La Guerra de los Clanes

Tuyrozd - Capital Externa

Escribiéndose...
Escrito el 07-11-2008 20:22 #1

Oculta por un bosque espeso, con árboles de retorcidas cortezas y raíces salientes... y ruinas que persisten de un emplazamiento anterior, se alza una fortaleza. Sombría. Oscura.

Capital de los territorios de los Señores Oscuros, los Elfos de la Hechicería, los Brujos, los Elfos Malditos, Amos de los Zrour y de los Horrores de las Ciénagas. Extorsionan a los pueblos vecinos para conseguir caros objetos con los que sufragar sus gastos y mantener su economía.

Escrito el 10-11-2008 21:33 #2

La próspera Ahyamára sorprendió gratamente a los Marllajtay tras su larga travesía por el desierto. Ésta se extendía ampliamente por la llanura a orillas del Kelkarani. Y más allá, a banda y banda del río, el verde intenso y salpicado de alegres colores de los campos de palmeras, hortalizas y frutales contrastaba con la monotonía del color crudo del desierto. Un magnífico puente de piedra, de doble calzada custodiada por dos imponentes arcos permitía el acceso con la vecina ciudad de Nenharel. Ésta se veía más humilde que Ahyamára, las casas de madera o barro eran más comunes que las de piedra, a diferencia de la gran urbe de al otro lado del río, que había sabido aprovechar y beneficiarse de su privilegiada posición. Pues por ambas pasaba la conocida Ruta de los Dragones, lugar de paso de los comerciantes de piel de dragón, un bien muy cotizado.

La fresca estancia de la taberna iluminada por los finos rayos de sol que entraban a través de las pequeñas ventanas estaba repleta de mesas bajas y gente tomando te, licores y fumando en pipa de agua. Los Marllajtay conversaban alegremente con los Ahyamárai y descansaban del largo trecho que habían realizado aquella misma noche, llegando a la ciudad ya bien entrada la mañana. Morlyg daba unos tiros a la pipa, que despedía un humo fresco y de aroma afrutado. Frente a él tenía un pequeño vaso también humeante que contenía un extraño te, de color rojo intenso.

- ¿Y decía que buscáis a los Elfos Hechiceros de Tuyrozd? ¿Qué disparatado objetivo tiene tal temeridad? - preguntó un hombre de rostro bronceado y barba descuidada, que habría unos ojos como platos.

- Asuntos extraños en verdad, que ni nosotros conocemos bien. Pero nos ha sido encomendada la misión de recuperar un objeto que esos elfos robaron en el pasado – respondió Morlyg tomando un trago de te.

- No conozco nada de esas antiguas trifulcas… pero quizás os interesará saber que actualmente Tuyrozd está ocupada por los elfos Aldalantar de Neitillot.

- Interesante, si… en una ocasión conocí a algunos de ellos – dijo Morlyg -. Y los Elfos Hechiceros, ¿ya no están en la ciudad?

Las noticias llegaban escasas de esas tierras. Los Marllajtay averiguaron que hacía algunos meses se había producido una revuelta en la ciudad que había sido sofocada por las fuerzas Aldalantar. Pero aquellas eran las noticias más novedosas que habían llegado a Ahyamára. Y no se sabía si los Elfos de la Hechicería seguían en la ciudad o habían sido expulsados; sólo habían llegado rumores de que aún merodeaban por la zona y observaban atentamente los movimientos de las fuerzas ocupantes.

Cuando ya hacía rato que había oscurecido los Marllajtay se despidieron de sus contertulios y marcharon a cenar a la posada donde se alojaban. Un vez más, en el salón comedor de la posada tras la cena, Morlyg y sus compañeros tuvieron una alegre vedada con los demás huéspedes, la mayoría de los cuales eran también veteranos viajeros pero ninguno venía de tierras tan remotas como Híssuë. Un hombre que decía ser originario de la poco conocida Lagos, un poblado en medio del desierto oriental, contaba historias de las tierras del Palantuine: de los magníficos tapices que aún se conservaban intactos en el templo de Lairehéru, de la desdichada Éothin y de la imponente Nominnahald. Y entre historias de estas y muchas otras tierras lejanas la noche avanzó y finalmente todos fueron subiendo a sus habitaciones satisfechos.

Fue en Ahyamára donde los Marllajtay pasaron más tiempo, pues tras partir de la ciudad del Kelkarani avanzaron a buen ritmo y sin largas pausas a través de las áridas estepas limítrofes entre el desierto y los encinares del sur de Númenya Aldalaurë. Encontraron en su camino algunos asentamientos humanos y atravesaron los bosques de olivos que se extienden entre Nidar y Hildan, antes de torcer hacia el norte, hacia la región montañosa que los separaba del valle del Kelara, donde aguardaba Tuyrozd.

Escrito el 23-11-2008 21:23 #3

El bosque se volvía más espeso a medida que los Marllajtay se adentraban en las tierras del Kelara. Los viajeros se habrían camino a través del angosto relieve de la zona rodeando colinas y profundas grietas en el terreno. Y luego se vieron obligados a remontar el caudaloso río durante dos días enteros hasta encontrar un lugar adecuado para vadearlo. No fue hasta llegar a las proximidades de Nindetaure cuando localizaron un lugar donde la profundidad del cauce parecía ser lo suficientemente baja como para vadearlo. Era una tierra parcialmente desolada. Aquí y allá aparecían grandes claros en el bosque recubiertas de arena gris y salpicada de rocas ennegrecidas por el fuego. Los Marllajtay no lo sabían pero se dice que en los Años Antiguos, en los tiempos de la creación del Sol, uno de los Taltarils cayó en aquella región y el paso de centurias no había logrado aún borrar las cicatrices de aquél desastre.

