Capital de los Nomhaldad, gentes de costumbres ancestrales en el honor la guerra y la espiritualidad.
A pesar de la gran muralla que bordea las lindes del reino, la capital, en su papel de último refugio para los suyos, se encuentra protegida por sus propios muros construidos con dos niveles, habiendo así dos pasillos para la vigilancia y protección de tan grueso muro defensivo. Gruesos, igual que los portones de metal tras las que se halla la ciudad, vigilados por los siempre ancestrales canes guardianes de dura piedra, que también guardan el palacio imperial. Una ciudad protegida y rica, de casas y mansiones de tejas de negra piedra y paredes blancas, en contrastes a las de madera y caña de la zona rural. Una ciudad de bellos jardines, pinturas y mosaicos, bañada por la fragancia de las especias y el olor a sal.

Nominnahald - Capital Externa
Escribiéndose...Habían cruzado el puente al atardecer, mientras Tavir se reía cuando vio al mismo jefe que les había impedido el paso salir casi corriendo al verlos. Se hizo la noche cuando dejaron atrás Nenmindo, siguiendo la ribera norte del río. Encendieron una hoguera y comieron algo de las provisiones mientras hablaban, todos estaban ya bastante cansados del viaje y querían volver, como Taw, que no había tenido ningún momento de intimidad con Tavir y ya empezaba a subirse por las paredes aunque conseguía no exteriorizarlo.
- Bueno, y ahora ¿a dónde vamos? –preguntó Northiêl irritada.
- Tranquilízate Nor – le dijo Aiwëndil.
- ¿Qué me tranquilice? ¡Qué me tranquilice! – su voz adquirió un tono muy peligroso-. Nos hemos pateados todo el continente buscando ese maldito colgante y estamos sin ninguna pista de dónde puede estar. Estoy harta, estoy…
El fuego chisporroteó sin previo aviso, exhalando un perfume fresco y relajante. Northiêl y Aiwëndil miraron a Taw, que estaba cerrando un saquito de color granate. La elfa intentó enfadarse pero le resultaba muy difícil.
- ¿Qué has hecho Taw? – preguntó con voz más amable de la que quería.
- Nada, solo he echado un poco de sêrlâs para relajar el ambiente. Solo lo uso para casos especiales.
- Pues ha funcionado muy bien. Es una planta muy útil – dijo Aiwëndil-. ¿Dónde la has conseguido?
- En el bosque que hay cerca del Nensir. Es bastante rara de encontrar pero muy efectiva. También se puede tomar como infusión, aunque con cuidado porque aumenta el estado en el que estás, si estás enfadado te pones totalmente furioso, si estás tranquilo nada te altera, y así un largo etcétera.
Tavir se río por lo bajo y Taw le dirigió una breve mirada, se puso rojo y los dos se echaron a reír a carcajada limpia. Aiwe y Nor se quedaron muy desconcertados ante su reacción.
- ¿Nos hemos perdido algo interesante? – preguntó Northiêl.
- Nada importante – dijo Taw todavía rojo, pero se aclaró la garganta para hablar bien -. Ahora en serio, tenemos que hablar de nuestra próxima parada.
- ¿Qué ciudades aparecen en el mapa? – dijo Aiwëndil.
- Nenmindo, Trahald-haladin y Nominnahald – respondió el aina señalándolas en el mapa-. Como ya hemos pasado por Nenmindo solo nos queda decidirnos por alguna de las dos restantes.
- Me suena Nominnahald – dijo Tavir casi murmurando.
- Es la capital de los Nomhaldad, una ciudad muy bella y con un excelente sistema defensivo. Pero también puede ser la otra, que destaca por sus grandes extensiones de arroz.
- Puede ser cualquiera de las dos – dijo Northiêl con un levísimo enfado, fruto de que se estaban acabando los efectos del sêrlâs -. ¿Hay algo en sus historias que fuera catastrófico?
- No que yo recuerde, son bastante tranquilas y las dos tienen las mismas posibilidades.
- Tal vez deberíamos ir a Nominnahald, es la capital y está cerca del río, por lo que es muy probable que hubiera alguien que viera flotar el colgante y se lo quedara.
