La Guerra de los Clanes

Baile Del Aldalaurë

Escribiéndose...
Escrito el 09-11-2008 21:14 #1

“Primer día tras el viaje de Nilme Istyalvao”

Althira estaba en su despacho de Ornayanar. Sobre la mesa descansaba un bulto alargado envuelto en un cuero basto. La sacerdotisa, sentada en su silla, observaba aquel objeto <<¿A qué esperas?>> Sin pensarlo lo agarró, tomó su bolsa y salio de la habitación encaminado sus pasos hacia los establos del templo. En el transcurso de ese recorrido encontró a un ayudante << Informa a Ithairas de que me ausentaré todo el día>> le había dicho.

Llegó al establo. Allí el mozo comenzaba a atender a los primeros caballos del día.

— ¿Mi caballo?

— Si acabáis de llegar, assanâ — se defendió el joven que comenzaba a sentirse saturado por el trabajo — , aun está ensillado…

— Perfecto — interrumpió.

Se dirigió a su montura y tras meter todo lo que necesitaba en la alforja, montó y salió del establo no sin antes despedirse del mozo.

El cielo comenzaba a clarear en el este, pronto los rayos del sol bañarían el bosque. Mientras tanto Althira disfrutaba del último frescor de la madrugada que pronto sería sustituido por el calor de la mañana. Ya era verano.

Una tras otra las estaciones se sucedían sin ningún cambio, al igual que su vida desde que llegaron a Galador hacia ya 190 años. Pero eso no era cierto, muchas cosas habían sucedido en los últimos meses <<Demasiadas>>

El movimiento bamboleante del caballo la introdujo en el basto mundo de sus pensamientos…

Fue en un viaje al sur, con Caleth, cuando regresó a la cruda realidad a la que había pertenecido. Allí, además de encontrarse cara a casa con los recuerdos de pasado, descubrió con horror como aun la crueldad seguía anidando en los corazones de hombres y elfos. <<Pobre Imirk>>, cómo olvidar el nombre de aquel muchacho, hijo bastardo del rey de Breald, que había sido maldito por el hombre al que él llama “padre”. <<Los dioses juegan con nosotros>> Y así era. Ella, sacerdotisa baradar, servidora de Yenna, había entrado en ese “juego” en el momento que entregó su pureza como ofrenda a la Gran Diosa para que ésta protegiera a su hermano Tathâral. Y Yenna había aceptado su petición, y Althira se había visto obligada a cumplir su palabra. <<Fui tan egoísta, Caleth>>. Y de algún modo así había sido, pues pesó más en su corazón el amor que sentía por su hermano que el que sentía por el aldalantar.

Althira sentía un gran afecto por aquel compañero de su hermano que se mostraba siempre muy atento con ella. Y, aunque no le amaba, estaba dispuesta a unir su vida a la de Caleth. Era un buen elfo, y sabía que con el tiempo aprendería a amarle.

Pero entonces todo cambio. La elfa había atado su vida a la de Yenna con aquella promesa y Caleth se enteró de la peor forma posible: cuando fue a pedir su mano. La sacerdotisa lo recordaba como si fuera ayer. Había sido en el jardín trasero de su casa, una tarde de primavera. Jamás olvidaría el rostro del elfo cuando le dijo que ante ellos se interponía una promesa. <<Nada me impide seguir amándote>>, fueron las últimas palabras del elfo antes de marcharse.

Poco después la guerra, y la huida a Galador. Durante todo aquel tiempo, por asombros que pareciera, no habían vuelto a coincidir. Ella sabía de él por lo que su hermano la contaba. Tathâral le había ofrecido en varias ocasiones ascender a Caleth al puesto de comandante para que así formara parte de su pequeño consejo, pero el elfo siempre lo había rechazado alegando que había gente más preparada que él. Althira sabía el verdadero motivo por el que declinaba el ofrecimiento: aun culpaba a Tathâral de su desdicha.

Pero su hermano, ajeno a todo aquel asunto, le había encontrado un puesto de más honor: ser el escolta de Althira. Puesto que no pudo rechazar porque el artadako apeló a su antigua amistad <<En qué momento Tath>>. Los viajes no eran fáciles para ninguno de los dos. Se taraban con el protocolo que requerían sus posiciones: ella, assanâ baradar consagrada a Yenna, miembro del Arature y representante de su Arani; él capitán ainadakar. El pasado no existía, al menos para ellos.

Durante su viaje a Nilme Istyalvao, en busca de respuestas a la inundación de Neitillot, tuvo mucho tiempo para pensar en su aquella situación, y en cómo podía ponerle fin, pues estaba cansada de tener que depender siempre de alguien, especialmente del capitán aldalantar. Althira había llegado a una única conclusión: debía volver a empuñar un arma. Necesitaba demostrase que era autosuficiente <<Como Sura>>.