- Son como los restos de una violenta batalla… - observó Pall.

- Si, no es un lugar agradable para quedarse – dijo Tharak.

Los viajeros descendieron la loma y vadearon dificultosamente el río, que a pesar de la poca profundidad de su cauce en el vado, tenía la suficiente fuerza para hacer trastabillar a los Marllajtay. Prosiguieron entonces su marcha a través de una llanura boscosa hacia la capital de Uonu-Nyrr. El bosque les pareció tan denso como la región selvática del Mistetaure, pero éste era mucho más tétrico y frío. Por la noche debieron hacer uso de todas las mantas que llevaban y aún así el frío les caló hasta los huesos. Si tan sólo pudiéramos encender una hoguera… pensaba Pall.

- ¡Hemos superado al desierto y sus dragones! Encendamos un fuego para calentarnos y montemos guardia.

- Montaremos guardia, sí. Pero no encenderemos fuego, pues no conocemos a nuestros enemigos, ni siquiera sabemos si los encontraremos en Tuyrozd.

No hubo más discusión y los Marllajtay pasaron la noche al raso en el interior de la tienda, sufriendo sueños intranquilos, hasta que llegó el frío amanecer que sumía el bosque en un sinfín de luces y sombras grisáceas. Los Marllajtay desayunaron y se pusieron rápidamente en camino. No fue hasta la tarde, ya después de comer en un sombrío lugar resguardado de miradas indiscretas, cuando los viajeros llegaron a un camino ancho que se habría paso en la espesura. Daba la impresión de haber sido limpiado recientemente, pues la abundante maleza que poblaba el bosque terminaba abruptamente a los lindes del camino. Según los cálculos de Morlyg se encontraban unas millas al norte de Tuyrozd, pues se habían desviado considerablemente buscando un lugar por donde vadear el Kelara.

Morlyg guió a sus compañeros hacia el sur, siguiendo el camino a una distancia prudencial durante cerca de una hora. Entonces advirtieron la presencia de alguien que se les acercaba por el camino, desde el sur. Los Marllajtay escucharon. Eran varias voces, tal vez cuatro o cinco elfos. Aunque no pudieron saber si se trataba de Elfos Aldalântar o Uonu-Nyrr. Estaban ocultos tras unos arbustos de hojas pequeñas y oscuras, a unos metros del camino, desde donde dominaban varios metros en la dirección de donde provenían las voces. Cuatro Elfos aparecieron en el camino, charlando despreocupadamente. Vestían pantalones ligeros y camisas ceñidas, de tonos azulados y verdes e iban bien armados, con espadas cortas, cuchillos y hondas. El que parecía ser el líder vestía un grueso chaleco de cuero y lucía numerosos ornamentos.

- Son Aldalântar – dijo Morlyg.

Acto seguido se alzó y apareció en el camino, frente a los Elfos que ya se encontraban a pocos metros y que se pusieron rápidamente en guardia, amenazantes ante Morlyg. Dos de ellos se dirigieron al lugar donde aún se escondían Tharak y Pallam’et.

- ¡Saludos, amigos Aldalantar! ¿Qué noticias traéis de Tuyrozd?

- Os encontráis en territorio de Nensir Airatâri sin autorización. ¡Identificaos! – solicitó el líder, autoritario.

- Soy Morlyg de Umbar, y allí están mis compañeros, Pallam’et y Tharak. Venimos de las lejanas tierras de los Marllajtay.

El Elfo pareció sorprendido al conocer su procedencia y los observó detenidamente uno a uno, mirando de averiguar si decía la verdad y si debían ser tratados como amigos.

- Mi nombre es Kelyondê, miembro de la patrulla permanente de Tuyrozd. Mi deber es preguntaros qué asuntos os traen a estas tierras y cuáles vuestras intenciones.

- Nos dirigimos a Tuyrozd y tenemos la misión de recuperar un valioso objeto que fue robado en el pasado por los Elfos de la Hechicería. Los detalles son demasiado importantes para discutirlos aquí, si me disculpas.

- Tengo órdenes de detener a cualquier extranjero que sea localizado en nuestras tierras y llevarlo ante la autoridad de Tuyrozd. Deberéis acompañarnos y allí se decidirá si sois amigos de los Alda.

Los Marllajtay no discutieron las palabras de Kelyondê y así fueron llevados a Tuyrozd. Los Elfos no advirtieron ninguna amenaza en los tres viajeros y les permitieron seguirles a su lado sin necesidad de atarlos. Una vez en la ciudad, la comitiva atravesó las ruinas que aún poblaban la ciudad. Los Aldalântar habían limpiado el terreno en las inmediaciones de la oscura fortaleza, que habían habilitado como residencia del gobernador de la ciudad. Y alrededor de esta habían edificado las viviendas de los Elfos que se encargaban de la defensa y la reconstrucción de la ciudad. Allí se habían reunido soldados, artesanos y albañiles. Y el tráfico de mercancías y alimentos era fluido con Hildan y Dahald. Pero harían falta años de trabajo hasta que la ciudad recuperara el esplendor de antaño. Ahora, recortándose contra el cielo rojizo del atardecer, el perfil de la ciudad se aparecía ante ellos inquietantemente tenebroso, culminado por la oscura mole de la fortaleza.

Escrito el 30-11-2008 13:44 #4

El Elfo llamado Brêt observaba desde su sitial a los tres viajeros Marllajtay. Pese a mostrarse receloso en cuanto a los extranjeros, un atisbo de interés se reflejaba en su fría mirada.

- ¿Y dices que conociste a Northiel en el Oráculo de los Maiar?

- Sí, mi señor, y a varios otros de tu pueblo en Nilme Istyalvao, hace varios meses, incluido a vuestro Artadâko Tathâral – respondió Morlyg.

