Fin Guerra: Maianor deja de Atacar
Armadas perdidas por "Maianor" = 22
Armadas perdidas por "Narwä Hilyatâri" = 28
Narwa pierde el control de la ciudad

Fin Guerra: Maianor deja de Atacar
Armadas perdidas por "Maianor" = 22
Armadas perdidas por "Narwä Hilyatâri" = 28
Narwa pierde el control de la ciudad
La niebla se había asentado en el Távirindo, el tiempo comenzaba a ser frío y lluvioso, los grises cielos de Ngetal ya habían llegado a aquella región costera de Rómenor y muy probablemente no la abandonarían hasta bien entrado Nion.
En mitad de aquella perdida tierra se levantaba una antigua cabaña de pescadores, era muy antigua como demostraba su diseño, típico de pueblos pesqueros de comienzos de la Segunda Edad; gracias a unos grandes pilones el suelo de la cabaña se encontraba varios palmos sobre el suelo, evitando así que el local se inundara con las subidas de las mareas.
Se acercaba el anochecer y una figura encapuchada se abría paso trabajosamente a través de las traicioneras ciénagas, intentando llegar a la cabaña antes de que comenzase a llover. Una tenue y temblorosa luz brillaba a través de la ventana, alguien estaba esperándole; no era una visita imprevista, pero sí poco deseada.
-Has venido desde muy lejos para visitar a un amigo, Hador.
-Sabes muy bien que no es una visita de cortesía, Milzor. Nunca he soportado este olor a pescado y salitre.
-Vaya, vaya… así que alguien reniega de sus raíces. Tus ancestros eran grandes pescadores, descendientes de una de las ramas de los Borhala.
-No eres el más indicado para criticar mi abandono del negocio familiar, Milzor hijo de Nalzor Gran Comandante de las Legiones de Dasarohe, descendiente de la gran Casa de Nâcor que antaño dominaba todo lo que ahora es el Aldalaurë.
-Bien, ahora que ya hemos comprobado que ambos conocemos la genealogía del otro, cuéntame ¿para qué has venido hasta Távirindo?
-Los Nurulântar han vuelto a tomar Nirent y los comandantes creen que tu presencia nos ayudará a recuperarla.
-Ya no me dedico a la guerra… llevo años retirado de toda esa barbarie.
-Precisamente, creen que al haberte convertido en un Sacerdote de Laithró, puedes conseguir su favor y con él nosotros conseguiríamos la victoria.
-Eso no son más que tonterías, todo Rómenor sabe que Laithró es neutral. Sólo intervendrá en los asuntos del continente si el Maldito lo hace primero y de momento no ocurrirá… sus sirvientes son más que suficientes para sus propósitos.
-Pero recuerda lo que ocurrió en el Dies Canens. Llevábamos meses intentando expulsar a los extranjeros y justamente ese día, contigo en la ciudad, conseguimos finalmente nuestro objetivo.
-Pura casualidad… si realmente Laithró estuviese en contra de los Nurulântar los habría expulsado de Vanwielie, recuerda que los Yárai son su pueblo protegido.
-Puede que expulsarlos de Vanwielie exponga muy claramente sus intenciones y afinidades, por eso busca otros medios para debilitar a los Nurulântar y así obligarles a replegarse y dejar las tierras de los Yárai.
No puede ser sólo una casualidad que, después de tantos intentos, fuera el Dies Canens el día en el que conseguimos expulsar a los extranjeros. Ese día es el único en el que el Maldito teme realmente a Laithró, es el día en el que el Señor de los Bosques puede utilizar toda la energía de los seres que viven en el continente.
-Si realmente lo conocieras y supieras cómo piensa, sabrías que sólo se trató de una coincidencia…
-Aunque así fuera, tu mera presencia en las calles de Nirent dará fuerza a nuestros hombres y mujeres, quizá la necesaria para volver a expulsar a los Nurulântar de nuestras calles. Debes regresar a la ciudad, te necesitamos Milzor.
