La Guerra de los Clanes

Batalla 95. Revuelta En Hildan

Terminada
Escrito el 03-03-2009 23:35 #1

Fin Guerra: Nensir Airatâri se retira del Combate

Armadas perdidas por "Maianor" = 29

Armadas perdidas por "Nensir Airatâri" = 27

Nensir mantiene el control de la ciudad

Escrito el 07-03-2009 01:32 #2

En una vivienda de Hildan, un hombre estaba sentado en una vieja silla, frente al calor de la chimenea. Sus manos eran alargadas y su nariz era prominente. Tenía un solo ojo, el derecho lo había perdido hacía casi un año y con el izquierdo no es que viera gran cosa. Tenía dos dedos mutilados, varias cicatrices en el torso y una realmente fea en la sección diestra de su rostro. Además, cojeaba. Heridas de guerra las llamaba él, acumuladas en las numerosas batallas en las que había participado en el último año, el año negro.

Nirtald había nacido cuarenta y cuatro años atrás en un hermoso día de primavera dentro de las murallas de Hildan, la antesala del desierto (o del bosque según se mire). Pero, en realidad, aquella ciudad distaba mucho de ser una ciudad tranquila pues el miedo y el terror eran rasgos tan intrínsecos en sus habitantes como el color del pelo o las expresiones de sus rostros. Así que, desde muy pequeño, Nirtald había sabido lo que era la esclavitud, trabajando día y noche para que los brujos del Bosque Sombrío se llevaran los frutos de su sudor.

No obstante, así había sido siempre y todo hildaniano estaba acostumbrado a ello. No habían entendido otra forma de vida, no habían conocido otra manera de ser. A pesar de que los más ancianos hablaban de leyendas en las que Hildan era una ciudad libre, ésta no había sido más que un feudo de los caprichosos deseos de los uonu-nyrr desde que todos sus habitantes tenían uso de razón. Y así había sido hasta que la guerra llegó, hacía ya casi un año.

Primero llegaron los hombres del sur, los varantes del desierto, luego los corsarios de Eglamar y, más tarde, los elfos claros de más allá del bosque sombrío y, debido a tantas invasiones, por orden de los elfos oscuros, todo hombre y niño con fuerza suficiente para portar un arma había sido llamado a la guerra. Y, por ello, Nirtald pasó de ser un honrado campesino a un hombre de armas mientras veía como, batalla tras batalla, las heridas y cicatrices se acumulaban en su cuerpo.

Y, ahora, Nirtald no era más que un hombre tullido con una familia a la cual no podía alimentar. Se sentía una escoria de la sociedad. ¿Qué podía hacer un hombre que cojeaba con una mano inservible, un solo ojo y que cualquier esfuerzo físico le producía un dolor terrible en los huesos? ¿Qué podía hacer para dar de comer a sus seis hijos? ¿Cómo podía ahorrarle a su esposa, aquélla que le había dado su corazón tantos años atrás, el tener que traer el pan cada día a casa? ¿Cómo podría hacer para soportar aquello?

Para más desconsuelo, el año había acabado mal; las sacudidas del antepenúltimo mes y los vientos y las tormentas de los meses del invierno habían arrasado los campos y aquella primavera se esperaba desoladora para los agricultores.

Así pasaba los días, sentado en esa vieja silla, tan vieja como él mismo se sentía, dolorido y amargado. Mientras, veía como el tiempo consumía su mente. Pero esto fue así hasta una noche, cuando faltaban siete para el primero del nuevo año. Ese día tomó una decisión. Se abrigó con una algodonosa chaqueta y salió de casa. No podría soportar que su familia no pudiera celebrar como los dioses mandaban el primer día del año, sin un buen banquete que ofrecerles.

Atravesó las casi desiertas calles de Hildan, sólo custodiadas por algunos de los soldados aldalântar que gobernaban la ciudad desde el otoño. Y no dejó de mirar con atención aquellas calles en las que se había criado. No dejó de observar y guardar en su mente la dolorosa imagen de aquella ciudad, tan llena de dichas y desdichas.

No sabía si la volvería a ver.

(…)

Mientras, mucho más al norte, el viento soplaba con fuerza en el claro del bosque y la noche, con sus brazos alentadores, acariciaba el suelo desnudo. Los rayos plateados de la luna, por su parte, arrojaban un haz de blanquecina iluminación sobre un dibujo trazado en la tierra con forma circular. El astro plateado dejó ver, entonces, varias figuras en medio del dibujo. Una de ellas, que estaba en trance, se hallaba arrodillaba. A su lado, había un caldero de amplio diámetro lleno de agua. Y no muy lejos, se hallaban otras figuras esperando, de pie, impacientes.