Brêt se tomó unos instantes para responder.

- El corazón me dice que puedo confiar en vosotros, pero en estos tiempos toda precaución es poca. Debéis saber que mientras permanezcáis en Tuyrozd seréis observados de cerca por mis hombres. Cualquier acción o movimiento sospechoso será interpretado como una traición a Nensir y al pueblo de los Alda y conllevará vuestra decisión.

- Lo entendemos perfectamente. No te preocupes, no representaremos ninguna amenaza para vuestro pueblo. Tan solo deseamos finalizar con éxito nuestra misión y volver a casa – aceptó Morlyg.

- No quiero que os toméis mis palabras como una amenaza porque tampoco creo que vosotros lo seáis para mi gente – dijo Brêt, tratando de quitar hierro al asunto -. Y ahora, habladme de vuestra misión. Intentaré ayudaros en lo que pueda.

Morlyg relató la historia desde el principio. Contó cómo representantes de los cinco clanes habían sido convocados por Norno en el Oráculo de los Maiar y se les había revelado la existencia de la espada legendaria Nicsemacil. Les contó que cada clan debía recuperar un extraño objeto que sería utilizado en la búsqueda de la espada y que era el Gran Martillo de los Enanos el que debían encontrar los Marllajtay. Brêt conocía la parte de la historia que atañía a Northiel, pero luego se mostró muy atento cuando Morlyg le relató el largo viaje que habían emprendido buscando el Martillo, cruzando montañas, selvas y desiertos hasta llegar a Tuyrozd. Brêt asentía con la cabeza y analizaba todos los datos que aportaba el humano.

- Uhm… es muy interesante todo lo que comentas… pero desgraciadamente me temo que vuestro largo viaje no termina aquí. Desconozco por completo la existencia de ese martillo y en los meses los Aldalantâr llevan en Tuyrozd no me ha llegado ninguna noticia de tal objeto… - dijo Brêt, tras escuchar el relato de Morlyg.

- Eso no es exactamente así – intervino la Elfa Târî, que había estado presente desde el principio -. Al poco de tomar Tuyrozd inspeccionamos un antiguo templo de los Uonu-nyrr al norte de la ciudad. En él recuerdo que había un grabado que mostraba un gran martillo y múltiples referencias a los Uonu-Nyrr y a Osrûn Sâr.

Los Marllajtay se giraron hacia la Elfa, visiblemente interesados en el dato que aportaba. Fue Pallam’et quien habló, haciendo patente lo que todos pensaban.

- Hemos encontrado grabados similares en nuestro viaje. Creo que estamos sobre la buena pista, mi señor – dijo dirigiéndose a Brêt.

- También tengo entendido que ese templo está abandonado y en ruinas desde tiempos incontables – dijo Brêt interrogando con la mira a Târîs. Ésta asintió con la cabeza -. Pero tenéis mi permiso para ir allí a investigar. Está en lo alto de una colina, unas ocho millas al norte de la ciudad.

Los Marllajtay asintieron, esperanzados de nuevo, aunque con una cierta inquietud ante las palabras y el semblante de Brêt. Les sorprendió que accediera tan fácilmente a permitirles moverse libremente por sus territorios sin condiciones.

- Pero – continuó Brêt – si finalmente encontráis el Martillo en territorio de Nensir debéis regresar aquí. El consejo de Tuyrozd decidirá si ese objeto se os puede ser entregado sin condiciones, puesto que si se encuentra aquí pertenece a Nensir. Y ahora sí que os aviso que no se tolerará ninguna jugarreta por vuestra parte. Si intentáis abandonar nuestro territorio furtivamente mis hombres os interceptarán y seréis tratados como enemigos.

- Está bien, así lo haremos – aceptó Morlyg, resignado.

- Podéis retiraros. En la armería os serán devueltas vuestras armas.

Los Marllajtay hicieron una reverencia ante Brêt y abandonaron la estancia. Como Brêt les había indicado, al salir los Elfos de la armería entregaron las armas confiscadas a los Marllajtay. Morlyg examinó detenidamente su valiosa daga Venyasär, con cierto recelo. Acarició la magnífica esmeralda que refulgía en su empuñadura. Realmente no le agradaba en absoluto desprenderse de esa reliquia familiar. Y cuando los tres compañeros estuvieron listos, emprendieron el camino hacia el templo de Unonu-Nyrr, al amparo de la oscuridad que ya había engullido el bosque.

Escrito el 08-12-2008 20:29 #5

El aspecto del antiguo templo resultó sobrecogedor para los Marllajtay. Sumido en la escuridad, se alzaba como un enorme espectro que observaba el bosque a través de las sobras. Desde su posición, tras unos arbustos, Morlyg y sus compañeros observaban el edificio en cuyas paredes, aún en pie, se recortaban las sombras de los árboles proyectadas por la luna. El templo se hayaba en muy buen estado de conservación, pues se mantenía en pie y parecía firme; aún perduraban las gárgolas y otros hornamentos – un tanto desagradables al juicio de los Marllajtay –, apenas desgastados o parcialmente quebrados por la acción de los elementos, y su estructura tán solo presentaba algunas pequeñas brechas y los huecos de algunas piedras que se habían desprendido.

- Está vacío... ¿no? – preguntó Pallam’et, haciendo intención de salir del escondite.

- Espera... – susurró Tharak. Morlyg volvió la mirada hacia éste.