-Me lo pensaré, Hador. Ahora si no te importa he de descansar, si no quieres viajar de noche puedes quedarte en la cabaña hasta el amanecer.
Gritos de desaprobación y desesperación resonaban desde la explanada de aquel pequeño
jardín, causando un malestar general en todos los alumnos, sacándolos de sus oníricos pensamientos.
-¡Maldita sea! maldita la hora en que se me ocurrió dibujar estos rayajos mal pintados grrrr-
Refunfuñó un alumno de primera fila apoyado en el tronco de un joven árbol, tirando de inmediato la
cuartilla a los pies del maestro. Un hombre ya entrado en años de aspecto destartalado, barba de
tres días, nariz aguileña y en sus ojos se diferenciaban pronunciadas ojeras por la falta de sueño,
largos mechones de pelo le caían por sus hombros desprendidos de su ya escasa cabellera
blanca.
-¿Por qué te enfadas hijo?- Preguntó preocupado el anciano arrodillandose para coger el dibujo.
-Es imposible copiar esos garabatos-.Refunfuñaba Arlet
-No todo es imposible... Déjame ver esos "garabatos"-.
-Son todo tuyos-. Dijo el joven agitando las manos en modo de desprecio.
El maestro cogió la cuartilla, sucia por los borrones a los que la habían sometido durante toda
la clase. En el rostro del anciano se esbozó una expresión de asombro e intriga.
-Arlet... ¿De dónde has sacado este dibujo?-. Preguntó Maltadain.
-Lo robé-. Contestó indignado el joven.
-¿Lo robaste?¿Dónde?- Continuaba preguntando, ansioso por una respuesta
-En el mercado, la semana pasada- Respondió el alumno, cobarde ante el tono agresivo de Maltadain.
-¿A quién se lo robastes?-.
-No lo sé, el mercader estaba en la trastienda, y cuando lo robé no miré atrás-. Explicó Arlet.
-Humm cuanto tiempo habrá estado dando vueltas por la tierra del sol este dibujo. Lo recuerdo de
cuando yo era niño, mi maestro me contó la historia de estos "garabatos" como tú lo llamas-.
-¿Quién lo dibujó?- Curioseó el niño.
-Se llamaba Herkeblam, era nuevo en la tercera compañía de Narwä Hilyatâri, repudiado por su estatus
al ser un Edlâr-.
-Espera... ¿Narwä Hilyatâri? Pero maestro, ¿eso qué es? ¿cuánto tiempo hace de eso?-.
-Jajaja- Rió Maltadain. -Desde hace mas años de los que tú llegaras a vivir-. Siguió riendo. -Apenas
recuerdo yo la historia.-
-Podrías contárnosla maestro, si, si-. Decían algunos jóvenes curiosos.
-Está bien, está bien, sentaros cerca y no armeis jaleo-. Ordenó el maestro. -Mirar-. Dijo levantando el
lienzo de cara a los alumnos, dejando ver los trazos que convergían en una gran mezcla de bellos colores y
sombras en lo que parecía una gran batalla. -Se llama Nirent, fue una gran perdida. Bueno ahí va la historia-.
Concluyó Maltadain
(...)
Un elfo caminaba solo por el campamento nuru, sorteando escudos, yelmos y diveros artilúgios para acabar
con cuantas más vidas mejor. Los elfos que dejaba atrás cuchicheaban rumores que llegaban léntamente a
las alargadas orejas del elfo, hasta llegar a ser insoportables.
-Todo extranjero se pregunta todas las carencias que sufren los de su tierra. Yo no he firmado nada, soy
nuru de corazón y no necesito que ninguno de vosotros me recordéis el estatus social de donde vengo-.
Vociferó y volviendose hacia delante siguió caminando callando todos esos cuchicheos.
