Fin Guerra: Al´Varant deja de Atacar
Armadas perdidas por "Al´Varant" = 25
Armadas perdidas por "Maianor" = 17
Victoria para Maianor

Fin Guerra: Al´Varant deja de Atacar
Armadas perdidas por "Al´Varant" = 25
Armadas perdidas por "Maianor" = 17
Victoria para Maianor
Tras ser derrotados en las inmediaciones de Lambar, los supervivientes varantes buscan refugio en el borde occidental del desierto, en uno de los refugios nómadas excavados en las rocas…
—Así que tú eres Amdir —dijo el hombre. Amdir estaba de pie en la caverna, redonda, con el jefe los nómadas sentado frente a él. El hombre llevaba la indumentaria típica de los nómadas, y el tono azulado de sus ropajes denotaba su estatus de jefe. Amdir intuyó con rapidez que aquel lugar era similar a alguna clase de sala de reuniones; varias alfombras multicolores adornaban el suelo, una multitud de cojines de distintos tamaños, formas y colores se amontonaban entre las paredes de la gruta a modo de improvisados asientos, y varios tapices con figuras adornaban las paredes.
—Soy Keur, hijo de Emar —se presentó el nómada, mirando fijamente al joven Amdir.
—Entonces es a ti a quien debo dar las gracias por la ayuda que recibimos —respondió Amdir con solemnidad.
—Ahhh, la gratitud… —suspiró el nómada. Tras un momento de silencio, continuó: — Siéntate, por favor.
Amdir se sentó sobre un mullido grupo de cojines, dejándose caer en un suspiro, consciente de su agotamiento. Observo con detenimiento al hombre que tenia enfrente, las gruesas cejas, el perfil duro y cortante de las mejillas y nariz, y aquellos ojos grises tan poco comunes entre las gentes del desierto….
— Tus hombres me han dicho que tu tribu fue perseguida por las gentes de Lambar…. —comenzó Amdir, consciente de que los nómadas gustaban de hablar directamente y con claridad.
— Te prevengo de antemano, hombre de Al’Varant. No haremos nada que llame la atención sobre nosotros —le cortó Keur, el nómada.
Amdir frunció el ceño, y se envaró.
—Pero ….
—Tú y tus hombres sois bien recibidos en este refugio —afirmó Keur sin una sola muestra de vacilación— Hablas de gratitud. Muy bien, nos cobraremos esa deuda para que otros como tú puedan darnos las gracias. A no ser que los varantes aprendan de una vez a escuchar al Viento y a lo que Adaner susurra en las noches del desierto.
— ¡Pero durante años os han perseguido! —exclamó Amdir, frustrado. También sabía de la tenacidad de los nómadas, y el cariz que había tomado la conversación no pintaba nada bien.
—Quizá. Pero nosotros también tenemos ojos, soldado de Varendia. Os hemos estado observando; no habéis corrido mejor suerte que nosotros. Es la segunda o tercera vez que Lambar derrota a las gentes de Al’Varant —Amdir agachó la cabeza, con una mueca de desagrado en el rostro y el corazón acongojado—. Así pues, te daré la respuesta que daba mi predecesor a aquellos que actuaban sin pensar. “Pesada es la piedra y densa la arena; pero no son nada comparadas con la furia de un idiota”.
—¿Quieres decir que no vas a hacer nada al respecto? – se sorprendió Amdir, sintiendo cómo la frustración iba invadiendo hasta el último rincón de su mente.
—En ningún momento me has oído decir eso, joven impaciente. Simplemente tengo que proteger a mi gente. Hay muchos caminos para destruir al enemigo.
—Tengo varias cuentas personales con Lambar, muchos amigos han caído.. —Amdir no se daba por vencido. En eso tenía más de nómada que de varante: una indomable tozudez a toda prueba. La tenacidad que los varantes mostraban tenía más que ver con el orgullo que con su propia naturaleza. Era más un asunto de política, del Senado y lo difícil que resultaba que admitiera un error. Para los nómadas era una seña de identidad.
