Fin Guerra: Maianor deja de Atacar
Armadas perdidas por "Maianor" = 15
Armadas perdidas por "Al´Varant" = 25
Victoria para Maianor
Al' Varant pierde el control de la ciudad
[Editado por Cudesas el 08-11-2008 14:44]

Fin Guerra: Maianor deja de Atacar
Armadas perdidas por "Maianor" = 15
Armadas perdidas por "Al´Varant" = 25
Victoria para Maianor
Al' Varant pierde el control de la ciudad
[Editado por Cudesas el 08-11-2008 14:44]
Suspiró, sintiendo cómo sus párpados se cerraban involuntariamente. Oía voces a su alrededor, pero no llegaba a escucharlas.
— Neyras, ¿te encuentras bien? —una voz resonó cercana, más fuerte y clara. Neyras. Ése soy yo. Me está hablando a mí. Abre los ojos. Ábrelos.
Consiguió hacerlo.
— ¿Qué ocurre? —preguntó el Daresda. De la neblina informe inicial comenzaron a distinguirse figuras algo más nítidas. Frente a él, la joven y hermosa Elhena ei’Vinar, con sus dos ojos grandes y húmedos del color de la esmeralda fijos en él. Aquellos ojos eran capaces de dejar sin aliento a cualquiera con un mínimo de sentido estético.
A su derecha; Shamer Hamza y Ceria in’Vhih. A su izquierda, Arosh vai’Nah. Ellos eran los Cinco, en ausencia de Elaren, que era el Sexto. El maestro enano había partido mucho tiempo atrás en busca de los restos de su pueblo.
Ellos eran los Cinco. Los héroes de los varantes. Habían sobrevivido a la masacre de la que nadie más se había librado. Héroes por suerte, probablemente, y no por mérito; pero los pueblos siempre necesitan símbolos. Cuando no los tienen, sólo tienen que crearlos.
— ¿Te encuentras bien, Neyras? —preguntó Elhena. Sus ojos reflejaban sincera preocupación.
“¿Me encuentro bien?”, se preguntó Neyras a sí mismo. Analizó su cuerpo y su mente rápidamente, buscando una respuesta. Cansancio. Hastío. Dolor. Incomprensión. Frustración.
Las heridas de la anterior batalla habían cicatrizado, pero le habían dejado débil. Un sueño profundo y difícil de resistir le embargaba cuando mantenía largas conversaciones. En seguida se agotaba haciendo ejercicio físico; a duras penas había logrado mantener la forma y la disciplina. “Necesito unas largas, largas vacaciones… Lejos de la frontera, en la costa quizá, a la sombra del Gran Templo…”.
Se obligó a sonreír.
— Cansado, simplemente —afirmó con una sonrisa cortés. Todos asintieron con gravedad. No hubo una sola mirada ávida, siniestra o simplemente interesada. Lo respetaban como a un líder por pleno derecho. Hizo una mueca de desagrado, disimulada en lo que pudo. “Odio tener miedo a decepcionar a los demás”. De pronto se preguntó por qué había cursado con tanto ahínco la carrera militar, por qué había escalado posiciones en la jerarquía con esa férrea determinación.
— Decía, Neyras, que debemos defender el muro de oriente con especial esfuerzo. Deberíamos desplegar allí buena parte de la infantería pesada —continuó Shamer, obviando el hecho de que estaba repitiendo lo que ya había dicho—. Si la suerte nos sonríe y muerden el anzuelo…
Neyras chasqueó la lengua.
— No lo harán. Sus líderes no son bestias como lo son sus ejércitos. No podemos confiar en algo así teniendo en cuenta nuestra desventaja, numérica y táctica. Sabemos que traen Rar, dragones del desierto y montones de orcos. No podemos combatir a los servidores del cuervo durante la noche. Nuestro ejército es joven y carece de veteranía. No se ha enfrentado todavía a esos seres. Nuestras líneas se desmoronarán con la segunda oleada. Si contáramos con más tiempo podríamos desbandarlos con alguna maniobra de sorpresa. Pero ya no. No podemos ganar.