Llegó a sobrepasar las puertas de la ciudad, adentrandose en un callejon no muy transitado pero adornado
con caros y elaborados ornamentos. Herkeblam cogió a cinco soldados de los que llevaba detrás y se internó en una de las
decoradas puertas del callejón. Dentro se encontraban los dirigentes de la compañia Hisiê Menelion y Myodul
Anâekhale, cuyas amistades parecian no haberse cruzado nunca.
[Editado por fredo el 16-11-2008 14:37]
-Debéis dar la orden de partir, mis tropas alcanzarán la ciudad al atardecer y efectuarán el relevo de las tuyas…entiéndelo Myodul, tus tropas no están lo suficientemente preparadas para lo que se avecina, habéis sufrido considerables pérdidas durante la reconquista y no es poca la amenaza que nos acecha, presiento un gran ataque por parte enemiga. Ya perdimos una vez el control de la ciudad-dijo la elfa mirando fijamente a los ojos de su oyente, estaba segura de que él recordaba…-no volveremos a perderla.
-Pero…-Myodul se resistía a ceder aunque sabía que no podría desobedecer una orden directa de su superior.
-Por honor a vuestra victoria en la batalla se os concede quedaros a nuestro lado, Myodul,-cortó la elfa de raíz- pero tu ejército debe ser relavado.
-Hisiê…-dijo una tercera voz a su espalda, interrumpiéndola.
La elfa se giró sobre sus talones, al ver la cara de su interlocutor frunció el ceño con desagrado. Herkeblam, el elfo de procedencia Edlâr, había entrado en la trastienda donde los dirigentes se ocultaban sin hacer ruido alguno osándose a llamarle por su nombre…
-¿No os enseñan a respetar a un Arken en la academia, elfo?-dijo la elfa con notable desprecio.
El elfo, con semblante sereno, ignoró la pulla de su compañera, al fin y al cabo ya estaba acostumbrado a este tipo de ataques provenientes de los nurulantar que se creían más dignos que él de pertenecer al ejército. Él había llegado donde estaba gracias a su esfuerzo…eran tan merecedor de ello como cualquier nurulantar.
-Todo está preparado para el relevo, el ejército se encuentra en posición, solo falta que “vos”-su tono era claramente una burla- deis la orden pertinente.
-Está bien Herkeblam, en seguida voy. Myodul, venid conmigo. Seguidme.
Todo se sucedía con normalidad, bajo la supervisión de Hisiê, sus soldados habían comenzado a ocupar los puestos que anteriormente habían sido ocupados por los elfos de Myodul. La elfa le observaba y no podía sino pensar en el cambio sufrido por su nuevo compañero. Recordaba a un joven y tembloroso elfo ahogado en su propio nerviosismo la última vez que sus pies pisaran aquellas tierras. Seguía siendo aquel joven inquieto pero silencioso, pero había una diferencia ahora, leve a los ojos si no sabían observar.
En realidad, su desprecio hacia Herkeblam era fingido, poco le importaba a ella de dónde viniera mientras en el campo de batalla efectuara su labor con certeza. Pero él debía ganarse su respeto, y eso, era algo que la elfa no pensaba facilitarle.
De repente, un claro cantar de un cuerno sacó a la elfa de sus pensamientos. Varios cuernos más se unieron al primero. Una saeta voló a su lado clavándose en el poste de madera que se encontraba a su espalda. Una tromba de flechas surcó el cielo oscureciendo el rojo horizonte momentáneamente.
Varios soldados cayeron a sus pies.
-¡NOS ATACAN!-gritó la elfa casi rompiendo sus cuerdas vocales.-¡Todos a sus puestos! ¡Nos atacan!
Y así, al anochecer de aquel nefasto día, una terrible y sangrienta batalla daba comienzo en la ciudad que tantas veces se les había resistido.
-Maldita la hora en que pusimos nuestros ojos en ti-pensó enfurecida la joven-¡serás nuestra o moriremos en el intento!