- Zâ Fainîre Tûarnehô, Zâ Tûarfai!- gritó el elfo arrodillado al lado del caldero lleno de agua. Era un sacerdote aldalânta.

El viento sopló entonces con una gran intensidad y las ramas de los árboles próximos temblaron ante el pavor que les provocaba. Era el viento de Luuis que aún no remitía, eran los ecos de los terremotos que sacudieron la tierra a finales de Ngetal, eran los aullidos de las negras nubes que durante semanas habían ennegrecido el invernal cielo.

-¡Mirad! ¡Contemplad! ¡Ahora el Ainakune!

Los otros elfos que esperaban se acercaron al caldero cuyo interior bullía de intensidad, las aguas que contenían bramaban incansablemente como las aguas del mar en plena tempestad.

Entonces aparecieron las imágenes. Y la luna ayudó a que se mostraran nítidas en aquella noche plateada.

Vieron la tierra temblar, los riscos caían de las cumbres montañosas y los animales huían presas del terror. Entonces, miles de rocas estallaron en las cumbres de unas montañas y la lava salió a raudales. El sol fue tapado por espesas nubes negras. Estaban viendo lo que había sucedido en los últimos meses de aquel año que ya acababa.

Vieron un bosque, mudo, calmado, tranquilo. Era el Aldalaurë. Vieron Breald, silenciosa, en donde reinaba la paz desde hacía más de medio año. Luego apareció Tuyrozd, la fortaleza oscura, en el bosque sombrío, que los aldalântar ocupaban desde hacía más de seis meses. Y más tarde, las aguas mostraron Hildan, la que otrora fuera la impenetrable, ahora sigilosamente en poder del clan. También vieron los barcos corsarios de Eglamar encallados en el puerto de Ithain…

Las aguas hirvieron y, cuando apareció Dahald en ellas, un espeluznante gritó brotó de sus muros y los tambores hicieron temblar la piedra y el mármol. Las puertas se abrieron y un numeroso ejército salió de ellas hacia el oeste y el noroeste.

- Uonu-Nyrr! Nâyani! – gritaron muchos de los congregados.

Las imágenes desaparecieron. Y las aguas del caldero se quedaron quietas, mudas. Todo lo que habrían de revelar ya lo habían hecho.

- La guerra está próxima. Las aguas no engañan. Nuestros enemigos preparan un ataque. – dijo el elfo que había estado de rodillas junto al caldero. Se había levantado y sus largos cabellos blancos ondeaban con el viento.

- ¿Tendré el permiso para iniciar la ofensiva militar contra ellos? – preguntó entonces otro elfo, de castaños cabellos y mirada desafiante.

- Sí. Tathâral. Es hora de avisar a todos nuestros dâkar. Que Nensir nos ampare en esta hora sombría - respondió una bella elfa de cabello rubio y mirada angelical...Branda, la balta de los nensir airatâri.

Escrito el 07-03-2009 01:54 #3

Era el primer día del año y los salmos de alabanza por la llegada de aquel esperado día se alzaban aún tres horas antes del alba. La pequeña congregación de sacerdotes aldalântar que vivían en Hildan rogaba a Nensir que el nuevo año trajera luz y esperanza en las largas florestas del Aldalaurë.

En otro edificio, un amplio recinto con capacidad para un ejército, se había preparado un improvisado cuartel. Los refuerzos habían llegado desde Galador el día anterior tras la noticia de un inminente ataque a la ciudad. Y los ainatûrer (lugartenientes) aldalântar Vorondhîsie y Nênlê Taurel habían preparado la defensa.

No muy lejos de allí, al otro lado de la cerrada ciudad, un hombre la contemplaba con un solo ojo. Nirtald había vuelto a Hildan, la volvía a ver. Estaba, a pesar de ello, tembloroso, temeroso, pero muy decidido. Tenía sus dos manos ocupadas. En una llevaba una bolsa de cuero, grande, que contenían una gran cantidad de monedas. En otra, una pequeña llave de cobre, medio oxidada. Una llave que había encontrado por casualidad en una de las batallas en las que había participado a lo largo del año que ya se había ido. Y aquella llave abría la ciudad.

Rápidamente, lo que le permitió su cojera, se encaminó hacia la puerta. No tenía mucho tiempo. Ellos le habían dado apenas una tregua de una hora para abrir la puerta de la ciudad y huir de allí con su familia. Estremecido por la traición que le iba a hacer a su pueblo, Nirtald introdujo la llave en la cerradura, la abrió…Y, entonces…

Una flecha silenciosa salió disparada hacia él y le atravesó, muriendo en el acto. El cuerpo sin vida de Nirtald cayó al suelo.

Las puertas de Hildan estaban abiertas. No les dio apenas tiempo a los guardias que vigilaban en una pequeña torre no muy lejos de allí a reaccionar pues varias sombras oscuras penetraron en la ciudad cuando ellos se percataron de que lo que había sucedido.