— Entonces, ¿qué deberíamos hacer? ¿Rendirnos? ¿Pedir clemencia? —la mirada de Ceria era siniestra y fiera—. ¿Acaso esperas algún tipo de misericordia por su parte, Neyras?
— Ninguna —afirmó el Daresda—. Simplemente constato un hecho. No podemos ganar.
— ¿No existe la más mínima esperanza? —los ojos verdes de Elhena fulguraron.
— No es cuestión de esperanzas —dijo Neyras con un suspiro—. Entendedlo. No podemos simplemente luchar con orgullo y morir con él. Gustoso lo haría. Lo sabéis. Sois verdaderos amigos para mí —los cuatro sonrieron y asintieron con la cabeza—. Pero hay una ciudad entera que depende de nosotros. Hemos recuperado la lealtad de Naraharaz. De nuevo en los balcones hondean las banderas de Al’Darme, el Senado y Al’Varant. ¡Eso no puede terminar! ¡Demasiada sangre se ha derramado ya por conseguirlo!
— ¿Cuál es nuestra prioridad, entonces? —preguntó Shamer—. Hemos de salvar la ciudad, pero no podemos salvarla… Menudo dilema.
— Lo importante no es la ciudad —dijo Neyras—. La ciudad no es más que piedras, madera y suciedad. Además de mal olor, claro. ¡Lo importante es la gente! ¿Qué me importa a mí Naraharaz si no sobreviven sus habitantes? —El Daresda sonrió, sus ojos recuperaron su vigor y su energía. Fulguraron llamas en su seno—. No, Shamer. Hemos de salvar al pueblo de Narävhor. Podemos salvarla. Y pongo a Al’Darme y a Adrhant por testigos que lo haremos.
— ¡Moveos, maldita sea! ¡Diablos, más rápido! ¡Hasta mi abuela podría formar mejor que vosotros! —rugió Shamer a la compañía que desfilaba frente a él y su caballo acorazado. A su lado, Neyras sonreía levemente.
— ¿Te gusta aprovecharte de tu autoridad, o algo así? —preguntó el Daresda sin dejar de sonreír. Shamer rió entre dientes.
— Siempre me hizo ilusión gritar algo así. Se me hace raro ser ahora el general de un gran ejército. Pero tiene su gracia, ¿no? ¡Eh, vamos, no os paréis! ¡Ni que vuestra maldito chaleco de cuero pesara como el plomo! ¿Ves, Neyras? ¡Me hacen caso!
Soltó una saludable carcajada. Neyras se unió a él con mayor discreción. Envidiaba la alegría de su amigo. Él la había perdido con el paso de los años. “No hay nada que se haya perdido que no pueda volver a ser encontrado de nuevo”, decía Sharah algunas veces. Amarga ironía, pensó Neyras mientras su sonrisa se envenenaba. Sharah había muerto.
Arosh y Ceria vigilaban con las cejas contraídas, concentrados, cómo desfilaban en orden y en silencio los ciudadanos de Naraharaz. Habían acatado su decisión con resignación, sin ninguna resistencia. Cuando Neyras habló ante ellos en la Plaza de Oriente, Arosh no pudo evitar sentir una pesadez en la garganta, fruto de su silenciosa admiración. No hubo protestas, no hubo negaciones. Simplemente, lo hicieron. Confiaban en Neyras. ¡Confiaban en Al’Varant! ¡Hermosas palabras, tanto más porque eran reales!
Escucharon a lo lejos el retumbar de los tambores, pero no se detuvieron. Sólo algunos miraron atrás, pero no vieron nada más que humo más allá de las murallas de su ciudad. Los varantes combatirían a campo abierto, como gustaban de hacer.