En una tranquila y oscura taberna, un grupo de personas conversaba tranquilamente hasta que la aparición de una nueva figura les hizo silenciarse. El recién llegado vestía una capa llena de manchas de barro y despedía un fuerte olor a humedad y salitre, se acercó a la mesa en la que instantes antes estaban manteniendo una conversación y tomó asiento entre una mujer de rojos cabellos y un anciano de larga barba gris.
-¿Y bien? –preguntó la mujer.
-Milzor no vendrá –respondió Hador, el recién llegado.
-¿Y qué haremos ahora? –volvió a preguntar la mujer-. Aunque no hubiésemos conseguido el favor de Laithró, la presencia del Daru habría aumentado la moral de los ciudadanos.
-Tranquila Tindome –intervino el anciano-. Milzor puede ser el Daru más conocido del Aldalaurë, pero no el único. Contamos con un trío de Darei que nos ayudarán en la revuelta. Repítenos el plan de la batalla, Hador.
-Estamos convencidos de que a Laithró no le agrada que los nurulântar hayan tomado la capital de los Yárai y que, por tanto, cualquier ataque para debilitarlos cuenta con su beneplácito y ayuda. Él no ataca directamente a los ocupantes de Vanwielie para evitar llamar la atención del Hermano, sus acciones en la guerra son más sutiles, como cuando nos ayudó en la revuelta del Dies Canens, su día sagrado.
Para pedir el auxilio de Laithró, los Darei organizarán una ceremonia cuando la luna del plenilunio aparezca en el cielo, y hasta que vuelva a desaparecer en el oeste, tendremos la ayuda del Anciano.
-Si somos rápidos en nuestro ataque, dentro de tres días seremos de nuevo libres –concluyó Tindome.
(…)
Los días pasaron tranquilos mientras la noticia de la revuelta se extendía por todos los barrios de la ciudad, la única novedad fue la llegada de un inusual viento del desierto que trajo consigo una importante cantidad de arena. Algunos de los habitantes de Nirent tomaron este inesperado vendaval como una señal de la llegada de un Gran Poder a la ciudad, lo que inflamaba sus ánimos y los hacía más beligerantes.
Por fin llegó el día de la revuelta, cuando estaba próximo el ocaso, los Darei se dirigieron a un pequeño altar en las proximidades del camposanto de la ciudad y comenzaron con su letanía.
Cuando el pálido rostro de la luna hizo su aparición en el firmamento, los habitantes de Nirent se lanzaron al ataque contra los nurulântar.
La lucha estuvo muy igualada hasta que el último rayo de sol desapareció del cielo, los habitantes de la ciudad habían velado todas las luces y el tenue brillo de la luna daba una pequeña ventaja a los atacantes, pues ellos conocían mejor los recovecos de la ciudad. Poco a poco los nurulântar estaban siendo empujados a la parte baja de la ciudad, la zona de los diques que impedían que se inundasen las calles de Nirent. Los nurulântar sabían que en los diques debían de haberles preparado una trampa, pero eran incapaces de frenar el empuje de sus atacantes.
Finalmente las tropas nurulântar se encontraron en la Plaza del Dique y en algunas calles colindantes, pero nada ocurrió, salvo que el cielo se nubló completamente y la luna dejó de iluminar las calles de Nirent.
En aquella oscuridad, la fuerza de los contendientes volvía a igualarse, pues a pesar del mayor conocimiento del terreno por parte de los atacantes, los nurulântar estaban mejor entrenados y la oscuridad no les impedía dar golpes certeros a sus enemigos.
Los nurulântar conocían ya muy bien la ciudad de Nirent, sus puntos fuertes y sus debilidades; sabían perfectamente dónde debían extremar la vigilancia, los puntos estratégicos que les otorgaban el control de la ciudad. Por este motivo detectaron enseguida un inusual movimiento de gente en la zona de los diques, frustrando sin saberlo la parte clave de la revuelta que estaba a punto de producirse.
