Fin Guerra: Maianor deja de Atacar
Armadas perdidas por "Maianor" = 18
Armadas perdidas por "Nensir Airatâri" = 32
Victoria para Maianor, Nensir pierde el control de la ciudad.

Fin Guerra: Maianor deja de Atacar
Armadas perdidas por "Maianor" = 18
Armadas perdidas por "Nensir Airatâri" = 32
Victoria para Maianor, Nensir pierde el control de la ciudad.
Al norte, a un día de Dahald…
Behrin se encontraba al lado de su tienda, sacando brillo a sus las grebas y junto a él estaba Theral, un joven recién salido de Dakosto, que se entretenía rompiendo ramitas y echándolas al fuego.
— ¡Chicos, chicos!— Helkar irrumpió en el pequeño campamento — Tengo que contaros una cosa.
Behrin alzó la mirada sin dejar de pulir las grebas, Theral, por el contrario no le prestó atención, aquel elfo de Eglamar no le agradaba. Helkan se acercó hasta el fuego, extendió sus manos para calentarlas un poco. Tras eso, se embozó en su gruesa capa de lana y se sentó junto a Behrin.
— La assanâ Althira está viajando con nosotros. — anunció al fin— Me lo ha dicho uno de los arqueros que van en la retaguardia, junto al grupo de sanadores.
— ¿Y qué tiene eso de noticia? Los assanâr son libres de ir a donde les plazca. — intervino Theral, molesto por la simple presencia de Helkar.
— Pues es justo lo que nos faltaba. Dicen que trae mala suerte— le aclaró Behrin que había terminado de dar brillo a las grebas y tomaba el casco para continuar en él el trabajo de pulido.
— Tonterías.
— Tonterías dice, — exclamó dirigiéndose hacia su amigo— cada vez los novatos son más tontos, Theral. A ver muchacho, tú no estuviste en Formenyaelen, pero las dos veces que la assanâ ha estado en esa ciudad, dos veces que se ha sublevado.
—Eso sólo son coincidencias. —dijo con indiferencia.
Helkar soltó entonces una estrepitosa carcajada. Otros soldados que se reunían entorno a sus fuegos le miraron con curiosidad.
—No armes tanto escándalo, ¿quieres?— regaño Behrin.
El elfo hizo caso a su amigo y se inclinó hacia delante continuando, esta vez, en un tono más bajo.
— No son coincidencias, muchacho, esa sacerdotisa está desafiando a la Diosa.
— ¿Qué dices?— Behrin miró con incredulidad a su compañero, mientras dejaba el caso en el suelo. — Mira que estás entrando en un terreno peligroso.
— Escabroso, diría más bien. — dijo burlonamente— Verás, el capitán la pretendió antes de la Gran Guerra.
— ¡Por Nensir, Helkar! Nunca pensé que llegarías a estos extremos, ya sé que te gusta ser el centro de atención, pero con una cosa como esta…
— ¡Qué es verdad! — respondió algo ofendido. — Un día, mientras hacía una guardia en el puerto de Eglamar, se lo escuché decir a Ramjakim. Es que no lo quieres ver, Behrin.
— No es que no lo vea, Helkar, simplemente me ciño a los datos. Ella se consagró a la Diosa un tiempo antes de la Gran Guerra… De hecho, debe ser la doncella de mayor edad de todo Galador. — sonrió con malicia.
— Datos quieres, bien, te lo preguntaré de otro modo. Cuando comenzó la revuelta en Formenyaelen, ¿dónde y con quién estaba ella?
— Dentro de la ciudad y con el capitán… ¡Oh, por el divino Nensir!
— Y lo peor es que sigue llevando la diadema como si aun fuera doncella de Yenna y ¡ja!, esa elfa es tan casta como la madre de éste. — señaló a Theral, que hizo como si no hubiera oído el comentario.
El joven soldado se había mantenido al margen de la conversación, tomando muy buena nota de todo…
[…]
— Tras considérasete culpable de una falta grabe contra el honor de la familia de de un miembro del Consejo, la assanâ Althira Kotulesil, y de tu superior, el capitán Caleth Aráyliôn — anunció la voz grabe del comandante — he decidido condenarte a castigo público con un total de veinte flagelaciones. ¡Guardias, despojenlo de todo rango!