- Pero Trahald-haladin también tiene muchas papeletas porque en un momento que estuvieran inundando los campos puedo colarse el colgante en uno de ellos y que el agricultor lo viera y se lo quedara.
- ¿Desde cuándo sabes cómo se cultiva el arroz Nor? – la elfa le dirigió una mirada asesina a Aiwëndil.
- Es lo malo, ahora toca decidirse sin saber na…
- ¡Ya me acuerdo! – dijo Tavir con alegría e interrumpiendo a Taw -. Se cuenta que la familia que gobernaba Nominnahald en el año 1000 murió de forma inesperada e inexplicable antes de que terminara ese año y que en su antiguo palacio, que permanece vacío por superstición, aún se conservan todos sus tesoros – Tavir miró exultante al aina -. Nuestra última parada es esa.
- Tavir, eras maravillosa, ya ni me acordaba – Taw miró a Tavir con intensidad y cierto sentimiento que hizo que la elfa se sonrojara, porque sabía que se le cruzaba por la cabeza.
- Pues listo, mañana al amanecer, hacia la última ciudad – dijo Northiêl con euforia.
Aiwëndil esbozó una amplia sonrisa, mientras Hwesta daba un pequeño chillido como de triunfo. Los cuatros estaban entusiasmados y pudieron dormir tranquilamente, aunque Taw estaba incómodo cerca de Tavir por las ideas que se iban sucediendo por su mente.
“Taw, ya, por favor, lo que quieras hacer con Tavir no me interesa.”
“Lo siento Narwa, pero es que…”
“Sí, ya, que hace tiempo que no estáis los dos solos, pero eso no es motivo para que me hagas partícipe de tus fantasías.”
“Las intento controlar.”
“Por supuesto que sí.”
“Es verdad. Pero tranquilo, en unos días no te incomodaré con eso.”
“No, solo tendré que soportar unos cuantos días de recuerdos muy vivos y descriptivos.”
Cuando el cielo anticipaba el amanecer se levantaron y se pusieron en marcha cuando el cielo adquiría un color anaranjado. Los cuatro ya estaban más animados. El camino se les hizo breve y habían pasado dos horas desde el amanecer cuando por fin divisaron Nominnahald. Era una ciudad magnífica, iluminada por la luz de la mañana, que reflejaba unas imponentes defensas y unos estandartes que les resultaban familiares. Se acercaron un poco más y Northiêl maldijo en voz alta:
- ¡Por Nensir! ¡La ciudad es de los nuru!
Los alda se quedaron parados. Ninguno se había acordado de que la ciudad había sido conquistada por los nuru hacía algo de tiempo. Empezaban los problemas.
- ¿Cómo se nos ha podido pasar que la ciudad estaba en manos de los nuru? – preguntó Taw por lo bajo, casi como si se lo estuviera diciendo a si mismo.
- Esto lo va a estropear todo, ¿cómo vamos a entrar sin que nos reconozcan? – dijo Northiêl.
- Bueno, podemos disfrazarnos.
- Claro, disfrazarnos ¿cómo es que no se nos ha ocurrido antes? – preguntó con sarcasmo Northiêl.
- Nor, tranquila – dijo Aiwëndil-. Ya se nos ocurrirá alguna forma de entrar sin que nos reconozcan.
- Nos van a reconocer nada más vernos. Como no nos colemos por cualquier agujero y nos estemos ocultando todo el rato, va a ser imposible.
- Estoy seguro que habrá alguna forma de entrar. Podemos sobornar a los guardias, o dejarlos dormidos, o incluso puede que no nos reconozcan.
- No te lo crees ni tú. Hemos pasado juntos demasiado tiempo para no saber reconocernos.
- Cuidado hay viene gente – dijo Taw mirando en dirección a la ciudad.