Y, mientras tanto, la columna gris, la de aquellos que habían renunciado a su hogar, a su patria. La hilera humana, triste y desamparada. Aparentemente. Los arqueros veteranos de Arosh y Ceria vigilaban.
Los alshurenae, los infantes ligeros, marcharon con los escudos por delante, disciplinados y rigurosos. Formaron un gran bloque, resistiendo. La infantería pesada llegó poco después. En el flanco izquierdo, Elhena con sus catafractos. En el derecho, los Jinetes del Norte comandados por Shamer. En retaguardia, los Altarasda junto con Neyras, Daresda de la Dûrmana Narävhoriant.
Sonó un cuerno, resonaron tambores. La tierra temblaba bajo los miles de pies; una primera oleada exclusivamente de orcos se lanzó a la carrera. La infantería ligera resistió, estoica y fuerte. La noche era fría e inhóspita; la luna tiñó el rojo de la sangre de un modo fantasmagórico y surrealista.
Resistieron los alshurenae la primera embestida, pero no la segunda. Los Rar sembraron el terror entre los novatos, que sin embargo recuperaron la entereza y resistieron. Pero siguieron muriendo.
— ¡Alturenae, adelante! —exclamó la voz de uno de los capitanes, cuyo mensaje se transmitió con rapidez por toda la columna. La infantería pesada avanzó y, con una explosiva carrera final, se unió al combate.
Pero esta vez no había nómadas, no existían entre los nómadas caballos suficientemente rápidos. Y los dragones del desierto sembraron la muerte a voluntad.
El ejército de Naraharaz seguía muriendo, mas sin embargo no retrocedía. Los orcos gruñían, gritaban, gemían, y continuaban matando; pero siempre había nuevos enemigos a los que vencer.
De pronto resonaron en el aire las trompetas de la Guardia Catafracta. Tanto Shamer como Neyras miraron a su izquierda, extrañados y asombrados. Elhena no había recibido órdenes. Pero la caballería se había lanzado en una carrera demoledora hacia el mismo frente de combate.
— ¡Voto a bríos! —exclamó Neyras, exasperado. Escupió al suelo y tiró de las riendas de su caballo. Miró a sus hombres—. ¡Es hora de empuñar las armas, compañeros! ¡Larga vida a Al’Darme y a todos sus descendientes! ¡Y que viva Al’Varant por eones!
Los catafractos sembraron tal desolación a su paso que los orcos, aterrados y vulnerables, hicieron sonar sus cuernos de retirada. Los Jinetes del Norte los hostigaron. Neyras, Elhena y Shamer se encontraron poco después, jadeantes y cubiertos de sangre.
— ¡Vivimos! —exclamó Elhena con una sonrisa radiante.
— No sé si debería agradecerte lo que has hecho… Diablos, avisa antes de lanzarte al suicidio —exclamó el Daresda. Pero sonreía. Aunque la noche no había acabado aún. Quedaba una larga marcha. Lo sabía.
Quince minutos después, el disminuido ejército se reunió frente a la puerta oriental de la ciudad. Habían sufrido innumerables bajas… pero habían cumplido su cometido. Neyras bajó del caballo, aún jadeante. Al pisar el suelo, quedó repentinamente sin aliento y cayó de rodillas, con la respiración ronca. La armadura de placas de la Guardia Real le pesaba y le hería en el cuerpo, se le clavaba y le apretaba de tal modo que le parecía que se ahogaba. El brazo de la espada cayó sin fuerzas, la espada ornamentada rodó por la arena.
Elhena corrió a él y lo sujetó por los hombros. Neyras hizo una mueca.
— ¿Estás bien, Neyras? —preguntó. El Daresda maldijo entre dientes.
