuelo que se perdía tras unas rocas, a la derecha de la posición de los Marllajtay. Morlyg corrió hacia el lugar, seguido de sus compañeros. Se percataron de que el agua corría entre el acantilado y las rocas hacia el extremo de la explanada, hacia una abertura por donde se precipitaba al vacío. El suelo tembló y un desgarrador rugido estremeció el aire. Al girarse, los Marllajtay vieron el lomo del dragón asomando por sobre las rocas, buscándolos. Cada pisada de enorme bestia hacia temblar la montaña.
- ¡Por aquí no podrá perseguirnos! ¡Nos ocultaremos y esperaremos que se vaya! – dijo Pall, que había sido el primer en llegar.
Morlyg echó un vistazo al llegar. No había salida por ese lado, pero era la única opción que quedaba. Buscar otra implicaría enfrentarse directamente al dragón.
- Vamos. Esperemos que no intente alguna jugada…
Los Marllajtay desaparecieron tras la abertura entre las rocas y avanzaron por una estrecha cornisa al borde del acantilado, hasta llegar a un recodo donde ésta terminaba. Un nuevo rugido llegó a sus oídos, pero esta vez lo escucharon claramente, sin obstáculos de por medio. El dragón los miraba asomando por encima de las rocas y lanzó una nueva llamarada. Los Marllajtay respondieron apretándose contra la pared, pero aún así sus capas resultaron chamuscadas. El dragón trató de acercarse más a sus presas y bajo sus patas la montaña volvió a estremecerse, mientras arrastraba arena y peñascos que caían acantilado abajo.
Tharak imploraba protección a Zôr-Khôndor, mientras Pallam’et y Morlyg esperaban, aplastándose contra la pared, una nueva llamarada del dragón, o un nuevo temblor que los hiciera precipitarse a los tres abismo abajo. Al tiempo que el rugido del dragón volvía a extenderse por el aire torturando los oídos de los Marllajtay, Morlyg escuchó otro sonido mucho más sutil, a la vez que extraño. Escuchaba el bramido del viento y el entrechocar de las olas en alta mar, en medio de una gran tormenta. Observó el precipitarse del agua del riachuelo, pocos pasos más allá. Curiosamente, daba toda la impresión de que el caudal había aumentado ligeramente.
- No es posible que Él esté aquí… - murmuró para sí.
- ¿Qué? – preguntó Pall, que escuchó su comentario.
- No, nada…
De repente, un nuevo temblor sacudió la montaña entera. Y esta vez no había sido por causa de los movimientos del dragón, que también se había detenido en seco al sentirlo. Varios cascotes se desprendieron y cayeron pasando muy cerca de las cabezas de los Marllajtay y ahora sí que Morlyg pudo certificar que el caudal del riachuelo había aumentado considerablemente. Y al fin se produjo un terrible estruendo cuando la pared del acantilado cedió a la presión del agua del interior de la montaña. Una enorme cantidad de agua surgió de la pequeña fuente impulsando hacia adelante las rocas arrancadas de la montaña, encontrando al gran dragón en su camino. A punto estuvo éste de ser arrojado al vacío pero consiguió mantener el equilibrio y rápidamente huyó ladera abajo.
Mientras observaban la huída del dragón y el potente chorro de agua que les barraba la huída, Morlyg volvió a recibir el eco de una voz que parecía hablarle. Pero en esta ocasión entendió con toda claridad el mensaje. “Abandona Ahaggar… los Elfos de la Hechicería ya no se encuentran aquí. Ve a Tuyrozd. El regreso de Malkñý está próximo.” Morlyg quedó perplejo ante aquella manifestación. Se había amoldado tanto a la vida de Híssuë que cerca había estado de olvidar la razón que lo trajo a esa tierra.
- ¡Morlyg! ¿Qué ocurre? – exclamó Pall, al verle ensimismado.
- ¡Sí, huyamos! Ya no baja tanta agua – observó Tharak.
Morlyg volvió en sí.
- Sí, vayamos… pero… ¿no lo habéis escuchado?
- ¿El qué?
- Nada, déjalo. Volvamos, pronto empezará a oscurecer y tenemos horas hasta regresar.
Los Marllajtay emprendieron al fin el camino de regreso al pueblo de Ahaggar. Llegaron ya bien entrada la noche, cansados y hambrientos, pero sin haber sufrido más contratiempos. Entonces Tharak volvió a preguntar a Morlyg sobre lo sucedido cuando la pequeña fuente se colapsó.
- En una ocasión, hace ya más de veinte años, escuché una voz en medio de una tormenta. Me habló en lengua Marllajtay, que yo desconocía entonces, pero ese fue el motivo de mi llegada a Rómenor. Hoy la he vuelto a escuchar.
Tharak y Pall se miraron confusos, sin saber qué decir.
- ¿Y que te ha dicho esa voz? – preguntó Tharak, intentando no mostrarse demasiado escéptico.
- Que vamos bien – dijo Morlyg sonriendo -. Me dijo que los Elfos de la Hechicería están en Tuyrozd. Creo que se encuentra en Rómenya Aldalaurë, cerca del territorio de Nensir Airatâri.
- Si eso es cierto, no íbamos mal encaminados, como dices. Pues a falta de pruebas más corrientes, propongo partir cuanto antes hacia el norte. Es más, quisiera abandonar este desierto cuanto antes – dijo Tharak.
- Estoy de acuerdo. Partiremos mañana al atardecer – sentenció Morlyg.
Y así los Marllajtay se fueron a la cama pensando en la nueva etapa que emprenderían en aquella dificil misión.