Althira estaba de pié, en primera fila, en el lugar reservado a los altos cargos. A su derecha, Balaran, gobernador de la ciudad; a su izquierda Caleth y los demás capitanes de la Compañía del Aldakune. Un viento frió soplaba desde el norte y la sacerdotisa se veía obligada a sujetar con sus manos el borde el velo negro que cubría su rostro “ no tendría que estar aquí “ se repetía una y otra vez
[…]
—Mañana por la mañana abandonaré esta ciudad para ir a cumplir con unos asuntos, sólo estoy de paso en Dahald. — anunció Althira.
— Tus asuntos deberán esperar, assanâ. — respondió el comandante — Es necesario que estés presente.
— ¿Por qué, Lothîndil?
— Porque se está poniendo en duda el honor de nuestras respectivas familias. — el elfo se despojó de las insignias que le identificaban como militar —Te hablo como amigo de tu padre, Althira, escúchame. Los soldados creen que Yenna te está castigando.
— Sí, algo he oído, ¿es por eso que quieres ajusticiar a ese soldado?
Lothîndil movió negativamente la cabeza.
— No, ese hombre, ha dado un pasó más allá y acusa a mi sobrino de ser el culpable de ello. — el elfo miró a la sacerdotisa — Dice que te prometiste a Caleth antes de la Gran Guerra y que ahora habéis reanudado aquel romance.
Althira se quedó muda de la sorpresa. Nunca le había dicho a nadie que el capitán la había pretendido y menos aun que ella le había rechazado por una promesa ¿Cómo podía aquel solado saber eso?
— No estamos manteniendo ningún romance, — anunció con frialdad — pero…
— No digas nada, no quiero saberlo. — interrumpió el elfo —, pero entiendes ahora por qué no puedo permitir que los soldados piensen eso de Caleth.
La sacerdotisa asintió.
— Porque de lo contrario sus hombres le perderían el respeto.
[…]
Los guardias que lo habían conducido a la plataforma se acercaron y tiraron de su túnica por la espalda, hasta arrancarla por completo. Uno de ellos tiró de su castaña melena y la cortó cerca del cráneo, tirándola luego al suelo. Tras acabar su tarea, los guardias escupieron a la cara del condenado y se retiraron.
— Que se adelanten los veinte ejecutores. — ordenó el comandante.
Veinte figuras se adelantaron de entre las ordenadas filas de soldados que se extendían por la plaza de Dahald. A continuación, dos guardias cogieron una alargada caja de madera y la pusieron en el suelo, al lado del condenado. Tras abrirla, volvieron a alejarse.
— Que comience el castigo público. — anunció Lothîndil.
El primer ejecutor se acercó hacia la caja que contenía las veinte varas de metal y extrajo una. El ruido de fricción que hizo ésta al salir lentamente de la caja de madera produjo a Helkar un ligero escalofrío que le recorrió la espalda desnuda. Oyó los pasos que se acercaban al pequeño plataforma y entonces, el sonido terrible que emite un palo al rasgar el viento llegó hasta los oídos del condenado, precedido de un fuerte golpe encima de su nalga derecha.
Apretó los dientes para no gritar, pues el dolor era demasiado intenso. Y mientras se tensaban todos sus músculos y su espalda parecía arderle, oyó una voz fría que gritaba: ”¡Veinte!”.
Los gritos de Lothîndil se precedieron lentamente. Diecinueve, dieciocho, diecisiete, dieciséis, quince, catorce, trece… Pero Helkar, que hacía todo lo posible para no gritar, estaba al borde del desmayo, con un dolor insoportable que se apoderaba de sus nalgas y su espalda.
Cada ejecutor, una vez dado el fortísimo azote, soltaba su vara de hierro, manchada de sangre, junto al condenado, la cual caía con un repicar metálico, seguida por los rápidos pasos de los soldados que volvían a su formación.
Los ojos de Helkar estaban colmados de lágrimas mudas, y sus mandíbulas, totalmente agarrotadas por el esfuerzo, permanecían fuertemente apretadas, mientras los golpes se sucedían uno tras otro, y durante un momento fugaz, Helkar pudo elevar la vista hasta la primera fila, donde se encontraba la sacerdotisa, que tras el oscuro velo que difuminaba su rostro, parecía contraerse en una mueca de dolor y pena. Por un momento, ambos se dirigieron una mutua mirada, pero, en apenas un segundo, la assanâ bajó la cabeza. El condenado también tuvo que bajar la mirada, pues un nuevo golpe, especialmente fuerte, volvía a torturarlo.