—Uno no debe arriesgarlo todo por liquidar prematuramente una cuenta. Puede llegar a encontrarse con que de repente tiene más de una que arreglar —afirmó Keur. Frunció el ceño al observar el temblor de los músculos en la mejilla de Amdir, la mirada repentinamente ausente de los ojos del hombre.
—Lo sé —Amdir resopló profundamente.
El soldado se levantó del sillón, notando el esfuerzo que le costaba aquel simple movimiento. Suspiró.
—Por ahora creo que comprobaré si los alojamientos que nos has prestado están bien instalados y mis hombres reciben la atención debida
—Consulta a mi segundo —sugirió Keur, compadeciéndose del joven—. Su nombre es Drisq. Dile de mi parte que nuestra prioridad es que reciba¡áis el mejor trato posible. Me reuniré contigo dentro de un rato. Antes debo atender varios asuntos; no quiero que las tropas de Lambar nos encuentren o sepan de nuestras actividades.
—La fortuna pasa por todos lados —susurró Amdir.
—Por todos lados los tiempos revueltos son una rara oportunidad para nuestro negocios —respondió Keur con una sonrisa cortés, a modo de despedida.
Amdir dejó la sala de asambleas para dirigirse al lugar donde sus hombres se habían instalado. Tras bajar varios pisos, por unas escaleras talladas toscamente en la piedra llegó a una gran caverna iluminada por antorchas y candiles.
Amdir sintió el calor del orgullo en el cuerpo al ver que la mayor parte de los hombres no heridos en la batalla aún permanecían en pie, a pesar del agotamiento inhumano... para ellos no existía ni el cansancio ni el desfallecimiento. Las camillas estaban agrupadas a la izquierda; al lado de cada una, donde residía un herido, su compañero velaba por él.
El Ejército podía ser duro e incluso cruel en ocasiones, pero forjaba las más irrompibles amistades. ¡Velaremos por nuestros hombres! —era su lema, un apoyo indestructible para ellos. Todo ello lo observaba Amdir. A pesar de los duros reveses que hemos sufrido, pensó.
Uno de los lugartenientes avanzó hacia él; el recién llegado hizo un rápido saludo.
-Amdir, los médicos dicen que no hay esperanzas para Loren. No disponemos de los medios ni del instrumental adecuado… solo medicina de emergencia, y lo que tienen los nómadas, y nada de lo que nos han dado sirve. Loren no sobrevivirá, dicen, y quiere pediros algo.
Amdir suspiró. El orgullo había dado paso fugazmente a un profundo abatimiento.
[Editado por Thirian el 08-12-2008 23:57]
Se obligó a sonreír, pese a todo. Pese a la pesadez de su estómago, pese al mal sabor de poca, pese al desánimo, al cansancio, pese a todas las desgracias que acumulaba en su corazón. Pese a todo.
Loren era más joven que él. Desde muy pequeño había destacado por su destreza y agilidad en el manejo de la cimitarra y por su perspicacia y astucia, por su capacidad de enfriar la mente y responder rápidamente y con decisión a las dificultades. Y allí se encontraba, con profundas arrugas en el rostro, los ojos cerrados, la mirada tranquila y resignada. Amarga ironía, pensó Amdir. Él, Loren, que con tanta habilidad respondía a los obstáculos… Se había topado con el único que no podía evitar. O con la única frontera que no podía evitar cruzar. Moriría.
Para Amdir supuso un consuelo ver la calma en sus rasgos. Parco consuelo.
Se sentó con cuidado de hacer el mínimo ruido posible. Pero era una tarea difícil, teniendo en cuenta que aún vestía el chaquetón de cuero y su espada continuaba ceñida al cinto. Los ojos de Loren se abrieron con lentitud, como si a los párpados no les apeteciera moverse. Amdir se estremeció.
— Eh, capitán —saludó Loren con una sonrisa. El movimiento de sus labios dejó al descubierto una profunda cicatriz que probablemente llegaba hasta la mandíbula. Amdir logró con esfuerzo contener el estremecimiento y la mueca que afloraban por manifestarse.
Sonríe, pensó Amdir. Tienes que sonreír. Vamos, no puede ser tan difícil.