Pasaron unos breves instantes observando tras las sombras, hasta que oyeron un leve murmullo que se fue convirtiendo en el sonido de una voz que canturreaba entremezclado con el de unas pisadas que se dirigían a la puerta del templo. Por la abertura asomó un trasgo de tamaño medio, armado con una vieja espada corta y una cimitarra mellada en la mano. Parecía confiado de la seguridad de ese lugar, a pesar de la cercanía con Tuyrozd. Se detuvo a pocos metros de la entrada e hizo un rápido barrido de los alrededores con la mirada. Acto seguido se dio la vuelta y empezó a andar hacia la parte de atrás del templo.

Tharak se levantó y se quedó observando un instante al trasgo. Luego corrió veloz tras él con una agilidad sorprendente en un hombre. El apenas audible murmullo de sus pisadas quedaba totalmente enmascarado con el cántico del trasgo. Cuando Tharak lo tuvo al alcance se avalanzó sobre él rodeándole y obligándole a arrodillarse, con la daga hiriéndole levemente la yugular. No tardaron en llegar Morlyg y Pall, que quedaron frente a su enemigo a sus pies.

- Mi amigo te abrirá el cuello de lado a lado si emites cualquier sonido más elevado de lo estrictamente necesario – dijo Morlyg arrodillándose frente al trasgo.

El trasgo estaba asustado pero también la ira se refejaba en su mirada clavada en la de Morlyg. A un gesto de éste, Tharak aflojó el brazo sobre la boca de la criatura para permitirle hablar.

- No sois de esos sucios Elfos de Neitellot. ¿De dónde venís, humanos? – dijo el trasgo con tono amenazante.

- Eso no es asunto tuyo – dijo Morlyg -. ¿Que hay aquí que merezca la vigilancia de una alimaña como tú?

- ¡Nada! – exclamó el trasgo emitiendo un aullido cuando Tharak undió un poco la daga en su cuello. Un hilillo de sangre negra se deslizó por la hoja afilada.

- ¿Qué te he dicho de subir el tono? – preguntó Morlyg, desenvainando a Venyasär.

- Nada... – volvió a responder el trasgo – sólo un miserable martillo. Esos brujos lo quieren. Se lo llevaron de la Fortaleza Negra cuando llegaron los Elfos de Neitillot.

- ¿Quién más lo vigila? ¿Quién hay ahí dentro?

- Nadie... – un nuevo aullido al sentir el frío acero undirse en su carne y el trasgo intentó revolverse violentamente.

- Ya es suficiente.

Morlyg empezaba a temer que los gemidos del trasgo herido terminaran por alertar a sus compañeros. Parecía intentar llamar la atención, pues era perfectamente capaz de comprender que no tenía nada que hacer contra los tres hombres. Rápidamente cogió una flecha de la aljaba y disparó a la frente del trasgo. A esa distancia la flecha logró atravesar el cráneo undiéndose en su cabeza. El trasgo cayó fulminado al suelo. Sin perder tiempo, los Marllajtay cargaron con el cuerpo hasta el bosque y lo ocultaron. Luego observaron durante unos minutos el templo pero nadie parecía haber sido alertado.

- Quizás era verdad que no había nadie... – dijo Tharak, que pensaba que podían haber sacado más información antes de acabar con su enemigo.

- Imposible – respondió Morlyg tajante -. Poco sé de esos Elfos brujos, pero me parece inconcebible que dejaran el Martillo al cuidado de uno sólo de estos orcos.

Los Marllajtay entraron e inspeccionaron el templo, que realmente parecía estar vacío. Había un altar de piedra blanca en el centro y una tina. Alrededor se disponían unos cuantos bancos de madera, parcialmente podrida, hasta llegar a las paredes laterales y del fondo dejando libre la que daba a la puerta. A los Marllajtay les resultó curiosa aquella distribución. Pero el interior carecía de todos esos esos ornamentos y motivos característicos en templos de cualquier índole. En algún momento había habido grandes murales pintados sobre sus paredes interiores, pero ahora los restos que se conservaban eran poco más que formas borrosas.

Al fondo, tra la línea de los bancos, había un par de cuartos separados en las esquinas de la nave. Los Marllajtay se dirigieron hacia allí y en la primera de ellas encontraron una trampilla toscamente disimulada en un rincón.

- Puede considerarse que técnicamente no hay nadie dentro del templo... - dijo Tharak esbozando una sonrisa irónica.

Los otros dos abrieron la trampilla, tan en silencio como les fue posible. En el interior resplandecía la luz de las antorchas, muy por debajo del nivel del templo. Los Marllajtay bajaron por una escalerilla que bajaba el túnel vertical, primero Tharak y Pall cerrando la marcha. Cerca del lugar en que la galería se abría en lo que parecía ser un túnel horizontal, Tharak se detuvo y observó a ambos lados cautelosamente.

- Sujétame de los pies, hay un par de vigilantes al fondo del túnel - le dijo a Morlyg. Éste hizo lo que le pidió y el ágil Marllajtay propinó dos veloces flechazos que dieron en el blanco. Morlyg y Pall oyeron los cuerpos desplomándose en la galería bajo sus pies.

Los Marllajtay bajaron el último tramo de escalera y atravesaron silenciosamente el corredor empuñando sus armas. A ambos lados había diversas puertas laterales, todas ellas estaban cerradas o daban acceso a havitaciones oscuras y silenciosas a las que ni siquiera se asomaron. El Martillo debía estar en la sala vigilada por los dos cuerpos que ahora yacían inertes en el suelo. Cuando estuvieron cerca vieron que eran dos orcos, como ya había intuído Tharak al verlos de pie, con su fisonomía desgarbada.