Los cuatro salieron del camino y se metieron entre unos arbustos. Era un grupo de 10 personas, seis elfos y cuatro elfas, que iban despreocupados y charlando amigablemente entre si. Taw empezó a pensar rápidamente; una idea le cruzó por la mente, no le gustaba nada, pero les permitiría entrar en la ciudad. Giró la cabeza a Tavir y le pasó un polvillo azul y negro; la elfa sabía lo que le estaba pidiendo el aina. Contaron hasta tres y sin previo aviso salieron de los arbustos. El grupo de elfos se quedó paralizado al verlos salir de los arbustos, pero no pudieron reaccionar a tiempo. Taw y Tavir actuaron al unísono, con una sincronización perfecta, como si estuviera bailando; cada uno tenía en sus manos un polvo que esparcieron entre los elfos. Estos estornudaron y se quedaron quietos, con los ojos vacíos y sin ninguna expresión. Taw los miró con cara de pena y culpa, Tavir le estrechó la mano, comprensiva. Aiwëndil y Northiêl salieron de los arbustos, y se les acercaron viendo perplejos al grupo que estaba allí.
- ¿Qué les habéis hecho? – preguntó Northiêl perpleja – Están como muertos.
- Algo que espero que Yenna y Nensir me perdonen.
- ¿Qué es Taw? – preguntó Aiwëndil, aún sorprendido.
- Prefiero no decirlo. Ahora lo que importa es con ellos podemos entrar en la ciudad.
- ¿Cómo?
- Poneros entre los elfos.
Los tres lo hicieron y Taw se puso al frente y dijo:
- Escuchad mi voz, atended mi orden: vamos a volver a la ciudad, actuaremos como antes, como si nada hubiera pasado. Cuando hayamos pasado la puerta nosotros cuatro – mientras dijo fue señalando a los alda y a él mismo – nos alejaremos. En cuanto dejéis de vernos recobrareis vuestra voluntad y no recordareis nada de lo que ha pasado.
Como por ensalmo el grupo se despertó e hizo lo que Taw les había dicho. Los elfos hablaban entre sí con ánimo e iban hacia la ciudad, pero esta vez había cuatro acompañantes más, los cuatro alda, que se había colocada entre ellos, pasando totalmente desapercibidos. Los cuatro estaban algo asustados puedes casa paso que daban los acercaban a la ciudad, y en la puerta de acceso había soldados nuru vigilándola. Daban un paso, luego otro, y otro, así hasta llegar a la puerta; Tavir era la que estaba más tranquila pues a ella no la reconocerían como alda, pero estaba muy intranquila por Taw y los demás, el aina estaba con el corazón en un puño, rezando por que su plan diera resultado y nos los pillaran, Aiwëndil evitaba ver a toda costa a los soldados disimuladamente, tenía el corazón a cien por hora, y Northiêl, esbozaba una sonrisa temblorosa que casi delataba su estado de tensión total y absoluta. La guardia no estaba muy atenta pero un soldado reparó en Tavir, mirándola sin ningún disimulo. A Taw se le venía el mundo encima, si pillaban a Tavir todos caerían, y entonces los problemas serían muy serios. El grupo siguió andando, y por fin el guardia dejó de prestarles atención. De nuevo dieron un paso, y otro, y otro, y se alejaron de la puerta, internándose en la ciudad. Habían superado la prueba, ya estaban en Nominahald.
Taw reparó en la ciudad; indudablemente era bella. Si no fuera por los nuru, podrían disfrutar un agradable descanso en la ciudad, con sus mansiones, casas, jardines, pinturas y mosaicos. Pero no había tiempo para disfrutar de la ciudad, y es más, cada minuto que pasaran allí aumentaba el peligro de ser descubiertos. Tavir se dirigió a una de las elfas y le preguntó algo en voz abajo, respondiéndole ésta. Los alda se separaron del grupo y se metieron en una calle, perdiendo de vista al grupo. Sus miembros hicieron un gesto, como si se estuvieran despertando después de un largo sueño, no recordaban nada, y se quedaron extrañados de volver a estar en la ciudad, solo una elfa recordaba que alguien le había preguntado por el Palacio Maldito. Volvieron a salir de la ciudad, pero por desgracia el guardia que se había quedado mirando a Tavir reparó en su ausencia, pidió permiso para abandonar su puesto pero se lo negaron.
Los alda empezaron a andar con ligereza por las calles, guiados por Tavir. Sin decir casi una palabra la elfa los guiaba por diferentes calles, hasta que llegaron a una zona casi deshabitada. Enfrente de la calle en la que se encontraban se alzaba un imponente palacio en muy mal estado de conservación, aunque no era tan grande como el palacio imperial, protegida por una alta muralla rodeándolo que parecía inclinarse hacia el palacio y que tenía una herrumbrosa verja de gran tamaño. Los cuatro se quedaron mirando el lugar donde reposaba el colgante y el fin de su misión.