Por eso se encontraba allí, cabalgando bosque a través, alejándose lo más posible de Attayanaru y acercándose hacia Dakosto. Un punto intermedio entre los dos templos sería el lugar perfecto para su plan: ningún sacerdote baradar o khalnar se alejaría de Attayanaru, y ningún dakar saldría más allá de las murallas del recinto. Y además estaban "Ellos", se sentía más segura si se encontraba rodeada de árboles. <<Ellos me ayudarán>>

Su caballo cambió el ritmo de marcha. La elfa regresó a la realidad, se encontraba en un pequeño claro. Miró al cielo, el sol se alzaba por lo menos un palmo. Debía llevar una hora de marcha. Aquel era el lugar. Desmontó y quitó todos los arreos del caballo <<Te mereces un descanso, amigo>>, le apremió.

Tras amontonar las cosas junto a un árbol, abrió la alforja y sacó aquel objeto. Lo llevó hasta el centro del claro y allí lo dejó en el suelo. La sacerdotisa reparó en sus ropas. La túnica le restringiría los movimientos y la pequeña hoz de plata…no era seguro tenerla encima mientras durase todo aquello.

Desenganchó la hoz de la delgada tira de cuero que hacía las funciones de cinturón; a continuación desprendió los dos alfileres que sujetaban el velo a la cabeza, y se quitó el único signo que la identificaba como sacerdotisa consagrada a Yenna: una fina diadema de plata. Todo ello lo dejó sobre su bolsa.

Regresó junto al objeto, pero antes de inclinarse sobre él, tomó el bajo de su túnica y lo sujetó metiéndolo a través de su cinturón. Ahora tendría mayor libertad de movimientos. Se arrodilló de nuevo, y esta vez comenzó a desenvolverlo. Se notaba en la dureza del cuero que hacía 190 años que no lo abría.

[Editado por Eldin_de_Lorien el 09-11-2008 22:00]

Escrito el 11-11-2008 18:47 #2

El ruido prolongado de las armas al chocar retumbaba en los alrededores. Parecía ser tan natural allí como el canto de los pájaros, continuo y perdido en la naturaleza. Pero detrás de aquellas murallas verdosas la naturaleza estaba ordenada y contenida. Los Aldalântar habían combinado la fuerza de los árboles y la naturaleza en todas sus construcciones, pero allí, en Dâkosto, el templo-cuartel, la naturaleza tenía su papel limitado. O eso le parecía a Vorondhisiê.

A su alrededor había árboles y arroyos, pero la muralla no dejaba de ser un refugio en medio del bosque. Y aunque la vegetación tenía su papel dentro de la fortaleza no se le permitía expandirse más allá de su territorio. Esa era la casa de los guerreros. Guerreros del bosque pero guerreros al fin y al cabo.

- Ojala hubiéramos visto esto en nuestro tiempo…

- ¿Perdón? – Preguntó un joven armado que seguramente caminaba hacia su próximo entrenamiento.

- Nada, no decía nada. – Le hizo un gesto con el brazo, a lo que el elfo contestó manteniendo su camino. Se perdió unos minutos en sus recuerdos, entre batallas de hermanos y enemigos caídos. Todo por huir.

No pudo más con su pesar y decidió levantarse y salir de allí. Había hablado con Tathâral y ambos habían acordado que quizás no fuera el momento idóneo para presentarse en la ciudad. Habían hablado de su pasado casi abiertamente y habían sopesado que debían mover las piezas con tranquilidad.

“Además – pensó – no tengo ganas de presentarme a ninguna ceremonia ritual ni ningún consejo para explicar mi caso. Saldré de esta yo sólo”.

Se levantó y empezó a dar el rodeo que le había llevado hasta una de las partes más ocultas de Dâkosto. En el paseo no se pudo resistir a echar un vistazo a los templos que allí se encontraban. Rezó una corta oración en cada uno de ellos, comenzando por el del Dâkeru, señor de los guerreros y de aquel lugar en particular que le daba casa y comida por el momento. Se conmovió al recordar el antiguo templo de Yenna en su tierra natal, rezó a Kelve, a los Aldar, en especial al Aikaire, pero no oró a Nensir. Rezó en cambio a su antiguo nombre y por el cual él lo conocía y su padre le había enseñado, Earaláva el árbol de vida. Aún no había pasado los rituales de Nensir y no quería hacerlo. Para él su antiguo hogar estaba lejos al sur, había matado por huir de allí pero mataría por volver y recuperarlo. Nensir era para él un extraño al que todos parecían conocer bien.