Los Marllajtay escucharon tras la puerta, pero no oyeron nada al otro lado. La abrieron y aparecieron en una estancia circular de techo abovedado. En el centro había un pedestal sobre el que descansaba el Gran Martillo de los Enanos, sobre un manto de seda púrpura. No había nadie más en la estancia iluminada por varias antorchas. Morlyg corrió hacia el pedestal y cogió el Martillo, que resultó ser mucho más grande de lo que supuso al principio. El mango debía medir un metro y medio y aproximadamente a un tercio de distancia del borde inferior se ensanchaba hasta hacer más de un palmo de diámetro. La madera de la cual estaba hecho era oscura y parecía tremendamente dura. Todo el martillo estaba repleto de grabados sobre la madera, algunas piedras encastadas y varios hornamentos de mithril. La cabeza, provista de dos poderosas caras planas revestidas de un material parecido al caucho pero mucho más duro, debía hacer más de un metro de punta a punta.

- Imagino que no esperaréis llevaros esa reliquia impunemente...

Los Marllajtay se giraron sobresaltados. Una figura oscura estaba de pie junto a la puerta. Había aparecido en la estancia sin provocar ninguna perturbación en la calma atmósfera del subsuelo. La figura vestía una túnica negra provista de capucho y de ornamentos en púrpura y plata. Los observaba con unos viejos ojos de pupilas pentrantes.

- ¿Eres un Uonu-nyrr? Debemos llevarnos este objeto por orden de Norno. No puedes impedirnos llevárnoslo - dijo Morlyg desafiante. Tharak y Pall apuntaban al Elfo con sus flechas.

- Aquí no valen las palabras de ese viejo loco. Y no vuelvas a pronunciar ese nombre delante de un servidor de Osrûn Sâr, el único benefactor de las Tierras del Sol – dijo el Elfo sacando una vara de debajo del manto. La flecha de Pall silvó en el aire y se estrelló contra la pared detrás del brujo justo después de que un resplandor blanco inundara la sala. Lo mismo ocurrió cuando Tharak disparó su saeta. Y acto seguido tres Elfos más irrumpieron en la sala empuñando relucientes espadas. Los Marllajtay escucharon las voces de varios orcos en el pasadizo, la única salida al exterior.

Los Marllajtay se encontraban en el centro de la cámara circular esperando el ataque de los Elfos que venían hacia ellos. En el corredor, los orcos aguardaban. Fue cuando Morlyg recordó las palabras de Norno. Un buen martillo para quebrar el hielo. Sin pensárselo, alzó el pesado martillo y lo descargó con todo su peso sobre el suelo de la cámara. El suelo tembló bajo sus pies y toda la cámara pareció tambalearse.

- ¡Quietos, insensatos! ¡No hagáis eso! – grito el Elfo de la vara. Morlyg le clavó la mirada y sonrió -. ¡A la pared! – gritó Morlyg al tiempo que corría hacia la pared, a la izquierda de los Elfos. Tharak y Pall lo siguieron cubriendo el espacio que lo separaba de sus enemigos. Morlyg descargó toda la inercia de su carrera en un poderoso martillazo contra la pared que provocó el desprendimiento de varios pedruscos -. ¡Detente! – gritó de nuevo el Elfo, que apensa tuvo tiempo de apartarse del ataque de Pall, que se le avalanzó por sorpresa y le propinó un profundo corte en el muslo. Tharak hizo lo propio con otro de los Elfos y así los Marllajaty lograron hacerlos retroceder dejando la puerta libre. Morlyg volvió a estrellar el Martillo contra la pared y esta vez el suelo tembló de tal modo que hizo tratavillar a los presentes, momento que aprovecharon los Marllajtay para salir corriendo por el túnel hacia la salida.

Seis orcos cayeron muertos o malheridos en el trayecto hacia la escalera, mientras Morlyg cerraba la marcha manteniendo a ralla a los Elfos que venían por detrás. Al llegar a la escalera, volvió a descargar el martillo contra el suelo provocando que todo el pasillo pareciera desmoronarse. Los Elfos avanzaban dificultosamente entre los fragmentos del techo que se desprendía y las flechas de Tharak y Pall que cortaban el aire. Morlyg se cargó el martillo a la espalda y empezó a subir, seguido de sus compañeros. Al fin, salieron a la pequeña estancia y atrancaron la trampilla con un fragmento de viga. En la nave del tempo aguardaban varios trasgos más, aunque huyeron cuando los Marlajtay se avalanzaron sobre ellos.

Los Marllajtay huyeron a través de las sombras del bosque durante varias millas, dando un rodeo hacia Tuyrozd. Cuando estuvieron seguros de que nadie les seguía aminoraron la marcha y emprendieron el camino recto hacia la capital del bosque sombrío. Faltaba ya poco para el amanecer y el frío les calaba los huesos.

- ¡Ahora ya por fin podremos descansar! – exclamó pal entudiasmado, cuando ya se encontraban a la vista de los muros de Tuyrozd -. Recuperamos el Martillo. Hemos cumplido la misión.

- Casi – puntualizó Morlyg -. Sí, descansaremos en Tuyrozd. Y luego entregaremos el Martillo al Sabio en el Oráculo. Entonces nuestra misión habrá concluido.

- Pues, ¡¿a qué estamos esperando?!

[Editado por Earendil84 el 08-12-2008 20:35]

Escrito el 12-12-2008 12:22 #6

Los ecos de los temblores producidos por el martillo continuaron durante varias horas mientras el edificio iba cediendo poco a poco. Dos cuervos negros se alzaron al vuelo y emigraron hacia el norte, en un vuelo apresurado. Sobrevolaron todo el bosque sombrío, una espesura de árboles que protegían una atmósfera neblinosa y oscura. El centro era, sin duda, la Fortaleza Negra, el emplazamiento que durante tantos milenios había sido el centro de poder de los Uonu-nyrr y que, en aquel entonces, estaba en poder de los Elfos Aldalântar. Pero no era aquél el único emplazamiento que estaba oculto por los negros y milenarios árboles del bosque.