Cuando los cuernos de los guardias de Hildan sonaron rompiendo la quietud de la noche era demasiado tarde. La avanzadilla de un importante ejército de uonu-nyrr había entrado ya en la ciudad, portando con ellos antorchas que arrojaron a las casas que encontraban a su paso.

Rompieron las puertas mientras los muros exteriores eran golpeados por grandes piedras que arrojaban las catapultas de los enemigos. Al grito de venganza y gloria a Osrûn Sar, los uonu-nyrr se extendieron por las calles provocando los gritos y las posteriores matanzas de los lugareños.

Las defensas de la ciudad se habían organizado lo más rápido posible tras haber escuchado el sonido de los cuernos e hicieron lo que pudieron para contener las fuerzas invasoras de los uonu-nyrr pero, éstos, con el Uotu’rr (señor de la guerra) a la cabeza, iban tomando poco a poco las calles de la ciudad, primero las más periféricas para luego ir avanzando hacia el centro. Los hombres de Hildan acusaron muchas bajas. La sangre, el fuego y las cenizas fue lo que aquella madrugada coloreó la antes tranquila ciudad.

En una de las calles principales, el Uotu’rr de aquella compañía, un elfo de arrugadas facciones y mirada siniestra llamado Tworum, arengaba a sus soldados para que no dejaran con vida a nadie de aquella ciudad que despreciaba con todo su ser. Había sido nombrado general hacia ya muchos meses y, desde ese momento, se había preparado concienzudamente para la guerra, alimentando cuidadosamente su odio y deseos de venganza por los aldalântar, a los que despreciaba aún más que a aquellos hildanianos. Y, con cada avance de sus tropas por la ciudad, mayor era la estima que crecía en su ser. Aquel día caería aquella ciudad, pensaba Tworum. Entonces, una voz lo sacó de sus optimistas pensamientos.

- Uotu’rr, en las filas de la defensa sólo hay guerreros humanos, no hay rastro de ningún soldado élfico. – observó uno de los capitantes de sus tropas cuando se acercó a él.

La sonrisa se esfumó completamente del rostro de Tworum. Había sido muy estúpido, se había dejado llevar por la avidez y el rumbo positivo de aquel ataque y no se había percatado de ese importante hecho. Hildan llevaba varios meses en poder aldalânta y no era normal que no hubiera ninguno de ellos protegiéndola.

Pero pronto supo la respuesta cuando el sonido de trompetas élficas rompió allá en la lejanía, en las afueras de la ciudad. Un ejército aldalânta avanzaba en esos momentos hacia la ciudad. A la vanguardia iba el general Vorondhîsie que, durante muchas décadas, había sido un prisionero de los uonu-nyrr, por lo que su odio por ellos era equiparable al que ellos le tenían a todos los aldalântar. Sus ojos grises contemplaban la ciudad incendiada mientras dirigía a sus tropas hacia ella, para ayudar a la defensa que, en aquellos momentos, sufría la aplastante fuerza de los elfos oscuros.

Nênlê Tauriel, por su parte, había accedido con el resto de los arqueros a lo más alto de las torres de las murallas, a través de una compuerta en la parte de atrás de la ciudad. Desde aquella posición, los soldados uonu-nyrr eran un blanco fácil para las flechas de los aldalântar.

Tworum, el líder de los uonu-nyrr, entre tanto, ordenó la rápida reagrupación de sus soldados para enfrentarse al ejército que en ese momento había accedido a la ciudad y avanzaba hacia ellos. No tardaron ambos contingentes en encontrarse en la plaza mayor de la ciudad.

- ¡Infantería, adelantad vuestras lanzas! - les gritó Voron.- Zâ nensirarit!

Faltaban algunas horas para el alba cuando se produjo el choque de las dos fuerzas y las lanzas de los aldalântar atravesaron las primeras filas de los uonu-nyrr al tiempo que una lluvia de flechas caía sobre ellos.

Tras la primera embestida, el grueso de ambos ejércitos hicieron uso de las espadas y entonces todos se sumergieron en la danza de sangre y muerte propia de una batalla de aquellas características.

Al mismo tiempo, llegaron los cuervos que se lanzaron sobre los arqueros aldalântar mientras que los habitantes de la ciudad, espectadores y víctimas al mismo tiempo de una obra macabra y dantesca, sólo veían pavor y desolación, como si el mundo se estuviera partiendo en dos en ese momento. Pero la batalla continuó ajenos a su terror y, durante un buen rato, no hubo un claro vencedor.

- ¡Son nuestros! ¡Debemos ganar esta batalla! ¡Por nuestro amado Nensir!- gritaba Voron, el general aldalânta, mientras blandía su espada a un lado y a otro.