— ¡Siete!— gritó la voz grave del comandante.
Recordó por unos momentos aquella escena vivida hacía escasos días en las bodegas de uno de los barcos del Señor de Eglamar…
Pero, de repente, los golpes cesaron, y un silencio sepulcral se apoderó de la plaza. Pasaron así algunos segundos hasta que lo rompió el resonar grave de un cuerno fuera de la ciudad. Todos los allí presentes se estremecieron al reconocer al instante las trompas de los Uonnu-nyrr.
En seguida se formó el caos. Los habitantes de la ciudad corrían despavoridos buscando refugio en sus casas mientras los capitanes que ya habían recibido las primeras órdenes, partían con sus soldados a ocupar posiciones.
— Caleth, protege a la assanâ. — ordenó Lothîndil.
— No, señor. — repuso la elfa — El capitán se debe a sus hombres.
— Tu hermano me nombró tu guardia personal.
— Sí, únicamente en los viajes oficiales, si estoy aquí, es por decisión propia.
— Entonces, — se apresuró a intervenir Balaran — está bajo mi protección.
— Es mejor así. — dijo Lothîndil mirando a su sobrino.
Tras desearse suerte, los dos militares fueron a cumplir con sus obligaciones y Balaran y Althira quedaron en la plaza, entonces gobernador le indicó que le siguiera.
— Espera, — la elfa dirigió su mirada hacia Helkar que había sido abandonado a su suerte — no podemos dejarlo así.
Subió a la plataforma y con su pequeña hoz de plata cortó las cuerdas que ataban pies y manos del condenado.
— ¿Por qué lo hacéis? — susurró.
— Dime donde lo escuchaste — la elfa se asombró de aquella determinación.
— Se lo oí decir a Ramjak…— fueron sus últimas palabras, una flecha negra le atravesó la garganta.
La sacerdotisa y el gobernador alcanzaron el palacio y desde allí vieron que los Uonnu-nyrr estaban consiguiendo el control de la ciudad. Tenían que salir de allí.
Balaran llamó a su escudero, y le ordenó que ensillara los caballos. En cuanto estos estuvieron listos, los tres salieron del palacio en dirección a la puerta sur, pero cuando estaban a punto de alcanzarla un edificio en llamas se vino abajo derribando a los tres jinetes. Althira vio como el escudero de Balaran tomaba el caballo de éste y huía dejándolos allí solos.
La sacerdotisa había quedado aprisionada bajo el cuerpo de su caballo e intentaba sin éxito zafase del animal. Podía sentir su pierna izquierda rota por dos sitios y la herida abierta que tenía en el costado. Balaran se levantó entonces, tenía una gran brecha en la cabeza, y al ver a la sacerdotisa se apresuró a sacarla de debajo del caballo.
—Maldito Herto, no sé cómo vamos a salir de aquí, assanâ.
De improviso, apareció un jinete llevando consigo otro caballo. Balaran le hizo señas para que se acercara.
— Los dioses nos sonríen — anunció el gobernador a Althira — Capitán, la assanâ está herida.
La sacerdotisa se giró y reconoció el rostro de Caleth.
— ¿Qué…haces? — preguntó ella.
— Te dije que soy tu guardia personal. — dijo él mientras la montaba con mucho cuidado sobre su caballo.
— Antes eres capitán, si te vas ahora te arriesgas a…
— Me da igual si soy condenado a muerte por salvarte. — confesó y ofreció las riendas del otro caballo a Balaran — Será mejor que nos vayamos ya.
[Editado por Eldin_de_Lorien el 09-12-2008 22:09]
Un día después, más al sur de Dahald…
Tathâral había tenido un extraño sueño hacía ya dos noches. No lo recordaba, solo podía sentir la oscura sensación que le había dejado…
La atención de Tathâral se fijó en un ruido muy familiar. Un golpeteo repetitivo y veloz, acompañado de un eco casi mudo por la lejanía. Su sospecha fue confirmada al oír el grito de uno de los soldados.
— ¡Jinete por el norte!
El artadako miró en esa dirección y observó la figura de un jinete cabalgando sobre un caballo de gran tamaño. No portaba ningún estandarte ni ninguna insignia visible.