Más hacia el norte, en la dirección en que volaban los dos cuervos, había otro emplazamiento. Eran las ruinas derruidas de otra fortaleza, en apariencia completamente abandonadas. En la primera edad del sol, fue conocida como Kalailin, una hermosa ciudad élfica hermana de Tuille-osto, sin embargo, después de ser ambas saqueadas y ocupado el emplazamiento por tribus de hombres, su nombre cambió a Lithaelin.

Los dos cuervos cruzaron dos columnas semi-derruidas y envueltas en sombras y entraron en la ventana abierta de una vieja torre, situado en algún rincón de aquel emplazamiento. Un hombre de túnica negra esperaba a los dos cuervos. Uno de ellos se depositó en el hombro del elfo oscuro y le susurró algo en el oído derecho. Los ojos negros del hombre apenas se inmutaron pero, tras dar las pertinentes órdenes a los cuervos, caminó con prisa hacia los niveles más profundos de las ruinas. Y se perdió por túneles, cavernas y pasadizos mientras las sombras eran lo único que parecía imperar el lugar.

La caverna a la cual llegó era oscura y estaba envuelta en penumbras. Dos antorchas alumbraban tenuemente el lugar, aunque no conseguían iluminar a la figura que esperaba sentada inalterada en un amplio trono oscuro.

- Kuk…- pronunció en un leve susurro el recién llegado. No obtuvo respuesta, parecía que la figura era apenas una sombra.- Kuk’kuttat. Hay malas noticias…

Se escuchó un silbido proveniente del trono de piedra y una risotada estalló en la quietud de la caverna.

- ¿Siempre hay malas noticias? – preguntó una voz gutural, que casi parecía el graznido de un cuervo. – No hay pueblo alguno en esta tierra que sepa honrar como se debe al señor de los cielos y al señor de los mares. No merecéis ni una parcela de la Tierra del Sol cuando ésta caiga bajo el manto de Balcnîn.

El silbido continuó hasta volverse un ruido estridente. El recién llegado se llevó las dos manos a la cabeza, quizás presa de un fuerte dolor de cabeza.

- ¿Recuperamos el obj…? – la voz del hombre se detuvo al tiempo que lo hacía el silbido. Un dardo certero salió de las sombras y perforó la cabeza del hombre, que cayó al suelo, inerte. De entre las sombras, salió una bandada de cuervos, directos a hacer cuenta del cuerpo sin vida del hombre.

- Torpes bur’urr, no sirven para nada.- la voz gutural parecía fastidiada. - Hildan caída. Los loceroquen desaparecidos. El Nendataurë ocupado por los marllajtay. Y los objetos en poder de ese anciano metiche… Al menos, Naraharaz, en el desierto varante, está en nuestro poder de nuevo. Rwolom.- susurró hacia su izquierda.- envía un mensaje al Uott’ur, deben recuperar ese martillo antes de que sea demasiado tarde.

Un ”Sí, Osrûn Sar” se escuchó al lado del trono. Entonces, una sombra rechoncha se levantó rápidamente para proceder a cumplir las órdenes.

- Enviad también un mensaje a Balcnîn. Que sepa que el anciano ha conseguido casi todos los objetos.

Osrûn se quedó pensativo durante un buen rato. El martillo había sido robado. Pero no era aquello lo que más le preocupaba. Odiaba a los marllajtay desde el momento en que se habían apoderado de Tûgore, habían matado a su rey, Lor Tûran, y casi habían acabado con él mismo. Había perdido el poder que le daba la apariencia corpórea del cuervo y ahora tenía que aguantarse con aquella forma élfica con la que no podía hacer una de las cosas que más le gustaba, sobrevolar los cielos de Rómenor.

No mucho tiempo después, dos cuervos se aproximaban a las inmediaciones de Tuyrozd…

[Editado por ingaran el 19-12-2009 03:17]

Escrito el 27-12-2008 13:29 #7

Una luz grisácea empezaba a teñir el cielo cuando los Marllajtay llegaron a las puertas de Tuyrozd. Los centinelas parecían alterados.

- ¿Se puede saber qué habéis estado haciendo? – espetó un Elfo -. Hemos sentido los temblores incluso aquí.

- El templo estaba vigilado por unos Elfos oscuros. Hemos tenido que recurrir al Martillo – respondió Morlyg secamente.

- El general Brêt os espera en la fortaleza negra. Solicita que os dirijáis allí de inmediato.

Morlyg y sus compañeros fueron de nuevo guiados a la fortaleza de Tuyrozd ante la presencia de las autoridades Aldalantâr. Una vez más fueron despojados de todas sus armas antes de ser presentados ante Brêt, con excepción del Martillo, pues el Elfo había solicitado explícitamente que le fuera entregado por los Marllajtay. Atravesaron el amplio salón del trono escoltados por cuatro soldados. Allí aguardaban Tarîs y Brêt descansando sobre sendos sitiales y rodeados de su escolta personal. Morlyg fue interrogado acerca de lo sucedido en el templo y las explosiones que habían sacudido el bosque esa noche. Tras contar la historia, la mirada del Elfo pareció ensombrecerse. Tarîs parecía ausente, pero de algún modo atenta a todo cuanto sucedía.

- Habéis hecho demasiado ruido en vuestra incursión – observó Brêt -. Quizás eso no os importe demasiado dada la lejanía de vuestras tierras pero temo que hayáis desencadenado serios problemas en esta región. Sin duda la discreción no es una cualidad de la que los Marllajtay podáis presumir…

Morlyg parecía contrariado y empezaba a prever dificultades para concluir su misión.

- Quizás los acontecimientos no han sucedido como esperábamos ninguno de nosotros – dijo Morlyg -, pero es necesario que entreguemos este objeto al Anciano para utilizarlo en la guerra contra el mal.