- Tavir, ¿cómo sabías donde estaba el palacio? – preguntó Aiwëndil.
- Se lo pregunté a una de las elfas, pero no mencioné nada sobre el colgante por si acaso se acordaba de la pregunta – respondiendo la elfa.
- No tiene un aspecto muy acogedor que digamos – señaló Northiêl, que no dejaba de escudriñar la verja.
- Sin embargo esta es nuestra última parada, y antes de entrar vamos a dividirnos en dos grupos para explorar mejor el Palacio, Tavir y yo nos moveremos por la segunda planta y vosotros dos por la planta baja – dijo Taw.
- ¿No nos perderemos si nos dividimos? – preguntó Nor.
- Tenemos que descubrir el colgante cuanto antes, por lo que es mejor dividirnos. Nos reuniremos cuando esté atardeciendo en el jardín que está enfrente de la puerta de entrada.
- De acuerdo, pero ¿cómo vamos a entrar?
- Buena pregunta, vamos a averiguarlo.
Taw acercó a la verja, y con él, Aiwëndil. Los dos empujaron la verja oxidada, y para su sorpresa no les dio demasiados problemas, aunque producía un chirrido espantoso. La abrieron la suficiente para poder pasar uno a uno. El acceso al palacio estaba dominado por un jardín muy descuidado, con partes marchitas y otras que sobrevivían gracias a una fuente por la cual aún salían agua y en donde los dos alda se lavaron las manos. La puerta de acceso estaba carcomida y daba acceso a un amplísimo vestíbulo que permanecía en tinieblas a pesar de ser de día, y se dieron cuenta que todas las ventanas habían sido tapiadas, dando un aspecto todavía más siniestro. Encendieron dos antorchas, una para cada grupo.
- Buena suerte – les deseo Taw.
- Buena suerte – respondió Aiwëndil
Aiwëndil y Northiêl entraron en la primera habitación que tenían a la izquierda. Era un largo pasillo en total oscuridad. Aiwë entró en primer lugar al ser el que tenía la antorcha. Parecía no tener fin, pero algo llamó su atención. Era una puerta. Se acercaron, pero al intentar abrirla descubrieron que estaba totalmente cerrada. La elfa, con total naturalidad, dio una fuerte patada a la puerta, saliendo despedida por el impacto.
- Muy sutil, Nor.
- Quiero acabar cuanto antes, estoy harta del viaje.
- Ya lo has dicho un millón de veces.
Los dos entraron por la puerta, de nuevo un pasillo. Siguieron hacia delante hasta llegar al final, no había nada en ese pasillo.
- ¿Para que querrían hacer un pasillo en el que no hay nada? – preguntó con impaciencia Nor.
- Escucha un momento.
Aiwëndil retrocedió con ella unos pasos y dio un golpe al suelo con el pie. Se acercaron a la pared del fondo y volvió a golpear el suelo. Se produjo un sonido distinto al producido antes, sonaba como a…
- Hueco, suena a hueco. Aquí debajo tenemos un agujero – dijo Northiêl asombrada.
Los dos se echaron al suelo al rato descubrieron una pequeña trampilla. La abrieron y descubrieron un agujero y unas escalerillas metálicas. Los dos se miraron. La alda fue la primera en bajar, sin temer a la oscuridad; el alda la siguió sosteniendo como podía la antorcha.
El descenso fue rápido y llegaron a una pequeña habitación y a una nueva puerta, y como la otra vez, Northiêl la abrió de una patada. Habían llegado a la sala del tesoro de la familia. Los dos sonrieron a la vez. El elfo dejó la antorcha en una argolla y se pusieron a rebuscar entre las joyas y los cofres que había desperdigados. Parecía un milagro que hubieran sobrevivido.