Lo consiguió. Si bien su sonrisa debió de parecer tan forzada que por parecer, parecería más una mueca —la que había intentado evitar— que una sonrisa. Maldijo en silencio.
— Hola, Loren —susurró, apretándole el hombro con cariño. Se sentía cada vez peor. Ya había perdido varios amigos en la última masacre. Podía incluir a Loren entre ellos… Por ahora sólo en el grupo de sus amigos. Aunque poco después iba a pasar al selecto y creciente grupo de sus amigos muertos. Él seguía adelante, vivo e ileso. ¿Por cuánto tiempo? A veces sentía a la misma Muerte, a Vhanidar, hija de Nidrant la Destructora, detrás de él, persiguiéndolo sin descanso. Quizá los muertos que lo rodeaban eran él mismo, o mejor dicho debieran haber sido él mismo. Quizá sólo su propia muerte podría evitar más desgracias.
O quizá simplemente la guerra estaba consiguiendo que empezara a desvariar.
— ¿Cómo te encuentras? —se interesó Amdir. Por toda respuesta, Loren no pudo reprimir un espasmo de tos.
— Bueno, dentro de lo que cabe… —la tenacidad con que Loren se obligó a sonreír de nuevo consiguió que al capitán de los varantes se le saltaran las lágrimas.
— Quiero pedirte un favor, Amdir —dijo Loren con lentitud.
— Claro, lo que me digas —afirmó Amdir rápidamente.
— Me gustaría que cuando vuelvas a Varendia le cuentes a mis padres cómo me hirieron en la batalla. Parece cruel, lo sé, pero mis padres lo prefieren así. Para ellos saberlo será como tener todos los asuntos zanjados. Y también… dales esto. Lo tallé ayer por la noche.
Amdir tomó de las manos de Loren una sencilla figura de madera perforada con un cordón. La forma de la figura le resultaba ajena al joven capitán, pero no le pareció oportuno preguntar. Eran asuntos que no le concernían. Suspiró, y se preparó mentalmente para escuchar el relato. Debía ser capaz de mantener la compostura y de memorizar con detalle sus palabras… Una tarea no precisamente sencilla. Suspiró de nuevo.
Colocaron a Loren en el flanco derecho del ejército, junto con el resto de la infantería pesada, los alturenae. Los generales miraban con profundas arrugas de preocupación el gran ejército que los rebeldes de Lambar, con el apoyo de los sirvientes del Gran Cuervo, habían reunido. Muchos de ellos eran los hombres de siempre, insatisfechos aún después de tanto tiempo de la ocupación varante. Otros, sin embargo, parecían pertenecer a una estirpe de hombres más cruel. Se movían ligeramente inclinados, con el ceño permanentemente fruncido y un brillo fiero en los ojos. Altos y corpulentos, se protegían con escudos circulares y chaquetas de tela reforzada, y blandían enormes porras con un extraño metal incrustrado en la madera.
Loren se preguntó si serían sureños, venidos de las regiones más salvajes de fuera del desierto. ¿O quizá del oeste, de los pantanos venenosos? Se encogió de hombros. En realidad, no tenía demasiado interés en saber la respuesta más allá de la mera curiosidad. Eran una preocupación añadida. Sus armas, junto con sus enormes brazos, parecían perfectamente capaces de aplastarle el cráneo.
Los alshurenae, la infantería ligera, recibieron la primera envestida, de una gran brutalidad. Los rebeldes luchaban con una fiereza y una tenacidad que sorprendieron y asustaron a Loren y a muchos otros. Cuando no perdían sus armas, recurrían a sus uñas y a sus dientes, literalmente. Cuando eran heridos por una flecha, una espada o una lanza, contraatacaban fuese como fuese la herida de grave. Cuando caían al suelo, aparentemente abatidos, podían llegar a revolverse y matar a más de un soldado que imaginara haberlo liquidado.
Loren, como muchos otros, se estremeció. Se oyeron murmullos entre las filas de los soldados. ¿Qué ocurría? ¿Por qué aquel salvajismo, aquel desprecio por su propia vida? Era antinatural. No parecía lógico. El gobierno de los varantes se había suavizado notablemente conforme había pasado el tiempo, y sin embargo allí estaban los rebeldes, reforzados y luchando con tal odio en los ojos que aterraba a los hombres de Al’Varant.