(…)
Pasada la medianoche, con la revuelta a los pies del dique, los atacantes contemplaban sorprendidos cómo su plan no terminaba de funcionar. Unido a este imprevisto llegó otro, la oscuridad total les impedía combatir bien y los nurulântar consiguieron recuperar la iniciativa de la revuelta.
Cuando pensaban que la revuelta había fracasado, dos grandes pájaros negros se posaron junto a Hador y Tindome, líderes de los atacantes. Justo en ese momento las nubes que cubrían el cielo empezaron a diseminarse y Hador pudo reconocer algo en el firmamento:
-¡Menelmacil, la Espada del Cielo llega justo a tiempo. No desesperéis todavía!
Pocos minutos después de esta visión, un inesperado temblor de tierra azotó Nirent; tuvo la intensidad justa para resquebrajar las paredes de algunos diques, que con la ayuda de algunos vecinos terminaron de romperse inundando así gran parte de la ciudad, pues la fuerza de la avenida fue superior a lo que se esperaban todos.
Muchos vecinos de Nirent murieron ahogados por aquella gran crecida, pero los nurulântar salieron peor parados pues no estaban preparados para ninguna inundación.
Las luces del alba aparecían en el cielo cuando los nurulântar decidieron replegarse y abandonar la convulsa ciudad de Nirent.
(…)
Un par de días después de la desaparición de las tropas nurulântar, Hador, Tindome y algún otro líder de Nirent conversaban tranquilamente en una taberna de la ciudad, hablaban de la inesperada inundación, de la inusual fuerza del agua y de la aparición de dos grandes mirlos en mitad del campo de batalla.
-Vuestro orgullo os ha cegado más de lo que yo había esperado –interrumpió un extraño que se encontraba sentado en una mesa contigua. Al girarse y retirarse la capucha, todos pudieron ver que se trataba de Milzor-. Jamás habría esperado que vuestras ínfulas de superioridad fueran capaces de convertir un cuervo en un mirlo. Sí, un cuervo, lo que visteis aquella noche eran cuervos, no mirlos.
Espero que al menos recordéis a quién sirven los cuervos, no fue el Señor de los Bosques quien escuchó vuestro ruegos, fue el Señor de la Aguas quien os auxilió… creo que esto también os explicará la inusual fuerza de las aguas.
Ya os advertí de que Laithró es neutral, nunca intervendrá en los asuntos terrenales… pero no ocurre lo mismo con su Hermano; él no ha dudado en enviar al Señor de los Cuervos a ayudaros y ahora le debéis un favor a Él, Balcnîn.
Cuando se invoca neciamente la ayuda de los Grandes Poderes de Rómenor hay que estar preparado para las consecuencias… esos Darei que utilizasteis no eran más que aprendices, ningún Daru con dos dedos de frente intentaría pedir ayuda a un Poder para una nimiedad como ésta…
Dicho esto Milzor se levantó y se dirigió a la puerta de la taberna, pero antes de salir volvió a dirigirse a los líderes de Nirent:
-Sabed que el Señor de los Cuervos está muy cerca de la ciudad, de momento Laithró está vigilante y le impide entrar, pero esta situación no durará siempre… quedáis avisados.
-Bueno... -dijo Myodul lentamente, tras sorber un largo trago de un jarro de agua-. No parece que hayamos muerto.
Herkeblam le lanzó una mirada asustada y le mandó callar con un gesto. Pero era demasiado tarde; Hisiê le miró con dureza.
-Deja de comportarte como si estuvieses en una taberna -replicó molesta-. ¿A qué viene ese tono? ¿Y por qué estás bebiendo agua? ¿Te crees que eres un ent?
Myodul no respondió.
-Puede que el resultado de la batalla se haya torcido, pero realmente ha habido algo inusual en esa inundación. Las fuerzas de la naturaleza han modificado el curso de muchas batallas en el pasado... ¿Crees acaso que tus tropas habrían podido inclinar la balanza?