Ahora bien, los aldalântar estaban insuflados en valor y ya hacía mucho tiempo que habían perdido el miedo a contemplar las escalofriantes miradas de los guerreros uonu, ni tenían temor alguno a aquellas armas siniestras que ellos portaban. Fue por ello por lo que la compañía de Nensir fue ganando terreno sobre la compañía de los hechiceros y, cuando hacía poco tiempo que el alba había hecho su aparición en el cielo del Aldalaurë, los aldalântar habían acorralado a lo que quedaba de las fuerzas invasoras en el centro de la plaza mayor de Hildan.

El estremecedor grito de los cuervos se alzó entonces sobre el sol naciente mientras Tworum ordenaba la retirada de sus tropas. Habían perdido.

Escrito el 07-03-2009 02:09 #4

Muchos habían sido los caídos, las calles de la ciudad eran un campo de cuerpos heridos, mutilados o muertos, una escena de miedo y dolor, de llanto y desconsuelo. No sólo habían perecido soldados, sino que numerosos ciudadanos habían sido víctimas de la batalla.

Cansados y heridos, Nênlê Taurel, domadora de animales y experta arquera, y Vorondhîsie Muakmar, valiente general y sacerdote, se encontraron en la Casa de Hildatar, un edificio donde se estaba instalando un improvisado centro de curación de los heridos y donde ellos eran curados de sus heridas.

- Temía por tu vida.- dijo con una sonrisa Nênlê. Tenía numerosas heridas, pero la más importante era una que tenía en el brazo derecho.

- Y yo por la tuya, arquerilla.- Voron no desvió su mirada hacia su compañera de compañía. También tenía numerosas heridas pero el dolor de una que tenía en el hombro le impedía cualquier movimiento.- Pero sabe bien Yenna que hierba mala nunca muere. ¡Por los aldar que no muere!

- Ni buena hierba tampoco.- añadió ella. A su alrededor, los sanadores iban y venían, atendiendo a los heridos que no dejaban de llegar. - Hoy ha sido un gran día y no sólo por haber mantenido el control sobre esta plaza. En algún momento temí no haberlo hecho, pero hicimos bien en defender desde fuera. Ellos ahora morderán el polvo de la derrota...y tu alma se alimentará con la victoria.

El elfo guardó silencio pues ella tenía razón, a pesar del tono jocoso con el que había dicho la última frase. Tanto era el odio que sentía por los elfos del Bosque Sombrío que aún no había podido olvidar tantos años de tortura encerrado en sus calabozos. Por ello, aquella victoria era una exquisita fruta en su paladar, que estaba saboreando especialmente. Pero le dejaba, a pesar de ello, un sabor agridulce pues nunca tenía bastante y podría conseguir muchas victorias sobre los uonu-nyyr que nunca sería suficiente. Aunque pasaran muchos yôrî en el Mundo y el otoño llegara a la raza élfica.

(...)

Pasaron varias semanas y sus habitantes aún no se habían recuperado de la agónica contienda que había tenido lugar en sus calles. Los numerosos funerales fueron una constante durante días.

Se acercaba la primavera y, en la pequeña chimenea de una casa de Hildan, un niño de pelo rizado y castaño miraba ensimismado el crepitar del fuego. Contemplaba absorto como las chispas surgían y luego desaparecían al tiempo que las ligeras ramas se quemaban poco a poco. Afuera, aún hacía frío, pero el invierno se estaba yendo.

Una niña, de ojos risueños y mirada inocente se acercó a él.

-Girtald, Girtald, el abuelo me ha dicho que papá ha ido a la tierra de los elfos claros y regresará con muchos regalos mágicos. – le contó mientras sus ojos se iluminaban con el resplandor del fuego.

La chica era menor que Girtald, unos cinco años aproximadamente. Pero él, que empezaba a tener conciencia de adulto, sabía que su padre no volvería. Se había ido para siempre.

-Qué bien, hermana.- dijo, simulando una alegría que no tenía.

Al otro lado de la habitación, la madre los escuchaba con una tristeza infinita.

- ¿Por qué nos has abandonado, Nirtald, querido?, pensó mientras dos lágrimas brotaban de sus ojos pequeños.

Escrito el 11-03-2009 10:50 #5

Resumen de la batalla.

Nensir ha perdido 27 armadas x35= 945 puntos.

Recuperables: 756 puntos.

Valoraciones: 8+8+9= 8,33

Recupera: 630 puntos.

Por los daños sufridos por los dirigentes recupera 210 puntos.

Total recuperación: 756 puntos.

Pierde: 189 puntos.

Por la participación en la batalla se obtienen 600 monedas.

Compañías actualizadas y listas.

Historia finalizada.