Esos no son los habitantes de Lambar, algo los ha cambiado, pensó Loren con la tez pálida. Y en buena medida tenía razón.
Los flancos de la columna de alshurenae temblaron, mientras el centro resistió la brutal embestida. Fue entonces cuando Loren escuchó la llamada al combate. Respiró rítmica y lentamente varias veces, como siempre hacía, y avanzó con el resto de sus compañeros. Ni la armadura ni el escudo almendrado le pesaban, ni mucho menos la cimitarra lo hacía.
— Buena suerte, Eryh — dijo a su compañero, a la izquierda.
— Buena suerte, Loren — respondió el aludido. Por la columna se extendieron mensajes similares. Todos se sentían acongojados.
La llegada de la infantería pesada, firme, diestra y disciplinada, supuso o, mejor dicho, podría haber supuesto un punto de inflexión en la lucha. Pero los alshurenae estaban diezmados y cansados, y de pronto el grueso de las fuerzas varantes se vio completamente inmerso en el combate. Buena parte de los alvharenae tuvo que socorrer a sus compañeros. La caballería era escasa en aquella compañía.
La trampa estaba servida. Los hombres de Al’Varant luchaban con espadas; carecían de lanzas. Un destacamento oculto entre las dunas de jinetes rebeldes se abalanzó de improviso sobre el flanco izquierdo del Ejército, que se derrumbó completamente. El centro tembló y retrocedió a pasos agigantados; el derecho se vio rodeado de pronto de una marea de aldeanos totalmente desprovistos de orden o piedad. La arena quedó sembrada de cadáveres; regada por la propia sangre de los caídos.
Loren recibió un corte en el muslo, y calló de rodillas. Pero logró levantarse, y atravesó con la cimitarra a su oponente. Sabía con precisión lo que estaba ocurriendo. Sabía que la compañía se arriesgaba a su completa destrucción en aquellos instantes. Estaban siendo aniquilados sin contemplación alguna. Tenía que hacer algo. ¡Algo, lo que fuera! Algo que impidiera un desastre completo, algo, algo, algo… Miró a su alrededor, evitando entrar en combate. Piensa, piensa, piensa…
Entonces lo vio, aunque al principio la perspectiva se le antojó imposible. Rodeado de sus lugartenientes, Emyr ishen-Adin, el gran cabecilla, líder e inspirador de todas las rebeliones contra los varantes en Lambar. Implacable, invencible, manejaba una cimitarra con cada mano y aniquilaba sin piedad a todo aquel que se pusiera en su camino.
Sin pensar, a sabiendas de que pensar le impediría hacer lo que se proponía, Loren saltó hacia delante, con la cimitarra firmemente sujeta y el escudo protegiéndole. Jadeaba, el pecho le ardía y la herida le quemaba. Pero no se iba a detener.
Ishen-Adin se fijó en él, y con un rugido de rabia se lanzó a por él. Loren, frío y calculador cuando la situación lo requería, supo dónde iba a ir cada cimitarra y logró —a duras penas, eso sí— evitar el golpe. Empujó con su cuerpo al caudillo rebelde, que lo miraba desconcertado.
La lucha, como la mayoría de los combates, duró poco. Emyr se arrojó de nuevo hacia él con un gran salto, y ejecutó una finta perfecta que Loren evitó saltando hacia atrás. Recibió un corte profundo entre dos costillas. Su oponente, de nuevo, arremetió. Entonces su intuición, lúcida y llena de talento como Amdir bien sabía, le dio un último y brillante consejo.
Loren golpeó la arena con la punta de la bota; Ishen-Adin se detuvo con brusquedad, cegado. Fue suficiente. El soldado varante corrió hacia él y le atravesó con la cimitarra a la altura del estómago. Asombrado, sin dar crédito, el caudillo rebelde observó sus propias heridas conforme la sangre corría por el filo de la cimitarra. Apretó los dientes. Una de sus armas cayó al suelo con estrépito. Con un esfuerzo sobrehumano, atacó una última vez. Loren no pudo evitar el golpe, que hirió profundamente en el costado. Gimiendo, el soldado empujó a Emyr, que rodó por el suelo, ya muerto. Sus hombres gritaron de asombro y terror. Cundió el pánico.