- Las noticias se propagan rápidamente en este bosque gracias a los cuervos de Osrûn Sâr. Y este objeto parece estar dotado de un extraño poder destructivo, sin duda un arma de gran valor para cualquier ejército. No podréis escapar con vida de este bosque si los Uonu-Nyrr os persiguen para recuperarlo.

- ¿Y qué sugerís, mi señor?

- El Martillo será custodiado en Tuyrozd por el momento. Los acontecimientos en las próximas horas marcarán el camino a seguir. Si las sendas son seguras, podréis partir con el Martillo.

- ¡Pero… eso no tiene sentido! ¡Permitidnos huir ahora con el Martillo antes de que el enemigo se ponga en movimiento! ¡Luego será peor!

- Ahora ya lo es. El factor sorpresa ya no os beneficiará más. Os habéis mostrado ante el enemigo y le habéis desafiado abiertamente. Solo la protección de Tuyrozd os puede ayudar a vosotros y al Martillo. No añadiré nada más.

- ¡Esto es de locos! – exclamó Morlyg indignado.

- Ya habéis escuchado las palabras del general – dijo Tarîs rompiendo su silencio -. Mientras permanezcáis en Tuyrozd os alojaréis en la fortaleza y seréis tratados con todos los honores que os merecéis. Ahora podéis retiraros. Dejad el Martillo aquí.

[Editado por Earendil84 el 27-12-2008 13:34]

Escrito el 29-12-2008 19:09 #8

A media mañana, a través del Ankwak, el camino sombrío, llegó una expedición proveniente de las entonces frías tierras de los Árboles Sagrados, las tierras de Galador. Las trompetas anunciaron la llegada de aquella expedición a Tuyrozd. Las insignias, que ondeaban en el cielo, mostraron las características aldalântar de los recién llegados, el emblema de los adoradores de Nensir, el círculo verde encerrando el Árbol Sagrado por excelencia, el Roble.

La expedición no era grande, apenas dos o tres docenas de bravos elfos capitaneados por el mismísimo Artadâko de Galador, Tathâral Âryon, señor de los ejércitos de los elfos aldalântar. Vestido con ropas de guerra de tono verdoso ajustadas a una coraza musculada. Junto a él iban dos sacerdotes Taryer y Azâral.

Conforme se acercaban a los muros de Tuyrozd, los recién llegados pudieron ver los resultados de las labores de reconstrucción de aquellos aldalântar que vivían en aquella fortaleza oscura y enigmática. Aunque Tathâral llevaba muchos meses sin visitar aquella región, en posesión aldalânta desde el verano pasado, él había tenido un especial interés en aquella fortaleza. Mientras cabalgaba por el camino de piedra hacia la entrada principal de la fortaleza, Tathâral pensaba en la última vez que piso aquél lugar y creyó sinceramente que aquélla se convirtiera alguna vez en la bella ciudad que fuera en la primera edad del mundo.

Unos cuántos caballos se acercaron hacia la expedición recién llegada. Tathâral pudo reconocer, en los rostros de los recién llegados las facciones de Târîs y Brêt, los designados por el consejo para dirigir la conquistada Tuyrozd.

-¡Aret, artadâko!- dijo en voz muy alta Brêt mientras que Târîs miraba con una sonrisa a los recién llegados.

Detrás de Tath, los dos sacerdotes que le acompañaban miraban a su alrededor con absoluto pavor, principalmente en el caso del elfo que se hacía llamar Azâral.

- ¿No encontráis acogedora esta fortaleza, excelencias? – preguntó Târîs. Los sacerdotes no respondieron entonces pero siguieron mirando a su alrededor. Entonces añadió la elfa.- En peor estado estaba esta fortaleza hace unos cuántos meses.

- Será un honor entonces consagrar este lugar para honra del venerable Nensir. Haremos lo que esté en nuestra mano para consagrar este lugar.- aseveró Taryer cuyo rostro se tornó en una expresión esperanzadora.

- Lo dudo…- susurró Azâral.

Todos lo miraron, no parecía muy cómodo en aquel lugar. Parecía haber venido a regañadientes. Y así había sido, pues su escepticismo con la importancia de aquella fortaleza le había servido como castigo al consejo para encomendarle aquella misión.

- Y decidme, ¿qué novedades hay? – preguntó Tathâral

Brêt le miró entonces preocupado. Ansiaba contarle todo lo ocurrido con los marllajtay y el martillo.

-Querréis descansar de vuestro viaje. Quizás primero sea necesario dispensaros un descanso y luego os ponemos al corriente de la visita de los marllajtay.

-¿Marllajtay? – preguntó extrañado Tathâral. Le resultaba muy extraño la visita de un pueblo tan lejano en aquellas latitudes. – Mis compañeros podrán descansar, yo quiero saber cuánto antes todo lo que haya de ser sabido.

Brêt se encogió de hombros y dijo:

- Así sea.

Escrito el 14-01-2009 11:49 #9

- Si os parece bien, organizaremos un pequeño concilio antes de que el día avance.- añadió Târîs.

Tras dar las órdenes pertinentes para que el ejército de Tathâral descansara y reposara, éste y los dos sacerdotes acompañaron a Târîs y Brêt. No obstante, un elfo se había adelantado para avisar a los extranjeros marllajtay de que tendría lugar un pequeño concilio con un miembro del Consejo Élfico de Galador.