Terminó así sus rezos y su paseo cavilando sobre ello y se encontró ante la gran puerta de metal negro. Los guardas le preguntaron a donde se dirigía y contesto abiertamente que solo quería despejarse. Lo que no les dijo es que no sabía cuanto tardaría en hacerlo. Le gustaría caminar hacia las montañas y evadirse en ellas. Pero no conocía lo suficiente el terreno así que optó simplemente por seguir una línea recta a través del bosque, hasta que encontrara un lugar adecuado para sentirse solo y bien. Aseguró sus espadas cortas a sus costados, y caminó un trecho hasta que estuvo seguro de tener una vista panorámica del cuartel. Cuando había llegado apenas se había fijado pero ahora le parecía que aquello era una gran obra para el tiempo que llevaba fuera. Mientras él estaba preso su pueblo había crecido y había sobrevivido mucho mejor de lo que esperaba al paso del tiempo.

Dejó atrás el foso y los jardines antes de perderse en la espesura del bosque del norte. No sabía como pero podía sentir la presencia del mar tras las montañas. Se preguntó si podría dirigirse hacia allí pero supuso que si no lo encontraban demasiado lejos desconfiarían de él. Mantuvo el ritmo hacia el sur. Corrió entre los árboles como si fuera un animal salvaje, vestido con ropas decentes las cuales se alegraba de tener por fin, y anduvo de vez en cuando contemplando el cielo entre la espesura. De vez en cuando se tumbaba en el suelo y hablaba en susurros con la hierba. Sabía que esto hería a veces la sensibilidad de los que lo rodeaban y empezaban a cuestionarse su integridad mental, pero la hierba era simplemente para él como su propia madre. Y sobre todo, la hierba conseguía hacerlo reír aún, a pesar de todo lo que le había pasado. Volvió a buscar a su alrededor algún sigo de un abeto aunque sabía que la esperanza era vana. Ellos crecían en la montana, silenciosos y obcecados como él, con todo el terreno limpio para sentirse su dueño.

La hierba le habló, como siempre, entre risas, y le preguntaba si no le apetecía correr como en los viejos tiempos. Se reía a carcajadas de sus trenzas, las que le mantenían unido el cabello atigrado desde la nuca.

- Admito que me apetece correr, pero las trenzas por mal que me queden seguirán ahí por un tiempo. ¿de acuerdo pequeña?

El silencio siguió a sus palabras, al menos en el bosque. Estiró los brazos y comprobó sus espadas. Miró con sus ojos grises la profundidad del bosque y la asimiló. Respiró profundamente, una, tres, siete veces, y sus piernas saltaron como un resorte. Corrió de nuevo por el bosque, a veces en circulo, a veces saltando para agarrarse de las ramas de los árboles, mantuvo el ritmo y la respiración, esquivó rocas y procuró no asustar a los animales que le rondaban. Continuó un rato así, manteniendo su cuerpo al límite, desengrasándolo como llevaba haciendo desde que saliera de los calabozos de los Uonu-nyrr. Eso le recordó el latigazo, el golpe que le dejó inconsciente en plena carrera. Su cuerpo se tensó y se paró en seco, haciendo mucho más ruido del que pensaba hacer. Apoyó sus manos en las rodillas y suspiró.

- Debo soportar ese recuerdo – dijo en voz alta sin calcular el tono de su voz. No reparó en ello hasta que sintió movimiento a su izquierda.

[Editado por Avaesse el 11-11-2008 18:48]

Escrito el 12-11-2008 01:57 #3

Apartó el cuero, la funda de lino no había aguantado tan bien el paso de los años, deshizo los nudos con un extraño cuidado <<No recordaba que los hubiera apretado tanto>> Sí, lo recordaba, pero no quería, había atado con fuerza aquellas cuerdas sellando con ellos la infinidad de recuerdos que formaban su pasado. Ahora deshacía los nudos con una delicadeza extrema, como si temiera que aquellos recuerdos se fueran a romper también. Ya sólo tenía que tirar de la tela hacia un lado… y ahí estaba, la guarda de una espada junto a su tahalí.

Sus dedos recorrieron la empuñadura de marfil deteniéndose en cada una de las runas de plata,<<Tarya>> pensó mientras pasaba uno a uno por los símbolos que formaban el nombre. Continuó por la guarda jugueteando con los intrincados motivos de hojas y flores que representaban a su Onnar.

Hacía que no la tocaba desde…que llegaron a Galador. Había querido olvidarla, o más bien todo aquello que ella significaba. <<Una espada nunca trae nada bueno>> solía pensar, pero ahora, por extraño que le pareciera, se alegraba de tenerla de nuevo entre sus manos.