— No, maldita sea, pues claro que no lo estoy —dijo—. En los entrenamientos es distinto, si me canso puedo parar. Pero ahora era cuestión de vida o muerte, no podía pedirle al condenado orco que parara un segundo para recuperar el aliento. Levántame, Elhena. Ahora no es momento para que los hombres vean mi debilidad. Resistiré, por Audrant y todos sus ángeles.
— Necesitas descansar… —protestó la joven—. Si montas ahora podrías perder el conocimiento, caerte y romperte el cuello.
— Es una orden —cortó Neyras—. Cúmplela.
— Neyras…
— Ahora.
Ella suspiró, pero acató la decisión de su superior. Shamer volvió poco después; su caballo se encabritó. El jinete llevaba un arco en su mano izquierda. Al ver las condiciones de Neyras, se dirigió a la joven de los ojos verdes.
— Mis hombres esperan. Podemos machacarlos ahora y resolver esta masacre con una victoria. Es nuestra oportunidad…
— ¡No! —la voz de Neyras sonó tan forzada que Elhena se estremeció. Se observaba con total claridad el esfuerzo que al Daresda le costaba hablar—. No. Lo prohíbo. ¿No ves sus banderas hondeando aún, en el horizonte, Shamer? No se retiran. No huyen. Eso es lo que quieren que pensemos, que están acobardados. ¡Saben que no podemos ganar! Hostigarlos con los Jinetes sólo supondrá sacrificarlos. ¡Piénsalo bien, Shamer! Imagina el valor que tendrán esos jinetes mientras nos reagrupemos en los oasis del río. No podemos permitirnos perderlos.
— Pero…
— ¡Basta de insubordinación! ¡Cumplid las órdenes, maldita sea! ¡Estamos perdiendo segundos que nos costarán vidas!
Se alzó sobre el caballo de nuevo, a duras penas. Los soldados, infantería y caballería, lo rodeaban.
— ¡Hemos de volver con el pueblo! —exclamó hacia todos—. Con los refuerzos que hemos puesto, tardarán un tiempo en quebrar la puerta, y un poco más en darse cuenta del engaño. Marcharán con cautela hasta registrar la última casa de la ciudad, temiendo una trampa. ¡Eso nos da tiempo! ¡Pero no podemos pararnos, hemos de correr como nunca hasta la extenuación, y más aún! ¡Nuestra vida, la de nuestra gente, depende de nosotros!
Dos días después, encontraron un lugar apropiado donde acampar provisionalmente. Enviaron a los niños y los ancianos a las ciudades cercanas; a los hombres y mujeres capaces los alistaron para reforzar el diezmado ejército.
La noche anterior, el general de la Compañía no resistió más y cayó del caballo, desmayado y ardiendo. No se mató de la caída, como Elhena temiera, pero su fiebre fue en aumento conforme pasaban las horas. Sin poder recibir atenciones realmente efectivas, teniendo en cuenta que el ejército no debía pararse, su situación empeoró. Cayó el silencio de la preocupación entre los hombres.
Elhena cuidaba de él, sus ojos líquidos brillaban de preocupación.
Él despertó dos días más tarde, mortalmente pálido pero vivo… vivo al fin y al cabo. Su primera reacción al abrir los ojos fue sonreír.
— ¿Lo hemos conseguido, Elhena? —susurró con voz somnolienta. Ella le sonrió, le respondió con sus dos grandes esmeraldas.
— Así es, Neyras. Los hemos salvado.
Él sonrió, se sintió satisfecho y en paz, a pesar de todo lo que habían perdido. Supo que seguiría viviendo. Volvió a mirar a los ojos de la joven. Y volvió a sonreír.
Resumen de la batalla.
Al'Varant ha perdido 25 armadas x35= 875 puntos.
Recuperables: 394 puntos.
Valoraciones: 8.3 + 8.4 = 8.35
Recupera: 329 puntos.
Pierde: 546 puntos. Por demora en la publicación pierde 420 puntos.
Total pérdida: 966 puntos
Compañías actualizadas y listas.
Historia finalizada.
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