El viaje hacia la fortaleza de Tuyrozd había resultado tranquilo, los caminos aquellos días estaban más despejados de lo normal y, si bien, aquello siempre preocupaba en tiempos inciertos como aquellos, era, por otra parte, un alivio para que se pudieran transitar los caminos de aquella parte del mundo. Los aliados del Gran Enemigo hacía meses que no habían dado señales de vida y eso era bueno y malo al mismo tiempo. Malo porque los más agoreros temían que estuvieran preparando algo. Éste había sido uno de los motivos por los que Tathâral había viajado a Tuyrozd.

Mientras accedían a la torre donde se encontrarían con los viajeros, Brêt y Târîs le informaron a Tathâral sobre el motivo de que aquella expedición marllajtay estuviera tan lejos de su hogar. El general, no obstante, sabía que aquella misión era una misión ordenada por el mismísimo Nensir, conocido por el Anciano en otros pueblos, o por Norno; puesto que un grupo de elfos aldalântar habían tenido que buscar otro objeto también similar.

En la habitación de una de las torres de la fortaleza, esperaban los humanos que se levantaron cuando los elfos entraron en la sala. Uno de ellos se quedó mirando a Tathâral nada más que éste entró. Entonces, el elfo lo reconoció. No era la primera vez que se veían.

- Qué inesperado encuentro, hombre de Hissuë. Nuestros caminos se vuelven a encontrar después de tantos meses, pero ésta vez mucho más en el norte. – le dijo Tathâral a modo de saludo al hombre llamado Morlyg.

Escrito el 04-02-2009 21:12 #10

Morlyg permaneció de pie observando sorprendido al Artadâko.

- Aret, Tathâral. Es una agradable coincidencia reencontrarnos de nuevo. Te presento a mis compañeros, Tharak y Pallam’et, quienes me han acompañado en este largo viaje desde Híssuë.

Tathâral inclinó levemente la cabeza ante los Marllajtay a modo de saludo. Hizo un gesto a sus compañeros y todos se dirigieron hacia la mesa dispuesta y ocuparon sus asientos, Tathâral flanqueado por Brêt y Târîs. Los Marllajtay se encontraban frente a ellos.

- Algo me han comentado ya acerca de vuestro viaje, en especial de lo acontecido aquí en Tuyrozd y la recuperación del Martillo de los Enanos… - Tathâral escrutó la mirada de los tres hombres y esbozó una sonrisa irónica -. Y debo decir que la discreción no es precisamente una cualidad de la que podáis presumir los humanos…

Los Marllajtay se removieron incómodos en sus asientos ante esa declaración, no sabiendo si debían mostrarse ofendidos ante ello, o si era conveniente replicarle. Pero no había acusación en los ojos del Artadâko.

- Pero lo hecho, hecho está – prosiguió el elfo -. Y me hago cargo de la imperiosa necesidad de recuperar ese objeto a cualquier precio…

- ¿Aún a riesgo de provocar una batalla en Tuyrozd contra Uonu-Nyrr? Eso echaría a perder los esfuerzos dedicados los últimos meses en la reconstrucción de la ciudad – interrumpió Brêt.

- Calma, Brêt. Pienso que el peligro al que se enfrentarían los pueblos de Rómenor sería mucho mayor que una pequeña escaramuza en Tuyrozd. Pero antes de decidir cómo reaccionaremos ante la llegada de Uonu-Nyrr quisiera que Morlyg me relatara su historia.

Morlyg contó de nuevo la historia ante los Aldalântar, bastante más resumida que en la anterior ocasión ante Târîs y Brêt, pues intuía que Tathâral ya conocía buena parte de ella, así como de la misión encomendada a Northiel de los Aldalântar. Así que centró su relato en la última fase del relato, la recuperación del Martillo en el antiguo templo. Tathâral escuchaba atentamente y asentía con la cabeza ante cada nuevo dato, con la barbilla apoyada sobre sus manos cruzadas. Una vez Morlyg hubo terminado su relato, Tathâral tomó de nuevo la palabra.

- ¿Y no visteis salir a nadie del templo? ¿No os persiguieron en vuestra huída hacia aquí?

Morlyg se encogió de hombros.

- No estoy seguro. Debíamos escapar de allí a toda prisa, el Martillo es muy pesado para cargar con él en una persecución. Y poco útil como arma a campo abierto… - se excusó.

- En eso llevas razón. Pero en mi opinión, si hubieran optado por perseguiros os habrían alcanzado sin remedio.

- Dimos un rodeo, e intenté disimular el rastro como bien pude – intervino Tharak -. En cualquier caso, creo que deberíamos marcharnos con el Martillo antes de que vengan a por él con refuerzos.

- Quizás eso sea lo mejor. Designaré algunos hombres para que os acompañen por sendas seguras hasta Hildan, más allá del bosque. Los ejércitos Aldalântar contendrán la embestida mientras huís – declaró Tathâral.

- Quizás eso no sea suficiente – respondió Morlyg. Brêt se revolvió en su asiento -. Está claro que somos extranjeros y si no me equivoco, el mismo Osrûn Sâr está al mando de estos Elfos oscuros. Y él conoce a nuestro pueblo.

- ¿Qué quieres decir? – preguntó Brêt.

- Que lo más probable es que ya nos hayan identificado y vigilen Tuyrozd, pero también los alrededores esperando interceptarnos en nuestro camino. Lógicamente pensarán que queremos llegar cuanto antes a nuestras tierras. De modo que yo me quedaré aquí y me dejaré ver cuando lleguen los Uonu-Nyrr.

Tathâral asintió con lo cabeza.

- Eso les haría pensar que os habéis resguardado aquí, o que incluso habéis sido enviados por nosotros para recuperar el Martillo. Si creen que lo custodiamos aquí, Tharak y Pallam’et tendrán más posibilidades de escapar mientras la atención de Uonu-Nyrr se centra en Tuyrozd – aprobó Tathâral.

- ¡Exacto! – sentenció Morlyg.