“Primer día tras el viaje de Nilme Istyalvao”
Althira estaba en su despacho de Ornayanar. Sobre la mesa descansaba un bulto alargado envuelto en un cuero basto. La sacerdotisa, sentada en su silla, observaba aquel objeto <<¿A qué esperas?>> Sin pensarlo lo agarró, tomó su bolsa y salio de la habitación encaminado sus pasos hacia los establos del templo. En el transcurso de ese recorrido encontró a un ayudante << Informa a Ithairas de que me ausentaré todo el día>> le había dicho.
Llegó al establo. Allí el mozo comenzaba a atender a los primeros caballos del día.
— ¿Mi caballo?
— Si acabáis de llegar, assanâ — se defendió el joven que comenzaba a sentirse saturado por el trabajo — , aun está ensillado…
— Perfecto — interrumpió.
Se dirigió a su montura y tras meter todo lo que necesitaba en la alforja, montó y salió del establo no sin antes despedirse del mozo.
El cielo comenzaba a clarear en el este, pronto los rayos del sol bañarían el bosque. Mientras tanto Althira disfrutaba del último frescor de la madrugada que pronto sería sustituido por el calor de la mañana. Ya era verano.
Una tras otra las estaciones se sucedían sin ningún cambio, al igual que su vida desde que llegaron a Galador hacia ya 190 años. Pero eso no era cierto, muchas cosas habían sucedido en los últimos meses <<Demasiadas>>
El movimiento bamboleante del caballo la introdujo en el basto mundo de sus pensamientos…
Fue en un viaje al sur, con Caleth, cuando regresó a la cruda realidad a la que había pertenecido. Allí, además de encontrarse cara a casa con los recuerdos de pasado, descubrió con horror como aun la crueldad seguía anidando en los corazones de hombres y elfos. <<Pobre Imirk>>, cómo olvidar el nombre de aquel muchacho, hijo bastardo del rey de Breald, que había sido maldito por el hombre al que él llama “padre”. <<Los dioses juegan con nosotros>> Y así era. Ella, sacerdotisa baradar, servidora de Yenna, había entrado en ese “juego” en el momento que entregó su pureza como ofrenda a la Gran Diosa para que ésta protegiera a su hermano Tathâral. Y Yenna había aceptado su petición, y Althira se había visto obligada a cumplir su palabra. <<Fui tan egoísta, Caleth>>. Y de algún modo así había sido, pues pesó más en su corazón el amor que sentía por su hermano que el que sentía por el aldalantar.
Althira sentía un gran afecto por aquel compañero de su hermano que se mostraba siempre muy atento con ella. Y, aunque no le amaba, estaba dispuesta a unir su vida a la de Caleth. Era un buen elfo, y sabía que con el tiempo aprendería a amarle.
Pero entonces todo cambio. La elfa había atado su vida a la de Yenna con aquella promesa y Caleth se enteró de la peor forma posible: cuando fue a pedir su mano. La sacerdotisa lo recordaba como si fuera ayer. Había sido en el jardín trasero de su casa, una tarde de primavera. Jamás olvidaría el rostro del elfo cuando le dijo que ante ellos se interponía una promesa. <<Nada me impide seguir amándote>>, fueron las últimas palabras del elfo antes de marcharse.
Poco después la guerra, y la huida a Galador. Durante todo aquel tiempo, por asombros que pareciera, no habían vuelto a coincidir. Ella sabía de él por lo que su hermano la contaba. Tathâral le había ofrecido en varias ocasiones ascender a Caleth al puesto de comandante para que así formara parte de su pequeño consejo, pero el elfo siempre lo había rechazado alegando que había gente más preparada que él. Althira sabía el verdadero motivo por el que declinaba el ofrecimiento: aun culpaba a Tathâral de su desdicha.
Pero su hermano, ajeno a todo aquel asunto, le había encontrado un puesto de más honor: ser el escolta de Althira. Puesto que no pudo rechazar porque el artadako apeló a su antigua amistad <<En qué momento Tath>>. Los viajes no eran fáciles para ninguno de los dos. Se taraban con el protocolo que requerían sus posiciones: ella, assanâ baradar consagrada a Yenna, miembro del Arature y representante de su Arani; él capitán ainadakar. El pasado no existía, al menos para ellos.
Durante su viaje a Nilme Istyalvao, en busca de respuestas a la inundación de Neitillot, tuvo mucho tiempo para pensar en su aquella situación, y en cómo podía ponerle fin, pues estaba cansada de tener que depender siempre de alguien, especialmente del capitán aldalantar. Althira había llegado a una única conclusión: debía volver a empuñar un arma. Necesitaba demostrase que era autosuficiente <<Como Sura>>.
Por eso se encontraba allí, cabalgando bosque a través, alejándose lo más posible de Attayanaru y acercándose hacia Dakosto. Un punto intermedio entre los dos templos sería el lugar perfecto para su plan: ningún sacerdote baradar o khalnar se alejaría de Attayanaru, y ningún dakar saldría más allá de las murallas del recinto. Y además estaban "Ellos", se sentía más segura si se encontraba rodeada de árboles. <<Ellos me ayudarán>>
Su caballo cambió el ritmo de marcha. La elfa regresó a la realidad, se encontraba en un pequeño claro. Miró al cielo, el sol se alzaba por lo menos un palmo. Debía llevar una hora de marcha. Aquel era el lugar. Desmontó y quitó todos los arreos del caballo <<Te mereces un descanso, amigo>>, le apremió.
Tras amontonar las cosas junto a un árbol, abrió la alforja y sacó aquel objeto. Lo llevó hasta el centro del claro y allí lo dejó en el suelo. La sacerdotisa reparó en sus ropas. La túnica le restringiría los movimientos y la pequeña hoz de plata…no era seguro tenerla encima mientras durase todo aquello.
Desenganchó la hoz de la delgada tira de cuero que hacía las funciones de cinturón; a continuación desprendió los dos alfileres que sujetaban el velo a la cabeza, y se quitó el único signo que la identificaba como sacerdotisa consagrada a Yenna: una fina diadema de plata. Todo ello lo dejó sobre su bolsa.
Regresó junto al objeto, pero antes de inclinarse sobre él, tomó el bajo de su túnica y lo sujetó metiéndolo a través de su cinturón. Ahora tendría mayor libertad de movimientos. Se arrodilló de nuevo, y esta vez comenzó a desenvolverlo. Se notaba en la dureza del cuero que hacía 190 años que no lo abría.
[Editado por Eldin_de_Lorien el 09-11-2008 22:00]