Mientras caía de rodillas, Loren sonreía. Mientras escupía sangre y sentía un frío por todo el cuerpo, siguió sonriendo. Veía a sus enemigos correr. Veía a sus amigos vivir.
Cayó en la arena. La negrura se hizo sobre él. Seguía sonriendo.
— Lo hice bien, ¿eh, Amdir? —cada vez le costaba más hablar. Respiraba con dificultad y evidente esfuerzo—. Hice algo importante…
El capitán había dejado de intentar evitar que las lágrimas afloraran de sus ojos. A su alrededor, todos los soldados que habían escuchado también lloraban.
— Eres un héroe, Loren… Nos has salvado a todos —le puso la mano sobre la cabeza—. Estarás entre los grandes de Al’Varant, compañero.
Cuando expiró, una última y leve sonrisa aún podía verse en su rostro joven y demacrado.
[Editado por Thirian el 09-12-2008 01:17]
—Adelante —dijo Amdir, esperando que su voz hubiera sonado lo suficientemente fuerte como para ser escuchada. El sonido de las campanillas fue suficiente para confirmar que efectivamente había sido así.
Los nómadas carecían de puertas en sus refugios, la mayoría de ellos excavados a partir de una cueva en las montañas del desierto. En su lugar, cubrían de telas o seda las aberturas en la roca, así como pequeñas campanas en su parte superior con una cuerda para despertar su sonido. El sistema funcionaba bastante bien.
— ¿Interrumpo? —preguntó Keur con cortesía al entrar.
— No, no —respondió Amdir, desganado—. Ya he dicho que adelante.
El nómada asintió con la cabeza. Sin pedir permiso para sentarse, el nómada se acomodó entre los almohadones. No había costumbre entre los nómadas de pedir permisos, sino consejos. Con los varantes intentaban ser menos directos —por eso mismo Keur había preguntado si interrumpía—, pero en numerosas ocasiones se olvidaban. No eran un pueblo hecho para ser regido por leyes ni por monarcas.
— Nos hemos reunido los jefes de los clanes nómadas de toda Lenbirya —los nómadas tienen sus propios y confusos nombres para distinguir las regiones del desierto, si bien son nombres que se refieren no a zonas, sino a estados de la arena, el viento y la posición de las dunas respecto a la luna. Es un concepto difícil de entender para aquél que no sea nómada. En el caso de Lenbirya corresponde más o menos con las proximidades de Lambar—. Como bien dijiste ayer, Amdir, los hombres de Lambar nos han perseguido y han matado a varios de nosotros. Esto no siempre fue así. Si bien no nos trataban como a iguales como ocurre con los varantes, al menos nos respetaban. Los hemos observado. Están distintos. Algo torcido se revuelve ahora en Lambar y en otros lugares de Varantar. Algo torcido y malvado.
Amdir se limitó a asentir con la cabeza. La figurilla de madera de Leron se removía inquieta entre sus manos en un acto reflejo.
Se obligó a centrarse.
— Lo sufrimos de primera mano en el ataque frustrado a Lambar. Y los mensajes que nos llegan de Naraharaz son parecidos. No sabemos a qué se debe.
Keur se mantuvo en silencio unos instantes.
— No es un mal que provenga del desierto. Es cruel y no conoce nada más que la destrucción. Los Dragones del Desierto se sienten atraídos por él y le sirven, pero no son su origen. Algunos de los ancianos de los clanes hablan de un gran cuervo negro con los ojos rojos. Los cuervos se alimentan de la carroña. No hay mejor cosecha para un cuervo que una gran guerra.
— Había estandartes con el símbolo de un cuervo en la batalla —admitió Amdir. Suspiró. Había dormido más de lo que debía, y sin embargo se encontraba igual de agotado que el día anterior.
— Bien, ¿de qué más habéis hablado en la asamblea? —preguntó Amdir tras una pausa.