-Nunca se sabe -dijo, con terquedad, el elfo-. Pudimos retenerlos antes de la rotura de los diques, pero después tuvimos que replegarnos a las zonas altas y nos dividieron y rodearon con facilidad. Podríamos haber dispuesto de más tropas para organizar una retirada y las cosas habrían sido muy diferentes. Después de todo, sólo era agua; con alejarnos un rato y esperar a que bajase el nivel podríamos haber efectuado una maniobra de contraataque y...
-Claro, sólo agua -bufó Hisiê.
-¿Qué quieres decir? -indagó Herkeblam.
-Nada, nada... -dijo ella, poco convencida.
-En cualquier caso, guarda silencio por una vez -pidió Hisiê-. Intento enviar a la ciudad un informe de daños y Herkeblam hace un esquema de la ruta que seguiremos a partir de ahora. ¿No se te ocurre nada productivo que hacer, Myodul?
El elfo se encogió de hombros. Sin embargo, al cabo de un rato, volvió a abrir la boca.
-Pese a todo lo sucedido, hay que admitir que ha sido precioso -dijo.
Los demás le miraron como si estuviera loco.
-¿Precioso? -preguntó Hisiê-. ¿Por qué, exactamente?
-Esa visión de Nirent inundada, bajo la tormenta, con los diques rotos y el agua recorriendo las calles a sus anchas... Era una imagen tan triste, tan abatida... Me encanta -dijo, y realmente parecía sobrecogido.
-No pensé que fueras tan emotivo -comentó Herkeblam divertido-. Oh, yo podría... -repentinamente comenzó a dibujar con rapidez, dejando el esquema de la ruta a un lado. Pasaron unos minutos, durante los cuales el silencio volvió a acompañarlos y Myodul llenó su jarra otra vez. Finalmente, levantó la cabeza y enseñó al elfo el resultado. Era un dibujo de la batalla, tal como se había descrito ya: las ropas de los soldados centelleando bajo la tormenta, los hombres saltando de un lado para otro, los diques destrozados saltando en pedazos. Herkeblam había firmado en una esquina.
-¡Perfecto! -dijo Myodul impresionado-. A esto precisamente me refería; ha quedado realmente bien. Deberías pasar un tiempo en Nyarôsto alguna vez.
-No creo que sea para tanto -replicó Herkeblam con franca modestia.
-A ver eso... -dijo Hisiê, echando una mirada crítica-. No son más que garabatos.
-¿Cómo que garabatos? -se quejó Myodul, y levantó el papel poniéndolo frente a la cara de la elfa-. ¡Fíjate bien, es genial!
-No te enfades, Myodul, sólo es un dibujo -trató de tranquilizarle Herkeblam.
-Oh, espera, creo que ya veo... -comenzó a decir Hisiê, pero en aquel momento una ráfaga de viento entró en la tienda, arrancando el dibujo de la mano de Myodul y transportándolo lejos. Fue llevado por los aires hasta perderse de vista tras unos árboles.
(...)
-¿Y eso es todo? -preguntó Arlet-. ¿Perdieron y ya está?
-Es una batalla tan antigua que realmente lo que nos importa no es el desenlace, sino lo que se puede extraer de ella -replicó Maltadain, sonriendo con indulgencia-. Sois demasiado jóvenes para entenderlo, pero había detalles muy siniestros en esta narración -negó con la cabeza y retomó el hilo de sus pensamientos-. Bueno, ¿retomamos la clase?
-¡Sííí...! -respondieron los alumnos en tono desanimado, y el maestro prosiguió.
Resumen de la batalla.
Narwa ha perdido 28 armadas x35= 980 puntos.
Recuperables: 441 puntos.
Valoraciones: 7.0 + 7.1 + 9.0 = 7.7
Recupera: 340 puntos. Por acciones heroicas de los personajes recupera 140 puntos. Total recuperación 441 puntos
Pierde: 539 puntos. Por demora en la publicación pierde 70 puntos.
Total pérdida: 609 puntos
Compañías actualizadas y listas.
Historia finalizada.
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