Tathâral descendió hasta unirse a un grupo de soldados que aguardaban al jinete, y allí esperó, observando como la figura seguía aumentando de tamaño, hasta que al cabo de unos minutos, el jinete llegó a su posición.
—Nombre y rango. — preguntó el general nada más desmontar el jinete.
—Soy..., soy Herto, escudero de Balaran, gobernador d la ciudad de Dahald, recién fallecido mientras luchaba por nuestra ciudad. — contestó el jinete, exhausto por el cansancio y con una expresión de profundo dolor en el semblante.
— ¿Balaran muerto? ¿Cómo?— preguntó desconcertado el general.
— Mi señor Balaran murió luchando junto con vuestro comandante y varios de sus capitanes. — las mejillas del jinete se humedecieron debido a las lágrimas que resbalaban por su piel, creando senderos entre el polvo extendido.
— La Compañía del Aldakune, con Lothîndil. Es imposible…— se obstinó Tathâral.
— Señor, los Uonnu—nyrr atacaron aprovechando que el ejército estaba congregado en la plaza mayor, ajusticiando a un soldado que había puesto en duda el honor de la familia de una miembro del consejo y un capitán.
Tathâral se estremeció ante la posibilidad que se vislumbraba en su mente.
— ¿Cuál era el nombre de la assanâ?
— No lo recuerdo, mi señor, — repuso avergonzado— pero si os sirve de algo, vestía de oscuro, portaba una vara y ocultaba su rostro bajo un largo velo.
Aquella descripción encajaba perfectamente con la de su hermana.
— ¿Dónde están los demás? ¿Vienen tras de ti? — se apresuró a preguntar.
— No, mi señor, los Uonnu—nyrr masacraron hasta el último de los solados, esos bárbaros no hicieron prisioneros. — el escudero rompió a llorar amargamente al recordar la escena.
— Entonces, ¿cómo es que estás tú aquí?— inquirió el general, en tono acusativo, ignorando el llanto del muchacho.
— Sí, señor, es lo que piensa: soy un cobarde. En cuanto vi que a mi señor caía, el miedo se apoderó de mí, cogí su caballo y huí, cabalgando hasta dar con ésta Compañía. — el escudero no podía mantener la iracunda mirada del general, y se vio obligado a bajar la vista con un marcado gesto de vergüenza.
—Lo siento, pero me veré obligado a acusarte de deserción ante el Consejo. — anunció inflexible Tathâral que presentía algo extraño en aquel muchacho. — ¡Guardias! Desarmen y arresten a este desertor. — ordenó el artadako.
Un soldado se acercó al escudero, portando unos grilletes de hierro. Tras colocárselos, retiró el talabarte con la espada del muchacho, y su cuchillo corto. Después, fue conducido a la una tienda en la que sería encadenado.
— ¿No crees que te has excedido con el muchacho? — dijo la suave voz de Tarîs, una de sus mejores comandantes.
— No, ¿lo consideras excesivo? — contestó el artadako con tono hostil — Ha abandonado a su señor, a sus compañeros y a…
— Y a tu hermana, por lo que parece. Bastante castigo tiene ya con recordar lo que ha hecho
— ¿A caso dudas de mis decisiones?
— No, mi general. — repuso la elfa— Pero no dejes que la ira te ciegue. ¿Cuáles son las órdenes? — preguntó Tarîs.
— Mañana por la mañana partiré con un pequeño grupo hacía Dahald.
— Pero, general...
— Necesito encontrar a mi hermana y comprobar con mis propios ojos que las noticias del exterminio de nuestra Compañía del Aldakune son ciertas. — Tathâral se retiró a su pabellón.
Tarîs permaneció algunos minutos contemplando las montañas septentrionales mientras el viento comenzaba a arreciar. Dentro de poco la lluvia se les echaría encima.
[Editado por Eldin_de_Lorien el 09-12-2008 22:11]
Resumen de la batalla.
Nensir ha perdido 32 armadas x35= 1120 puntos.
Recuperables: 504 puntos.
Valoraciones: 7,8+7,6+8= 7,8
Recupera: 393 puntos.
Por los daños sufridos por los dirigentes recupera 140 puntos.
Total recuperación: 504 puntos.
Pierde: 616 puntos.
Por la participación en la batalla no obtiene monedas.
Compañías actualizadas y listas.
Historia finalizada.
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