— De muchas cosas, y no todas te interesan. Quizá algún día pueda hablarte de cómo vivimos los nómadas y cómo nos ponemos de acuerdo entre nosotros. De qué se habla en esas reuniones que vosotros consideráis tan misteriosas —el veterano nómada rió entre dientes—. Pero también hemos hablado de la guerra. Demasiado tendría que decaer el pueblo de Adaner para que nos volviéramos tan ciegos. Ya dije que no apoyaría una acción directa sobre la ciudad. Lo sigo manteniendo. Todos los clanes hemos estado de acuerdo en ese punto.
Amdir suspiró.
— Entonces, ¿qué vais a hacer? ¿Sentaros y proteger a vuestra gente? ¿Cuánto tardará ese cuervo en reclamar más sangre, Keur? ¿Qué ocurrirá cuando todos los soldados varantes muramos y seáis los nómadas el objetivo? ¿Marchará a combatir entonces, Keur? ¿El pueblo nómada, en solitario? No dudo de vuestro valor ni de vuestra destreza, pero sí de vuestro número. En Naraharaz varios clanes nos han apoyado. En Dhairat también.
— Allí la situación es distinta. Muy distinta —afirmó Keur con rotundidad y autoridad—. No te pido que comprendas nuestra forma de actuar, pero sí que respetes nuestras decisiones.
Amdir suspiró. Tras unos instantes que se le hicieron eternos, asintió con la cabeza.
— Repetiré lo que dije en su momento. Hay muchas formas de derrotar a un enemigo. Hasta entonces no sabíamos del alcance de ese cuervo y su influencia negra. Esta cambiando a los habitantes de Lambar, y eso sí que no lo permitiremos así como así. No toleraremos una ciudad en el desierto donde acampen los Dragones a placer. Antes morirá mi pueblo.
Amdir se estremeció.
— ¿Entonces…?
— No atacaremos Lambar con tus hombres. No. No es lo que debemos hacer. Somos demasiado pocos. Vosotros los varantes crecéis con rapidez, y aunque las pérdidas os duelen son menos importantes. Entiende que para los nómadas perder el número de personas que vosotros habéis perdido en una única batalla supone la completa aniquilación de una veintena de clanes. En el este son más numerosos y tienen otras prioridades.
— Pero los nómadas —continuó Keur con un brillo fiero en los ojos— saben luchar de muchos modos. Aún no hemos elaborado un plan conjunto, pero puedes asumir nuestra colaboración. En completa libertad. Eso quiere decir que nosotros no influiremos en vuestras actividades y vosotros no influiréis en las nuestras. Lambar volverá a ser varante.
Amdir asintió de nuevo, sintiéndose un poco mejor. Recordó de nuevo la sonrisa optimista de Leron, su fuerza de voluntad hasta el último suspiro. Keur abandonó la habitación.
Durante mucho tiempo, Amdir se mantuvo en silencio, reflexionando, cansado. El amuleto de madera seguía rodando entre sus manos. El capitán lo observó de nuevo, y de pronto, con un estremecimiento similar a una descarga eléctrica que erizó hasta el último pelo de su cuerpo, reconoció al ser que había sido representado. Formaba parte del panteón de Audrant.
Era Balheyr, el Espíritu de la Esperanza.
Resumen de la batalla.
Al'Varant ha perdido 25 armadas x35= 875 puntos.
Recuperables: 394 puntos.
Valoraciones: 8,8+8,6+8= 8,467
Recupera: 334 puntos.
Pierde: 541 puntos. Por demora en la publicación pierde 315 puntos.
Perdida total: 856 puntos.
Por la participación en la batalla no obtiene monedas.
Por abandono de batalla pierden 100 monedas.
Compañías actualizadas y listas.
Historia finalizada.
Utilizamos cookies necesarias para el funcionamiento de la web y, de forma opcional, cookies de analítica para mejorarla. Consulta nuestra Política de Privacidad.
Puedes cambiar en cualquier momento si permites las cookies opcionales de analítica.
Necesarias para iniciar sesión, guardar preferencias y mantener la web funcionando correctamente.