Cerró los ojos y pidió a Yenna, y a su Onnar, y a los Veinticinco Sagrados que la ayudaran con aquello. Entonces, de improviso, un movimiento de hojas sonó a su derecha. Los Dioses respondían << Debo soportar ese recuerdo>> . Un escalofrío recorrió el cuerpo de la elfa, los dioses se podían manifestar de muchas maneras, pero no solían utilizar la voz para tal fin, Ellos eran más sutiles. Althira desenfundó la espada corta, no tendría posibilidades, pero al menos contaba con el factor sorpresa del que tanto hablaba su hermano. <<Una, dos y tres>> se aproximó hasta el roble. Respiró profundamente, agarró la empuñadura de la mejor forma que recordaba <<Una, dos…>>

Escrito el 11-03-2009 02:38 #4

"Eres parte del bosque y el bosque es parte de ti." Se agazapó. Movió en silencio sus pies y manejó su diafragma para no hacer ruido con la respiración. Debía de haberle costado por la carrera, pero seguía manteniendo un autocontrol perfecto de su cuerpo. El tronco del árbol a su espalda resultaba ser el escondite indicado para su cuerpo.

"Me ha oido - pensó - no hay duda de ello" Le costaba oir sus pasos, era bastante bueno ocultando su presencia fuera quién fuera. Pero no se había centrado aun en su respiración. Su acechante estaba nervioso y no esperaba encontrar a nadie allí. Se escuchaba claramente en su respiración.

Comenzó el largo y silencioso trabajo de sacar una de sus makil de su vaina. Sacar ambas a la vez sería demasiado arriesgado, y el tronco solo le cubría lo suficiente por la derecha. Lo consiguió.

Vorondhisiê se mantuvo espectante. Su oponente se acercaba y sería muy dificil que no intentara mirar tras ese árbol. Por qué lado y con cuánta eficacia era lo que necesitaba saber. Pero confiaba en sí mismo... y en su espada. Sintió la respiración acercarse. En ese momento justo pareció percatarse de que su respiración lo delataba. Voron no tenía más pistas. Se le había acabado el tiempo. Su instinto de supervivencia apareció dentro de él.

Recorrió la corteza del árbol con su cuerpo, el ruido le delató lo justo para que su oponente reaccionara intentando atacar. Se encontró cara a cara con él pero solo tenía ojos para la espada que se le acercaba. Las estocadas eran precisas y certeras, pero algo anticuadas y faltas de reflejos. En el mismo tiempo que tardó en hacer caer la espada de su oponente y casi golpearlo en el rostro cayó en la cuenta de contra quién peleaba. Su puño cerrado sobre la hoja paró a pocos centímetros de la cara de Althira. Sus ojos verdes observaban su rostro con la fustración plasmada en ellos.

- Deberías entrenar esos movimientos...

[Editado por Avaesse el 11-03-2009 02:46]

Escrito el 15-03-2009 02:02 #5

Todo transcurrió tan rápido que Althira no tuvo tiempo de reaccionar.

— Deberías entrenar esos movimientos...

El elfo había detenido su puño tan cerca del rostro de la sacerdotisa, que ésta había podido sentir el calor que emanaba de su piel. Así que era Vorondhîsie. Althira cerró los ojos y dejo escapar un profundo suspiro para eliminar la tensión que, en tan pocos segundos, se había acumulado en ella.

La elfa abrió de nuevo los ojos, e hizo el ademán de agacharse pare recoger la espada, pero el Voron, una vez más, fue más ágil que ella y con una rápida inclinación tomó el arma y se la tendió a su dueña.

Althira fue a cogerla con la mano diestra, pero al hacerlo sintió un molesto pinchazo en la muñeca que intentó disimular para no hacer el momento más penoso de lo que ya era.

— Por increíble que parezca, es lo que intentaba hacer —respondió en tono adusto, muy impropio de ella, mientras agarraba con fingida fuerza la empuñadura de la espada—. Gracias. Y ahora dime, ¿qué haces aquí?

Se lamentó del tono con que había hecho la pregunta en el mismo momento en que la formulaba. No solía ser desagradable al trato, pero aquel elfo había dañado el poco orgullo que la elfa podía tener "Estás siendo injusta con él". La sacerdotisa, sin esperar a que Voron respondiera, se volvió hacía el claro en busca de la guarda de la espada, pues no podría mantenerla por mucho más tiempo sujeta por la mano derecha. El dolor de la muñeca comenzaba a ascender rápidamente y ahora sentía un molesto hormigueo por el brazo.

[Editado por Eldin_de_Lorien el 15-03-2009 02:10]