Taw y Tavir, por su parte, habían subido por las escaleras. Los esperaba un amplio pasillo que habría resultado luminoso de no ser porque las ventanas estaban cegadas. Empezaron por las puertas de la derecha. Todas las encontraban cerradas pero Taw las conseguía abrir con mucho cuidado. Una de ellas era un estudio, otra una especie de salón, otra era un pequeño comedor y otras eran simples habitaciones. Cuando ya se acercaban al final dieron con una puerta que para su asombro estaba abierta. Los dos entrecruzaron una mirada. El aina abrió la puerta con cuidado y entró, y tras él Tavir. Era una lujosa habitación, bien amueblada y con una cama con dosel y las cortinas echadas. Taw se acercó a la cama y con una mano descorrió la cortina; la luz de la antorcha iluminó un esqueleto enjoyado que reposaba en la cama. Tavir dio un pequeño grito y Taw la atrajo para si, para que no viera la imagen. Sin embargo la luz arrancaba un destello verdoso a la altura de donde había estado el corazón.
- Tavir, mira a la altura del corazón del esqueleto.
La elfa miró tras reponerse del susto, también se fijó que había un destello verde. Taw acercó la antorcha y pudieron verlo con claridad. Allí, de un soberbio color esmeralda, descansaba un colgante. Los dos se miraron con alegría y triunfo, por fin lo habían encontrado. Los dos rodearon la cama hasta ponerse en el lateral derecho, descorriendo nuevamente la cortina. Taw colocó la antorcha en un hueco de la pared. Con sumo cuidado se acercó a la cama con un trozo de tela en la mano, antes de hacer nada separó dos vértebras, pues al parecer el muerto había llevado el colgante antes de fallecer. Respiró profundamente, y se inclinó sobre la joya, con el trapo en la mano derecha tomó el colgante en su mano, pero sin dejar que le tocara la piel, y de nuevo con mucho cuidado se lo quitó al cadáver. Dio un paso hacia atrás, y respiró profundamente. Por fin, tras semanas de viaje lo tenían, tenían el colgante. Se giró para mirar a Tavir cuando algo le quitó toda la alegría del momento; la elfa tenía un puñal en su cuello, sujetado por un hombre que miraba con ojos codiciosos el colgante.
- Dame el colgante y dejare libre a la elfa.
Tavir le miraba como diciéndole que ni se le ocurriera, pero Taw no le hizo caso y le dijo:
- Si lo quieres tómalo, es tuyo.
El hombre no se lo pensó dos veces cuando vio que Taw se lo ofrecía. Tiró a Tavir a un lado y lo cogió con gran velocidad. Dio tres pasos hacia atrás, con expresión de alegría, pero un crujido peligroso se oyó a sus pies. El hombre miró a sus pies, y Taw dio un paso hacia adelante. Todo sucedió tan deprisa que ni Taw ni Tavir podían contar lo que le había pasado con precisión. El suelo empezó a ceder donde estaba el hombre, y ya empezaba a caerse cuando Taw se acercó para agarrar de la mano al hombre. Falló por centímetros pero sus dedos se cerraron en torno al colgante que estaba soltando el ladrón. Se produjo un ruido espantoso y se levantó polvo, pero al poco volvió a estar silencioso como un sepulcro. Tavir se reunió con Taw, que estaba demasiado asombrado para reaccionar. En su mano derecha estaba el colgante verde, reluciente. Todo estaba en calma hasta que se empezaron a oir gritos.
- ¡Taw! ¡Tavir!
En un momento por la puerta entraban Aiwëndil y Northiêl, que se pararon justo a tiempo al ver el agujero.
- ¿Qué ha pasado aquí? – preguntó Northiêl
- Un ladrón intentó robarnos pero el suelo se vino abajo y se cayó por ese agujero.
- Pero ¿estáis bien?
- Sí – respondiendo Taw enseñando en la mano el colgante – y antes de hacer ningún gesto de alegría salgamos de aquí cuanto antes.
El aina metió el colgante en su bolso y los cuatro salieron prácticamente corriendo del Palacio y del recinto. Recibieron con alegría el sol de la tarde. Una vez más Tavir los guió al mismo lugar que antes, donde se habían separado del grupo. Por suerte, un nuevo grupo se dirigía en dirección a la puerta, este más numeroso que el anterior. Los alda se confundieron entre la gente y pasaron sin ser vistos en ningún momento. Y cuando ya se habían alejado de la puerta se separaron. Por delante les quedaba un trayecto largo que ahora les parecía breve, volvían a Galador, volvían a su hogar.
[Editado por Vardarion el 20-11-2008 16:22]